2. La Academia DYA

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

En diciembre comenzó don Josemaría un nuevo cuaderno de Apuntes con la siguiente noticia: En primer lugar, que se bendijo la Casa del Ángel Custodio. El día de la Inmaculada, improvisadamente, obsequiamos de ese modo a nuestra Madre [...]. ¡Qué entusiasmo en nuestros chicos para arreglar la casa! |# 37|.

Y el día 30 de diciembre anotaba con secreto gozo: Esta es la primera catalina que escribo en la dirección de la academia "DYA", que es nuestra casa del Ángel Custodio |# 38|.

Por fin tenía la tan soñada Academia, a la que denominó DYA (Dios y Audacia). Nombre que, de un tiempo a esta parte, había reservado para la primera editorial que promoviesen; pero se le adelantó la Academia. Ese nombre coincidía, además, con las iniciales de Derecho y Arquitectura (DYA), que eran materias de las que darían allí clase. Don Josemaría hizo un dibujo de la placa de metal que colocarían en la puerta. Isidoro se encargó de mandarla fundir en un taller de Málaga |# 39|.

El piso de la calle Luchana, número 33, que ocupaba la Academia, contaba con muy pocas habitaciones. Así y todo, era un centro cultural donde los estudiantes asistían a clases o conferencias. De hecho, era algo más que un centro académico, era un lugar de formación cristiana de jóvenes universitarios, que podían también charlar y dirigirse con el sacerdote. Don Josemaría aspiraba a que aquello funcionase como un hogar; pensamiento que plasmó en estas palabras: Para los de S. Rafael, la academia no es la academia. Es su casa |# 40|.

También había escrito, anticipadamente: Haya en las academias, a base de la biblioteca, un buen salón de estudio, comodísimo, para los de San Rafael |# 41|. El superlativo, aunque bien intencionado, poco o nada tenía que ver con el piso. Lo que enfáticamente llamaban sala de estudio era un cuarto bastante desangelado y reducido, sin otra decoración que la estampa enmarcada de la Virgen del Catecismo. El despacho donde recibía el sacerdote era aún más pequeño. Si de algo podía presumir, era de severa austeridad. Sobre la mesa tenía una calavera; y en la pared una cruz de madera, negra y sin crucifijo. Si algún curioso le preguntaba por el significado de aquella cruz de palo desnuda, daba pie al sacerdote para decirle: Está esperando el Crucifijo que le falta: y ese Crucifijo has de ser tú |# 42|.

A última hora de la tarde, cuando volvía de confesar o de visitar enfermos, o de dar clases, se encontraba el despacho y los demás cuartos ocupados por los estudiantes. A pesar de sentirse derrengado de cansancio, se sobreponía. Y, refugiándose en la cocina del piso, se preparaba para recibir a los jóvenes en confidencia y oír confesiones. Tantos eran los penitentes que desfilaban por allí que, bromeando, decía que aquella cocina era toda una catedral |# 43|.

Apenas salían de un atasco económico, caían en otro. Con la suma que recogían de las pequeñas aportaciones de cuantos frecuentaban la academia, como recuerda Lázaro, el escultor, difícilmente pagaban el alquiler mensual. La adquisición de un simple reloj de pared ocasionó una larga cadena de pequeñas frustraciones. Por tres veces estuvieron a punto de adquirirlo. Por tres veces se presentaron necesidades más urgentes. Al final se lo regaló la condesa de Humanes, no sin advertirles que no se lo comiesen |# 44|. Es verdad que habían hecho un presupuesto, pero ¿de qué servía si carecían de ingresos? La corta suma que tenían reservada en un comienzo para hacer frente a cualquier eventualidad, se la llevaron los derechos fiscales por la licencia de apertura de aquel centro de enseñanza |# 45|. Para don Josemaría lo importante era que tenía ya un instrumento para su labor de apostolado y un hogar para hacer "vida en familia" con los miembros de la Obra. Es decir, un sitio donde reunirse para las tertulias, y en el que sus hijos pudieran recibir los medios de formación: clases, charlas o conversaciones con el sacerdote.

