2. Fugitivo en busca de refugio

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

Doña Dolores, deseosa de paz, vaticinaba en familia que el día de la fiesta de Santiago, patrón de España, todo habría vuelto a la normalidad. El diario recogió la invocación al Apóstol: Sábado, 25. —¡Santiago y cierra España! |# 42|.

Al entrar el mes de agosto la situación era revuelta y confusa por toda España. Continuaba la lucha en pueblos y regiones y era clara la escisión de los mandos militares a la hora de la insurrección. Lo que los militares alzados pensaron como una rápida toma del poder por parte del Ejército se había convertido ahora en una lucha sangrienta, con carácter, a la vez, revolucionario y de guerra civil. En efecto, la conspiración militar fracasó en muchos sitios. El mando lo ejercían, en su mayoría, personas partidarias del gobierno republicano, especialmente en Madrid y Barcelona, donde se encontraban los principales efectivos del ejército. Pero, por otro lado, en las grandes regiones rurales de Galicia, León, Castilla, Navarra y Aragón, la población se sumó con entusiasmo al alzamiento. El resultado fue imprevisible. En la zona republicana el poder, teóricamente en manos del gobierno, pasó de hecho a los comités de milicias revolucionarias de los partidos y sindicatos locales. Mientras en la zona que se llamaría nacional, las fuerzas de pueblos y capitales vinieron a encuadrarse bajo la autoridad de las jefaturas militares de los insurrectos.

Conforme pasaban los días, se perdían las ilusiones de una pronta terminación del conflicto, que prometía alargarse hasta el final del verano. Por todo Madrid se hacían registros domiciliares en busca de personas sospechosas. Generalmente estos registros perseguían pistas sacadas de ficheros políticos u obtenidas por delación. Las más terribles eran las presentadas a las milicias por los vecinos o los porteros de las casas |# 43|, pues conocían los movimientos y paradero de sus inquilinos. En el piso debajo del de Doña Dolores había una comunista, la cocinera; mujer nada de fiar y, probablemente, sabedora de que vivía escondido un cura en el otro piso. Teniendo esto en cuenta, el sacerdote estaba precavido y dispuesto a emprender la fuga en cualquier momento del día o de la noche. Y, por si fueran pocas las dificultades, carecía de documentación sindical o política, que, naturalmente, era la única válida en los controles de los milicianos. Doña Dolores le había dado el anillo de casado que usó antaño don José, con la intención de que pensaran que no era soltero. Para el hijo, llevar ese anillo fue como heredar una santa reliquia de su padre |# 44|.

A las dos semanas de estar encerrado en el piso, aparecieron por el barrio las patrullas de registro. Sería probablemente el 8 de agosto cuando sucedió lo que temían. A primera hora de la mañana el portero avisó, alarmado, que era inminente un registro. Sin aguardar un segundo aviso, el sacerdote se lanzó a la calle dispuesto a recorrer una larga vía dolorosa. Empezaba a cumplirse el presentimiento que tuvo de que, a partir de agosto de 1936, el Señor le reservaba una cruz. Así lo había dejado escrito en sus Apuntes, semanas antes, sin imaginar su cumplimiento: ¡víctima!, en una Cruz sin espectáculo |# 45|.

Ese día, 8 de agosto, anduvo vagando de una parte a otra de Madrid, expuesto a caer en manos de cualquier piquete de milicianos que le llevase a la cárcel. Luego, a última hora, se fue a dormir a una pensión de la calle Menéndez y Pelayo, donde se alojaba José María Albareda, un joven profesor que había conocido en la Residencia de Ferraz y que el jueves, 23 de julio, había visitado al Padre en Doctor Cárceles, acompañando a Juan y a Isidoro Zorzano.

