3. "Don Manuel sabe más"

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

Don Josemaría, que llevaba un año de refugio en refugio, sentía ahora el jubiloso apremio de poner en práctica sus ansias de ayudar a las almas; como atleta al que las circunstancias no han permitido desperezarse en largo tiempo. Sus deseos tuvieron suerte muy diversa. El proyecto de llegarse a Daimiel en un coche diplomático, acompañado de don Manuel (Santísimo Sacramento), para visitar a Miguel Fisac y a su hermana Lola, no pudo realizarse. Lo sintió muy de veras —y es de creer que también lo sentirían los refugiados en el Consulado—. Alguna dificultad imperiosa debió surgir, probablemente con motivo de los permisos de abastecimientos, porque el 19 de septiembre escribe a Daimiel: Muy querida Lola: Paciencia. Don Manuel sabe más. ¡Lástima de viaje frustrado! |# 37|.

Por el contrario, su propósito de dar un retiro espiritual a jóvenes estudiantes y catedráticos se llevó a cabo con éxito. La primera plática la tuvieron el 20 ó 21 de septiembre, por la mañana. Asistían Isidoro Zorzano, José María Albareda, Juan Jiménez Vargas, Manolo Sainz de los Terreros, Tomás Alvira y otro amigo, Ángel Hoyos. Aquellas reuniones de un grupo de hombres jóvenes, ya fuese en casa ya en la calle, por fuerza habían de llamar la atención de la gente o de los porteros encargados del control en las viviendas. Así, pues, el Padre repartió las meditaciones a distintas horas, y en distintos sitios, durante los tres días que duraron aquellos ejercicios espirituales. Unas veces utilizaba la casa de Isidoro, en otras ocasiones la de doña Dolores en la calle Caracas, o las pensiones de Alvira y Albareda, cuyos dueños eran personas de confianza. El sacerdote, después de dar la media hora de meditación matinal, los puntos de examen y hacer algunas indicaciones, salía de la casa. Y los ejercitantes, escalonadamente, se iban a la calle o al parque del Retiro, a continuar sus reflexiones ambulantes, o concentrarse en el rezo del rosario. Por la tarde, en hora y lugar convenidos de antemano, tenían otra meditación.

El último día el Padre celebró la Misa en la pensión donde vivía Tomás Alvira, en la calle General Pardiñas, 28, piso primero C |# 38|. La dueña, doña Matilde Velasco, había preparado cuidadosamente una mesa; y cuando el sacerdote, de paisano y sin ornamento alguno, comenzó a decir Misa, ella no pudo asistir. Su cometido era vigilar, desde el vestíbulo, a quienes subían o bajaban por la escalera, para evitar una desagradable interrupción |# 39|. A pesar de no haber podido asistir a aquella misa, la patrona observó, durante el desayuno que ese día tomaron allí los ejercitantes, algo notable en la conversación y en las maneras del sacerdote. Le impresionó también el prodigioso y callado gesto de sobriedad del Padre, quien, mortificando su hambre, acarició una naranja del desayuno y la dejó allí, elegantemente olvidada sobre la mesa. Cuando alzó los manteles, doña Matilde recogió con veneración la naranja que había tocado el sacerdote. «La naranja —testimonia Juan Jiménez Vargas— todavía la conservaba aquella familia, cuarenta años después» |# 40|.

En los últimos meses de encierro en el Consulado el Padre había mantenido relación con sus hijas, a través de Isidoro. Éste se había entrevistado en varias ocasiones con Hermógenes García, aconsejando a las mujeres de la Obra, por encargo del Padre, que rezasen, pero que no intentaran verle. Todo —como va dicho— con el fin de quitarles preocupaciones. Ahora, con cierta libertad de movimientos, se sentía disponible para sus hijas. Pensó, por tanto, en repetir con ellas los ejercicios espirituales que acababa de dar a los hombres |# 41|.