Al mes de alquilarse el piso de la calle de Luchana, recién terminada la instalación, sucedió algo que dejó estupefactos a los presentes. Era el 5 de enero de 1934, víspera de la Epifanía. «El Padre nos propuso, al pequeño grupo de sus hijos allí reunidos —refiere Ricardo F. Vallespín—, que para el comienzo del curso 1934-1935, en octubre de 1934, debíamos tener instalada una residencia en una casa más grande, en la que algunos de nosotros podríamos vivir y, así, habría posibilidad de tener un oratorio con el Señor reservado en el Sagrario» |# 46|. Era el único modo de que conocieran y asimilaran el espíritu de la Obra, por convivencia con el Padre, oyendo las explicaciones de sus propios labios y tomando su ejemplo como forma de comportarse.

(Al parecer no todos compartían el optimismo del lema que presidía aquella casa —"Dios y Audacia"—, por lo que cuenta el Fundador de uno de sus sacerdotes: — Acabada de abrir la Casa del Ángel Custodio, ya me aconsejaba —lleno de apuro— un Hermano mío sacerdote que la cerrara, porque era un fracaso. Efectivamente (no contaré el proceso), no la cerré y ha sido un éxito inesperado, rotundo) |# 47|.

Recién puesta la Academia, y todavía con dificultades pendientes, impulsaba a don Josemaría el impaciente deseo de tener una nueva casa más amplia. Aunque no era, propiamente hablando, inquietud sino docilidad al aleteo de las urgencias divinas: Prisa. No es prisa. Es que Jesús empuja |# 48|. Efectivamente, el Señor parecía animarle, contribuyendo a la empresa. No habían pasado tres días cuando un alma caritativa le ofreció una muy sustancial limosna, que el Fundador reservó para el nuevo centro que pensaba abrir, como anota el día de su cumpleaños, 9 de enero de 1934 |# 49|.

* * *

Cada vez que el capellán se acercaba a la reja del comulgatorio de Santa Isabel le escocía el recuerdo de aquella locución divina: — obras son amores y no buenas razones. (Sin embargo —se decía, doliéndose—, ¡qué vida de tibieza, la mía! ¡qué miserable soy! ¿Hasta cuándo, Jesús, hasta cuándo!) |# 50|. Aquella locución era la espuela que le hacía galopar en sus planes apostólicos, llevándole de Martínez Campos a Luchana y, apenas montada la Academia, haciéndole pensar en un plan de mayor envergadura.

Cuando "los chicos de Josemaría" —como llamaba Santiago a los jóvenes que su hermano llevaba al piso de Martínez Campos— se trasladaron a la Academia, los Escrivá se dieron cuenta de que el sacerdote montaba un hogar independiente. Y su hermano, alma sencilla y sin ningún prejuicio, se lo recordaba con frecuencia:

Cada día, cuando me marchaba de casa de mi madre —contaba muchos años después—, venía mi hermano Santiago, metía las manos en mis bolsillos, y me preguntaba: ¿qué te llevas a tu nido? |# 51|.

El hogar de doña Dolores tenía muebles, enseres y objetos de calidad, que se habían salvado en la larga peregrinación de Barbastro a Madrid, pero, en cuanto a la marcha económica, no tenía nada que envidiar a la Casa del Ángel Custodio. Ambas casas se mantenían de milagro |# 52|. Por entonces Carmen, la hermana de don Josemaría, puso en ejercicio sus estudios de la carrera de Magisterio en Logroño |# 53|. Demasiado bien llevaban los Escrivá las dificultades, y grande era su confianza en la Providencia |# 54|.