Al día siguiente, como tenía convenido anteriormente, se marchó a casa de Manolo Sainz de los Terreros, que vivía en la calle Sagasta, 31 |# 46|. (Manolo era aquel joven que comenzó la dirección espiritual con el Padre en junio de 1933 en la casa de Martínez Campos, mostrándole su alma, «sin dejar un solo hueco»). Era mediodía cuando don Josemaría logró subir al piso sin que lo advirtiese el portero. Esa misma tarde se presentó también allí Juan Jiménez Vargas. La familia de Manolo se hallaba de vacaciones y éste vivía solo con Martina, una anciana sirvienta, sorda y calmosa. Los dos nuevos huéspedes hubieron de permanecer en absoluta clandestinidad, a todos los efectos, sin que supiesen nada de ellos los demás vecinos y menos aún el portero, responsable, ante el comité político de las casas, de la entrada o salida de residentes. Así, pues, habían de moverse con cautela y sigilo, para no levantar sospechas. Manolo o Martina hacían la compra, dejando entrever a terceros que aquella era comida para dos personas, aun cuando fuesen cuatro bocas a la hora del reparto. Manolo, hombre decidido e impetuoso, no era sujeto que se amilanase fácilmente; pero desde que a finales de julio se habían llevado a su hermano a la cárcel la casa estaba fichada. Por entonces los registros comenzaban a ser metódicos. A los dos días de vivir allí el Padre con Manolo, volvieron a presentarse los milicianos en otro de los pisos, donde anteriormente habían detenido al conde de Leyva |# 47|.

Con don Josemaría, entró también el orden en aquella casa. Se hizo un horario fijando las prácticas de piedad, y las horas de trabajo y de comidas. Lo que más preocupaba al Padre era el no tener noticias de sus hijos. Es de imaginar, por tanto, su enorme alegría cuando a mediados de agosto Manolo recogió en la antigua residencia de Ferraz varias cartas que le entregó el portero, entre ellas una de Pedro Casciaro. Y, poco más tarde, el día 25, le llegó una carta de Ricardo dirigida a Isidoro desde Valencia, anunciando que se encontraba muy bien. El Padre, por medio de Isidoro y de Manolo, se comunicaba esa temporada con los de Madrid y con doña Dolores, aunque ésta prefería no saber con certeza dónde paraba su hijo |# 48|.

A poco de abandonar don Josemaría la casa de su madre se produjeron los temidos registros. No uno sino varios; llevándose detenidas a algunas personas de la familia en la que estaba empleada la sirvienta comunista. En otra ocasión, entraron los milicianos y recorrieron todas las viviendas, menos la de doña Dolores. Rompieron incluso el precinto que en la puerta contigua se había colocado por orden de la Embajada inglesa, ya que la dueña, de nacionalidad británica, había dejado España al estallar la revolución |# 49|. Temblaban doña Dolores y sus hijos, en silencio expectante, cada vez que oían a los milicianos subir ruidosamente por la escalera; pero jamás se les ocurrió, aunque parezca extraño, registrar la vivienda de los Escrivá.

En el piso de Doctor Cárceles, quedaba un baúl repleto de papeles privados y documentos relacionados con la Academia y las labores apostólicas. Don Josemaría había puesto su entera confianza en manos de Dios y de doña Dolores, que «conservaba la llave y no la soltaba por nada del mundo» |# 50|. Pero, Carmen y Santiago, ante el temor de que hubiera allí anotaciones que comprometieran a terceras personas, exigieron la llave a su madre. Efectivamente, entre los papeles encontraron un cuaderno con nombres, direcciones y teléfonos, y juzgaron prudente quemarlo.

Dispuesto a revolver, Santiago topó, sin duda, con algunos escritos espirituales de mucho sabor, de los que da noticia: «entonces fue —nos dice— cuando leí el diario que Josemaría había llevado durante muchos años. Recuerdo los cuadernos de hule negro». Se trataba, claro está, de los Apuntes íntimos del Fundador |# 51|. Aquel baúl, puesto allí bajo el amparo de la Providencia y la vigilancia amorosa de doña Dolores, contenía una importante porción del espíritu y de la todavía breve historia de la Obra. En Doctor Cárceles comenzó el baúl una larga odisea que duró toda la guerra, incólume a desplazamientos y registros.