Recogiendo información de las chicas de la Obra se enteró del paradero de una de ellas, Antonia Sierra, que estaba en Castellón, cerca de Valencia. Como sucedió antaño con María Ignacia, en esta enferma, tuberculosa desde 1933, moribunda, alma de expiación, tenía puesto su tesoro don Josemaría. Y por carta rogó a los de Valencia que la visitaran:

Allá va la dirección de una pobre nieta mía, enferma y pobre y archibuena, tesoro que explota desde hace años el loco que asesinaron: "Antonia Sierra. Sanatorio Hospital. Villafranca del Cid. (Castellón)". Lleva qué sé yo el tiempo, rodando de hospital en hospital. Si pudierais verla, yo muy agradecido. Por lo menos, haced llegar a sus manos quince pesetas, que os envía Ignacio por giro, y, si es posible, algo que pueda comer una tuberculosa pasada. ¡Cómo me alegraría si pudierais darle el consuelo de vuestra visita! |# 42|.

Raro era el día en que no celebraba misa para un grupo de personas, a las que solía predicar. Muchas veces se trataba de comunidades de religiosas. Frente a los miles de sacerdotes asesinados durante la persecución, el número de monjas martirizadas no llegaba a trescientas |# 43|. Encarcelarlas hubiera creado problemas, pues todas las prisiones del país estaban a rebosar. Por eso no era infrecuente que, con conocimiento del vecindario y de la policía, alguna que otra comunidad habitara refugiada en pisos o pensiones. En una ocasión en que don Josemaría se dirigía a visitar a su amigo don Alejandro Guzmán, estando a punto de entrar en la casa, se le acercó una mujer, que cogiéndole por el brazo le alejó de aquel lugar, porque en aquellos momentos los milicianos estaban registrando el edificio |# 44|. Era el número 12 de la calle de Hermosilla, donde se había instalado una comunidad de religiosas Reparadoras. Dos o tres monjas, que no cabían allí, entre ellas la hermana de don Alejandro, vivían en el piso contiguo |# 45|. Más de una vez debió atenderlas espiritualmente don Josemaría, porque un año más tarde —ya en zona nacional— se encontró con dos de ellas en Ávila; y una de las monjas le reconoció enseguida, con un grito de sorpresa: "¡Si es el diplomático!" Don Josemaría, en efecto, cultivaba su aspecto de diplomático con la banderita en la solapa, la corbata bien anudada y una inmensa cartera con el escudo de Honduras, y dentro un trozo de pan duro, por si no podía ir a casa a comer |# 46|.

Algunas de estas congregaciones de monjas, que habían presenciado la barbarie del terrorismo miliciano, vivían aún bajo el imperio del miedo, con los nervios destrozados. Tal era el caso de una comunidad de religiosas Terciarias Capuchinas que en 1936 atendía en Madrid la clínica de "Villa Luz", en la calle del General Oraá. Al comenzar la guerra buscaron refugio en una pensión costeada por un caritativo benefactor. Un año más tarde continuaban allí, con una vida conventual un tanto relajada. «Teníamos miedo, bastante miedo —confiesa sor Ascensión Quiroga, que era una de las refugiadas— y, para disimular nuestra condición de religiosas, nos vestíamos y nos pintábamos de manera que nada nos pudiese delatar. Yo, personalmente, estaba exagerando la nota hasta tal punto que, además de disimular mi estado, me gustaba presumir y arreglarme» |# 47|.

Por una tercera persona supieron de don Josemaría, al que avisaron y se presentó luego en la pensión para fortalecerlas interiormente. Les dio una charla espiritual, a modo de plática. «Fueron tales las ideas y cosas que nos decía —recuerda sor Ascensión—, que quedamos impresionadas, con deseos serios de entregarnos a Jesucristo totalmente, como el día de nuestra profesión religiosa».