Decidido a aliviar las cargas que pesaban sobre la familia, se le ocurrió a don Josemaría que podían ahorrarse el alquiler de Martínez Campos, si se marchaban a vivir a la casa destinada al capellán de Santa Isabel. Lo consultó con el Vicario de la diócesis y le dieron permiso para presentar una instancia en el Ministerio de la Gobernación, que iba apoyada por una carta de sor María del Sagrario, priora del convento. Exponía el solicitante: que venía desempeñando el cargo de capellán sin recibir retribución oficial alguna; y suplicaba: que se le concediera poder ocupar, como capellán, la casa que en el Convento está designada para quien ejerce ese cargo |# 55|. La fecha de la instancia es del 26 de enero de 1934; y, antes de enviarla, y después de considerar el asunto en la presencia de Dios, vio que convenía dar ese paso a fin de obtener el nombramiento oficial y estabilizar, de una vez, su situación canónica en Madrid |# 56|.

Cinco días más tarde se le notificaba que: — «Vista su instancia solicitando se le conceda derecho a casa, por ejercer interinamente el cargo de Capellán de las Reverendas Madres Agustinas recoletas del Monasterio de Santa Isabel y el favorable informe emitido por dicha Comunidad, este Patronato ha acordado acceder a lo solicitado», etc. La respuesta eludía toda referencia al nombramiento |# 57|. Pero al Rector de Santa Isabel, con cuyo parecer no se había contado, le sentó muy mal la iniciativa del capellán y de las monjas, y más aún la posterior decisión de las autoridades civiles. Por todo lo cual, y para ahorrarse disgustos, don Josemaría decidió no ocupar de momento la casa de Santa Isabel. Más que por lo que pudiera pensar el Rector, lo hizo por otras razones, que recoge ordenada y puntualmente en sus Catalinas:

¿Razones? 1º/ Que no pueden vivir allí los míos, sin vivir yo también. 2º/ Que no conviene que viva yo en el convento, porque me ato más a los míos, cuando suspiro por soltarme. 3º/ Que Jesús quiere, para el curso próximo, el internado: y he de vivir yo en él |# 58|.

Por entonces ya había visitado Santiago el "nido" de Luchana; y doña Dolores y Carmen no andaban lejos de adivinar lo que se escondía tras la fachada de la Academia y el apostolado de Josemaría |# 59|, que no tuvo más remedio que mantener por un tiempo en suspenso a la familia, luego de haberles anunciado la respuesta favorable del Ministerio de la Gobernación. En el hogar de los Escrivá hacían preparativos del traslado; y se preguntaban cuándo se mudarían a la vivienda de Santa Isabel. Pero el sacerdote daba largas. Daba vagas excusas. No quería entrar en el tema. No despegaba los labios.

¿Por qué esa resistencia a aceptar lo que suponía un apreciable ahorro en alquileres? ¿Por qué no se iban ya de una vez a Santa Isabel? Cansados de respuestas vagas e insatisfactorias, la familia en pleno, sin andarse por las ramas, abordó seriamente el asunto, el 10 de febrero. ¿Para qué estamos en Madrid, donde pasamos tan mala vida?, le preguntaban. Y el sacerdote, aguantando la pregunta, mientras capeaba en silencio la tormenta, le decía por dentro al Señor: — Tú ya sabes por qué estoy aquí |# 60|.

Y el Fundador pensaba en las razones que, ordenada y rigurosamente, había recogido días atrás en las Catalinas.

* * *

En las entrevistas con el Vicario General, don Josemaría le notificaba con puntualidad la labor de formación cristiana que se hacía en la Academia DYA: conferencias, cursillos de Religión, lecciones de latín, un ciclo sobre Apologética..., y los círculos de estudio, y las confesiones, y las charlas de formación |# 61|. Llegado marzo, después de obtener de los Redentoristas que le cediesen una capilla, comenzó a dar retiros espirituales. Una vez al mes se reunían allí veinte o treinta chicos, los domingos por la mañana, y terminaban el retiro a media tarde |# 62|.

