2. Genio y figura

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

Aquel indecible amor del Padre por sus hijos era un don divino ordenado a la santificación, según la llamada recibida al Opus Dei. Y, además, esa paternidad y esa filiación no eran perecederas; subsistirían más allá de la muerte:

Cuando el Señor me haya llamado a su presencia, casi todos vosotros —es ley de vida— seguiréis en la tierra. Acordaos entonces de lo que os decía el Padre: os quiero mucho, mucho, con locura, pero os quiero fieles. No lo olvidéis: sed fieles. Os querré también cuando haya ya dejado este mundo para ir, por la misericordia infinita del Señor, a gozar de Dios. Tened la seguridad de que entonces os querré más aún |# 41|.

La cantinela del Padre en las conversaciones y tertulias con sus hijas e hijos era también una confesión de la razón sobrenatural hacia la cual quería encaminar ese afecto: hijas mías —les decía—, os quiero mucho, pero os quiero santas |# 42|. Mas, en otras ocasiones, pensativo, con sus hijos en derredor, les preguntaba: hijos míos, ¿sabéis por qué os quiero tanto? Se hacía el silencio y añadía el Padre: porque veo bullir en vosotros la Sangre de Cristo |# 43|.

Ese querer limpio y sobrenatural, con el que el Padre buscaba la santidad de las almas que el Cielo le había encomendado, tenía también otro aspecto. La otra cara de su paternidad no era, humanamente, oficio muy grato. Sus hijos —como todos los humanos— tenían defectos y errores, y los que llevaban escasos meses en la Obra no conocían a fondo las costumbres y el espíritu del Opus Dei. De modo que el Padre se veía empujado a ejercer de continuo su oficio de maestro y guía de santos. Tan delicado era el amor del Padre que le bastaba ver las manos de sus hijas agrietadas de fregar suelos para sufrir por ello. Teniendo esto en cuenta, ¿cómo no había de dolerle el verse obligado a corregirles en cosas materiales, en las que casi siempre ponían muy buena voluntad? Lo cierto es que sufría antes, durante y después de la corrección |# 44|.

Deber primordial del Padre era formar a sus hijos en el espíritu de la Obra; y cumplía, incansable, este servicio a toda hora: en la conversación, al dar consejo, ante un descuido; a causa de una tarea mal hecha o por una falta de criterio. Si en alguno de estos casos tenía que hacer una reprensión fuerte, en el modo de hacerla se transparentaba su temperamento, que no era precisamente blando |# 45|.

En fin, había ocasiones en que una mirada bastaba para dar una enseñanza |# 46|. También un simple gesto del Padre podía ser una lección a gritos, una lección inolvidable, aunque esto no sucedía muy corrientemente. Cuentan que un día, almorzando en el pequeño comedor de invitados de una residencia de provincias, al escanciarle un vaso de vino el Padre advirtió que se trataba de una botella de marca. Pidió la botella y comprobó que sí lo era, aunque no de muy selecta calidad. En ese momento se levantó de la mesa, dio gracias y se marchó sin comer. Era una lección de sobriedad; un modo de decir que el Padre no admitía excepciones con su persona y que no había motivo para extraordinarios |# 47|. Por esa lección de pobreza se sintió llamada a la Obra una empleada del hogar.

Cuando reprendía sufría más que el reprendido; pero era obligación suya corregir a sus hijos para acercarlos a Dios. Era una operación de amor. Si no la llevase a cabo, querría decir —advertía a sus hijos— que no amo ni a Dios ni a vosotros |# 48|. El hecho es que corregía todo lo que era preciso. No discriminaba sujetos ni en atención a las ocupaciones, ni a la experiencia, a los años o a la salud. Era infatigable. Repetía y martilleaba avisos y doctrina sobre cuestiones de orden, pobreza, cuidado en las cosas pequeñas, y el no dejar a medio acabar las tareas. Si, por ejemplo, un encargo quedaba pendiente de hacer, preguntaba sobre las previsiones tomadas. Algunas veces el responsable comenzaba con la fea muletilla de las disculpas: "es que..." Oír el Padre esos titubeantes principios, y cortarlos tajantemente, era todo uno. El "es que", "creí que" y "pensé que" eran tres horrendos "diablillos" que no quería oír en boca de sus hijos ni de sus hijas |# 49|. Y de esa ocasión tomaba pie para enseñarles a cumplir el propio deber, con iniciativa, con amor, aplicándose a fondo con los cinco sentidos, siguiendo de cerca los asuntos y poniendo empeño práctico en su ejecución. Obedecer —explicaba a sus hijos—, no consiste en algo mecánico, o en un dejarse ir a ciegas, yerto como un cadáver, porque a los muertos los sepultamos piadosamente |# 50|.

