3. En el Sanatorio del Dr. Suils

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

Llevaba el Padre un traje azul oscuro con jersey gris y camisa, pero sin corbata. A quienes le habían conocido meses antes les sorprendía su extremada delgadez, su bigote y el pelo al rape. Tan recortado, que cuando el pasado mes de agosto fue al peluquero, éste, como satisfecho de su faena, y echando tal vez una ojeada a la alianza matrimonial que perteneció al difunto don José, le comentó: ¡Vaya, no va a conocerle su señora! |# 76|. El ajuar del recién ingresado era pobre y escaso: un viejo abrigo, caritativamente cedido por la madre de los Herrero Fontana en previsión de los próximos fríos, y variada ropa interior, prendas sueltas que provenían de distintos dueños |# 77|.

La clínica donde le internaron era un chalet en la periferia de Madrid, zona a medio urbanizar, con extensos solares y terrenos baldíos. El edificio, de construcción reciente y con jardín, constaba de tres pisos: un semisótano donde estaban los enfermos mentales graves y otras dos plantas para los enfermos en observación. En el papel impreso de la clínica se leía:

Sanatorio Psiquiátrico de la Ciudad Lineal

Casa de Reposo y Salud

Enfermedades mentales, nerviosos, toxicómanos

Tratamientos modernos

Médico Director:

Doctor D. Ángel Suils

Arturo Soria, 492 Teléf. 51188 Ciudad Lineal (Madrid)

Junto a la Carretera de Aragón |# 78|

El doctor Suils estaba, en esos momentos, fuera de la clínica. Entrevistó al enfermo su ayudante, el doctor Turrientes, que, sin andarse con rodeos, dijo a don Josemaría: «Bueno, mire, yo sé que Vd. es sacerdote, pero aquí debe ir con cuidado en hablar de estas cosas» |# 79|. El recién ingresado guardó un prudente silencio, sin prometer cosa alguna. Dejó de repetir que era el doctor Marañón y simuló, por su cuenta y riesgo, una afonía histérica. Esta cauta prevención le permitía estudiar, sin compromiso por su parte, el ambiente del nuevo refugio.

Don Josemaría, que ocupaba una habitación en la planta encima del semisótano, debió sentir terriblemente el aislamiento de los primeros días. El martes 13 de octubre, escribe Juan en su diario: «Cuando iba a salir de casa telefonea el médico de guardia del sanatorio. El Padre está bien. Podemos ir a verle si queremos [...]. La madre de Herrero (no estaba él en su casa) dice que es un disparate visitar al Padre. Se comprende que esté intranquilo sin saber nada de nosotros, pero hay que aguantarse. Tiene razón, aunque pienso lo que estará rezando el Padre. Completamente aislado. También a nosotros nos gustaría verle, pero no vamos a crear nuevas complicaciones por bobadas afectivas. Por eso fui a casa de Suils esta tarde. Le he dicho que el Padre no se ocupe de nadie. Como si no estuviéramos en Madrid. Ni teléfono ni nada. Únicamente si hay peligro para él que me avisen a mi casa. Me cuenta que simuló una afasia histérica. Ahora ya habla algo, muy poco para no dar lugar a sospechas» |# 80|.

Juan Jiménez Vargas, curtido por el peligro, entendía a su modo las «bobadas afectivas». Durante esos últimos días no hacía otra cosa que desvivirse por servir a los demás de la Obra. Visitó a Álvaro, que intentaba refugiarse en la Embajada de Méjico. Se preocupó por saber cómo andaba Chiqui. Estuvo con José María González Barredo, y con Isidoro y con Vicente Rodríguez Casado, otro miembro de la Obra que no podía salir de casa, por el peligro de ser encarcelado. En fin, estaba haciendo por el Padre lo que éste no se imaginaba: el que pudiera decir misa |# 81|.

En esos primeros meses de terror la persecución religiosa fue despiadada. Los sacerdotes no encarcelados o asesinados, andaban escondidos. Las iglesias, quemadas o destinadas a usos profanos. Las sacristías, desmanteladas. Se volvía a la Iglesia de las catacumbas. Sabedora de las tribulaciones y angustias por las que atravesaban los católicos españoles, la Santa Sede concedió la facultad de celebrar "el Santo Sacrificio sin ara, sin ornamentos sagrados y usando, en vez de cáliz, un vaso de vidrio decente" |# 82|. Estas disposiciones, sobre el culto en la Iglesia de la clandestinidad, tardaron algunas semanas en llegar al conocimiento de los fieles de la zona republicana.

