2. El Instituto de Logroño

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

Era preciso, a toda costa, dar una buena educación a los hijos. Decisión que estaba presente en el ánimo del matrimonio Escrivá antes de salir de Barbastro. Siendo capital de provincia, Logroño poseía instituciones y servicios administrativos como correspondía a su rango. Y, por lo que se refiere al sistema educativo —"Instrucción Pública", se llamaba entonces—, contaba con un centro oficial de enseñanza secundaria —el Instituto General y Técnico—, dos Escuelas Normales, una de maestros y otra de maestras, y una Escuela Industrial y de Artes y Oficios.

A Josemaría le faltaban entonces tres años de estudio para terminar el bachillerato. Trasladó, pues, el expediente escolar del Instituto de Lérida al de Logroño y se matriculó como alumno no oficial, para hacer el curso académico 1915-1916 |# 23|. El paso de un colegio de religiosos, como era el de los Escolapios, a un Instituto hubiera resultado quizá un cambio muy brusco para Josemaría; y es muy posible que así lo entendiera don José. La mayor parte de los alumnos que asistían a las clases del Instituto acudían por las tardes a un colegio privado para repasar las materias de estudio. Dos eran los colegios que se disputaban los laureles de una buena enseñanza: el de San José, llevado por los Hermanos Maristas, y el de San Antonio, que, al no estar regentado por religiosos, se consideraba como laico, por más que se amparase en nombre de santo.

Entre San José y San Antonio (los colegios) existía una cierta emulación, que se desplegaba de manera llamativa en los anuncios y artículos de prensa |# 24|. El colegio de San José se ufanaba de poseer un «Gabinete-Museo de Física, Química e Historia Natural; Capilla espaciosa para las funciones de culto; dormitorio de los internos, grande, cómodo y bien ventilado; y patio de recreo extenso, con magnífico frontón recién restaurado». Desafío publicitario al que respondía el colegio de San Antonio con una muestra de su potencial académico; porque, además de las asignaturas del bachillerato, contaba con «clases especiales de Caligrafía, Dibujo, Francés, Inglés, Alemán y Árabe vulgar». (Y no eran de despreciar los efectos del anuncio, por lo espectacular de la lista de idiomas y su implícita referencia a los países entonces en guerra). La rivalidad entre los dos colegios se reflejaba, a última hora, en el resultado de los exámenes, esto es, en pura estadística. Y, de atenernos exclusivamente a los resultados académicos en bruto, parece ser que San Antonio aventajaba a San José |# 25|.

Sin embargo, la circunstancia que más pesaba en el ánimo del matrimonio, y por la que se decidieron a meter a Josemaría en el Colegio de San Antonio, nada tenía que ver con las anteriores consideraciones. Trataban, simplemente, de evitar que surgieran rivalidades imprevisibles entre su hijo y otro escolar pariente suyo. «Sus padres desecharon la posibilidad de que acudiese al colegio de los Hermanos Maristas que había en Logroño —se nos dice—, porque allí estudiaba un pariente y quisieron evitar que se pudiese crear entre los dos muchachos alguna situación de tirantez o de peligrosa emulación» |# 26|.

Josemaría asistía a las clases del instituto por la mañana y estudiaba las lecciones en el colegio por las tardes. Su hermana Carmen, mientras tanto, hacía sus estudios en la Escuela Normal de Maestras en Logroño |# 27|.

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El Instituto logroñés era de reciente construcción. Había sido levantado sobre un solar donde antiguamente existía un convento de carmelitas |# 28|. Contaba con buenas aulas y excelentes laboratorios de Química y Física, y un gabinete de Historia Natural. Su fachada principal daba a la calle Muro de Cervantes, que era continuación de la del Mercado. Delante había un paseo con jardines. Dentro de aquel amplio edificio estaban también instalados la Biblioteca Provincial, el Museo de Reproducciones Artísticas, la Escuela Normal y la de Artes y Oficios.