(Tres años más tarde, como quien se topa con un viejo conocido, anotaba el Fundador: ¡Madrid!, día 13 de Abril de 1939: a la vuelta de casi tres años, reanudo mis Catalinas en este cuaderno que quedó sin terminar, en julio del 36. Jesús ha querido, de modo poco ordinario, que se conserve nuestro archivo. Y se ha servido de mi madre y de Carmen como instrumentos) |# 52|.

En el piso de Sagasta vivía el Padre muy aislado, sin otra compañía que la de Juan, pues Manolo imponía a los huéspedes su decisión de mantener a toda costa el incógnito, y no recibir visitas. Un día, suspendiendo tan excesiva reserva, Manolo les presentó a dos refugiados del piso de abajo, pero sin revelar a éstos el carácter sacerdotal de don Josemaría. Aunque no fue necesario que lo hiciese. Vista la familiaridad con que don Josemaría trataba los temas religiosos, le identificaron prontamente, que es lo que el sacerdote pretendía, por si necesitaban de su ministerio. Uno de ellos —Pedro Mª Rivas, abogado madrileño entonces, y más tarde, religioso— refiere que «se le veía en aquellos días de la guerra con gran paciencia y mucha paz de espíritu» |# 53|.

Gustaban los visitantes de la conversación de don Josemaría, por lo que frecuentemente subían al piso de Manolo a charlar con él. En caso de alarma los huéspedes tenían muy ensayados los pasos a dar. En cuanto se oía un timbrazo a la puerta los refugiados se retiraban hacia la escalera de servicio. Mientras tanto, Martina se preparaba a abrir, cachazudamente, sin prisas. Valiéndose de su sordera, retenía a los visitantes, sin dejar a nadie pasar de la puerta. Si era gente de peligro, la señal convenida era levantar mucho la voz, de manera que los visitantes se identificaran, dando tiempo a los huéspedes para ganar la escalera de servicio y subir a las buhardillas.

El 28 de agosto Manolo trajo a casa un primo suyo, llamado Juan Manuel. El domingo, día 30, le pusieron, por la mañana, al corriente de las precauciones tomadas en caso de registro. Hicieron un ensayo, sin prever cuán oportuno resultaría. Pocas horas más tarde, cuando estaba Manolo fuera de casa y Martina preparando la comida, se oyeron grandes voces por la escalera, y a poco sonó el timbre. Se retiraron cautelosamente los tres —el Padre, Juan y Juan Manuel— hacia la escalera de servicio mientras Martina, con calma, se dirigía a la puerta. Los milicianos intentaban entrar diciendo que iban a hacer un registro, y Martina los retenía gritando, muy en su papel de sorda: — «Aquí no hay nadie. Soy sorda. No oigo nada».

Por la escalera de servicio subieron los tres a las buhardillas y entraron en la primera que hallaron abierta. Aquello era un espacio reducido que hacía de desván y carbonera. Andaban agachados porque la altura no daba para tenerse de pie. A primeras horas de la tarde el calor se hacía asfixiante. Sentados entre polvo, telarañas y carbonilla, se mantenían inmóviles en espera del desenlace. Cualquier ruido podía delatarles y, si eran descubiertos, lo más probable era que los fusilasen |# 54|. Varias horas llevaban de espera, cuando oyeron que estaban ya registrando en el piso inmediatamente debajo de la buhardilla. El Padre, en la duda de si Juan Manuel, que llevaba escasamente dos días con ellos, se había enterado o no de que era un sacerdote, le dijo: — Soy sacerdote. Y luego, dirigiéndose a ambos, a Juan y a Juan Manuel: — Estamos en momentos difíciles, si queréis, haced un acto de contrición y yo os doy la absolución |# 55|.

Recibió Juan Manuel la absolución. Instante que dominó todos sus recuerdos de aquella época: — «No he podido olvidar mi encuentro con don Josemaría —confiesa—, ya que todos pensamos que eran los últimos momentos de nuestra vida [...]. Supuso mucha valentía decirme que era sacerdote ya que yo podía haberle traicionado y, en caso de que hubieran entrado, podía haber intentado salvar mi vida, delatándolo» |# 56|.

