1. ¿Por qué "Obra de Dios"?

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

Dos años escasos llevaban los Escrivá en el piso de la calle Fernando el Católico cuando, en septiembre de 1929, doña Dolores tuvo que trasladarse con sus hijos a la calle José Marañón. La nueva vivienda era un anexo del Patronato de Enfermos, con entrada independiente por esa calle. El cambio de domicilio no se produjo por deseos de mejora sino porque el piso estaba asignado a la capellanía. Era holgado para una persona, y reducidísimo para una familia; pero tenía la ventaja de que comunicaba con el edificio principal. De modo que el capellán podía pasar a la iglesia sin tener que salir a la calle |# 1|.

Es posible que doña Dolores viese con más frecuencia al hijo, aunque esto es mucho suponer, si se tienen en cuenta las crecientes actividades del sacerdote. Porque, además de las obligaciones inherentes a la capellanía, y las giras de asistencia benéfica por los barrios, visitando enfermos y necesitados, se le acumularon nuevas cargas. Aparte el deber de mantener dignamente a su madre y hermanos, como era de justicia, tenía que terminar los estudios del doctorado en Derecho, razón de su venida a Madrid. Otra persona con menos brío y optimismo que don Josemaría se hubiera descorazonado, al sentirse aprisionado en una red de compromisos, cada vez más tupida.

A la retribución por su cargo de capellán, insuficiente para satisfacer las necesidades de la familia, se sumaban los ingresos procedentes de la Academia Cicuéndez y los obtenidos con algunas clases particulares |# 2|. En su conjunto, todo ello no sacaba a los Escrivá de la penuria, que venían arrastrando con hidalguía desde los años de Logroño. El sostenimiento del hogar, siempre problemático, incitó su imaginación, con el fin de remediar a los suyos |# 3|. Más de un proyecto profesional le había pasado por la cabeza, en vuelo pasajero que pronto se desvanecía, absorbido por la exigente e ineludible misión de gestar la Obra.

Ante la presión divina y las inestables circunstancias familiares, la cuerda se rompía por lo más delgado, que eran los estudios de Derecho. En aquellas circunstancias, don Josemaría hizo lo que pudo, que, si no fue mucho, tampoco era culpa suya. El 15 de diciembre de 1929 elevó una instancia al Decano de Derecho para matricularse de "Historia de la literatura jurídica" y "Política social" en la convocatoria de enero de 1930 |# 4|. Como siempre, sus deseos marchaban por delante de sus posibilidades. Solamente pudo presentarse a examen de "Historia de la literatura jurídica", y obtuvo un notable. En cuanto a la tesis doctoral, que constituía el trabajo de fondo del Doctorado, enseguida se ocupó de buscar tema apropiado de investigación, con el consejo de su antiguo profesor, Pou de Foxá, a quien escribió a Zaragoza el 7-III-1930:

Ya recibiría usted, hace días, una carta larga. Hoy le escribo para mandarle esas cuartillas, donde he copiado las papeletas de Dº Canónico, que tiene la Biblioteca Nacional en la Sección de Manuscritos, por si usted ve la manera de aprovechar alguno de esos manuscritos para mi tesis: Haciendo, p.e., como un comentario o crítica de la obra, con su prólogo, más, al final, bibliografía. Si comprende que no se puede aprovechar nada de esto —abusando, como siempre, de su afecto y de su bondad— le agradeceré me indique un asunto concreto y fuentes |# 5|.

Concretó el tema de investigación doctoral. Eligió uno de historia del Derecho Canónico, que versaría sobre la ordenación de mestizos y cuarterones en la América española durante la época colonial |# 6|. Dos años más tarde había recogido ya material suficiente como para informar de nuevo a Pou de Foxá:

Pensaba enviarle un montón de cuartillas, pero resulta que me es imposible escribir más.

Ya charlaremos, si, por fin, no puedo evadirme de mi viaje a la ciudad del Ebro [...]. De no vernos, en junio le mandaré un kilo de papel: ármese de paciencia, para leer |# 7|.