Sin conocer al personal ni el régimen del sanatorio, era sumamente arriesgado intentar que el Padre dijera allí misa, sin haber preparado antes las cosas. Eugenio Sellés, que no vivía demasiado lejos del sanatorio, ofreció su casa para celebrar la misa. La operación, sin embargo, no se llevó a cabo.

Las últimas líneas del diario de Juan Jiménez Vargas, donde se habla de este asunto, respiran optimismo: «Es algo encantador la imprudencia de Sellés. En su casa no, pero en el sanatorio creo que sí se podrá. Claro que sin que se lo imagine nadie. Se llevarían un disgusto en casa de Joaquín. Su madre, ayer me decía que se acuerda siempre de mí porque me estoy jugando la vida (!!!) andando tanto por la calle. La contesté que debo tener 7 vidas como los gatos y todavía tengo de sobra porque entre todos los médicos (?) y los golpes que he padecido durante 23 años no han conseguido gastar más de 4 ó 5» |# 83|.

Esto escribía el 15 de octubre por la noche; y es la última anotación del diario. Porque una mañana, decidido el plan de sacar al Padre para que dijese misa en casa de Eugenio Sellés, «precisamente cuando estaba esperando a Isidoro para marcharnos al manicomio —recuerda Juan—, se presentó una patrulla en San Bernardo y me detuvieron» |# 84|. (En la calle de San Bernardo vivía Juan con sus padres).

* * *

Cuando María Luisa Polanco, enfermera del sanatorio del doctor Suils, recompone sus memorias, se sorprende de conservar una imagen muy nítida del sacerdote; es uno de los residentes que mejor recuerda. Pero, a casi medio siglo de distancia, la estampa que la enfermera retiene de la clínica psiquiátrica está suavemente coloreada por la nostalgia del pasado: «un pequeño chalet muy bonito, rodeado de jardín» |# 85|. Por el jardín, en los fríos y soleados días de fin de otoño veía pasear a don Josemaría, envuelto en una manta y conversando con algún otro refugiado.

El sanatorio no tenía, ciertamente, el aspecto hosco y sombrío de los manicomios generales de la época, en que los enfermos soportaban sus miserias entre rejas. Tampoco era un lugar de holganza y despreocupación, como el rótulo: "Casa de Reposo y Salud", pudiera hacer suponer, con su título higiénico y bondadoso. Jurídicamente, el sanatorio funcionaba como sociedad colectivista en comandita, aprobada por el Sindicato Médico de Madrid y su Provincia. Aunque dirigido por "el compañero Ángel Suils", el sanatorio —certifican las autoridades de aquellos días—, «está controlado por el personal del mismo, afecto todo él a la Unión General de Trabajadores» (el Sindicato socialista).

La "Casa de Reposo y Salud", de ser una "explotación capitalista" había pasado a constituir una sociedad de trabajadores, cuyo preámbulo de estatutos constitutivos rezaba así: «Los abajo firmantes, antiguos trabajadores de la "CASA DE REPOSO Y SALUD" de la calle Arturo Soria, 492 (Ciudad Lineal), deciden formar una Sociedad de acuerdo con los estatutos de la Unión General de Trabajadores para explotar su trabajo de curación de enfermos mentales, nerviosos y toxicómanos, que hasta ahora, han venido haciendo en el citado lugar, en forma de industria que ha quedado abandonada por su propietario José Irús Lahoz, actualmente en el extranjero. Además de los estatutos de la U.G.T., han de regir los destinos de la Sociedad, los siguientes artículos: [...]» |# 86|.

La plantilla de personal fijo la componían dos médicos, tres enfermeras, un administrador, un par de loqueros (encargados de custodiar a los dementes), una cocinera y una lavandera. En cuanto a la significación política, las enfermeras eran de variada coloración. Dos de ellas comunistas y capaces de delatar a un sacerdote. La tercera, María Luisa Polanco, persona de confianza del doctor Suils, era, por el contrario, falangista. Su hermano, también falangista, había sido asesinado en Bilbao y ella se encontraba en el sanatorio, por ser conocida de Suils, como refugiada. Uno de los loqueros, al menos, era furibundo comunista. Y, por lo que respecta al administrador de la clínica, tan sólo sabemos que aquella sociedad colectivista no estaba exenta de los terribles registros revolucionarios. En una de las pasadas de los milicianos en busca de "facciosos" en la "Casa de Reposo y Salud", se llevaron por delante a Florentino, el administrador. «No te molestes en cambiarte de ropa, camarada, sólo te tendremos diez minutos para que hagas declaración en Bellas Artes y vuelves en el mismo coche», le advirtieron |# 87|. Lo menos que puede decirse es que no cumplieron su promesa. Ni a pie ni en coche. Jamás se volvió a saber de Florentino.