Poniéndose por delante, les decía el sacerdote: — Somos cobardes, nos da miedo dar la cara por Dios. «Me impresionó —continúa sor Ascensión— este modo de dirigir la plática: no era una predicación, se trataba de la oración personal de un santo, hecha en voz alta». Desde ese día ya no intentaron "disimular". Desde ese día ya no volvieron a pintarse |# 48|.

Con excepción de estas anécdotas, poco sabemos del servicio ministerial de don Josemaría. Algunas veces, cuando iba a atender a grupos de monjas refugiadas, se hacía acompañar por Juan hasta las cercanías de la casa donde residían |# 49|. Otras personas, en cambio, acudían a visitarle al cuarto de la calle de Ayala. Y casos había, en su incesante callejeo por Madrid, en que el Señor le hacía tropezar con almas necesitadas de socorro. Como sucedió con "aquella religiosa dispersa", a quien, por gracia divina, penetró su pensamiento y ocultas intenciones. De manera que, dolida de su extravío, sintiendo el toque de lo sobrenatural, pidió al sacerdote que la confesase |# 50|.

* * *

El Padre había tenido que templar gaitas en sus cartas desde el Consulado. Hoy recomendando paciencia. Mañana urgiendo un asunto; y siempre levantando el ánimo a sus hijos:

Alma y calma, ¿eh? No perder nunca el control de sí mismo, con la ayuda de D. Manuel, es el espíritu de los de nuestra familia: y, así, siempre tenemos alegría y paz. En este mundo, menos la muerte, todo tiene arreglo: y, a veces, el arreglo es mejor que el asunto sin necesidad de compostura |# 51|.

Ésa era la solución, y no otra: "marear" a don Manuel, pedirle con insistencia:

Puesto que visitáis a mi viejo y entrañable Don Manuel —había escrito a los de Valencia— recordadle —os ruego— tres asuntos que, con él, tengo ya tratados:

1º/ la evacuación, a nuestro país, de mi pobre hermano loco, Josemaría.

2º/ El buen resultado de la reclamación que se ha presentado, por la embajada, ante el Gobierno de la República Española.

3º/ Que influya en el ánimo de la abuela, para que, si conviene, esté dispuesta a un determinado sacrificio, en bien de toda la familia |# 52|.

Aparte el ánimo de doña Dolores, siempre bien dispuesta al sacrificio, todo había salido mal. Todo se torcía. La evacuación y la reclamación estaban resultando el cuento de la buena pipa, que era la historia de nunca acabar. ¿Es que Dios se hacía el sordo? ¿Acaso no sabía don Manuel lo mal que lo estaban pasando?

Hoy, Santiago —escribía a los de Valencia el 25 de julio de 1937—, hace un año justo desde que tuve que evacuar mi casa. Contento, sin embargo. Manolo sabe muy bien lo que lleva entre manos, y espero que nuestras cosas de familia se arreglarán antes, más y mejor de lo que podamos soñar. Claro, que poniendo nosotros los medios |# 53|.

Ponían los medios y se sentían tranquilos, pero el éxito de sus gestiones se desvanecía de la noche a la mañana. A raíz de un plan fallido para irse a vivir con su madre, provisto de un certificado de enfermo extendido por el doctor Suils, escribía, todavía en el Consulado, el 25 de agosto:

¿Que todos los proyectos de volver a su vida de actividad profesional se desbaratan, a pesar del certificado de alta del Dr. Suils? Bien, ¿y qué? Como es aragonés, está en sus trece, y sigue revolviendo Roma con Santiago [...]. Confianza. Gracias a D. Manuel, no podemos ¡nunca! dudar del éxito inmediato del negocio que lleva nuestra familia. Desde luego, que habrá inconvenientes: pero los hombres se crecen ante los obstáculos. ¡Hala, hala!: ¡D. y audacia! ¿no? Pues, a vivir, en todo momento, la seguridad del éxito |# 54|.