Como se ve, no le faltaba tesón y buena voluntad. Pero carecía de otros elementos, no menos imprescindibles, para rematar el trabajo:

No tengo dinero —escribe en sus Apuntes—. Como he de trabajar —a veces excesivamente— para sostener mi casa, no me queda ni tiempo, ni humor para los trabajos inmediatos de esos doctorados |# 8|.

En esta frase tan breve, tan suavemente dicha, se concentran las cargas materiales que pesaban sobre don Josemaría, que, desprovisto de medios económicos, tenía que mantener a su familia con horas extra de trabajo en la Academia, sin olvidar sus interminables obligaciones como capellán. ¿Cómo dedicarse a la investigación y estudios de doctorado si no hemos mencionado aún su más gozosa y pesada carga?

El sacar la Obra adelante era una grave tarea. Por muchas horas que le dedicase don Josemaría, siempre serían pocas, pues estaba claro que la fundación requeriría mucha oración, mucho sacrificio y mucho apostolado. Don Josemaría trataba por todos los medios de ensanchar el campo de su apostolado. Pedía a las Damas, y a las señoras que cooperaban en el Patronato, nombres y direcciones de jóvenes parientes o conocidos. Les solicitaba, insistentemente, que rezasen por sus intenciones espirituales. De manera que en sus idas y venidas, en su febril actividad apostólica, el capellán estaba proclamando, si no a voces con hechos, la novedad de la Obra. Y siempre le quedó la duda de si las Damas, en medio del trajín del capellán, sospecharían la existencia de un propósito desconocido.

Pero, ¿no os dabais cuenta —les preguntaba muchos años más tarde don Josemaría—, cuando yo estaba en el Patronato, cuando iba con aquellos muchachos jóvenes, de que algo había...? |# 9|.

Con ingenuidad, y desorientada en el laberinto de los tiempos, confiesa Josefina Santos:

«No me había dado cuenta de nada».

El apostolado que venía haciendo don Josemaría, en la Academia, en la residencia Larra, y en el Patronato, con jóvenes y sacerdotes, pronto tuvo ocasión de extenderse. En 1930 comenzó, entre menestrales y artesanos, una labor semejante a la que llevaba a cabo con los estudiantes. Tal vez esa actividad tuvo sus principios en una misión para gentes de variadas profesiones, organizada por el Patronato, en la que se encargó al capellán de dar una plática y confesar al día siguiente. Era la primera vez que predicaba oficialmente en Madrid ante un público de trabajadores. El acto se celebró en la Capilla del Obispo, pared por medio con la iglesia de San Andrés. Don Josemaría sintió la emoción de aquella hora, y se dirigió a los fieles con la palabra desnuda, como le salía de dentro, libre de adornos retóricos y gestos ampulosos de la oratoria tradicional. Y, para dominar su nerviosismo y no tener las manos muertas, se agarró fuertemente a la barandilla del presbiterio; de cara a la concurrencia, les habló con auténtico ardor. Era el 13 de junio de 1930.

Presencié cómo, en la Capilla del Obispo —se refiere a sí mismo—, un joven abogado hablaba de religión a unos cientos de obreros. Cayó muy bien. Tuve gran alegría. Eso será (aunque no en lugar sagrado) y algo más... |# 10|.

Dedicó tiempo a la formación personal de esa gente. Iba a confesarles a sus centros de reunión. Les trataba allí donde se encontraba con ellos |# 11|. De modo que enseguida se hizo con un grupo de obreros que le seguían: — Hasta ahora hay también, en la Obra, algunos pequeños empleados y artesanos, anota en diciembre de 1930 |# 12|. La llamada universal a la santidad era para gentes de todas las profesiones: — Los socios de profesiones mecánicas y los socios obreros —continúa la nota— han de comprender bien la hermosura de su oficio, delante de Dios. Y cuando más adelante se adhirió al grupo un pintor, observa: su vocación es para la oración y el arte |# 13|.