El personal sanitario tenía a su cargo una veintena de pacientes. Los más graves vivían en el semisótano. La condición de los enfermos mentales allí recluidos movía a compasión, era sumamente triste, cuando no trágica.

Había una anciana —doña Carmen—, cuyo hijo, luego de cometer un crimen pasional, se suicidó. Esta señora pasaba brusca y repentinamente de la más profunda apatía a la más rabiosa exasperación. Otro de aquellos locos sufría continuamente de delirio persecutorio y deambulaba por los corredores y por el jardín, frenético, escupiendo y amenazando a sus invisibles agresores. Pero el caso más celebre y pintoresco era un esquizofrénico grave: don Ítalo («don Ítalo, ilustre farmacéutico», se le llamaba. A lo que él invariablemente respondía con genuina modestia: «¡culto farmacéutico, que no es lo mismo!»). Un día —cuenta don Josemaría— se acercó a mí, y me espetó a boca de jarro: "Señor: satúrese de ambiente, vaya erguido, deseche esas ideas..., aflójese las gafas... y se pondrá bueno" |# 88|.

En el primero y segundo piso estaban los enfermos "en observación". En su mayoría eran refugiados sanos y cuerdos, que fingían enfermedades nerviosas o desequilibrios psíquicos. Aparte de esos "pacientes en observación", se daban casos especiales, como el de un niño de 6 años, sobrino de uno de los médicos ayudantes. Sus padres habían sido asesinados en Extremadura, y la mujer que le cuidaba consiguió huir con él a Madrid. Tras la pista del huérfano fueron los asesinos, con el siniestro propósito de eliminar al único heredero que quedaba de esa familia de terratenientes, de cuyas fincas se habían apropiado. En fin, no faltaba quien habiendo ingresado como falso enfermo, sometido a una constante tensión de angustia, acabó loco perdido |# 89|.

Ahora que Juan se hallaba encarcelado, fue Isidoro Zorzano quien hizo de enlace y mensajero. Isidoro había nacido en Buenos Aires y estaba provisto de documentación argentina y de un brazalete con los colores nacionales. Esto le permitía circular por Madrid con relativa seguridad. Iba, pues, con cierta frecuencia a visitar al Padre y le llevaba noticias de la familia dispersa. En octubre Vicente Rodríguez Casado se refugió en la Legación de Noruega. Álvaro del Portillo, tras varias semanas en busca de techo que lo amparase, terminó en un local dependiente de la Legación de Finlandia: aunque por poco tiempo, pues el 3 y el 4 de diciembre las milicias asaltaron los anexos bajo pabellón finlandés y fue a parar a la tristemente famosa prisión de San Antón. En esa misma prisión acabó Chiqui (José María Hernández Garnica); mientras que Manolo Sainz de los Terreros y Juan estaban en la cárcel de Porlier |# 90|.

Las detenciones masivas de personas no afectas a los partidos revolucionarios se produjeron con ocasión del avance de las tropas nacionales sobre Madrid. A finales de octubre estaban ya a las mismas puertas de la capital, donde fueron detenidas a principios de noviembre por el ejército republicano, con el refuerzo de las recién llegadas Brigadas Internacionales |# 91|. Desde el jardín del sanatorio se veían los fogonazos de la artillería por la parte de Puerta de Hierro, Ciudad Universitaria y Casa de Campo, con gran regocijo de los enfermos de la clínica de Suils. Don Ítalo, que confundía los cañonazos con las luminarias de una verbena, exclamaba: «Ya están en Madrid los locos. Están metidos en la verbena, en el centro de Madrid. Qué bien estamos aquí, y qué tranquilos» |# 92|. Aquello no fue el preludio de una fiesta sino el anuncio de una horrorosa carnicería. Ante el temor de dejar enemigos a la espalda, las milicias llevaron a cabo en Madrid una sangrienta e infrahumana represión contra la denominada "quinta columna", a retaguardia |# 93|. Las prisiones populares estaban abarrotadas, y durante todo el mes de noviembre se fueron vaciando sistemáticamente. Obedeciendo a consignas revolucionarias, se cargaban de presos los camiones que, de noche, partían hacia el tristemente célebre Paracuellos del Jarama u otros lugares en las cercanías de Madrid, donde se hacían fusilamientos en masa |# 94|.