No sólo había que desechar preocupaciones sino mantener altos la fe, el optimismo y la esperanza, con el viejo lema de la Academia DYA, porque Don Manuel sabe más, dice siempre mi hermano el loco |# 55|. Don Manuel sabe más era, en efecto, la expresión favorita del Fundador en la correspondencia del Consulado. Con esa fe y esa tozudez, ya podían naufragar proyectos y caer rayos. El sacerdote se mantenía impertérrito en sus trece: Don Manuel sabe más. Venga lo que viniere, todo es para bien |# 56|, porque todo viene de las manos de nuestro Padre-Dios.

Aquel sacerdote tenía un principio claro: y es que veía todo con los ojos de la fe. Allí encajaban su docilidad a las inspiraciones de lo alto y su total entrega a la empresa divina de hacer la Obra. En contrapartida, tenía también su punto flaco: que se le reblandecía el corazón y llevaba hasta límites extremos el respeto a la libertad y derechos del prójimo.

Yo... no digo nada —escribe a sus hijos de Madrid—. Tengo costumbre de callar y de decir casi siempre: "Bien, o muy bien". Nadie podrá decir con verdad, al fin de la jornada, que hizo esto o lo otro, no ya por orden, sino ni por insinuación del abuelo. Me limito, cuando creo que debo hablar, a poner claros y terminantes los datos de cada problema: de ningún modo, aunque la vea patente, doy ni daré la solución concreta de cada caso. Otro camino tengo, para influir en las voluntades de mis hijos y nietos, con suavidad y eficacia: fastidiarme y dar la lata a mi viejo Amigo D. Manuel. ¡Ojalá no pierda yo el compás, y sepa dejar hacer libérrimamente a los míos... hasta que llegue la hora de tirar de la cuerda! Que llegará. Desde luego —creo que me conocéis—, a pesar de la flaqueza de mi corazón, nunca seré capaz de sacrificar la vida —ni un minuto de la vida— de nadie, por mi comodidad o por mi consuelo. Y esto, hasta tal extremo, que callaré (ya hablaré con D. Manuel) aunque me parezcan las resoluciones de mis hijos una verdadera catástrofe |# 57|.

Por descontado que, aun en medio de aquellas difíciles circunstancias, el Fundador tenía que hacer la Obra. Pero, ¿era conveniente pasarse a la zona nacional para reunir a los miembros de la Obra que allí estaban y continuar sin trabas la labor apostólica? No queriendo imponer su criterio, consultó con sus hijos, los cuales insistieron en que el Padre debía pasarse al otro lado. La decisión, evidentemente, era cosa suya; y fue objeto de mucha oración y de muchas vacilaciones. Como explica Mons. Álvaro del Portillo: «le dolía la idea de dejar en situación precaria, en la zona roja, a unos cuantos hijos e hijas suyas. Además, en Madrid quedaban también su madre y sus hermanos. El Fundador del Opus Dei estuvo dudando durante bastante tiempo: unas veces veía claro que debía escapar; otras, le parecía que su obligación era quedarse, y afrontar el martirio, si fuera necesario. Por fin, después de mucho rezar, tomó la decisión de evadirse» |# 58|.

Como se ha visto, sus intentos, que no fueron pocos, fracasaron. Andaba libre por Madrid, pero sin ver todavía solución a su salida de la zona roja:

¡Peques! —escribe a Valencia el 18 de septiembre—. El abuelo tiene muchas ganas de abrazaros, pero siempre se le estropea la combinación. Convendrá así. Con todo, ¡quién sabe!, no desespero de que se me cumplan pronto los deseos. En fin..., Don Manuel sabe más |# 59|.

La verdad es que su situación había mejorado. De estar encerrado en la "jaula de grillos" del Consulado a recibir la caricia del sol madrileño iba notable diferencia. Por esas fechas, el año anterior, era un indocumentado en una capital sometida a registros y controles. Entonces una detención equivalía, en el mejor de los casos, al encarcelamiento; y la agravante de ser clérigo invitaba al asesinato. Ahora ejercía su ministerio, con cautela y con peligro.

