1. Segunda etapa romana de don Álvaro

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

La victoria de los Aliados había traído la paz a Europa en la primavera de 1945, si bien muchos países continuaron su existencia con una fuerte inestabilidad política y luchas internas de violento carácter ideológico. Restablecida la paz, se puso pronto en ejecución el plan Marshall, para la reconstrucción y desarrollo económico de gran parte de la Europa devastada por la guerra. España, que había salido destrozada de la guerra civil, y no pudo rehacerse durante el período de la segunda Guerra Mundial, se vio marginada después de los Organismos internacionales por las grandes potencias. De manera que, abandonada a sus propios recursos económicos, que eran escasísimos (no tenía carburantes, ni materias primas, ni producción agrícola para hacer frente al hambre), difícilmente pudo sobrevivir a un duro cerco internacional. La España de Franco era considerada dictadura de signo totalitario, con una reciente historia de amigables relaciones con los países del Eje. En consecuencia, las Naciones Unidas recomendaron la retirada de los embajadores en España, que se produjo a partir de diciembre de 1946 por parte de algunos países |# 1|. Anteriormente, el 2 de febrero de 1946, se había producido el cierre de la frontera francesa a los españoles |# 2|.

Los años de la guerra habían dejado también huellas de otro orden. El Colegio Cardenalicio, que solía consistir de unos setenta miembros, había quedado reducido casi a la mitad. A finales de 1945, Pío XII cubrió los puestos vacantes con treinta y dos cardenales, cuatro de ellos italianos, de manera que, por vez primera en siglos de historia, los cardenales no italianos constituían mayoría en la Iglesia. La fecha de imposición de los capelos cardenalicios tendría lugar el 21 de febrero de 1946 |# 3|.

Por ese tiempo se organizó una peregrinación española a Roma, de forma que coincidiera con la ceremonia de la imposición de capelos. La presidía el Sr. Obispo de Madrid; y los romeros hicieron la travesía, entre Barcelona y Civitavecchia, en el J.J. Sister. El 24 de febrero estaba de vuelta la peregrinación; y don Álvaro y José Orlandis se acercaron al puerto de Barcelona para recibir a don Leopoldo, que les puso al tanto de las últimas noticias e impresiones que traía de Roma |# 4|. Ese mismo día, víspera de embarcarse, redactaba don Álvaro una nota para el Padre al filo de la medianoche. Y se despedía con un «¡Bendíganos! Ya sabe cómo y cuánto le recuerda y cómo ha de pedir por Vd. su hijo Álvaro. El 26, D.m., telegrafiaremos desde Génova» |# 5|.

La travesía por mar fue feliz. No puede decirse lo mismo del viaje de Génova a Roma. Una semana antes había encontrado Salvador Canals un piso en el Corso del Rinascimento, 49; sus balcones y ventanas daban a Piazza Navona. No podía ser más céntrico. Tenía un vestíbulo, salita de estar, amplio comedor y varios dormitorios, aunque uno de ellos estaba atestado con los muebles del anterior inquilino. Apenas tuvo don Álvaro un rato de sosiego, escribió a Madrid una carta de varios pliegos y letra minúscula, comenzando con el relato de su llegada a Roma:

«Roma, 2-III-46.

Muy querido Padre: ahí va la primera carta de esta segunda etapa romana. Escribimos en nuestro piso del Corso del Rinascimento, 49, que providencialmente logró Salvador [...]. El viaje de barco, estupendo: salimos a mediodía del 25, con todo el equipaje, y llegamos a Génova el 26 a las 3 de la tarde. Nos esperaban el cónsul y Salvador. A pesar de las protestas del cónsul salimos en un Fiat que iba conducido por su propietario, un conde amigo de Salvador, camino de Roma, a eso de las 6 de la tarde. Pasamos el Bracco sin esperar a la escolta de los carabinieri, para ganar tiempo, provisto el conde de una rivoltella (un revólver: poco podíamos hacer), y no hubo novedad. Cenamos en La Spezia y, aunque nos volvieron a decir que era muy peligroso, continuamos, pensando hacer el camino de noche y llegar a tiempo para ver a los cardenales españoles, que iban a salir de Roma el día 1 a primera hora. Pero empezaron a venir reventones en las cubiertas, se rompieron los dos gatos y, por fin, a 8 Kms. de Pisa hubo otro reventón. Como era de noche, no paraba ningún coche para dejarnos el gato, ni para nada, y cerramos bien para dormir dentro del coche y ver si de día alguno nos daba auxilio: no sabíamos que estábamos tan cerca de Pisa. Y tampoco supimos, hasta el día siguiente, que a un Km. de nosotros los bandoleros desvalijaron un camión, mientras nosotros dormíamos, y se fueron con él, dejando atados a unos árboles a los que lo conducían. De madrugada nos ayudaron por fin, celebré en Pisa —la primera misa en Italia— y seguimos después de habernos arreglado las ruedas. Pero nada: reventones y más reventones y, en vez de llegar el 27 de madrugada a Roma, llegamos el 28, sin poder cenar» |# 6|.