El distrito de la Ciudad Universitaria, cercano al barrio de Argüelles, dentro del cual estaba comprendida la casa de la calle Doctor Cárceles, hubo de ser evacuado. La familia de los Escrivá se resistía a abandonar la casa, con la esperanza de que las tropas nacionales ocupasen pronto el barrio, que colindaba con el frente de combate. Por este motivo estuvieron durante algunos días incomunicados, sin que Isidoro pudiera aproximarse a esa zona para informar luego al Padre de la situación de los suyos.

Ya muy avanzado el mes de noviembre, doña Dolores se vio obligada a dejar la casa para instalarse en un hotel de la calle Mayor, cerca de la Puerta del Sol. Poco equipaje llevaban: «una maleta con lo imprescindible y el baúl con los papeles de la Obra», cuenta su hijo Santiago |# 95|. Ese baúl —añade Vargas— «se convirtió en una pesadilla» |# 96|. Tan pronto supo la mudanza, Isidoro fue al hotel y se llevó a los Escrivá al piso de don Álvaro González Valdés, padre de José María González Barredo |# 97|. El piso estaba medio vacío, porque su hijo, José María, se había refugiado en el Sanatorio del doctor Suils a comienzos de noviembre, al recrudecerse los registros y detenciones con el avance de las tropas nacionales para liberar Madrid.

Se presentaron los Escrivá en la calle de Caracas 13, con todo su equipaje, que era escaso. Pero el baúl no pasó de la portería. El portero, alarmado a la vista del cofre, no se sabe por qué, pretendió examinarlo. Operación a la que se negaron rotundamente sus propietarios. Se puso terco el portero y no desistía de su empeño. Carmen también se mantuvo firme, y le contestó que, «por principio, no le daba la gana de abrirlo y que antes lo dejaba en el portal; y allí se quedó» |# 98|.

Al final fue Santiago quien pagó la factura de la discordia. El portero se opuso, de manera terminante, a que Santiago viviese en la casa. Tal vez porque imaginaba al muchacho en edad militar y tenía miedo de que, si venían a registrar, se le hiciera responsable de ocultar nuevos inquilinos. En vista de las circunstancias y de cómo se enredaba el asunto (y de que a pocos pasos de la casa había dos checas |# 99| y el cuartel anarquista de la columna Espartacus, que pocos días antes había asesinado a 50 guardias civiles), Isidoro y doña Dolores acordaron que Santiago se fuese a hacer compañía a su hermano en el sanatorio, donde se le admitió como acompañante de un "enfermo en observación". El doctor Turrientes le recogió en casa y se lo llevó en tranvía a la clínica; el baúl con los papeles le siguió poco más tarde |# 100|.

La tranquilidad en aquella "Casa de Reposo y Salud", como puede imaginarse, era bastante relativa. En una ocasión se presentó allí una patrulla de milicianos. Iban a tiro hecho. Se llevaron al duque de Peñaranda, hermano del duque de Alba |# 101|. Hasta el día siguiente no se enteró el Padre de lo ocurrido. Con pena muy profunda se dirigió enérgicamente al director del Sanatorio para protestar de que no le hubiesen avisado. De ahora en adelante —le dijo— de aquí no se llevan a ninguno sin que yo le confiese antes y le dé la absolución |# 102|.

A pesar de la advertencia que le hizo el doctor Turrientes al llegar al sanatorio, don Josemaría, con su celo sacerdotal, había ido atrayéndose, uno a uno, a los refugiados, después de unos días de tanteo. Resignadamente confiesa el ayudante del doctor Suils el fracaso de sus consejos; «tengo la sensación —dice—, de que hablaba con todo el mundo» |# 103|. No obstante compartir todos los refugiados un mismo peligro, no existía vinculación alguna entre ellos sino la desconfianza creada por el miedo a una delación. Cada uno tenía su historia personal; y cuando abrían el corazón era porque el sacerdote les había revelado antes su condición ministerial. «El ambiente entre los residentes del Sanatorio era de recelo», según refieren los marqueses de Torres de Orán, que muy pronto intimaron con don Josemaría |# 104|.