Apenas recibida la absolución, preguntaba Juan al Padre:

—Y si nos cogen, ¿qué ocurrirá?

—Pues, hijo mío, que nos vamos derechos al Cielo.

(Aquí, en sus memorias, hace Juan una importante digresión sobre la imprecisa cualidad de su miedo, aclarando que no era, específicamente, el temor a ser fusilado, sino que experimentaba una sensación incierta, que no le robaba la paz. «Con el Padre allí estaba seguro de que no había nada que temer, y para contribuir al ambiente de seguridad —nos explica— a las tres de la tarde me dormí un rato») |# 57|.

Mientras, entregado a tan altruistas propósitos, dormía a pierna suelta, los milicianos registraban concienzudamente la casa: de arriba abajo y de abajo a arriba. Tan a fondo, que no tuvieron tiempo de llegar a las últimas buhardillas. Hacia las nueve de la noche cesaron, por fin, los ruidos. Cautelosamente bajaron los tres por la escalera y llamaron a la puerta de servicio del cuarto piso, izquierda, casa de los condes de Leyva. Les abrieron. Venían sudorosos, sedientos y tiznados de polvo y carbonilla. Pidieron un vaso de agua. Allí les contaron que Manolo había vuelto a casa en pleno registro y se lo habían llevado detenido, cerrando el piso con llave.

Les ofrecieron unas camisas del conde, que estaba en la cárcel, mientras les lavaban las suyas. Generosamente les invitaron a quedarse en el piso, pues era de esperar que por un tiempo no hubiera nuevos registros. Se equivocaron. Al día siguiente, a las ocho de la mañana, ya estaban de nuevo los milicianos sobre la pista, continuando meticulosamente el suspendido registro de la víspera. Entraron en el piso de al lado, el cuarto derecha, y en el de abajo. «A ratos —cuenta Mercedes, hija del conde de Leyva— pasábamos un miedo horroroso, pero el Padre —de todas formas— conservaba el buen humor, haciéndonos reír muchísimo, aunque pensaba mucho en los suyos» |# 58|. En una de esas ocasiones de peligro la condesa |# 59| propuso rezar el Rosario. Rápidamente intervino el Padre: Lo llevaré yo, que soy sacerdote |# 60|. En vista de la persistencia en los registros de aquella zona, se vieron obligados a cambiar de refugio |# 61|. Dos de las chicas de servicio de la condesa fueron a ver a José María González Barredo, para que buscase al Padre dónde esconderse. El único posible refugio que halló éste fue la casa de los Herrero Fontana, cuyos dos hijos conocían a don Josemaría y se dirigían espiritualmente con él. Vivía esta familia en un entresuelo de la plaza de Herradores, número 4.

Aquella operación de traslado, que se prometía segura, les llevó a meterse en la boca del lobo. Una noche se vieron cercados, de improviso, por patrullas de policías y milicianos, que obligaron a los porteros a abrir los portales de todas las casas, para hacer una redada registrando todos los pisos de la plaza, con gran escándalo y alboroto nocturno. Inexplicablemente, el portero de la casa número 4 no se dio por enterado. Y, más extraño aún, ni siquiera intentaron los milicianos forzar la puerta de aquella casa.

Para Juan aquél era uno más de los muchos casos que mostraban «que el Padre tenía una protección especial, uno más de los episodios que protagonizaban los Ángeles Custodios» |# 62|. Frente a eso, poco podían hacer las patrullas de registro. «Así, ni milicianos, ni nada», pensaba Juan Jiménez Vargas, cada vez que se libraba de la muerte. Como contrapartida, aquel joven sacerdote se veía obligado a ir de casa en casa, mendigando un refugio, sin saber dónde y cómo le recibirían. Porque el miedo a tener escondido a un sacerdote, exponiéndose quienes le acogiesen, a la cárcel o al martirio, hacía que muchos buenos cristianos le cerrasen las puertas. La peregrinación en busca de escondite «era algo muy duro, porque no era sólo sensación de abandono físico», era como sentirse completamente desamparado |# 63|.