* * *

Comenzaba a germinar históricamente la Obra, que, en sus primeros meses, llevaba una vida de gestación, nonnata, pero activísima |# 14|. Y, con el pudor de una madre en el primer embarazo, escribe el Fundador: — La Obra crecía para dentro, nonnata, en gestación: sólo había apostolado personal |# 15|. Sin ejemplos que seguir, ni sistemas que copiar, comprobó que, poco a poco, surgían de sus experiencias personales los rasgos que delineaban una nueva espiritualidad. Por inspiración divina, las ideas y los esquemas de lo que sería la organización interna de la Obra se traducían en notas y más notas, que el Fundador incorporaba luego a sus Apuntes. Y, al releer lo que llevaba ya escrito en junio de 1930, se maravillaba ante tal grandeza:

Y sigo discurriendo sobre lo escrito para convencerme en seguida de que se necesita una imaginación de novelista loco de atar o una fiebre de cuarenta grados, para, con la razón humana, llegar a pensar en una Obra así, que, de no ser de Dios, sería el plan de un borracho de soberbia |# 16|.

Sin embargo, la Obra no había sido aún jurídicamente bautizada. De momento, a los ojos del Fundador, poco hacía al caso que aquella actividad no tuviera ni siquiera nombre propio. Se conocía genéricamente por "la Obra", como podía haberse llamado "la labor" o "la misión". Algo que indicara una tarea, una dedicación, un proyecto de trabajo apostólico, algo que evocase la idea de una oración que de la tierra se elevaba a Dios para alabanza de su nombre. Lo importante para don Josemaría era que estaba poniendo en práctica el mensaje central de la Obra, que ya acudían a su lado, o más bien salía él al encuentro, de gentes de toda condición y oficio, para anunciarles gradualmente la buena nueva. No importaba que se tratase de un puñado de almas, porque de ese pequeño grupo crecería con el tiempo una empresa vigorosa y universal. En aquella semilla se contenía el árbol del futuro.

No es de extrañar su silencio, conociendo la repugnancia de don Josemaría a todo lo que significara ostentación, de acuerdo con su ocultarse y desaparecer. Él mismo nos lo explica:

Yo no puse a la Obra ningún nombre. Hubiera deseado, de ser posible —no lo era—, que no hubiera tenido nombre, ni personalidad jurídica [...]. Mientras, llamábamos a nuestra labor sencillamente así: "La Obra" |# 17|.

Esta expresión genérica satisfacía la humildad del Fundador, que esperaba que el Señor, a su debido tiempo, le daría nombre apropiado. En cualquier caso, su idea acerca del nombre era que tenía que responder a dos características particulares. En primer lugar, que no hiciera referencia alguna a su persona, que no fuese vinculado al "Escrivá". Y, luego, que no admitiese apelativos derivados para sus miembros, que eran y deberían ser siempre fieles cristianos corrientes. La solución, pues, sería hallar un nombre abstracto |# 18|. Sin nombre específico estuvo la Obra durante largo tiempo.

Aunque don Josemaría había explayado su conciencia anteriormente con algunos confesores, andaba por entonces sin director espiritual |# 19|. No tenía, por tanto —nos dice—, a quien abrir el alma y comunicar en el fuero de la conciencia aquello que Jesús me había pedido |# 20|. Así las cosas, oyendo comentar en el Patronato que el padre Sánchez atendía muy bien a sus penitentes, una mañana de primeros de julio de 1930 se fue a la residencia de la calle de la Flor a pedir al jesuita que se encargase de su dirección espiritual:

Entonces, despacio, comuniqué la Obra y mi alma. Los dos vimos en todo la mano de Dios. Quedamos en que yo le llevara unas cuartillas —un paquete de octavillas, era—, en las que tenía anotados los detalles de toda la labor. Se las llevé. El P. Sánchez se fue a Chamartín un par de semanas. Al volver, me dijo que la obra era de Dios y que no tenía inconveniente en ser mi confesor. El paquete de octavillas lo quemé hace unos años. Lo siento |# 21|.

A partir de ese momento, finales de julio de 1930, don Josemaría se entrevistó periódicamente con su nuevo director espiritual para tratar, no los temas de la fundación, sino lo concerniente a su alma...