Dejando a un lado a los dementes, el resto de las personas del sanatorio tenía vida y experiencias muy particulares. Aun el personal clínico, asociado «para explotar su trabajo en la curación de enfermedades mentales», buscaba —como dice la última línea de los estatutos constitutivos— «la colaboración amistosa, en un mismo ideal, hacia el logro de un bienestar material conseguido por el trabajo» |# 105|. Las circunstancias históricas habían embarcado en un mismo navío a gente muy dispar. Suils y Turrientes protegían a los refugiados, como reacción contra la criminalidad imperante en tiempo de guerra. Para otros socios, la fortuna de pasar a ser propietarios de una industria, aunque traficasen con una de las más tristes condiciones del ser humano, les inclinaba a hacer la vista gorda en cuanto a la procedencia del cliente. De esto ya se había percatado Juan Jiménez Vargas cuando el 10 de octubre escribía en su diario: «Estábamos un poco intranquilos con el Sanatorio. Nos parece que tienen demasiada poca vergüenza a la hora de cobrar y esto no da mucha confianza en lo seguro que esté allí. Yo ya sabía esto y me parece una razón para intentarlo, porque se prestarían con tal de cobrar» |# 106|.

Hay que decir, es de justicia, que la comida, todo considerado, no era mala ni escasa. El sitio donde pudo "comer mejor" hasta el fin de la guerra, asegura Santiago; aunque su estómago no era imparcial, porque traía hambres atrasadas del piso de Doctor Cárceles. La comida consistía en un plato único, que variaba a diario: judías, garbanzos, lentejas, arroz; y de postre, naranjas. Este suministro había que agradecerlo a la afiliación sindical de la empresa. A don Ítalo, por el contrario, no le impresionaban los esfuerzos de la cocinera. En los días tranquilos y radiantes podía vérsele paseando por el jardín, abrazado a una maceta sin tierra, que regaba gota a gota, cariñosamente, esperando que brotaran de allí filetes empanados |# 107|.

Con la llegada de José María González Barredo y, poco más tarde, de su hermano Santiago, comenzó en el sanatorio una nueva etapa para don Josemaría. Ocupaban los tres la habitación contigua a la de los marqueses de Torres de Orán. Luego de tomar las debidas precauciones, para evitar sacrilegios, don Josemaría celebraba misa casi a diario. Isidoro le proveía de vino y de formas. Tenía el cuarto un armario grande, sobre una de cuyas baldas decía misa, manteniendo abiertas las puertas. De forma que, si alguien entraba repentinamente, todo quedaba oculto a un primer vistazo. Y, para mayor seguridad, pedía la colaboración de María Luisa: — ¿Quiere usted vigilar en el diván mientras celebro la Santa Misa? —le decía a la enfermera—, y si se acerca alguien llame a la puerta o hable en voz alta |# 108|. Ese pequeño diván estaba estratégicamente colocado en el pasillo entre el cuarto del Padre y el de otra enfermera, comunista. Después de celebrada la misa, repartía la Comunión entre algunos de los refugiados y, por si alguien deseaba confesarse, discretamente hacía ver a otros su condición de sacerdote.

Cuando doña Carmen, la anciana demente a causa del suicidio del hijo, reposaba en sosegada apatía era persona muy cortés y atenta; pero en los arrebatos frenéticos escupía atroces insultos. No perdonaba a nadie, excepto a don Josemaría, a quien trataba cariñosamente de "ancianito". «Don Josemaría es tan bueno —decía— que tiene que ser por lo menos general»; y otras veces: «don José no es don José, es San José» |# 109|.

Tales elogios, como es de suponer, no eran la mejor recomendación a oídos de los loqueros o de las enfermeras frentepopulistas. Una de ellas sospechaba seriamente que se trataba de un cura refugiado. El Padre puso rápido remedio a las sospechas. Cierto día, fingiendo un desvarío, y ahuecando la voz, en tono confidencial, le declaró que él era el doctor Marañón, pero que había que guardar a todo trance el secreto |# 110|.