Afortunadamente, en medio de aquella prueba, don Josemaría se sentía acompañado por su Dios. Llevaba por dentro, muy hondo, el gozo y la paz; al tiempo que por fuera le azotaban la inseguridad y el desamparo. De modo indecible cabían en él, a un mismo tiempo, elementos contrarios, porque sobre la paz de su alma pesaba la angustia de la incertidumbre; y el frío de la soledad cubría el calor de su optimismo. En la búsqueda de refugio el Señor le hacía tomar sobre sí, envolviendo su vida afectiva, una dolorosa sensación de abandono: la de todos los que no tenían hogar, la de los miserables sin cobijo, la de los perseguidos sin escondite; la de los miembros de la Obra en peligro: unos fugitivos, otros aislados, algunos en la cárcel.

Resultaron infructuosas las gestiones hechas en casas de amigos y conocidos, mientras una hija de los condes de Leyva trataba de que le admitieran en la Embajada de Cuba. Al cabo, un día, cansado y sin refugio, el sacerdote fue a dar en casa de don Álvaro González Valdés, padre de José María González Barredo, en la calle de Caracas, 13.

El terror revolucionario continuaba su escalada. De los ficheros de todo tipo de asociaciones —políticas, culturales, deportivas o religiosas—, y de las denuncias de vecinos, colegas, porteros o enemigos particulares, se obtenían largas listas de gentes a quienes perseguir |# 64|. Por ese motivo, los cambios de escondite de los perseguidos se llevaban a veces con tal sigilo y rapidez, que pasaba tiempo antes de que la familia tuviera noticias del nuevo refugio.

Éste era el caso de Álvaro del Portillo, que había conseguido refugiarse con uno de sus hermanos en una casa situada en un callejón al que se accedía desde la calle de Serrano y cuyo dueño era amigo de la familia. Un mes llevaba escondido cuando se le ocurrió —a principios de septiembre— ir a las oficinas de la Jefatura de Puentes y Cimentaciones, donde trabajaba antes de la guerra, a cobrar sueldos atrasados. Ya con unos billetes en el bolsillo, decidió tomarse una cerveza en "La Mezquita", un bar de la plaza Alonso Martínez, sin cuidarse de que, sentado en un velador de la acera, podían pedirle una documentación de que carecía. Providencialmente no fue la policía sino don Álvaro González Valdés quien se le acercó y le dijo: — «¡Gracias a Dios que le encuentro! ¿Sabe quién está en mi casa? ¡El Padre! Me ha pedido que le dejase descansar un momento, porque no puede más, no se tiene en pie. Pero resulta que el portero no es de confianza, y si se ha dado cuenta estamos todos en peligro» |# 65|.

Aquello tenía fácil arreglo. Fueron inmediatamente a la calle de Caracas y Álvaro se llevó al Padre consigo. A los pocos días se les agregó Juan Jiménez Vargas. En ese escondite vecino a la calle de Serrano, pasaron tranquilamente el resto del mes de septiembre. La casa estaba en un callejón pegado a unas dependencias de la Dirección General de Seguridad. El dueño había puesto en un balcón un papel con la bandera argentina, por lo que pudiese valer. Nunca estaba de más cualquier intento. La comunicación con el exterior y los encargos los hacía la cocinera de los antiguos ocupantes, una mujer entrada en años y que no se mordía la lengua; y Selesio, el chófer, que aparecía por allí de vez en cuando.

El Padre dirigía las meditaciones y celebraba con los suyos las "misas secas"; y para llenar las horas, porque no tenían libros que leer, se entretenían charlando, evitando caer en el ocio o en la inactividad. Pared por medio del chalet funcionaba la emisora de radio de la Dirección General de Seguridad, transmitiendo a todas horas mensajes a la policía.

Llevaba ya el Padre tres semanas en el chalet, en compañía de Álvaro, de Juan y de Pepe del Portillo. En el relativo sosiego de su escondite les cogió el primero de octubre, víspera del octavo aniversario de la fundación de la Obra. Esperaba el Padre un favor del Cielo, una de esas "dedadas de miel" con que Dios solía endulzar su afán apostólico, enviándole alguna nueva vocación. Esta vez soñaba con gran ilusión cuál sería la sorpresa que el Señor les tenía preparada: Álvaro, hijo mío, mañana es 2 de octubre; ¿qué caricia nos tendrá reservada el Señor? |# 66|.