Don Josemaría había llegado a acumular toda una colección de documentos, de variado contenido, aunque ninguno de absoluta confianza. El más viejo era un papelito del "Comité-Delegación del Partido Nacionalista Vasco", dado en Madrid el 23 de diciembre de 1936, para «su libre circulación», «por ser persona afecta al Régimen» |# 60|.

También conservaba un certificado expedido, a título particular, por un Abogado Procurador de los Tribunales de Madrid, con fecha 15 de marzo de 1937. El abogado en cuestión era Juan José Esteban Romero, antiguo compañero de don Josemaría en el Colegio de los Escolapios de Barbastro, el cual certificaba que «José Mª Escrivá Albás, de esta vecindad, de 35 años de edad, presta servicios en este despacho, durante las horas de oficina del mismo» |# 61|. No estaba de más la aparente redundancia de «las horas de oficina», porque se trataba de un certificado de trabajo. Por supuesto, en aquel Madrid de 1937, en que ya se habían dado disposiciones oficiales, y severas, para que aquellos que no tuviesen trabajo fijo desalojaran la capital, nadie iría muy lejos con un certificado de este tipo. Nadie se iba a tomar tampoco la molestia de averiguar si era cierto lo que allí se decía, porque en el verano de 1937 ya habían decretado las autoridades competentes que los certificados de pasantes de abogado no tenían validez alguna |# 62|.

Tenía asimismo el escrito clínico del doctor Suils, de fecha 14 de marzo de 1937, dado al dejar la Casa de Reposo y Salud. Del paciente se decía que: «En la actualidad no está curado del todo, por lo que se le impide toda clase de trabajo, preocupaciones, viajes y demás clases de actividades» |# 63|. Lo que pedía el doctor Suils era que le dejasen en paz. Pero el riesgo que corría el paciente si esgrimía ese papel era que le evacuasen de la capital a un manicomio del "Levante feliz".

En cuanto al otro certificado médico, también del Dr. Suils, del 22 de agosto de 1937, asegurando que llevaba seis años padeciendo «de una psicosis endógena, que le afecta por temporadas», tanto podía resultar favorable como perjudicial |# 64|. Todo dependía de cómo reaccionase el interlocutor.

Entre ese arsenal de documentos destacaba, sobre todo, el flamante y valioso certificado de Intendente de la Cancillería del "Consulado General de la República de Honduras. América Central", en que se solicitaba a favor del interesado «facilidades en la circulación para el desempeño de sus funciones» |# 65|. No era un nombramiento en regla, pero el papel, de por sí, inspiraba respeto.

No carecía tampoco, del imprescindible respaldo revolucionario. Tenía un Carnet de la Confederación Nacional del Trabajo (C.N.T.), a nombre de José Escribá Albás; número de afiliación: 522; y fecha de ingreso: 9-VI-37, con el sello del "Sindicato Único de Funcionarios Judiciales, Abogados y Funcionarios en General". En la "Hoja anual de cotización mensual" aparecen abonados los meses de junio, julio, agosto y septiembre, a razón de 2 pts. con 25 céntimos por cuota mensual. La "Carta Confederal — 1937" que acompaña el Carnet es la número 908930 |# 66|.