José María González Barredo, del que nadie parecía sospechar, empezó a crear una cierta preocupación al Padre y a Santiago. Trataba de hacerse pasar por loco, careciendo de dotes para la farándula. Se comportaba de una manera tan extraña, con reincidencias tan exageradamente realistas que, hasta entre dementes, su conducta resultaba llamativa. Encendía las luces a horas inverosímiles y saltaba cien veces por la ventana, del cuarto al jardín y del jardín al cuarto. Afortunadamente, era poca altura y no arriesgaba mucho con una mala caída.

Con los primeros fríos le vinieron al Padre ligeras molestias de carácter reumático. Alguien le prestó una estufilla, que inmediatamente pasó a sus vecinos los marqueses, diciendo que él no la necesitaba |# 111|. Al entrar diciembre, los médicos, en lugar de prescribirle una simple medicación con salicilatos, decidieron someterle a una cura que consistía en inyectarle un preparado de veneno de abeja, entonces muy de moda. Tal vez el doctor Suils pensase despachar dos expedientes por vía de ensayo. De una parte, prevenir ulteriores ataques reumáticos y, por otra, provocar al mismo tiempo una fuerte reacción que convenciese al resto del personal de que se trataba de un auténtico enfermo. Los efectos del veneno fueron «fulminantes y terribles», refiere su hermano |# 112|. Quedó el paciente paralizado y con grandísimos dolores. Difícilmente podía mover la cabeza. Su alimento consistía tan sólo en una bebida de jugo de naranja. Pero a los quince o veinte días de guardar cama se encontraba ya medio repuesto. La verdad es que, aunque débil y muy flaco, salió curado del reuma.

Siguieron apareciendo por aquellos andurriales partidas de milicianos a registrar el sanatorio. Y como el chalet estaba próximo a la carretera de Aragón, por la que pasaban camiones que iban y venían constantemente del frente, si se paraban en las inmediaciones, la tropa bajaba a estirar las piernas, a curiosear o llenar de agua las cantimploras en el sanatorio. Era entonces cuando los dementes cumplían la función de escudos protectores. El director del Sanatorio había dado órdenes para que, en tales situaciones, se sacara a los enfermos del semisótano a pasear libremente por el jardín. Los milicianos, ya sea por considerarlos agresivos, ya porque les inspirasen una lástima repulsiva, se retiraban rápidamente del jardín. De una de esas intervenciones fue protagonista don Ítalo. Al toparse con un grupo de milicianos, uno de los cuales llevaba colgando la caja de la máscara antigás, trató de examinarla:

— «Con todos los respetos y si a bien lo tienen (don Ítalo era muy cortés y delicado en el hablar), ¿podrían explicarme cómo funciona este instrumento de música de viento?», les preguntó |# 113|.

Al fin Isidoro trajo al Padre un documento de identidad que esperaba desde hacía tiempo; una simple hoja en papel impreso, con sello del "Comité-Delegación del Partido Nacionalista Vasco-Madrid", y con el siguiente texto:

«Rogamos a las Autoridades y Milicias de todos los Partidos del Frente Popular respeten para su libre circulación a José Mª Escriba Albas, por ser persona afecta al Régimen. —Madrid 23 de Diciembre de 1936. —Por el Comité [aquí la firma]» |# 114|.

Los nacionalistas vascos no eran precisamente afectos a la ideología del Frente Popular, aunque la esperanza de obtener la autonomía política les mantenía del lado del Gobierno de la República |# 115|. Un papel sin foto del interesado, que no era siquiera afiliado al Partido Nacionalista, poco valor tenía ante las patrullas de control. Pero, al menos, don Josemaría podía parar con él un primer golpe.

Isidoro, noticiero y recadero del Padre, le traía noticias de la calle de Caracas y de las prisiones en que se hallaban sus hijos. Se carteaba con los de la Obra en Valencia y cumplía otras obras de misericordia |# 116|; mientras el Fundador, desde su aislamiento, unido a Dios en el sufrir y en las oraciones, mantenía vinculados a los miembros dispersos de la Obra. De aquel periodo, en que se hacían sacas de las cárceles |# 117| para los fusilamientos nocturnos, hay anécdotas impresionantes. Todos tenían la seguridad de que el Padre había arrancado a sus hijos de las garras de la muerte, a fuerza de suplicar al Señor. El caso de Chiqui es uno entre muchos. Estaba ya arriba del camión, con los otros prisioneros que iban a fusilar, cuando se oyó una voz que le llamó por su nombre y le mandó bajar. Arrancó el camión hacia la muerte y Chiqui volvió a su celda |# 118|.