Señalan con puntualidad los testimonios que cuando el Padre se entregaba a la áspera operación de las correcciones, no perdía la paz. Una vez hecha la corrección procuraba serenar el ánimo del corregido con una sonrisa o una palabra dulce, siguiendo un consejo dado a sus hijos: moderad vuestro genio y no decidáis cuando estáis cansados o de mal humor. Si habéis sufrido, no queráis hacer sufrir a los demás, porque bastante nos mortificamos unos a otros sin pretenderlo |# 51|. Al Padre correspondía dar a los centros del Opus Dei el tono y el ambiente propios de la Obra. Tenía, pues, que estar en todo, con su ejemplo y vigilancia |# 52|.

* * *

Se ha insistido mucho, y con razón, en la prudencia del Fundador al tratar con mujeres; actitud que nunca descuidó ante sus hijas. Cuando visitaba un centro para el apostolado con mujeres, siempre se hacía acompañar por don Álvaro o algún otro sacerdote. Pero en su comportamiento de Padre y maestro espiritual jamás discriminó por razones de feminidad, ni le detenían en su deber de corregir las pequeñas histerias o caprichos |# 53|. No anda lejos de estas categorías lo sucedido al ocupar Villa delle Rose, en Castelgandolfo. Las tres numerarias auxiliares que fueron a preparar aquella casa, destinada a cursos de formación y convivencias, la encontraron en penosas condiciones. Los ratones, en medio de la incuria y de la suciedad, correteaban a sus anchas por cuartos y pasillos. Imaginando los terrores de la noche —y no era preciso hacer gran esfuerzo para ello—, una de las auxiliares, Concha Andrés, dijo al Padre que querían dormir las tres juntas en una habitación. Y el Padre, muy paternalmente, les contestó: Hijas mías, si ahora tenéis miedo, ¿cómo os podré mandar dentro de poco a África, al Congo... a cualquier sitio? No, hijas mías, sed fuertes y dormid cada una en su habitación |# 54|.

Quizá la palabra justa para describir el comportamiento del Padre para con las mujeres sea la "caballerosidad". Vocablo en el que se compendia una amplia gama de virtudes: lealtad, honradez, elegancia, rectitud, cortesía, moderación, etc. Muy alto concepto tenía de ella don Josemaría cuando calificaba a su padre de "caballero cristiano". Y más aún cuando agradecía el ejemplo recibido de don José, cuyas muchas virtudes calcó. Entre las enseñanzas que el Fundador aprendió de niño hay un rasgo —secundario, indudablemente, pero muy significativo—, que proviene del hogar de los Escrivá, y que mucho tiene que ver en su comportamiento con las mujeres.

Dorita Calvo refiere que la primera vez que fue a la residencia de Zurbarán a hablar con el Padre, en 1945, sucedió algo que le quedó muy grabado: «al intentar dejar pasar primero al Padre me llamó mucho la atención su sencillez y caballerosidad, pues no consentía pasar primero él» |# 55|. También Kurt Hruska, el médico dentista que le trataba en Roma, hace una observación semejante: «cuando se encontraba con alguien en el pasillo de la consulta, era cortés; daba un paso atrás y dejaba pasar a las señoras» |# 56|. Y en un tercer testimonio —en este caso, la carta a una sobrina— sigue manteniendo el principio de galantería. He aquí la despedida:

Para mamá, papá (las señoras debéis ir delante), y para cada uno de tus hermanos, tantos besos. Para ti, además, un abrazo y una cariñosa bendición de Josemaría.

Te envío una medalla muy bonita |# 57|.