Durante los tres años de permanencia en el Instituto de Logroño el alumno puso a alto rendimiento sus dotes de inteligencia y aplicación. El cuadro de profesores, en su conjunto, era de una gran categoría profesional y humana. Josemaría aprendió no solamente por las explicaciones que se daban en las clases, sino también llevado del ejemplo y comportamiento moral de sus maestros. En los exámenes de final de curso tuvo excelentes calificaciones. Basta recorrer las actas |# 29|. Las del quinto curso (1916-1917), que son las más bajas de su expediente en Logroño, registran tres Sobresalientes y dos Notables. Bajas, relativamente hablando, es decir, dentro de su brillante expediente |# 30|.

Esos dos Notables a que nos referimos hay que valorarlos dentro del contexto histórico. Uno de ellos correspondía a la asignatura Psicología y Lógica, que explicaba don Calixto Terés y Garrido, sacerdote diocesano y catedrático de Filosofía desde 1912. Tenía ese presbítero aureola de prestigio, pues de él se decía que ganó las oposiciones a cátedra ante un tribunal que no veía con buenos ojos las sotanas. Era capellán de las Hermanitas de los Pobres y vivía con su madre en una humilde casita con un pequeño huerto. Sencillo, trabajador y bondadoso, no le faltaban buenas disposiciones para aprobar a los alumnos. Pero se mostraba más que riguroso si se trataba de una distinción honrosa, aun siendo un simple Notable. Por eso, lo realmente extraordinario es que, al año siguiente, don Calixto, al examinar a Josemaría de Ética y Derecho, asignatura del sexto curso, le diera la calificación de Matrícula de Honor.

De las excelentes dotes pedagógicas del sacerdote recordaba el alumno la profunda exposición que les hizo del marxismo, en una clase de ese curso 1917-1918, poniendo el tema y sus dislates al alcance del auditorio.

Profesor y alumno se tenían mutuo afecto. A pesar de la barrera que representaba la diferencia de edad, pronto se trataron como amigos. Incluso se prestaban consejo en las dificultades, cuando Josemaría era ya sacerdote. Pasaron luego muchos años sin verse, hasta que en una de las visitas a Logroño el antiguo discípulo se entrevistó con don Calixto. Ocasión en que el anciano, señalando el sitio en que se sentaba en clase Josemaría, le decía con velada emoción: «ahí te sentabas tú, chiquito, ahí te sentabas tú» |# 31|.

El segundo Notable fue en Física, asignatura que explicaba el catedrático don Rafael Escriche, que procedía del Instituto de Mahón. Por entonces no llevaba más que dos años en Logroño. Era también hombre muy parco cuando se trataba de calificar. De sus pruebas de laboratorio —era encargado de Química—, recordaban sus alumnos, no sin regocijo, la expectación a la hora de los experimentos para ver si precipitarían o no los líquidos, y si cambiarían o no de color las sustancias. Injusto sería culpar a nadie, pero lo cierto es que los pronósticos de la ciencia no siempre se cumplían |# 32|.

Don Rafael, hombre metódico y de mucho sentido común, al inaugurarse el curso, en el otoño de 1917, se encontró el laboratorio en condiciones de increíble desorden y suciedad. No en vano habían pasado varios meses de vacaciones. Todo el instrumental andaba desperdigado y los armarios estaban sucios y polvorientos. Para no perder ningún día de clase, propuso a los alumnos que lavasen tan sólo los tubos de ensayo o los objetos que necesitaran y que, de paso, al terminar, los dejasen bien limpios y en su sitio. Así, en muy pocas clases lograron ver todo el material ordenado y reluciente en las estanterías. Josemaría, que poseía el don de saber retener lo que de útil se encerraba en lo anecdótico, no olvidó nunca la lección de esa clase de Química. Cuando en el curso de su existencia se tropezaba con situaciones similares de apremio o de desorden, aplicaba el procedimiento de don Rafael |# 33|.

