2. El libro «De vita et moribus»

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

El Presidente del Seminario Sacerdotal de San Carlos era Mons. Miguel de los Santos Díaz Gómara; y su Vicepresidente, don Antonio Moreno Sánchez. De entre los sacerdotes que pertenecían a esta ilustre fundación se solía nombrar al Rector del Seminario de San Francisco de Paula. En 1920 lo era don José López Sierra, el cual tenía a sus órdenes dos Inspectores, que le ayudaban en tareas de gobierno y disciplina. Estos Inspectores se escogían de entre los estudiantes de los dos últimos cursos de Teología |# 14|. Una de sus principales obligaciones era el presentar las notas disciplinares, o cualquier otra consideración referente a la conducta de los seminaristas, en unos informes mensuales, que eran examinados por el Rector y trasladados luego a un libro oficial. Los juicios del Rector, una vez escritos, adquirían carácter indeleble.

Se componía el mencionado libro de hojas impresas de tamaño folio, con apartados para asentar los datos de filiación de cada seminarista y, debajo, cinco columnas tituladas: Piedad — Aplicación — Disciplina — Carácter y — Vocación. A un lado de las columnas se especificaban los resultados de los cursos académicos, por años; y, del otro lado, había espacio para las "observaciones generales". El libro llevaba escrito en su portada: "De vita et moribus de los alumnos del Seminario de San Francisco de Paula". Este famoso registro, que contiene en sustancia la historia y hazañas de los seminaristas, da comienzo en febrero de 1913 |# 15|.

La hoja correspondiente a Josemaría es la número 111. En la cabecera, junto con los datos de filiación, se lee: «Es su encargado D. Carlos Albás Blanc». Su tío Carlos, el arcediano, hombre de influjo en la clerecía zaragozana, fue la buena y la mala sombra del seminarista. Por de pronto recibió al sobrino con los brazos abiertos y, probablemente, mucho tuvo que ver con lo que escribió el Rector dos líneas más abajo: «Disfruta media beca». No hay que dudar de la buena disposición del arcediano en las gestiones familiares, pero hay que añadir, en honor a la verdad, que solamente había media docena de seminaristas de pago en el San Carlos.

En las primeras semanas Josemaría salió con frecuencia a comer con su tío Carlos, es decir, algunos domingos y días de fiesta, que era cuando lo permitía el Reglamento. También aceptó la invitación de otro hermano de su madre, el tío Mauricio, que se había quedado viudo recientemente, y tenía numerosa familia. Prefirió, para evitar molestias a sus tíos, espaciar las visitas dominicales. Además, no le agradaba el singularizarse, gozando de un régimen de excepción que podía suscitar celos en sus compañeros |# 16|.

A los diez días de entrar en el seminario se nombró a Josemaría celador de la Asociación del Apostolado de la Oración para el curso 1920-1921. Tal vez por descubrir en él, desde el primer momento, una sólida vida de piedad. «Era el único de los seminaristas que yo conocía que bajara a la iglesia en las horas libres», dice un compañero |# 17|; sin que esto suponga desdoro en la devoción de los otros seminaristas, puesto que, como se ha visto por el horario, no escaseaban los actos religiosos. Muy ponderadamente, y sin carácter exhaustivo, Jesús López Bello, condiscípulo de Josemaría, hace una lista de las devociones: «por la mañana, en común, ofrecimiento de obras, meditación y Santa Misa. Antes y después de la comida, la visita al Santísimo. Por la tarde, el Santo Rosario y Lectura Espiritual. Y por la noche, visita al Santísimo y examen de conciencia. Los sábados por la tarde, las sabatinas. Los días de mayo, las "Flores" a la Virgen, con sermón. Los siete domingos de San José. Novena de la Inmaculada. Septenario de Dolores. Octavario al Niño Jesús, en Navidad. Mensualmente teníamos retiro y, al año, Ejercicios Espirituales» |# 18|.

Dentro del apretado ritmo del horario, bien nutrido de actos religiosos, la piedad personal se ponía de manifiesto, más bien, como dice Aurelio Navarro, «en la intensidad y aplicación con que cada uno procuraba vivir los actos comunes» |# 19|. Y, de acuerdo con esta idea, otro de los seminaristas, Arsenio Górriz, refiere que Josemaría «era piadoso, muy piadoso»; y que eso se le notaba «más que por lo que hacía, por cómo lo hacía" |# 20|. Continuaba en el seminario con su acostumbrado rezo de las tres partes del rosario y su corazón latía, impaciente, con repetidas jaculatorias: Domine, ut videam!, Domine, ut sit!, que eran la prolongación viva de la llamada del Señor en Logroño. Y, como para reforzar ese estado de alerta, aprovechando el tiempo libre en la Universidad Pontificia, iba a la cercana basílica del Pilar a pedir eso mismo ante la imagen de Nuestra Señora: Domina, ut sit! |# 21|.