Seguían llevando las catequesis dominicales del "Colegio del Arroyo" y visitaban enfermos, o se unían a catequesis organizadas ya en otros barrios. Estas obras de misericordia no dejaban de tener sus riesgos, como se ve por lo sucedido a Manolo Sainz de los Terreros y a sus acompañantes. Un domingo, al acabar la catequesis, se fue éste con otros cuatro o cinco estudiantes a visitar a unos pobres en Vallecas. De repente se les echaron encima una veintena de individuos. Manolo recibió tantos golpes y patadas en la cabeza, que los asaltantes le dieron por muerto. Igual suerte corrieron los demás. Uno de ellos, Álvaro del Portillo, ensangrentado y con una espantosa brecha en la cabeza, consiguió escapar gravemente herido |# 63|.

Las noticias sobre el apostolado y actividades de la Academia DYA se extendieron rápidamente por los círculos estudiantiles y eclesiásticos de Madrid. El celo del capellán de Santa Isabel, y su nuevo modo de enfocar espiritualmente la vida cristiana, con exigencias de santidad para todos, se iban abriendo paso, poco a poco. Y don Josemaría notó también, con alegría, que, en sus conversaciones con el Vicario, éste repetía ya, como suyas, ideas que procedían del espíritu de la Obra:

El lunes pasado estuve con el Sr. Vicario de Madrid. Fui por un asunto del convento de Sta. Isabel. Hablamos de muchas cosas, de nuestros apostolados, de los chicos... El Sr. Morán pasó un buen rato y está cambiadísimo: antes me urgía a que fuera yo a la cátedra; ahora me decía: no hacen falta sacerdotes-maestros, ni sacerdotes-catedráticos, sino sacerdotes que formen maestros y catedráticos |# 64|.

A los pocos días de esta visita, el 1 de marzo, se le presentó la oportunidad de charlar con el Obispo de Cuenca, don Cruz Laplana, aquel que había prometido a doña Dolores una canonjía para su hijo. Era obligado darle una explicación por la renuncia a tan caritativo ofrecimiento de una prebenda. De modo que, a grandes rasgos, le habló de la Obra |# 65|. Entonces comprendió el Sr. Obispo hacia donde se orientaba el empeño apostólico de don Josemaría y le ofreció sus buenos oficios para imprimir en Cuenca, en condiciones muy económicas, unas consideraciones espirituales que, en forma de librito, servirían a los jóvenes de la Academia para hacer meditación. A esto alude en carta al Sr. Vicario, del 26 de abril:

En esta Casa de Redentoristas —dice en uno de sus párrafos—, tengo anunciado otro retiro espiritual para el primer domingo de mayo, y, con la ayuda de Dios, espero que sea fecundo, porque han respondido muy bien los jóvenes universitarios, acudiendo a los retiros anteriores.

Estoy convencido de que el Señor bendice a estos jóvenes que llevan la Academia, en la que tantas facilidades encontramos para nuestro apostolado sacerdotal entre intelectuales, cumpliendo, por otra parte, la clara Voluntad de Dios sobre mí, que es "ocultarme y desaparecer" [...].

Por razones de economía, con la aprobación del Sr. Obispo de Cuenca, se está tirando un folletico —luego se tirarán otros—, en la "imprenta Moderna", antes "Imprenta del Seminario", de esa capital (de Cuenca) |# 66|.

Como contrapartida, también corrían por Madrid noticias turbias y deformadas sobre lo que se hacía en la Academia. Lo descubrió el sacerdote al renovar un día de mayo sus licencias ministeriales. Había ido a ver al Sr. Morán, quien, muy amablemente, llamó por teléfono interior a las oficinas del Obispado y dio las órdenes oportunas para que le atendiesen. Al acercarse a la ventanilla del despacho oyó don Josemaría que uno de la curia decía a otro de los oficinistas: — Este es el que tiene una secta apostólica. Con mucha calma, se aproximó a la ventanilla y dijo al hablador:

— Oiga, ¿no se enfadará usted, si le digo una cosa?

El otro se quedó mirándole, un tanto desconcertado; y don Josemaría le replicó sonriente:

— ¿De verdad que no se va a enfadar?

— No, ¿por qué?

— Pues mire: ni secta, ni apostólica.

Y el de la ventanilla:

— ¿Qué sabe si me refería a usted?