A la descripción del viaje siguen varios pliegos, extensos, en los que se refiere, con lujo de detalles, el cómo y cuándo se obtuvieron las cartas comendaticias de los Cardenales. Según las noticias que les había dado don Leopoldo en Barcelona, la víspera de embarcarse ellos para Génova, los nuevos purpurados dejarían muy pronto Roma. Casi todos tenían las maletas hechas y estaban a punto de partir. No tuvieron dificultades en conseguir las comendaticias de los tres españoles: el de Tarragona, el de Granada y el Primado de Toledo. Luego, continuaron sus diligencias con el resto de los Cardenales que quedaban todavía en Roma. Cerejeira, el de Lisboa, fue el primero que, espontáneamente, antes de pedírsela, se la ofreció: ¡Yo también tengo que darla!, les dijo. No sin que el doctor Mesquita, su secretario, se empeñase en que el de Lorenzo Marques, Cardenal Gouveia, hiciera también otra carta. El encuentro de don Álvaro con Ruffini, Cardenal de Palermo, fue muy afectuoso. Cuando se le acercó don Álvaro y le dijo que probablemente no le reconocería, porque la última vez que se saludaron tenía bigote y vestía de paisano, el Cardenal daba grandes muestras de contento e hizo en público grandes elogios de la Obra y de algunos de sus miembros. Había conocido a Albareda y a Barredo. «Ya saben —insistía— que donde esté yo está l’Opera: tienen que venir a Palermo» |# 7|.

Una vez en faena, don Álvaro estaba decidido a seguir pidiendo comendaticias a todos los Cardenales en cuyas diócesis había hecho apostolado alguien de la Obra, aunque se tratase de los humildes comienzos de un investigador o de un estudiante becado en el extranjero. En su segunda jornada de trabajo en Roma escribía al Fundador, a modo de recapitulación: «Es posible que den comendaticias los Card. de Berlín, Colonia, Westminster, Palermo y quizás Milán y N. York, que con los de Toledo, Tarragona, Granada, Sevilla (¡que no ha llegado aún hoy!) y Lisboa son 11 de los 69 de todo el mundo: no está nada mal, aunque nos den calabazas unos cuantos de ellos» |# 8|.

El día 3 de marzo tenía fijadas don Álvaro varias audiencias con algunos de los Cardenales que aún permanecían en Roma. El Cardenal Francis Spellman, de Nueva York, y el de Westminster, Bernard Griffin, que seguramente le hubieran dado la comendaticia, tuvieron que dejar Roma con urgencia. En un ambiente tan internacional, parece ser que el idioma más socorrido entre los eclesiásticos era el italiano, en el que no estaba muy ducho don Álvaro. Pronto se convenció de que era lengua obligada en Roma: «Se ve —escribía al Padre— que no hay más remedio que hablar italiano, para entenderse con toda esta gente: yo procuro hacerlo desde el primer día» |# 9|. Pero cuando el 3 de marzo se presentó, acompañado de Salvador, a la cita con el Vicario General de Colonia, tuvo que echar mano del francés. A pesar de lo cual, al cabo de media hora, el Vicario seguía sin entender por qué su Cardenal había de darle una carta comendaticia. De todos modos, como para mostrarles su buena voluntad, les ofreció pasar un momento a besar el Anillo de su Eminencia. Minuto que, con estupor del Vicario, se alargó, sin que éste pudiera acortarlo. El comienzo de la conversación, ya en el despacho del Cardenal Joseph Frings, fue un amistoso acuerdo sobre el instrumento con que habían de entenderse. El Cardenal no sabía más que alemán, italiano y latín. Dentro de esa terna, don Álvaro le ofreció el latín o su italiano de tres días. El Cardenal Frings, sabiamente, optó por el latín, idioma en el que estuvieron hablando hora y media.

