2. CON LA SEGURIDAD DE LA FE

“El itinerario jurídico del Opus Dei. Historia y defensa de un carisma”. Libro escrito por A. de Fuenmayor, V. Gómez-Iglesias y J. L. Illanes

Uno de los hechos que salta a la vista cuando se considera la vida de don Josemaría Escrivá de Balaguer es la seguridad y el convencimiento con que, apoyado en Dios, actuó desde el principio: atravesó situaciones muy duras y experimentó, en ocasiones, el cansancio, la sequedad interior e, incluso, el dolor y la amargura; pero nunca le abandonó la firme certeza de que el querer manifestado por Dios el 2 de octubre de 1928 tenía que realizarse. Ante su mente y su corazón estuvo siempre vivo, dándole ánimos e impulsándole a la acción, el amplio panorama, contemplado en esa fecha, de hombres de las más diversas razas y pueblos, presentes en los ambientes y profesiones más dispares, aportando al mundo la luz y el calor de la verdad de Cristo. Regnare Christum volumus; queremos que reine Cristo, que su gracia y su amor fecunden la historia. Omnes, cum Petro, ad Iesum per Mariam; todos con Pedro a Jesús por María: que todos, unidos a Pedro, viviendo hondamente la unidad de la Iglesia, y animados por una tierna devoción a la Virgen, se acerquen a Cristo, se identifiquen con El, hasta llegar a saberse y sentirse hijos amados de nuestro Padre-Dios y, por tanto, hermanos entre sí, servidores los unos de los otros en un empeño constante de paz, de alegría, de fraternidad.

Esos ideales llenaron su alma. Las frases latinas recién citadas, y otras análogas, acudieron, durante aquellos años, con gran frecuencia a su oración, a sus labios e, incluso, a su pluma: más de una vez, en sus notas y escritos personales, interrumpe el hilo del discurso para escribir un Regnare Christum volumus, o Omnes, cum Petro, ad Iesum per Mariam, y reanudar luego, sin solución de continuidad, el curso de su pensamiento. Esa profunda vibración interior, ese sentirse comprometido -más aún, hecho una sola cosa- con la voluntad divina que se le había manifestado el 2 de octubre de 1928, no quedó sólo en palabras, sino que se plasmó en obras. "Desde entonces -anotaba en el texto de 1931, antes citado- comencé a tratar almas de seglares, estudiantes o no, pero jóvenes. Y a formar grupos. Y a rezar y a hacer rezar. Y a sufrir...". No es una declaración retórica, sino un reflejo de la realidad, como confirman numerosos testimonios escritos, completados con recuerdos de esos mismos jóvenes y de otras personas que por entonces le conocieron.

En un primer momento, limitó su apostolado a hombres: pensaba que sólo a ellos se refería la misión recibida el 2 de octubre. Una nueva luz, que tuvo lugar el 14 de febrero de 1930, le hizo comprender que no era así: que debía extender también a mujeres el mensaje espiritual y la llamada que definen y dotan de contenido a la Obra de Dios. En cambio, desde el principio, desde el mismo 2 de octubre de 1928, había visto que en el Opus Dei debería haber no sólo seglares -solteros y casados-, sino también sacerdotes, ya que la mutua cooperación de sacerdotes y laicos es esencial a la plenitud del apostolado cristiano: de hecho, entre los primeros que le escuchan y se unen a la Obra, aún naciente, en 1929 y comienzos de 1930, se encuentran no sólo algunos seglares, sino también un sacerdote -don Norberto Rodríguez-, a quien había conocido con ocasión de diversos encargos pastorales, y a quien hizo partícipe de sus afanes.