La llegada de las fiestas rompía agradablemente la monótona sucesión de los días en el calendario eclesiástico. En tales ocasiones los seminaristas se levantaban media hora más tarde; no tenían clases, y disfrutaban de un paseo. En las mesas del refectorio aparecía un saludable refuerzo de plato y vino. La variación en la comida era el distintivo peculiar de los festejos, pues se servía a los estudiantes un plato fuerte, luego conocido como "entrada", con carácter extraordinario |# 22|. (De todos modos, siempre quedaba a salvo la escala jerárquica. Los sacerdotes del San Carlos solían tomar dos platos a diario, uno de carne y otro de pescado. Motivo por el que la perífrasis usada por los seminaristas al denominar a los prestigiosos sacerdotes de la casa "los señores de San Carlos" no carecía de un irónico retintín admirativo).

* * *

La entrada de Josemaría en el Seminario de San Carlos se hizo con espíritu de desprendimiento. Sabía que un nuevo género de vida, la convivencia con otros seminaristas, significaba, por fuerza, un cambio de hábitos y la renuncia a muchas comodidades caseras. Y, como para expresar simbólicamente tal renuncia, al llegar al seminario cedió al portero el tabaco, la pipa y los demás adminículos de fumador que llevaba encima. Así, con gesto definitivo, dejó de fumar |# 23|. Pero lo que no pudo imaginarse es que esta etapa de su vocación sacerdotal constituiría para él una auténtica prueba de fuego. Los desniveles de cultura y costumbres, a los que no estaba habituado, no fueron, sin embargo, el obstáculo más difícil de superar, porque Josemaría, para acomodarse a la mentalidad y costumbres de los seminaristas, procuraba tener trato y relación con todos y mostrarse servicial |# 24|.

Las diligencias para adaptarse a las circunstancias del San Carlos comenzaban desde primera hora. Josemaría, que solía lavarse a diario en su casa desde la punta de los pies hasta la coronilla, verano e invierno, con agua fría, tenía que conseguir varios jarros de agua todas las mañanas para no interrumpir esa sana costumbre |# 25|.

Jamás entraban mujeres en el seminario. Unos criados se encargaban de la limpieza general. (Y no es preciso insistir en que algo dejaba que desear la pulcritud de las dependencias). En cuanto a la ropa personal y las mudas de sábanas, cada cual se arreglaba como podía. Josemaría tuvo la suerte de que el lavado de la ropa se lo hacían en casa de su tío Carlos |# 26|. El se ocupaba de limpiar cuidadosamente los zapatos y cepillarse la sotana, como mandaba el Reglamento |# 27|.

De hacer un sondeo entre los condiscípulos de Josemaría sobre los rasgos sobresalientes de su persona, las respuestas se orientan, invariablemente, hacia su afable cortesía y pulcritud en el vestir. «Era Josemaría un señor de pies a cabeza, en todo su comportamiento: en la manera de saludar, en la forma de tratar a las personas, en cómo vestía, en la educación con que comía —cuenta uno de sus compañeros—; sin proponérselo, representaba un fuerte contraste con lo que parecía costumbre entonces» |# 28|. Y, sobre el atuendo y aspecto, refiere otro de los seminaristas lo que sucedió un día de paseo en que los del San Carlos salieron a visitar el manicomio: «Vimos a muchos locos, algunos muy chocantes, por ejemplo uno que decía que mandaba más que nadie porque era el mismo Rey en persona; y, al final, hubo una vieja loca que se empeñó en decir que D. Josemaría era su novio, porque le vio tan bien parecido y tan bien vestido. Y es verdad que se le veía siempre muy correcto» |# 29|.

Con el paso de los años el hijo salía al padre en cuanto a la distinción y a los modales. Pero, ¿qué se había hecho del niño que, en Barbastro, se escondía debajo de las camas cuando estrenaba traje?; y ¿qué del muchacho que se negaba a ponerse sus mejores ropas cuando le iban a hacer unas fotos en el colegio? De entonces acá había rodado mucho la familia. La fortuna había vuelto la espalda a los Escrivá; la pobreza le obligaba ahora a conservar un traje usado como si fuera nuevo.