La familia Escrivá, con excepción de doña Dolores, terminó —quién lo iba a decir— provista de documentación del Sindicato anarquista de la C.N.T. Por fuerza de las circunstancias históricas, muchos buenos cristianos se habían visto forzados a alistarse en el ejército, junto con quienes se querían enemigos de la Iglesia, simplemente por residir en la zona republicana |# 67|. También sucedía a la inversa |# 68|. Y vale aquí la fábula que en cierta ocasión contaba don Josemaría a los suyos. Dicen que llegó a Zaragoza un aldeano y fue a visitar la catedral de la Seo. Unos bromistas le advirtieron al entrar que el suelo estaba pavimentado, como un tablero de ajedrez, con grandes losas de mármol: blancas y negras, y que anduviese con mil ojos para ver dónde ponía el pie, con cuidado para no pisar las blancas, porque los guardianes de la catedral tenían órdenes de sacudir con unas varas a quien lo hiciera. El paleto saltaba como un gorrión, de negro en negro. Creyendo que era un loco, se le acercaron los guardianes, persuadiéndole a salir del templo. Pero el otro les contestó muy ufano: — Os fastidiáis, que he caído en negro |# 69|.

La anécdota podía aplicarse a media España. Unos cayeron en blanco y otros en negro, independientemente de sus ideas. Unos tuvieron viento a favor y otros, en contra, según sus preferencias políticas. De cualquier modo, a todos les fue preciso acomodarse, cada uno en el sitio en que le cogió la guerra, que también escindió muchos hogares y separó padres de hijos.

En la primavera de 1937 se desencadenó en la retaguardia republicana una guerra intestina entre diversas fuerzas revolucionarias. La C.N.T. salió de allí muy quebrantada, y fue objeto de una insidiosa persecución por parte de los estalinistas. Fue entonces cuando, por razones de emulación con los sindicatos socialistas o comunistas, los anarquistas abrieron sus filas a nuevos adeptos, sin cuidarse ni de su ideología ni de su procedencia. Circunstancia que aprovecharon quienes pudieron, entre ellos los Escrivá, para acomodarse en la C.N.T., que era la única forma de poder rebullir en el Madrid rojo |# 70|.

Un buen día, a raíz de estos hechos, se presentaron en la calle de Caracas unos milicianos socialistas pidiendo documentación de trabajo. Ni Carmen ni doña Dolores la tenían, por lo que les advirtieron que se preparasen, pues volverían a buscarlas unos días más tarde para llevárselas a Valencia |# 71|. (Las órdenes de evacuar Madrid quienes no pudieran acreditar en la capital un trabajo concreto, se venían llevando a cabo desde enero de 1937). Enterado Isidoro de la urgencia del caso, fue a ver a José María Albareda, que conocía, como también Tomás Alvira, a personas que trabajaban en el Sindicato de la Enseñanza de la C.N.T., en la plaza de Colón, en la casa del Reloj. La mayoría del profesorado y personal de las Escuelas Normales pertenecían al Sindicato de la U.G.T., socialista, mientras que los de la C.N.T. carecían de afiliados y de poder en este sector. Ésta fue la razón por la que un buen número de religiosos y religiosas aprovecharon esas circunstancias para enrolarse, a principios de 1937, en la C.N.T., y obtener un puesto de trabajo. Posteriormente hubo una depuración y algunos acabaron en la cárcel |# 72|.

José María Albareda, que era profesor del Instituto Velázquez de Madrid, se ofreció a llevar el asunto del permiso de trabajo de Carmen en el Sindicato de la C.N.T., pues Carmen tenía título de maestra por la Escuela Normal de Logroño. Todo parecía arreglado cuando se produjo un gran revuelo y cerraron la oficina. La interesada tuvo que volver días más tarde a recoger el documento, acompañada de Isidoro. Un funcionario de mediana edad y aspecto bonachón, posiblemente un religioso encubierto, entregó a Carmen un certificado de mecanógrafa de aquel sindicato, con una seria advertencia: que no se le ocurriera acercarse allí para nada. Por lo visto no lo decía el buen hombre sin ton ni son. «Por fin —escribía Isidoro en junio— se ha resuelto el asunto del certificado de trabajo de Carmen, esta tarde la he acompañado al sindicato y nos lo han entregado, pues ha estado paralizado por haberse pasado el secretario con todos los fondos al otro lado. Corren hoy rumores de que se ha pasado íntegro el batallón Espartacus, del que recordaría Ricardo» |# 73|. Ricardo, esto es, Juan Jiménez Vargas, no podía olvidar su breve servicio como teniente médico de la brigada Espartacus de la C.N.T. en el frente del Jarama; ni aquella fuerza interior, que le retenía cada vez que intentaba dar un salto y desertar a la otra zona. Por lo visto, los rumores sobre la traición de la brigada Espartacus eran parte de la campaña bolchevique para desacreditar políticamente a la C.N.T., de naturaleza anarquista.