¿Qué consecuencias sacar de este rasgo de cortesía —y, en el fondo, de humildad— sino que la buena crianza de Josemaría niño no desapareció con los años? Pero no es eso lo que hace particularmente llamativa su conducta sino el que renunciase a una preeminencia que la sociedad le reconocía por su condición sacerdotal. Un modo tan gentil de conducirse choca, sin embargo, de manera clamorosa con los casos en que, al tener que corregir como Padre, don Josemaría parecía no respetar las formas externas. Y esto sucedió con hijas suyas, y, en más de una ocasión. Veamos el testimonio de Encarnación Ortega: «tenía un carácter enérgico y fuerte, con el que luchó toda su vida. Puedo recordar que, en algunas ocasiones en las que demostró esta energía al hacerme una reprensión, después supo pedirme perdón por el modo enérgico, aunque mantenía el motivo de su reprensión» |# 58|.

Este testimonio parece pedir una aclaración complementaria, que textualmente otra hija suya recoge de labios del Padre: Yo quiero a mis hijas más que una madre, aunque no las haya visto nunca. Pero si yo no hubiera gritado, la Obra no hubiera salido |# 59|.

Ahora bien, el Padre, tan exigente con sus hijos, ¿se exigía a sí mismo? Parece ser que, en este sentido, había tomado una determinación: ir al paso de Dios aunque haya de dejar la vida |# 60|. Propósito que le ayudaba a ser constante y que cumplió con heroica fortaleza; cortando, con magnífico temple de voluntad, cualquier obstáculo que impidiera su camino hacia Dios. Tampoco demoraba la pronta ejecución de los propósitos. No admitía excusas ni contemporizaba diciéndose: ésta será la última vez. No creo en las últimas veces —afirmaba—. ¡La última ha sido ya! |# 61|.

Pero, ¿quién se encargaba de hacer al Fundador las oportunas advertencias? A juzgar por lo que solía manifestar a sus hijos, tenía auténticas ganas de someterse por entero: Me gustaría no ser del Opus Dei —decía—, para pedir inmediatamente la admisión, ser el último y pasarme la vida obedeciendo |# 62|.

Hasta la aprobación definitiva en 1950, el Fundador tuvo que entablar un "filial forcejeo" en la Santa Sede para mantener incólume el espíritu del Opus Dei. Entre las objeciones que le ponían estaba la de que, en principio, no debía recibir advertencias de parte de los miembros de la Obra. Como Presidente no podía estar sujeto a sus inferiores. Era costumbre multisecular. Pero al Fundador no le convencía el argumento. No quería que le privasen de tan estupenda ayuda para su santificación, cuando los demás fieles del Opus Dei gozaban de ella. Y argumentaba:

Todos los hijos míos tienen un medio que arranca del Evangelio, que es la corrección fraterna. Por ese procedimiento, los demás, aunque les duela, y tengan que vencerse ellos y los que la reciben, y tengan que ser humildes y mortificados, tienen un medio de santidad maravilloso. ¿Y yo que soy un pobre hombre, y los que me sigan a mí, que serán mejores que yo, pero también unos pobres hombres, no vamos a tener ese medio de santidad? |# 63|.

Al fin se salió con la suya; aprobaron en la Santa Sede la figura de los "Custodes" del Presidente General del Opus Dei (ahora Prelado) |# 64|. Función de los dos Custodios (don Álvaro del Portillo y don Javier Echevarría) era advertir, aconsejar y ayudar al Padre en todo lo referente al orden espiritual y material. De allí en adelante el Padre pudo calmar totalmente su sed de obediencia. Abría su alma a los "Custodes"; seguía sus sugerencias; les consultaba el plan de trabajo y, si visitaba un Centro, se ponía en manos del director local en todo lo referente al horario y orden de la casa. Aquí mandas tú, le decía |# 65|. En más de una ocasión —según cuenta Mons. Javier Echevarría— el Padre les exhortaba, a él y a Mons. Álvaro del Portillo, a que, por el amor de Dios y por el cariño que le tenían, le hiciesen todas las advertencias necesarias; sin dejarme pasar nada, les insistía |# 66|.