El cuidado de su persona en el aseo pronto le valió un apodo, a cuenta de los lavatorios matinales:

Cuando entré yo en el seminario, solía tener, como acostumbraba de antes, los zapatos y el vestido bien limpios: incomprensiblemente, por esta razón, para algunos que antes de entrar yo en el seminario me hubieran tratado con la máxima consideración, era yo ¡el señorito! Otro motivo de curioso asombro, para aquellos buenos seminaristas, que eran todos mejores que yo, y que después, en su mayoría, han ejercitado su ministerio como óptimos sacerdotes y varios han merecido el martirio, arrancaba de que me lavaba —trataba de ducharme— todos los días: de nuevo, el epíteto de señorito |# 30|.

Lo de "señorito" es, claramente, un eufemismo. El mote insultante que le aplicaban algunos compañeros era "pijaito", que en aragonés equivalía a señoritingo |# 31|. Sabiendo cuánto le molestaban las faltas de higiene o de limpieza, uno de los estudiantes, de modales zafios y agresivos, que apestaba a sucio y resudado, se le acercaba para restregarse con él descaradamente. «¡Hay que oler a hombre!», le animaba. Hasta que un día, con los sobacos empapados de sudor, le pasó la manga por la cara. Josemaría estuvo a punto de estallar, pero se dominó, cortando la osadía con palabras demasiado medidas para el caso: No se es más hombre por ser más sucio |# 32|.

No quedó ahí la cosa. Las burlas de algunos recayeron muy pronto en temas de su vida de piedad. Las visitas diarias a la basílica del Pilar le merecieron el sobrenombre de "rosa mística", mote de muy mal gusto en boca de un seminarista, e irreverente para con la Virgen |# 33|. También fueron objeto de crítica las prolongadas visitas al Santísimo en la iglesia de San Carlos y su celo apostólico en las conversaciones. "¡Ahí viene el soñador!", se decían en voz alta esos compañeros, remedando las palabras de los hijos de Jacob. Por "el soñador" le conocían algunos en el seminario |# 34|. Procuraba Josemaría hacer oídos sordos a los apodos. En el fondo le dolían por lo hiriente del insulto, por su consciente malicia y, más aún, porque rompían los vínculos de convivencia y amistad |# 35|.

Este comportamiento de algunos condiscípulos, que se debía principalmente a la falta de educación, a envidia o a ignorancia, dejó un penoso recuerdo en su alma. Diez años más tarde, escribiendo con carácter reservado, Josemaría se desahoga personalmente con el Señor, y comienza lamentándose de la baja extracción social de las vocaciones sacerdotales, y del deficiente nivel de educación y cultura existente en algunos seminarios:

Vocaciones de Seminarios, he dicho: ¡Lástima que las familias se retraigan, aun siendo piadosas, de enviar sus hijos a los Seminarios! En muchas regiones españolas solamente se ven en los Seminarios, con raras excepciones, hijos de pobres labriegos.

Y continúa: Luego de hacer constar que en nuestros Seminarios se ven magníficos ejemplos de virtud [...], me permito decir, con entera verdad, que serán santos, quienes los habitan, pero muy mal educados. Habrá excepciones. Se sufre de veras, cuando se ha nacido y vivido en otro ambiente |# 36|.

Revisando esos estorbos en el camino de su vocación sacerdotal en Zaragoza, el 14 de febrero de 1964 decía a un buen grupo de oyentes:

Pasó el tiempo y sucedieron muchas cosas duras, tremendas, que no os digo porque a mí no me causan pena, pero a vosotros sí que os la darían. Eran hachazos que Dios Nuestro Señor daba para preparar —de ese árbol— la viga que iba a servir, a pesar de ella misma, para hacer su Obra. Yo, casi sin darme cuenta, repetía: Domine, ut videam! Domine, ut sit! No sabía lo que era, pero seguía adelante, adelante, sin corresponder a la bondad de Dios, pero esperando lo que más tarde habría de recibir: una colección de gracias, una detrás de otra, que no sabía cómo calificar y que llamaba operativas, porque de tal manera dominaban mi voluntad que casi no tenía que hacer esfuerzo |# 37|.

Esas cosas duras, tremendas, esos hachazos no se refieren, evidentemente, a las groserías o insultos de unos seminaristas. Lo prueba el que el eco de esos sucesos era tan doloroso que, al cabo de cuarenta años, retumbaba aún en su memoria; aparte de que el fluir de la vida suele dejar los recuerdos estudiantiles adormecidos y tersos como los cantos rodados por la corriente. (Pasado el tiempo calificaría de "pequeñeces" aquellas chinchorrerías, bien poca cosa comparadas con el gran bien que a su alma había hecho la estancia en el Seminario del que no recordaba sino cosas buenas) |# 38|. No; a ese otro recordatorio del San Carlos hay que buscarle raíces más amargas.