Refiriéndose a estos sucesos, cuenta Juan Jiménez Vargas que «hasta fines de 1936 ocurrieron una serie de episodios, en los que se ve que todos nos habíamos salvado, más de una vez, de modo humanamente inexplicable. Algunas de estas cosas sucedieron en las cárceles» |# 119|. En noviembre estaba Juan en la cárcel de Porlier de la que iban vaciando galería tras galería, para fusilar a los presos. El día 26 le tocó a él. Formaron cola los presos y de allí pasaron a un camión, que les esperaba en la calle. Juan quedó aguardando, con tres personas por delante de él, a que se llevasen la segunda expedición. El camión no volvió hasta poco antes del amanecer. Pasó media hora y nadie dio orden de que partiese otra expedición. Es más, dieron por terminada la operación y no volvieron de momento a esa galería.

La oración del Padre fue el escudo de la Obra. De uno u otro modo, todos sus hijos se beneficiaron de esa oración tenaz, incansable y confiada, hecha de intimidad con el Señor.

* * *

La convivencia en el sanatorio había alcanzado un clima de bonanza y equilibrio, que muy pronto se vio perturbado. Corría el mes de enero de 1937 cuando Isidoro, que estaba tramitando la orden de libertad de Juan Jiménez Vargas, consiguió que éste saliese por fin de la cárcel de Porlier. Luego de pasar escondido quince días en casa de sus padres, sin documentación y expuesto a ser detenido de nuevo, fue admitido, gracias a unas gestiones del Padre, en el sanatorio de Suils |# 120|.

Allí coincidió con la llegada de otros dos refugiados: un comandante de Aviación y un falangista de Logroño, llamado Alejandro, de la familia de los Láscaris Comneno |# 121|. La aparición de estos tres nuevos personajes produjo una psicosis de temor y desconfianza. Entre los "pacientes en observación" se hizo un silencio repentino, como en una charca de ranas al menor ruido sospechoso. Quienes corrientemente venían a confesarse o pedir consejo al sacerdote no salían de sus cuartos. Nadie paseaba ya por el jardín. El Dr. Suils, anticipando un registro, invitó con firmeza a Láscaris a abandonar el chalet; y comunicó a José María González Barredo y a Juan que también ellos tenían que marcharse. Por la paz de todos y, en particular, por la seguridad del Padre, se fueron a sus respectivas casas en Madrid. Luego se consumieron las formas consagradas que guardaba don Josemaría en su cuarto para administrar la Comunión cuando no podía decir misa.

Pasaron varios días y, al comprobarse la falsedad de la alarma del registro, resurgió el optimismo entre los "pacientes en observación" y el deambular por el sanatorio en un clima de confianza. Los sucesos, sin embargo, habían hecho sufrir mucho al Padre. Recobrada la calma se fue a ver al director, para informarle de lo que había venido repitiéndose sin cesar en los últimos días: Yo no puedo estar donde han echado a mis hijos |# 122|. Reprendió con buenas palabras su comportamiento, en esa ocasión, y le comunicó que estaba decidido a buscar refugio en otra parte.

Por una de las visitas que le hizo Isidoro, ya en febrero de 1937, se enteró el Padre de que Chiqui (José María Hernández Garnica) había sido trasladado el 5 de ese mes de la cárcel de San Antón de Madrid al penal de San Miguel de los Reyes, en Valencia. Después de meses de silencio, en que se servía de Isidoro para comunicarse con los de la Obra en Valencia, el Padre no pudo más y tomó la pluma para dirigirse directamente a sus hijos de Valencia:

Madrid, 10 de febrero de 1937

Queridos amigos: tenía muchas ganas de escribiros, y, por fin, hoy aprovecho la visita de Isidoro para darle esta carta.

Mi cabeza parece que va mejor: es mucho el tiempo que llevo en este manicomio y, aunque despacio, me consuelo pensando que estoy aquí encerrado para mi bien, por orden de mi Padre, y además nunca olvido que no hay mal que cien años dure.

Mi gran preocupación, en esta soledad, en medio de tantos pobres enfermos como yo, son mis hijos. ¡Cuánto pienso en ellos y en el porvenir espléndido de nuestra familia!

De momento, Chiqui está en el primer plano (si mi corazón supiera distinguir de planos entre mis chicos, todos igualmente queridos): ved si por medio de alguna amiga vuestra podéis atenderle en su actual preocupación.

