2. Barruntos del querer divino

Trascendencia de un acontecimiento: 2 de octubre de 1928. Datos para la comprensión histórico-espiritual de una fecha.

Si Josemaría Escrivá insistía, al evocar su infancia, en esa normalidad y en ese carácter súbito de su vocación a los que acabamos de hacer referencia, no era por un prurito de exactitud, sino porque deseaba poner de manifiesto una realidad que le importaba sobremanera: dejar claro que lo acontecido después en su vida no era algo nacido de sus aspiraciones, sentimientos, ansias o afanes, sino fruto de una libre iniciativa divina: «Dios se mete en nuestras vidas sin pedirnos permiso», repitió muchísimas veces, sea en referencia a su propia experiencia, sea en general, remarcando así la suprema libertad del amor divino(16). Y al hablar así se refería a sucesos concretos, claramente localizados en el tiempo, que se presentaron siempre ante sus ojos como hechos y mociones a través de las cuales Dios le iba preparando para la misión que definiría su vida.

«Tenía yo catorce o quince años cuando comencé a barruntar el Amor, a darme cuenta de que el corazón me pedía algo grande y que fuese amor»(17), rememoraba el 19 de marzo de 1975, pocos meses antes del fin de su vida terrena. «Acuden a mi pensamiento —decía diez años antes, en la ya citada meditación del 14 de febrero de 1964— tantas manifestaciones del Amor de Dios. El Señor me fue preparando a pesar mío, con cosas aparentemente inocentes, de las que se valía para meter en mi alma esa inquietud divina. Por eso he entendido muy bien aquel amor tan humano y tan divino de Teresa del Niño Jesús, que se conmueve cuando por las páginas de un libro asoma una estampa con la mano herida del Redentor. También a mí me han sucedido cosas de ese estilo, que me removieron y me llevaron a la comunión diaria, a la purificación, a la confesión... y a la penitencia»1(18)

Trasladémonos a Logroño y concretamente al invierno de 1917-1918. Un clima particularmente duro reinaba durante esas fechas en la capital riojana. A principios de diciembre comenzó a nevar y, a partir de esa fecha hasta entrado enero, se mantuvo un tiempo extremadamente crudo; en algunos momentos la temperatura llegó a descender hasta casi 20 grados bajo cero.

Durante una de esas jornadas de frío intenso, con el suelo cubierto de nieve, Josemaría aún adolescente, camina por una de las calles de Logroño. De repente algo llama poderosamente su atención: las huellas dejadas sobre la nieve por los pies descalzos de un fraile carmelita. Siente como un aldabonazo en su alma: hay quien se enfrenta con el frío por amor de Dios, y yo, ¿qué estoy haciendo por Cristo? Ese pensamiento se clava en su alma y la aguijonea. No es algo pasajero, sino

una inquietud profunda que reclama una respuesta decidida. Ha sido hasta el momento un muchacho trabajador, leal, afable, piadoso, pero advierte ahora que todo eso no basta: ha empezado —digámoslo con sus mismas palabras, según texto citado más arriba— a barruntar la hondura del amor divino y una sed insaciable de plenitud de entrega bulle en su corazón. «¿Saber que me quieres tanto, Dios mío, y... no me he vuelto loco?»; «Señor: que tenga peso y medida en todo... menos en el

Amor»; «Cristo ha muerto por ti. —Tú... ¿qué debes hacer por Cristo?»: son algunas de las frases que, años más tarde, en la década de los treinta, escribirá en Consideraciones espirituales y en Camino, y que nos permiten entrever de algún modo los sentimientos que, desde esa escena de un día de invierno, llenaron su corazón(19).

Si la llamada de Dios es neta y determinada, no lo es en cambio su contenido: «Vi con claridad que Dios quería algo, pero no sabía qué era»(20), comenta el 19 de marzo de 1975, y otras muchas veces. En esa situación de incertidumbre, busca el consejo de ese carmelita: el padre José Miguel de la Virgen del Carmen(21). Después de dos o tres meses de dirección espiritual, el P. José Miguel le sugiere que se haga carmelita, pero Josemaría, aunque no puede percibir con claridad qué es lo que Dios quiere de él, advierte que no es esa la voluntad divina. ¿Qué camino tomar entonces? Una idea se abre paso en su mente: hacerse sacerdote. No es, propiamente hablando, que considere el sacerdocio como la respuesta última a la inquietud sembrada por Dios en su alma, sino más bien que ve en la elección del camino sacerdotal la forma de estar en condiciones de poder dar sin trabas una respuesta cuando llegue el momento en que Dios le haga conocer por entero sus designios.

Encaminarse al sacerdocio es una decisión que, al cortar con otros lazos y condicionamientos, le coloca en una situación de plena disponibilidad para los planes divinos: ya vendrá lo que Dios quiera, cuando El quiera y como El quiera. «¿Por qué me hice sacerdote? Porque creí —explicará años después, hablando de su ordenación sacerdotal, ocurrida en 1925— que (así) era más fácil cumplir una voluntad de Dios, que no conocía. Desde unos ocho años antes la barruntaba, pero

no sabía qué era, y no lo supe hasta 1928. Por eso me hice sacerdote»(22).

Cuando, en 1918, decide encaminarse hacia el sacerdocio, Josemaría es consciente de que el paso que se dispone a dar afecta no sólo a su persona, sino a toda su familia, que va a verse privada de la ayuda que podía esperar del hijo mayor. Esa consideración le conmueve, pero no le retrae de su decisión, y sin esperar más la comunica a su padre. «Un buen día —contaba muchos años más tarde— le dije a mi padre que quería ser sacerdote: fue la única vez que le vi llorar. El tenía otros planes posibles, pero no se rebeló. Me dijo: —“Hijo mío, piénsalo bien. Los sacerdotes tienen que ser santos... Es muy duro no tener casa, no tener hogar, no tener un amor en la tierra. Piénsalo un poco más, pero yo no me opondré”. Y me llevó a hablar con un sacerdote amigo suyo, el Abad de la Colegiata de Logroño»(23).

Aquel sacerdote se llamaba don Antolín Oñate. Con él, y con otros sacerdotes conocidos en Logroño por su piedad y su don de consejo —don Albino Pajares y don Daniel Alfaro, capellanes castrenses, don Ciriaco Garrido, canónigo penitenciario de la Colegiata, y don Gregorio Fernández Anguiano, vicerrector del Seminario—, habló Josemaría durante este periodo. En esas conversaciones el perfil de lo que podía ser la vida de un sacerdote de aquella época se precisó ante sus ojos: el trabajo en una parroquia, eventualmente las oposiciones a una canongía, la enseñanza o la dirección de un seminario... «Aquello —continua el texto recién citado— no era lo que Dios me pedía, y yo me daba cuenta: no quería ser sacerdote para ser sacerdote, el cura que dicen en España. Yo tenía veneración al sacerdote, pero no quería para mí un sacerdocio así»(24). Lo que Dios le pide es algo distinto.

Pero a la vez está claro que debe ser sacerdote: Dios quiere su sacerdocio para servirse de él con vistas a esos designios que algún día le dará a conocer, y debe por tanto seguir ese camino en actitud de completa disponibilidad. A fines de mayo de 1918 terminó Josemaría Escrivá de Balaguer el último curso de bachillerato. En octubre de 1918 se incorporó al seminario de Logroño como alumno externo. Permaneció allí dos años, ya que, en septiembre de 1920, se trasladó a Zaragoza para proseguir los estudios teológicos en la Universidad Pontificia que entonces existía en esa ciudad.