El sacerdote que en 1964 se resistía a escarbar en el pasado, sacando a luz sucesos íntimos, dejó, con reserva de escrito póstumo, un leve rastro de aquellos hachazos cuando, en julio de 1934, examinaba el derrotero de su vocación sacerdotal. ¿Dónde estaría yo ahora, si no me hubieras llamado?, se preguntaba, a solas con el Señor. Y daba respuesta a su conciencia:

quizá —si no hubieras estorbado mi salida del Seminario de Zaragoza, cuando creí haberme equivocado de camino— estaría alborotando en las Cortes españolas, como otros compañeros míos de Universidad lo están..., y no a tu lado, precisamente, porque [...] hubo momento en que me sentí profundamente anticlerical, ¡yo que amo tanto a mis hermanos en el sacerdocio! |# 39|.

A través de esta confesión se vislumbra la resistencia de Josemaría a seguir la pauta clerical impuesta por el ambiente. En su alma se desencadenó una terrible tormenta, con motivo de las dificultades en el San Carlos. Pero nunca dudó de su camino. Finalmente, vino la intervención salvadora del Señor, confirmándole en su vocación.

No es de extrañar, pues, que muchos de sus compañeros sacaran una equivocada conclusión sobre el futuro del seminarista de Logroño. Al considerar la cultura y buena educación de Josemaría, pensaron que no llegaría a ser sacerdote, porque «tenía posibilidades de hacer otras carreras mejores», como cuenta uno de los fámulos del seminario |# 40|. Esta sugerencia peca de ingenua y gratuita. Revela un desconocimiento absoluto de la alteza de miras de Josemaría, que desde un primer momento se percató de que sólo le quedaba una salida: pasar por alto las impertinencias de algún que otro seminarista, al tiempo que procuraba desprenderse de ciertos gustos e inclinaciones, como se había desprendido un día del tabaco y de los utensilios de fumar. Otros obstáculos muy distintos fueron los que se atravesaron en su camino.

La vocación de Josemaría tenía de particular que estaba en vías de completarse y que no había alcanzado todavía su plenitud. En virtud de lo cual, la razón última de su presencia en el San Carlos nacía del deseo de dar respuesta a los barruntos de amor que experimentaba desde hacía tres años. Ni el ambiente del seminario, al que no estaba habituado, ni las burlas o chabacanería de algún compañero, eran suficientes para provocar una crisis de vocación que pusiese a prueba la fidelidad del muchacho a la llamada divina. Sufría, en cambio, la conmoción pasional de sentimientos anticlericales, que subían, como una marea, dentro de su alma, engendrando una santa rebeldía contra todo intento de rebajar la limpia concepción del sacerdocio a una lucrativa "carrera eclesiástica". Sobre este punto guardaba absoluta reserva, aunque de algún modo se dejaba traslucir por fuera. «Se notaba que llevaba algo por dentro que hacía que el Seminario resultase un marco estrecho para sus inquietudes», dice uno de sus compañeros |# 41|. En el fondo, era un "soñador" a lo divino. Toda su vida lo fue. Y no les faltaba algo de razón a quienes le conocían por ese nombre.

Ya avanzado el curso le iban llegando al Rector, don José López Sierra, confusas noticias sobre el seminarista de Logroño. La conducta independiente del sobrino del arcediano, lo singular de su piedad, sus particulares nociones y comentarios sobre la carrera eclesiástica, y vagos rumores de motes, insultos y discordias, contribuyeron a que el Rector se formase un juicio nada favorable sobre Josemaría, que vivía y obraba, a su entender, en contraste evidente con la mayoría de los seminaristas.

Al acabar el curso, en el verano de 1921, el Rector consigna por escrito su opinión sobre el muchacho en la hoja correspondiente del libro "De vita et moribus": «Piedad: Bien; Aplicación: Regular; Disciplina: Regular; Carácter: Inconstante y altivo, pero educado y atento; Vocación: parece tenerla» |# 42|.