Doña Dolores decidió celebrar lo del permiso de trabajo con una merienda en familia: «El domingo nos ha invitado la abuela a tomar té; iremos todos los nietos», escribe Isidoro |# 74|. Ahora que su madre y hermana podrían quedarse en Madrid gracias a ese permiso, don Josemaría sugirió el obtener también los documentos que permitieran a Santiago salir del Consulado y circular libremente por la capital. Si se consiguieron fue por la machacona insistencia de don Josemaría, que, desde el cuartucho de Honduras, siguió de cerca las gestiones. Proceso laberíntico, que comenzó en el mes de mayo y acabó en la segunda mitad de julio.

Ni Carmen ni doña Dolores, por mucho que imaginaran, se daban cuenta de las condiciones del encierro. Por eso, en medio de las diligencias, el Fundador manifiesta sus temores a Isidoro: Tengo unos deseos extraordinarios de que el pequeño esté con la abuela, le dice. Mi madre no se hace cargo de lo que es estar aquí |# 75|.

Primeramente se intentó obtener un carnet de estudiante y matricular al muchacho en el curso de verano de un Instituto. Hacía falta para ello presentar los avales políticos de dos personas con carnet anterior a la revolución, que garantizasen que el ciudadano en cuestión era afecto al Régimen. Pero esos documentos eran fiscalizados por el Sindicato estudiantil, donde todo intento conducía a un peligroso callejón sin salida |# 76|.

Hubo que cambiar de rumbo. Se matriculó al muchacho en unas clases del Socorro Rojo Internacional. Y, una vez que se hubo conseguido, a pecho descubierto, un carnet de la C.N.T., y se halló Santiago en posesión de un certificado del doctor Suils, para burlar al comité que controlaba la casa de la calle de Caracas, se fue a vivir con doña Dolores |# 77|.

El 27 de julio escribía gozosamente el Padre a Pedro Casciaro:

¿Te he dicho que tío Santi vive, desde hace días, con la abuela? Me aseguran que está, no contento, ¡encantado! Pertenece al S.R.I. (Socorro Rojo Internacional) y a la C.N.T. (Sindicato de la Federación Anarquista Ibérica). Lleva un mono —me cuentan— y asiste a las clases que el Socorro Rojo tiene, en una academia |# 78|.

El carnet de la C.N.T. del 9 de junio de 1937 y la Carta Confederal del Padre, número 908930, a nombre de José Escribá Albás, se obtuvieron, al parecer, sin mayores dificultades. Tal vez presentando tan sólo los certificados de trabajo |# 79|. Claro es que a esas alturas un carnet de afiliado a la C.N.T., cuya hoja de cotización empezaba en junio de 1937, es decir, con un año de retraso revolucionario, más bien daba que sospechar en ciertos sectores.

Entre los distintos planes para salir de la zona controlada por el Frente Popular, lo más directo y menos comprometido eran las evacuaciones diplomáticas; pero Dios no lo había querido así. Tampoco pudo procurarse don Josemaría un pasaporte argentino con la partida de nacimiento falsa. ¿De qué le valía, pues, todo su arsenal de documentos si no hallaba escapatoria? Su madre y hermanos tenían resuelto el problema, porque pensaban quedarse a vivir en Madrid. Su intención, en cambio, era salir de la capital y, en ese caso, cualquier desplazamiento exigía el correspondiente salvoconducto.