Muy pronto lo supo. Esa misma mañana llegó Ramón, otro hermano de Álvaro, con noticias alarmantes. Peligraban todos. Los milicianos podían presentarse allí de un momento a otro. Ya habían registrado el domicilio de los propietarios del chalet donde se encontraban y asesinado a seis personas de esa familia, entre ellos un sacerdote. Ahora venían rastreando los domicilios de parientes y conocidos. Era preciso abandonar ese refugio. La bandera argentina no era impedimento que frenase a los milicianos. Antes de partir, el Padre les dio la absolución y sintió henchírsele de gozo el alma al pensar en el martirio. Al mismo tiempo tuvo la sensación de que se le desvanecían los ánimos, de que el cuerpo se desmadejaba y, con la flojera, las piernas le temblaban de miedo |# 67|.

El regalo esperado del Señor fue el envío de luces para que el sacerdote comprendiera, de manera tangible, que toda su fortaleza era prestada. La gracia que esperaba para el 2 de octubre se le concedía la víspera.

Pronto se repuso y comenzaron a buscar otro escondite. El Padre llamó por teléfono a José María González Barredo y quedaron en verse en el paseo de la Castellana, una arteria principal que corta Madrid de norte a sur, no lejos del chalet. Según habían convenido, salió a la calle y, después de un cierto tiempo, regresó al chalet. Venía tan acongojado que, ya en el umbral de la puerta, rompió en sollozos: — Pero, Padre, ¿por qué llora? —le preguntó Álvaro.

En el rato que permaneció fuera de casa se había tropezado con una persona, que le informó del asesinato de don Lino Vea-Murguía, aquel sacerdote que visitaba con él los hospitales y atendía a las mujeres de la Obra. También le dieron pormenores del martirio de aquel otro sacerdote, don Pedro Poveda, amigo suyo, cuya muerte ya conocía |# 68|.

Explicó luego el Padre por qué había vuelto tan pronto. Efectivamente, se vio con José María González Barredo en el lugar convenido del paseo de la Castellana. Gozoso de haber hallado solución al apuro, extrajo Barredo del bolsillo de su chaleco una pequeña llave y se la entregó a don Josemaría. La casa en cuestión pertenecía a unos amigos que se encontraban fuera de Madrid. El portero, además, era persona de confianza. Todo estaba resuelto. ¿Es que había reparos que poner?

El Padre le escuchaba atentamente, como haciéndose cargo de la situación:

— Pero, solo y en casa ajena, ¿qué voy a decir si se presenta una visita o llaman por teléfono?

— No se preocupe. Hay allí una sirvienta, una mujer que es también de toda confianza, y que podrá atenderle en lo que necesite.

— Y, ¿qué edad tiene esa mujer?

— Pues, veintidós o veintitrés años. Entonces sacó la llave, que ya se había metido en el bolsillo, y le hizo esta consideración:

— Hijo mío, ¿no te das cuenta de que soy sacerdote y de que, con la guerra y la persecución, está todo el mundo con los nervios rotos? No puedo ni quiero quedarme encerrado con una mujer joven, día y noche. Tengo un compromiso con Dios, que está por encima de todo. Preferiría morir antes que ofender a Dios, antes que faltar a este compromiso de Amor.

Después, por vía de ilustración, para que se hiciese cargo, le insistía:

— ¿Ves esta llave que me has dado? Pues va a ir a parar a aquella alcantarilla.

Dicho y hecho. Se acercó al agujero y la tiró |# 69|.

El 2 de octubre, muy temprano, alzaron el vuelo de aquel escondite. Justamente a tiempo, porque enseguida aparecieron los milicianos a registrar el chalet. El Padre, acompañado de Álvaro, se había ido a casa de Juan.