El «regular» con que califica su aplicación, su dedicación al estudio, no concuerda con los excelentes resultados obtenidos en los exámenes, que, por cierto, van recogidos, uno a uno, por el mismo Rector, a renglón seguido. El «regular» en disciplina lo desmienten los informes mensuales del Inspector encargado de mantenerla. Josemaría es uno de los pocos alumnos a los que no se impuso ni un solo castigo ese curso. Y, por lo que se refiere al carácter, la apreciación resulta pensada y equilibrada. No refleja, sin embargo, el testimonio del resto de los seminaristas |# 43|.

En cuanto a la vocación, no hay por qué dudar de la honradez del Rector al enjuiciar a Josemaría. Un «parece tenerla», aunque inocente en apariencia, resulta un tanto receloso y, recogido a final de curso por el Rector en el libro "De vita et moribus", reviste cierta desconfianza. Por otra parte, el Inspector Santiago Lucus califica la vocación de Josemaría con un «bien» |# 44|, lo que malamente se aviene con el reticente dictamen del Rector. ¿Qué razones pueden explicar este inconsciente prejuicio de don José López Sierra? ¿Le intranquilizaría acaso la pequeña conmoción que el nuevo seminarista estaba produciendo en el San Carlos? ¿Es posible que el aspecto y manera de ser de aquel muchacho le hiciesen temer por su perseverancia? Lo más cierto es que el Señor permitió que el Rector desenfocase los hechos que tenía a la vista. Y, ¿qué dudas pudieron asaltar a Josemaría, para confesar que creyó haberse equivocado de camino? ¿Cuándo estuvo a punto de salir del seminario?

Parece claro que, en atención a la disciplina y marcha general del seminario, el Rector tenía muy serias dudas sobre la conveniencia de que Josemaría residiera en el San Carlos. El interesado, por su parte, guardó para sí esta terrible prueba interior, sin detenerse a referir los obstáculos que halló en su camino. Aunque tenía una firme certeza en su vocación, todavía ignoraba lo que vendría tras los divinos barruntos:

Y yo, medio ciego, siempre esperando el porqué. ¿Por qué me hago sacerdote? El Señor quiere algo; ¿qué es? Y con un latín de baja latinidad, cogiendo las palabras del ciego de Jericó, repetía: Domine, ut videam! Ut sit! Ut sit! Que sea eso que Tú quieres y que yo ignoro. Domina, ut sit! |# 45|.

Es posible que el Rector continuase con sus dudas a comienzos del curso 1921-1922, porque el 17 de octubre escribe al Rector del seminario de Logroño pidiendo informes sobre Josemaría:

«Tenga la bondad de informarme a la mayor brevedad posible al margen de este oficio sobre la conducta moral, religiosa y disciplinar del que fue alumno externo del Seminario de su digna dirección D. José Mª Escrivá Albás, natural de Barbastro, hijo legítimo de D. José Escrivá y Dª Dolores, residentes en Logroño con todo lo demás que V. crea oportuno sobre su vocación al estado sacerdotal y cualidades personales, devolviéndome este oficio con el correspondiente informe. Dios gûe a V. ms. añs. Zaragoza, 17 de octubre de 1921. José López Sierra. Rector» |# 46|.

He aquí la contestación a vuelta de correo: «Durante su permanencia en este seminario observó una conducta moral, religiosa y disciplinar intachable, dando pruebas claras de su vocación al estado eclesiástico. Dios gûe a V.I. ms. añs. Logroño 20 de octubre de 1921. Gregorio Fernández, Vicerrector» |# 47|.

Pasando revista a las personas que la Providencia colocó a su vera para dar calor a su "incipiente vocación", Josemaría escribirá años más tarde:

En Logroño [...] aquel sacerdote santo, vicerrector del Seminario, D. Gregorio Fernández. En Zaragoza, D. José López Sierra, el pobre Rector de S. Francisco a quien el Señor cambió de tal manera que, después de poner realmente todos los medios para que yo abandonara mi vocación (con intención rectísima hizo eso), fue mi único defensor contra todos |# 48|.

En estas breves líneas se encierra la clave de los sucesos y el papel asignado al Rector del seminario en los planes divinos. El cambio del Rector fue realmente milagroso. Así lo entendió Josemaría: como una respuesta del cielo a sus oraciones, y como una confirmación de su vocación al sacerdocio. Libre de prejuicios sobre aquel «inconstante y altivo» seminarista, según la peyorativa anotación del famoso libro, el Rector escribirá posteriormente: «Seminarista primero, se distingue entre los de su clase por su esmerada educación, afable y sencillo de trato, notoria modestia, respetuoso para con sus superiores, complaciente y bondadoso con sus compañeros, era muy estimado de los primeros, y admirado de los segundos» |# 49|.