Pero volvamos al nombre de nuestra Obra —rememora el Fundador—. Un día fui a charlar con el P. Sánchez, en un locutorio de la residencia de la Flor. Le hablé de mis cosas personales (sólo le hablaba de la Obra en cuanto tenía relación con mi alma), y el buen padre Sánchez al final me preguntó: "¿cómo va esa Obra de Dios?" Ya en la calle, comencé a pensar: "Obra de Dios. ¡Opus Dei! Opus, operatio..., trabajo de Dios. ¡Este es el nombre que buscaba!" Y en lo sucesivo se llamó siempre Opus Dei |# 22|.

Ese nombre se ajustaba admirablemente a la Obra, uno de cuyos rasgos esenciales es la santificación del trabajo. Compendiaba dicho nombre la Teología de la santificación del trabajo, con todas las consideraciones que de ahí se derivan: dignidad de la vocación del cristiano que vive y trabaja en el mundo, posibilidad de un encuentro personal con Cristo en nuestra tarea diaria; el trabajo, como instrumento de apostolado y corredención; el esfuerzo y actividades humanas hechas oración y sacrificio que la humanidad ofrece al Creador: Deo omnis gloria; la divinización del trabajo, en fin, que transforma a los hijos de Dios en almas contemplativas.

Había dado con el nombre preciso, que tenía la ventaja, dentro de su significado, de ser un nombre abstracto, para que no se pudiera sacar un apelativo común para los socios de la Obra |# 23|. No atinaba antes con tal nombre, a pesar de que, en realidad, lo venía usando de mucho atrás. Pero, ¿no estaba acaso repitiendo el padre Sánchez lo que leyó en las cuartillas que don Josemaría le entregó en julio?

Así fue, porque en una de las notas acerca de la fundación —probablemente de finales de marzo; pero, de todos modos, anterior a junio de 1930— se lee: no se trata de una obra mía, sino de la Obra de Dios |# 24|.

El relato citado sobre la pregunta de su confesor está escrito en 1948, cuando don Josemaría trató de rehacer fuentes históricas perdidas (perdidas porque les prendió fuego). Es evidente que en tal ocasión no consultó los Apuntes que se salvaron, es decir, los posteriores a marzo de 1930. Porque, de haberlo hecho, se encontraría con una anotación suya fechada el 9-XII-1930, en la que se lee:

La Obra de Dios: hoy me preguntaba yo, ¿por qué la llamamos así? Y voy a contestarme por escrito [...]. Y el p. Sánchez, en su conversación, refiriéndose a la familia nonnata de la Obra, la llamó "la Obra de Dios".

Entonces —y sólo entonces— me di cuenta de que, en las cuartillas nombradas, se la denominaba así. Y ese nombre (¡¡La Obra de Dios!!), que parece un atrevimiento, una audacia, casi una inconveniencia, quiso el Señor que se escribiera la primera vez, sin que yo supiera lo que escribía; y quiso el Señor ponerlo en labios del buen padre Sánchez, para que no cupiera duda de que Él manda que su Obra se nombre así: La Obra de Dios |# 25|.

El nombre le venía ofrecido, no por su confesor sino por Dios a través de su confesor. De hecho, como dice claramente en esta anotación, había sido estampado con anterioridad a las fechas en que por vez primera mostró sus apuntes al padre Sánchez. El Fundador había escrito el nombre de la Obra sobre el papel, sin percatarse en todo su alcance de lo que estaba escribiendo.

Está claro que, aunque algunas veces usase ese nombre para referirse a su empresa apostólica, en realidad el nombre Obra de Dios —Opus Dei— no estaba acuñado como tal. En su significado más hondo era una denominación atrevida y ambiciosa, por cuanto delataba que no era creación de hombres. Don Josemaría no lo utilizó, ya que en su boca, de acuerdo con su ocultarse y desaparecer, la expresión resultaría presuntuosa. Tal vez esperase una señal externa, que vino cuando el Señor lo refrendó por medio del padre Sánchez. Un dato más para tener presente que la Obra era cosa de Dios y no invención suya. El Fundador de la Obra se veía como un instrumento que Dios humillaba de cuando en cuando, para que no olvidase que las ideas le venían inspiradas de lo alto y no eran exclusivamente de su propia cosecha |# 26|.