Sin documentación, a la buena de Dios, recomenzaron una vez más el peregrinar. Y se les ocurrió volver a la plaza de Herradores, donde vivía Joaquín Herrero Fontana con su hermana, más la madre, doña Mariana, y la abuela, ambas viudas. Aquellas mujeres le conocían como huésped de semanas anteriores. El Padre pasó las horas de ese dos de octubre recogido en oración y pidiendo a Dios por sus hijos. Todo marchaba bien. Hasta que el miedo fue incubando, aceleradamente, una idea obsesiva en el cerebro de la abuela. La buena señora dio en la manía de repetir: — ¡Un cura en casa! Nos matarán a todos. ¡Un cura en casa! Nos matarán a todos |# 70|.

No era un desatino. La obsesión senil de la abuela tenía sus fundamentos de cordura. La hija y la nieta trataron de calmarla. Todo fue en vano. En tales condiciones no hubo más remedio que pensar en un rápido traslado del sacerdote.

El día 3 se hallaban el Padre, Álvaro y José María González Barredo cansados y abatidos, sentados en el bordillo de la acera de la glorieta de Cuatro Caminos, cuando a Barredo le vino una idea salvadora. ¿Por qué no ir a visitar a Eugenio Sellés, un joven profesor de la Facultad de Farmacia que conocía al Padre de la Residencia de Ferraz, y no había vacilado en ofrecerles generosamente su casa? Vivía Sellés con su mujer en la Colonia Albéniz, en Chamartín. Estaban al final del trayecto del tranvía de Ciudad Jardín. Luego había que atravesar un descampado, donde por las noches venían las patrullas con grupos de presos para fusilar. Éste fue el recorrido que el Padre hizo con Álvaro y José María al caer la tarde del día siguiente, dando un rodeo para evitar los controles en que se pedía la documentación. José María, luego de estar un rato en casa de los Sellés regresó a Madrid |# 71|.

Mucho aprendió esos días el joven matrimonio de la discreción, buen humor y simpatía de sus dos huéspedes. Todas las noches, de rodillas los cuatro, rezaban el rosario. A los Sellés les quedó impresa, sobre todo, la serena confianza del sacerdote, «que hacía que se comportara con abandono absoluto en el Señor, sin ninguna tensión, como si no pasara nada especial» |# 72|.

Seguían haciendo gestiones en busca de un refugio estable para el Padre. Y el martes, 6 de octubre, Joaquín Herrero Fontana se presentó a última hora en casa de Juan para informarle que todo estaba ya arreglado. Tanto Juan como Joaquín llevaban varios días tratando de ingresar a don Josemaría en una clínica psiquiátrica. Juan lo había intentado en la Colonia del Parque Metropolitano; sin éxito. Joaquín, que trabajaba en el Hospital de Urgencia, fue más afortunado. Como tenía documentación para moverse libremente por Madrid, localizó y habló con Ángel Suils, colega y paisano suyo, de Logroño |# 73|. El Dr. Suils dirigía un Sanatorio de enfermos mentales. Se le puso al tanto de quién era el "enfermo" y quedó concertado su ingreso en la Clínica para el día siguiente.

En la tarde del martes el Padre y Álvaro dejaron la casa de los Sellés. Álvaro fue en busca de otro refugio y el Padre pasó la noche en casa de Joaquín |# 74|. A las diez de la mañana del 7 de octubre se presentaron ambos en casa de Juan. Allí les recogió un coche de los que prestaban servicio en el Hospital de Urgencia, conducido por un miliciano. Colocaron al paciente en el asiento de atrás, solo. Delante, junto al miliciano, se sentó Joaquín, quien relata las incidencias del traslado: — «Dije al conductor que la persona que iba detrás era un enfermo mental, no peligroso pero sí con grandes manías. Lo llevaban al sanatorio para su tratamiento. El Padre iba hablando solo, y de vez en cuando decía que él era el Dr. Marañón. El conductor protestaba: "Si está tan loco, más vale pegarle un par de tiros y no perder el tiempo"» |# 75|.

De la expeditiva sugerencia del miliciano podemos presumir cuáles serían sus sentimientos, de enterarse que el "loco" era un ministro del Señor.