Le explicó don Álvaro la Obra. Y viendo, por las preguntas que le hacía el Cardenal, que iba entendiendo perfectamente, tocó el objeto de su visita: «habemus aliquas Litteras Commendaticias... fere omnium Episcoporum Hispaniae et etiam alicuius Cardinalis Lusitaniae, Italiae...» Al llegar a este punto, Salvador, como para corroborar lo que decía don Álvaro, sacó de la cartera un montón de papeles. Al verlos el Cardenal Frings, puso cara de asombro y se le escapó un sincero: «Sed insatiabiles estis!» |# 10|.

«Le respondí —continúa don Álvaro— que lo normal era llevar para el Decretum Laudis cuatro o seis comendaticias, y por lo tanto la suya ni quitaba ni ponía nada para la materialidad de conseguir el Decreto: pero que, en realidad, la Obra había trabajado en Alemania: que si el Sr. Cardenal Faulhaber estuviera en Roma, indudablemente la hubiera dado y que, sobre todo, «esset nobis gaudium magnum Litteram aliquam alicuius Episcopi Germaniae possidere», etc. |# 11|. El Cardenal, a su entera disposición, preparó la redacción de la carta.

El número de las cartas comendaticias de los Prelados extranjeros tenía un límite, evidentemente. No ocurría así con las de España. El Fundador llevaba años recorriendo las diócesis y entrevistándose periódicamente con muchos Obispos. Don Josemaría, pues, se propuso obtener cartas de todos aquellos con quienes había tenido relación. En algunos casos, la operación requería llevarse a cabo en varias etapas. Primero una conversación, a fondo, con el Prelado en cuestión, sobre la situación jurídica de la Obra. Después, una invitación a redactar una comendaticia. Finalmente, conseguir que la enviase. Gestión ésta nada fácil en ocasiones, porque el Sr. Obispo, ya fuese por enfermedad, viaje, acumulación de trabajo, y quizá confianza amistosa, daba largas demoras, hasta que don Josemaría le refrescaba la memoria o hacía que se lo recordasen. Y, en aquellos otros casos en que no había tenido trato directo con el Sr. Obispo, utilizaba para urgirlo los buenos oficios de amigos o conocidos, como el Obispo de Tuy, el Abad de Montserrat o don Eliodoro Gil |# 12|. Todo esto explica el que, habiendo comenzado la recogida de cartas en el mes de diciembre de 1945, no lograse rematarla hasta junio de 1946.

Don Álvaro había llevado consigo a Roma docena y pico de cartas comendaticias, a las que en el mes de marzo fueron agregándose otras: Jaén, Zamora, Jaca, Ciudad-Rodrigo, Barbastro... |# 13|, más las obtenidas en Roma. Sobre las comendaticias escribía don Josemaría a Mons. López Ortiz el 25 de marzo:

Es una pena no poder vernos y charlar, para que comprendas la conveniencia de que se multipliquen las "comendaticias". Gracias a Dios, las han dado Prelados de Portugal, Italia y todos los españoles que han recibido nuestra petición |# 14|.

Sumaban ya más de treinta las comendaticias de los Obispos españoles cuando los miembros del Opus Dei en Roma hicieron siete copias de las cartas, para entregar, en forma de folleto, a cada uno de los Consultores de la Curia. «¡Son Vds. unos bravos!», comentó uno de ellos |# 15|. En respuesta a lo cual, don Álvaro, en carta del 10 de abril, le dice al Padre: «¡Es pena que no tengamos todas las comendaticias!» |# 16|.

Bien podía pensar el Padre, como el Cardenal Frings, que sus hijos de Roma eran insaciables. Pero, si lo pensaba, no lo dijo. Al revés, apresuróse a conseguir comendaticias de todos aquellos Obispos que no habían dado señales de vida; y escribió enseguida a Mons. López Ortiz, el 14 de abril:

Perdóname esta insistencia. Me urgen de Roma más comendaticias. [...] Me convendría saber si esos buenos señores de León, Orense y Guadix han respirado. Con franqueza: no me importa demasiado su negativa, aunque no la deseo. Dime urgentemente lo que haya |# 17|.

Un mes más tarde informaba don Álvaro sobre este asunto: «Con las cartas comendaticias ha resultado un libro de cien páginas, estupendo» |# 18|. Les siguieron llegando cartas comendaticias. Las últimas (de los Sres. Obispos de León, Ibiza, Plasencia y Vic) a mediados de junio |# 19|.