— Sin duda, que lo sé.

— Pues el que se pica ajos come, repitió descaradamente el de la ventanilla.

Entonces, siempre sonriente y amistoso, le dije que todo lo que hago lo sabe muy bien el Sr. Vicario. Y el buen G. C. me contó (se le escapó, porque estaba desconcertado) que habían llevado acusaciones contra mí por la Obra varias veces. Y habló de una carta... y unas invenciones burlescas sobre la calavera y la Cruz de la Dirección |# 67|.

Poco después del incidente de la ventanilla, el lunes 28 de mayo, se encontró al llegar a casa con una nota del Obispado, rogándole que se presentase al Sr. Morán. No era precisa mucha imaginación para adivinar lo que venía detrás de la cita. Al día siguiente acudió al Vicariato, y, de vuelta a casa, recogió así la sustancia de la entrevista:

Me recibió el Sr. Vicario muy amablemente. Me hizo sentar (quienes frecuenten el Vicariato saben bien la distinción que este detalle supone) y me dijo: "Dígame Vd. qué es eso de la Academia DYA". Me despaché a mi gusto. El Sr. Morán, con los ojos entornados, escuchaba, asintiendo con movimientos de cabeza. Le dije, en síntesis: 1/ que me daba mucha alegría con esa pregunta. Que, en mis cartas (le escribo con frecuencia), de intento decía cosas, dando pie para que me preguntara. 2/ Hice la historia externa desde el 2 de octubre del 28. 3/ Le hice notar que fuimos a Luchana, sabiendo que allí vivía un gran amigo suyo —del Vicario— porque no teníamos nada que ocultar. 4/ Hablé de mis hijos sacerdotes, alabando a los que él conoce, como debe hacerlo un padre. 5/ Me dijo que no deje de dar los retiros espirituales durante el verano. 6/ Me dijo también que ya tenía licencia para publicar el "Santo Rosario". Y 7/ —aquí viene lo bueno— me pidió (como si no hubiera teólogos y asociaciones ad hoc en Madrid) que le hiciera un plan de estudios religiosos para universitarios |# 68|.

Al salir del obispado iba bendiciendo a todos los ángeles de la Corte celestial por la oportunidad que se le brindó de despacharse a gusto. Siguiendo el consejo de su confesor había expuesto, tan sólo, la "historia externa" de la Obra. La íntima, la gestación de la criatura espiritual, era asunto privado de su alma. Y, reflexionando consigo mismo, continuó:

Ahora, dos palabras: ¿somos clandestinos? De ninguna manera. ¿Qué se diría de una mujer grávida, que quisiera inscribir en el registro civil y en el parroquial a su hijo nonnato?... ¿qué, si quisiera, si intentara matricularlo como alumno en una Universidad? Señora —le dirían—, espere Vd. Que salga a la luz, que crezca y se desarrolle... Pues, bien: en el seno de la Iglesia Católica, hay un ser nonnato, pero con vida y actividades propias, como un niño en el seno de su madre... Calma: ya llegará la hora de inscribirlo, de pedir las aprobaciones convenientes. Mientras, daré cuenta siempre a la autoridad eclesiástica de todos nuestros trabajos externos —así lo he hecho hasta aquí—, sin apresurar papeleos que vendrán a su hora. Este es el consejo del P. Sánchez y de D. Pedro Poveda, y —añado— del sentido común |# 69|.

Luego, con mucho sentido común y sobrenatural, comenta:

Que nos ven. Que se dan cuenta. Bueno. Bien. ¿Acaso, habiendo fuego, se pueden evitar el humo, el calor y la luz? Pues tampoco, habiendo Obra, podremos evitar el humo de la calumnia o de la murmuración, ni el calor de nuestros trabajos de apostolado, ni la luz del Amor de Dios manifestada en nuestro ejemplo y en nuestra palabra |# 70|.

Ya empezaba a tener noción de lo que implicaba el ocultarse y desaparecer; y del alto precio que había de pagar por ese lema divino aplicado a la Obra