El nombre Opus Dei unía a la esencia de la Obra —la santificación del trabajo— el origen divino de su institución.

* * *

Debió de ser hacia finales de 1930 cuando don Josemaría notó que Dios le pedía una mayor dedicación a la tarea fundacional. Para ello era preciso sacar tiempo libre de un día totalmente lleno de trabajo. Las obligaciones de la capellanía, junto con las visitas a los enfermos del Patronato, eran el capítulo que más tiempo le consumía. Si dejaba el Patronato de Enfermos sacaría muchas horas libres, pero se le presentarían otros problemas. Se vería obligado también a dejar la casa de la capellanía y a tener que aumentar la fuente de sus ingresos. Pero no era eso lo peor de todo, sino las dificultades que las disposiciones vigentes creaban a los sacerdotes extradiocesanos y el rigor de las normas con que se les administraban las licencias ministeriales. De acuerdo con lo establecido por las autoridades eclesiásticas, se hacía prácticamente imposible la residencia en Madrid de quienes no tuvieran un motivo eclesiástico justificado. Don Josemaría recordaba la historia de Antonio Pensado, compañero de la residencia de Larra, que tuvo que abandonar Madrid.

En las Navidades de 1930 andaba, pues, buscando el modo de obtener un encargo pastoral compatible con su misión divina. Por intermedio de una Dama de Palacio, que colaboraba en el Patronato, fue presentado a unos funcionarios de la Casa Real |# 27|. Estos le prepararon una entrevista con el Secretario del Patriarca de las Indias, don Pedro Poveda |# 28|.

Era el 4 de febrero de 1931 cuando el capellán fue a visitar a don Pedro, hombre entrado en años y de maneras bondadosas. Le expuso don Josemaría sus deseos. Prometió el otro apoyarle para obtener un nombramiento de Capellán de Honor de Su Majestad.

— ¿De qué se trata?, preguntó el solicitante.

Don Pedro le explicó que se trataba de un título honorario, sin encargo pastoral de ningún género, con ciertos privilegios en cuanto a la vestimenta y...

— Pero con ese nombramiento —interrumpió el capellán—, ¿puedo resolver el problema de mi incardinación en Madrid?

No. Era un nombramiento puramente honorario y sin derecho alguno a incardinarse en la capital.

— Entonces no me interesa nada |# 29|, replicó.

El asombro de don Pedro fue mayúsculo al ver que aquel joven sacerdote rechazaba cargo tan prestigioso y ambicionado por otros clérigos, por la simple razón de que quería incardinarse en Madrid para servicio de las almas. Para ese servicio espiritual —pensaba por su parte don Josemaría— no necesitaba de gajes ni de títulos. Tampoco de dinero. Y si Dios se había encargado visiblemente de despojarle de medios materiales, ¿no se encargaría de correr con los gastos de apostolado?

Tras la rechazada oferta del Secretario del Patriarca de las Indias, don Josemaría inició a las pocas semanas otra gestión oficial. Unas señoras, que también colaboraban en el Patronato de Enfermos, le presentaron al Subsecretario del Ministerio de Gracia y Justicia, de cuyo departamento dependían los asuntos eclesiásticos |# 30|. El dignatario en cuestión, Sr. Martínez de Velasco, tenía un puesto que le venía como anillo al dedo. Se ajustaba perfectamente a los deseos del capellán. Prometió avisar en breve a don Josemaría. Era entonces el 10 de abril de 1931. No tuvieron tiempo de fijar la fecha de la entrevista, porque cuatro días más tarde se proclamaba la República en España.

De este fallido intento dejó escrito en sus Apuntes: Dios no lo quiso. Yo estoy tan fresco. ¡Bendito sea! |# 31|.