Este pobre loco os abraza y os quiere

Josemaría

Escribid a Isidoro |# 123|.

* * *

A partir de entonces, las puertas de acceso a la intimidad del Fundador, por algún tiempo entornadas, se abren de par en par al expansionar su alma en la correspondencia con sus hijos. Desde febrero hasta septiembre de 1937, en que sale de su asilo en el Consulado de Honduras, son más de ciento setenta las cartas escritas, desde la clandestinidad, a los miembros del Opus Dei. En esas páginas está condensado el vigoroso ardor de su espíritu. Por entre la estrechez de los renglones se escapan los afectos de su corazón, sosteniendo a sus hijos en la fe y alentando sus esperanzas en el futuro de la empresa divina en que están todos empeñados.

No podía permanecer inactivo por más tiempo el Fundador en la "Casa de Reposo y Salud". La expulsión de dos de los suyos le resultaba un intolerable martirio, y pedía a Dios poder abandonar cuanto antes la clínica. José María González Barredo, por intermedio de un amigo, que a su vez lo era del yerno del cónsul de Honduras, se acogió a la sede del Consulado de ese país. Y, una vez dentro, consiguió que entrasen el Padre y Santiago, su hermano |# 124|.

Y en vísperas del traslado a ese nuevo refugio, el Padre escribió otra vez a los de Valencia:

Muy queridos amigos: Acabo de pasar un rato, en el Manicomio, con mi pobre hermano Josemaría, y, sabiendo cuánto os interesáis por él, casi no voy a hablarte de otro asunto.

Era de esperar que acabara en una Casa de Salud, porque, desde octubre de 1928, estaba completamente loco: ¿sabes lo que dice que es?: Un borrico. Menos mal que no le da por rebuznar, aunque, al cumplir el 9 de enero 35 años, aseguró que eran 35 rebuznos. De humor, se encuentra muy bien: lleno de optimismo, seguro de que su idea fija va a ser inmediatamente —dice— una venturosa realidad. Piensa continuamente en sus hijos, y, chapado a la antigua, —loco— los bendice, a cada uno en particular, varias veces al día. Ahora se le ocurre —sabe que hay una guerra— que su Chiqui, a quien sólo falta un año para ser ingeniero de Minas, podría ponerse bueno y ser compañero de algún arquitecto en los trabajos de Fortificaciones. Al Relojerico (un amigo suyo, que los demás no conocen), le encarga que busque, con muchas recomendaciones, a un médico que cure al enfermo.

Me ha encargado que felicite a Chiqui por su santo (así me dijo él, y así lo pongo), y añadió: y por su fiesta de renovación.

Verdaderamente, el pobre Josemaría está perdido: cada día más chiflado.

Saludos muy cariñosos, y perdonad esta majadería de carta.

Un apretado abrazo de

Mariano

Madrid/12/III/937 |# 125|.

Esta carta contiene parte de la clave que utilizará a causa de la censura. Eliminando los datos que supongan un riesgo para el destinatario —y riesgo grave era la correspondencia con un sacerdote—, deja claro su sentido. La clave es muy simple. Consiste en poner en boca de un ficticio hermano suyo —el loco Josemaría— lo que desea comunicarles. Este desdoblamiento, contemplándose en tercera persona, pertenece a giros estilísticos usados en las Catalinas |# 126|. Y, por asociación de ideas, el tema de la locura —locura a lo divino—, le permite expresarse libre y disparatadamente. De suerte que establece, por paralelo, un doble mundo de referencias, entre la realidad material y corriente respecto a la espiritual y figurativa. Y, al fin, terminará adoptando la chochez del abuelo que le permitirá, con debilidad senil, contar a sus "nietos" toda clase de "niñerías" a lo divino |# 127|.

Sorprende, con todo, el que no tuviese algún tropiezo con la censura de guerra. Evidentemente, nadie se había tomado la molestia de examinar con cuidado la correspondencia de un abuelo que, si no por otra cosa, resultaba sospechoso por su extraña jerigonza. De sobra conocía el Padre los peligros a que se exponía, y Juan Jiménez Vargas se lo recordaba en todo momento, pero su cariño por la familia de la Obra saltaba por encima de todo riesgo. Sus cartas iban bajo la tutela de Nuestra Señora: en esta correspondencia de tiempos de guerra, y más adelante, utilizará el nombre de Mariano, uno de los del bautismo, en señal de devoción a María.