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Si nos preguntamos ahora por lo que pueden parecernos los aspectos más relevantes del carácter del Fundador, veremos que, a diferencia de la mayoría de la gente, solamente con grandes salvedades puede aplicársele el dicho popular: genio y figura hasta la sepultura. En efecto, las líneas imprecisas de su temperamento de niño se fueron transformando con los años, no por cambios biológicos sino por el empeño que puso en someter sus pasiones y corregir defectos, con ayuda de la gracia y de sus padres. Así y todo, cuando esas tendencias habían sido ya controladas, aún persistían las huellas inequívocas de su personalidad humana.

Desde la primera infancia aparecen, en efecto, claramente definidas las inclinaciones de su temperamento. Todavía era un crío Josemaría cuando, enrabiado porque le habían servido un plato que no le gustaba, lo tiró irritado contra la pared. Conocemos también su costumbre de esconderse debajo de la cama y no querer salir, porque decía que le daba vergüenza saludar a las visitas. En tales ocasiones su madre vencía su infundada timidez obligándole a dejar el escondite.

Pero más indicativas de las tendencias de su carácter son otras dos anécdotas. Poco hacía de la muerte de las hermanitas más pequeñas —Josemaría tendría, pues, unos once años— cuando contemplaba cierto día jugar a sus otras hermanas con unas amigas. Habían conseguido hacer un castillo con las cartas de una baraja —como recordamos—; y, de pronto, se lo derribó Josemaría de un intempestivo manotazo. Eso mismo hace Dios con las personas —les dijo—: construyes un castillo y, cuando está casi terminado, Dios te lo tira. (No había penetrado aún el misterio del sufrimiento y de la Cruz, ciertamente; pero el suceso muestra la capacidad de su alma para empaparse de dolor y revela, entre otros rasgos, su energía y penetración espiritual).

Otra escena análoga, propia de un carácter impulsivo, se produjo el día en que el profesor de matemáticas le mandó salir a la pizarra y, después de otras, le hizo una pregunta que no había explicado en clase. Josemaría, ante lo que consideraba una injusticia, arrojó, despechado, el borrador contra la pizarra, se dio media vuelta y se fue a su pupitre protestando.

No es preciso aportar más anécdotas de este género, pues estos sucesos tempranos bastan para dibujar algunas de las raíces de su temperamento. En unos casos se mezcla la brusquedad con la timidez; en otros, la impaciencia con la energía o la rebeldía con un agudo sentido de la justicia. Hay también otro rasgo prevalente: la terquedad, muy pronto superada gracias a la firme actuación de los padres. La terquedad del niño Josemaría la veremos pronto cambiada en tozudez, tras larga lucha consigo mismo por eliminar matices negativos. Es en el periodo de su estancia en Zaragoza, en aquellos años de oración paciente y perseverante del Domine, ut videam!, cuando el futuro Fundador adquiere ese tesón y firmeza que bautiza como "santa tozudez". Porque el tozudo se muestra tenaz y constante, pero no terco e incapaz de rectificación.

Dios, indudablemente, le otorgó cualidades apropiadas a su misión. Pero su desarrollo o refinamiento constituye una prolongada ascesis, presidida por el amor, al objeto de ser instrumento idóneo para los designios divinos, aun cuando siempre se consideró instrumento inepto y sordo.

Era el Fundador hombre extremadamente dócil y pronto a cambiar de juicio respecto a una cuestión ya estudiada, si llegaban a su conocimiento nuevos datos o información que variase el planteamiento del asunto o, simplemente, que pensara haberse equivocado. No vacilaba en rectificar su postura, porque —decía— no soy un río que no puede volverse atrás |# 67|. Es más, rectificaba con alegría, porque —aseguraba— rectificar quita lo agrio del alma |# 68|. Él mismo contaba a sus hijos que una de las gracias que clarísimamente le había concedido el Señor, de mucho tiempo atrás, era el gozo que experimentaba al rectificar; que no es, ni mucho menos, una humillación de la inteligencia |# 69|. Eran tantas las veces que el Padre reconocía haberse equivocado que, frecuentemente, recordaba a su "Custodio", Javier Echevarría, que no olvidase hablarle con entera libertad, porque —le aseguraba— necesito y agradezco desde el fondo del alma cualquier luz para corregir, para mejorar, para cambiar lo que haya decidido |# 70|.