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La salida de Barbastro, que supuso un penoso desarraigo para toda la familia, resultó especialmente costosa para Josemaría, en quien comenzaban a fraguar sus rasgos de carácter. Con el duro trance de adaptación a otro medio social y a un nuevo tono de vida se enfrentaron primeramente los padres, abriendo así camino con su ejemplo a Carmen y Josemaría.

No contaba la familia con parientes próximos permanentemente establecidos en Logroño, salvo el muchacho que estudiaba con los Maristas. De suerte que don José se fue haciendo amistades a través de la oportunidad que le ofrecía su trabajo. Gracias también a su educación y distinción personal, el caballero amplió pronto el círculo de sus conocidos, pero sin poder alternar socialmente. En Logroño había diversos centros recreativos —el "Ateneo Riojano", el "Círculo de la Amistad", el "Círculo Católico"—, que el jefe de familia, por razones de economía familiar, no frecuentaba. Desde el primer momento, por encontrarse en una ciudad para ellos extraña, padres e hijos, por un instintivo movimiento de afecto y de defensa, vivían centrados en torno al hogar. Con ello entendió Josemaría «la importancia de afrontar las dificultades bien unidos» |# 34|. Otra lección que aprendió del padre.

Al tiempo de ingresar en el colegio de San Antonio, según una lejana impresión de Paula Royo, amiga de la familia, «Josemaría era muy alto para la edad que tenía entonces —unos catorce años—, más bien fuerte. Llevaba aún pantalón corto: lo recuerdo con un traje gris oscuro, medias negras hasta la rodilla y una boina pequeña. Era muy guapo: parece que lo estoy viendo ahora tal como era. Siempre estaba alegre y tenía una risa contagiosa» |# 35|. Los profesores le tuvieron pronto gran estima; y el muchacho se fue ganando amigos entre los condiscípulos, por su capacidad natural de adaptación y «por la lealtad con los compañeros» |# 36|.

Estas cualidades —generosidad, lealtad y espíritu de servicio— las llevaba al extremo, desprendiéndose en favor de los demás de lo que fuera preciso, sin medida ni titubeos. En vista de lo cual, doña Dolores, que le conocía mejor que nadie, se vio obligada a advertirle que si se daba de tal modo a la gente, sufriría mucho en esta vida |# 37|.

Andando el tiempo se encontró en alguna ocasión con los compañeros de antaño. Al reconocerle se deshacían en efusivos abrazos, rememorando los días de colegio; como sucedió con un amigo de entonces, a quien pacientemente explicaba Josemaría los temas de clase que el otro no había entendido |# 38|.

A la larga se cumplieron las previsiones de la madre. La vida le trajo al muchacho innumerables desengaños y sinsabores, aunque Josemaría jamás se arrepintió de su modo de ser ni intentó refrenar su expansivo corazón. En 1971, todavía con el amargo sabor en la boca del reciente desengaño con un "amigo", escribe: ¿Por qué será que, a pesar de mis miserias, suelo yo ser siempre más amigo de mis amigos que esos amigos de mí? Seguramente es que me hace mucho bien, si lo acepto —fiat!—, ese despego |# 39|.

El fondo de su naturaleza no varió mucho con los años. Con lealtad y generosidad ilimitadas, se entregaba sin reservas, con desbordamiento cordial. Alguna amistad trabada por ese entonces con sus compañeros de Instituto terminó en vinculaciones más estrechas, cara a la eternidad, como fue el caso de Isidoro Zorzano |# 40|. En fin, cuando en 1918 el Sr. Obispo de Calahorra y la Calzada pida informes sobre los estudios de Josemaría, la respuesta —dentro de su formalismo lacónico— es enaltecedora para el muchacho: «El exponente —escribe el Rector del Seminario de Logroño— ha tenido su residencia en Logroño, estudiando en este Instituto y siendo modelo de estudiantes por su aplicación y conducta» |# 41|.