Todo comienzo exige, de ordinario, empeño y decisión para superar las dificultades. El Opus Dei no fue una excepción. El joven sacerdote que era entonces don Josemaría Escrivá de Balaguer llegó con su ministerio a muchas almas. A bastantes, en cuanto daban señales de poder entenderle, les descubría el panorama apostólico abierto en su alma el 2 de octubre. Algunos le siguieron. Otros no le escucharon. Otros, en fin, le oyeron, pero no le comprendieron o, habiendo dado señales de entender, no perseveraron y eligieron otros derroteros. "Las almas se me escapaban de las manos como anguilas", comentará años más tarde, evocando la historia de los inicios (6). Conoció, además, largos períodos de sequedad espiritual, aunque no faltaron tampoco momentos de profundo gozo, y nuevas y sucesivas iluminaciones divinas. Entre éstas, merece ser destacada una, que corrobora de forma inmediata y directa el núcleo del carisma fundacional del Opus Dei. Tuvo lugar el 7 de agosto de 1931 mientras celebraba el sacrificio de la Misa. Narrémosla con las palabras que el propio Fundador escribiera poco después del suceso: "7 de agosto de 1931: Hoy celebra esta diócesis (7) la fiesta de la Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo. -Al encomendar mis intenciones en la Santa Misa, me di cuenta del cambio interior que ha hecho Dios en mí, durante estos años de mi residencia en la exCorte... Y eso, a pesar de mí mismo: sin mi cooperación, puedo decir. Creo que renové el propósito de dirigir mi vida entera al cumplimiento de la Voluntad divina: la Obra de Dios. (Propósito que, en este instante, renuevo también con toda mi alma). Llegó la hora de la Consagración: en el momento de alzar la Sagrada Hostia, sin perder el debido recogimiento, sin distraerme -acababa de hacer in mente la ofrenda del Amor Misericordioso-, vino a mi pensamiento, con fuerza y claridad extraordinarias, aquello de la Escritura: 'et si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum' (Ioann. 12, 32). Ordinariamente, ante lo sobrenatural, tengo miedo. Después viene el ne timeas!, soy Yo. Y comprendí que serán los hombres y mujeres de Dios, quienes levantarán la Cruz con las doctrinas de Cristo sobre el pináculo de toda actividad humana... Y vi triunfar al Señor, atrayendo a Sí todas las cosas.

"A pesar de sentirme vacío de virtud y de ciencia (la humildad es la verdad..., sin garabato), querría escribir unos libros de fuego, que corrieran por el mundo como llama viva, prendiendo su luz y su calor en los hombres, convirtiendo los pobres corazones en brasas, para ofrecerlos a Jesús como rubíes de su corona de Rey" (8).

La vibración y el entusiasmo que transparentan estas frases, confirman lo que antes decíamos sobre la convicción profunda que acompañó siempre a don Josemaría Escrivá de Balaguer, y manifiestan el fundamento o raíz de esa convicción: una fe estimulada por las luces e inspiraciones recibidas de Dios, y alimentada por una oración constante, hasta desembocar en una confianza que nada hace desfallecer (9).

Otros sucesos, acaecidos apenas un mes después de los recién mencionados, completaron y desarrollaron la experiencia interior del Fundador, grabando hondamente en su alma lo que constituye uno de los rasgos más sobresalientes de su espíritu: el sentido de la filiación divina. Los narra escuetamente en sus apuntes íntimos. "Estuve considerando -escribe el 22 de septiembre de 1931- las bondades de Dios conmigo y, lleno de gozo interior, hubiera gritado por la calle, para que todo el mundo se enterara de mi agradecimiento filial: ¡Padre, Padre! Y -si no gritando- por lo bajo, anduve llamándole así (¡Padre!) muchas veces, seguro de agradarle (10). Unos días más tarde, el 17 de octubre, ese sentimiento se agudizó y afianzó en un rato de oración en el que sufrimiento, sequedad y fe viva se hermanaron profundamente: "Quise hacer oración, después de la Misa, en la quietud de mi iglesia. No lo conseguí. En Atocha, compré un periódico (el A.B.C.) y tomé el tranvía. A estas horas, al escribir esto, no he podido leer más que un párrafo del diario. Sentí afluir la oración de afectos, copiosa y ardiente. Así estuve en el tranvía y hasta mi casa"(11).

En muchas ocasiones rememoró la profunda experiencia interior vivida en ese otoño de 1931. Período tenso de la vida político-social y religiosa española, marcado fuertemente por la incertidumbre del futuro, en el que don Josemaría Escrivá tropieza, además, con dificultades e incomprensiones. Esta realidad delinea como un trasfondo de sufrimiento y dureza, que, sin embargo, no le aparta de Dios, sino que le lleva a entregarse más a El, identificándose por entero con su voluntad. Y, en ese marco, surge la oración a la que se refieren los textos anteriores. "Cuando el Señor me daba aquellos golpes, por el año treinta y uno -comentaba tiempo después-, yo no lo entendía. Y de pronto, en medio de aquella amargura tan grande, esas palabras: tú eres mi hijo (Ps II, 7), tú eres Cristo. Y yo sólo sabía repetir: Abba, Paterl; Abba, Paterl; Abba! Abba! Abba! Ahora lo veo con una luz nueva, como un nuevo descubrimiento: como se ve, al pasar los años, la mano del Señor, de la Sabiduría divina, del Todopoderoso.

"Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón -lo veo con más claridad que nunca- es ésta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, es ser Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios" (12).

En el tranvía primero, al caminar por la calle después, en la tranquilidad de su hogar finalmente, esa conciencia de ser hijo de Dios le llena por entero. No le resulta posible leer el periódico ni hacer cosa alguna: sólo dirigirse a Dios llamándole Padre. Incluso rodeado de gente, mientras recorre las calles en dirección a su casa, esas palabras, Abba, Pater!, ¡Padre!, vienen a sus labios y afloran casi en voz alta. "Me tomarían por loco", comentaría posteriormente. De hecho, una honda conciencia de la filiación divina se marcó desde ese momento en lo más hondo de su alma, presentándosele como el fundamento de ese espíritu de santificación y apostolado en medio del mundo que se veía llamado a difundir.

El sentido de la filiación divina constituyó, en efecto, en su vida personal y en su enseñanza, no sólo impulso y estímulo para una oración sencilla y confiada, para un trato filial con un Dios del que se sabe que es Padre, y Padre que ama "más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos (13), sino luz que permite dirigir una mirada nueva sobre las realidades humanas- también las normales tareas y ocupaciones de los hombres-, percibiendo ahí el reflejo de la bondad de Dios. "La filiación divina -afirmaba en una homilía pronunciada en 1952, pero reflejando ideas que venían de muchos años antes- es una verdad gozosa, un misterio consolador. La filiación divina llena toda nuestra vida espiritual, porque nos enseña a tratar, a conocer, a amar a nuestro Padre del Cielo, y así colma de esperanza nuestra lucha interior, y nos da la sencillez confiada de los hijos pequeños. Más aún: precisamente porque somos hijos de Dios, esa realidad nos lleva también a contemplar con amor y con admiración todas las cosas que han salido de las manos de Dios Padre Creador. Y de este modo somos contemplativos en medio del mundo, amando al mundo" (14). Sentirse hijo de Dios es saber que no hemos sido arrojados al mundo en virtud del acaso, ni condenados a un existir sin sentido, sino llamados a la vida como fruto y consecuencia del amor, e invitados, por tanto, a poner amor en todas y cada una de las circunstancias de nuestro vivir, también las más comunes y ordinarias, ya que nada se oculta a la mirada de ese Dios que es Padre.

Notas

6. Sobre todos estos hechos, así como sobre el sufrimiento y la maduración interior que el proceso fundacional reclamó en don Josemaría Escrivá de Balaguer, remitimos de nuevo a las obras citadas en la nota 1 de este capítulo.

7. Se refiere a Madrid-Alcalá, donde el 6 de agosto se celebraba a los santos Justo y Pastor, Patronos de la diócesis, trasladándose la fiesta de la Transfiguración del Señor al día 7.

8. Apuntes íntimos, nn. 217-218. Este acontecimiento, y el texto de S. Juan al que se refiere, han sido evocados por don Josemaría Escrivá de Balaguer repetidas veces; ver, por ejemplo, Camino, n. 301; Es Cristo que pasa, nn. 105, 156 y 183; Amigos de Dios, n. 58; Forja, n. 685.

9. Como testimonia el adverbio "ordinariamente", empleado en ese texto de 1931, don Josemaría Escrivá de Balaguer experimentó muchas veces, en este decisivo período fundacional, la acción sobrenatural de la gracia. Su reacción fue siempre la que recoge ese texto: una inicial sensación de confusión y temor, superada al recibir la certeza de que quien se hacía presente era un Dios que es Padre y ante quien se debe, por tanto, reaccionar no con temor, sino con amor y confianza.

10. Apuntes íntimos, n. 296.

11. [bid., n. 334. La iglesia a la que el texto se refiere es la de Santa Isabel, en la que entonces ejercía su labor sacerdotal, cerca de la madrileña glorieta de Atocha. Su residencia, en esas fechas, estaba situada en la calle Viriato, distante entre media hora y tres cuartos de hora de la zona de Atocha.

12. RHF, 20787, p. 15.

13. Camino, n. 267 (Consideraciones espirituales, ed. de 1932, n. 31).

14. Es Cristo que pasa, n. 65.