Tenía, era patente, un carácter brioso e impulsivo. Las últimas manifestaciones de aquel temperamento arrebatado de su mocedad se mencionan autobiográficamente en sus Apuntes íntimos, y en especial, la agresiva indignación con que reaccionaba a los insultos que le dirigían por las calles de Madrid, en 1930 y 1931 |# 71|. Consiguió al fin, no sin titánicos esfuerzos, dominar su carácter, hasta el punto de combinar armónicamente la impetuosidad con el sosiego y la fortaleza con la dulzura. ¿Quién podría reconocer en el explosivo temperamento de su juventud al "hombre de paz" que luego sería?

Bien sabes tú —escribía a Mons. Casimiro Morcillo—, después de tantos años de trato constante y fraternal, que soy hombre de paz y que debo al Señor un buen humor imperturbable y la carencia de bilis más absoluta. No puedo, por tanto, reñir con nadie |# 72|.

Efectivamente, una vez eliminado todo apasionamiento defectuoso, limpio de escoria y ganga, quedaba armoniosamente fundido lo vigoroso de su temperamento con la suavidad de su trato. Quienes mejor le conocían eran testigos de esta feliz condición. Mons. Javier Echevarría lo define como «persona de carácter recio y fuerte, con decisión rápida y claridad de mente». Y añade a continuación: «Sin embargo, a lo largo de toda su vida, se mostró siempre afable, cariñoso y amable, condescendiente, atento a las necesidades de los demás» |# 73|. Quienes no tenían trato asiduo con el Fundador, quienes no tenían otro conocimiento directo de su persona que una breve conversación o una corta visita, como era el caso de su dentista romano, juzgaban por las impresiones. En tales circunstancias, se sobreponía la imagen del "hombre de paz", sonriente y afable, aunque se adivinase la energía soterrada de su carácter. Cuenta Hruska, su médico dentista, que «uno tenía la sensación de que poseyese virtud magnética, una fuerza y un fluido tales que, cuantos se aproximaban a él, se sentían ligeros y transportados como una pluma [...]. Cuando venía a la consulta sentía yo un placer grande: entraba un viento de felicidad, de serenidad, como si hubiera tomado un tranquilizante» |# 74|.

Sin embargo, había ocasiones en que su temperamento, propenso a estallar pasionalmente, asomaba en los gestos y palabras del Fundador. Y no era por falta de dominio de sí mismo, sino que la energía en ebullición se le escapaba a borbotones en los negocios arduos, en las reprensiones y, sobre todo, en la defensa de su patrimonio espiritual. ¿Qué hubiera sido el Fundador sin ese recio carácter de indomable firmeza, de vibración y santo apasionamiento? ¿Cómo hubiera podido resolver imposibles y salvar toda clase de obstáculos, peleando sin pausa? ¿Cómo mantener la cabeza llena de proyectos optimistas y multitud de solicitaciones que hubieran aplastado a un empresario de altos vuelos? |# 75|. En fin, ¿qué ventajas obtuvo de esa manera de ser?

La respuesta a esta última pregunta es que el domeñar un carácter tan fuerte le obligó a mantenerse en continua lucha ascética; y esa abundante fuente de energía, puesta enteramente al servicio de su misión fundadora, le permitió sacar adelante, con gallardía, el Opus Dei |# 76|. Porque, como decía el Fundador, en otro caso la Obra no hubiera salido.

Otra cualidad de su carácter, contenida en las ya citadas anécdotas de la edad infantil, es aquella sensación, medio de vergüenza medio de timidez, que experimentaba cuando las visitas trataban de hacer de él un centro de atención. De ahí salió su repudio de lo espectacular, el no querer significarse. Evitaba todo protagonismo. Amaba la sencillez y la naturalidad. Huía de la afectación, de lo ceremonioso y rebuscado.

Innumerables veces a lo largo de esta historia se ha visto al Fundador acomodarse al lema ocultarme y desaparecer, tan en consonancia con su carácter |# 77|. Sin embargo, esa norma representaba algo más que una orientación en el comportamiento social. Es la clara Voluntad de Dios sobre mí |# 78|, escribe en 1934. Se trata, por consiguiente, de una característica del espíritu recibido en cuanto Fundador del Opus Dei.