1. La vida cotidiana

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

Ocupación fundamental del Padre en la década de los sesenta fue la labor de gobierno y desarrollo del Opus Dei, aunque desprovisto, en parte, de la colaboración de don Álvaro, que no estaba disponible por entero, por hallarse trabajando en la preparación del Concilio Vaticano II. Hubo de recortar algo las salidas fuera de Roma; pero su encierro en Villa Tevere no le impedía el seguir paso a paso las tareas referentes al Concilio. Su vida se deslizaba sin grandes cambios, rigurosamente sujeta a un horario. De forma que, descontados los actos de piedad y las horas de trabajo, que todo era uno para el Padre, no le quedaba más tiempo libre que el que empleaba en comer, siempre brevísimo; el que había de dedicar a las tertulias con sus hijos y el de la hora en que recibía visitas.

Empezaba el día con una jaculatoria. Para manifestar su disposición de servicio, tan pronto le llamaban se arrodillaba en el suelo, y lo besaba diciendo: Serviam! A continuación se hacía el signo de la cruz en la frente, en los labios y en el pecho, mientras recitaba una corta oración: «Todos mis pensamientos, todas mis palabras, y las obras todas de este día, te las ofrezco, Señor, y mi vida entera por amor» |# 1|. En ocasiones, este primer encuentro ascético le resultaba heroico, habida cuenta de las circunstancias |# 2|. Don Josemaría conocía bien el lastre de un cuerpo exhausto por la fatiga y el esfuerzo imponente que costaba echarse al suelo sin titubeos, sin concesión alguna a la pereza. Le bastaba recordar el Madrid de su juventud, cuando llegaba a casa tan rendido que luego no acertaba a levantarse. Ahora, en cambio, la hora de levantarse le cogía casi siempre desvelado, y no por falta de cansancio. Antes del amanecer se ponía a trabajar. Ordenaba los asuntos del día, preparaba notas y distribuía encargos para ahorrar tiempo a la mañana siguiente. Y más de una noche se pasó horas y horas de vela junto a Jesús Sacramentado, en la tribuna que desde su cuarto de trabajo daba al oratorio. Pero en 1968 los médicos le prescribieron no menos de siete horas y media de descanso, porque padecía fuertes insomnios; y no se le permitía dejar la cama antes de que le avisaran para levantarse |# 3|.

Enfrente de su lecho, pintada en azulejos, se leía esta invocación: «¡Aparta, Señor, de mí lo que me aparte de Ti!» Los insomnios, sin embargo, le acercaban al Señor. Le permitían seguir agradeciendo todos los beneficios de Él recibidos, y un mayor espacio de tiempo para prepararse a celebrar la Santa Misa, y la posibilidad de velar el sueño de sus hijos y de acompañarles allí donde era de día, en otros continentes. Y, por si le venía una idea o un pensamiento feliz, siempre tenía en la mesilla de noche papel y lápiz al alcance de la mano.

Una noche, a eso de las cuatro de la madrugada, mandó llamar a un hijo suyo, que era su médico de cabecera. La pantorrilla de la pierna izquierda la tenía agarrotada con un fuerte calambre. No era cosa grave; pero, probablemente, le había mantenido despierto durante largo tiempo. Remediado el calambre, invitó al médico a que le hiciera un rato de compañía.

— Padre, ¿no dormía?, le preguntó éste.

— No, hijo mío, estaba llorando, le contestó |# 4|. La pesadumbre de saber que uno de sus hijos quería abandonar la Obra no le dejaba dormir.

Su dormitorio no era muy espacioso. Él mismo lo había elegido y no pensaba mudarse. Era un cuarto de paso, de unos diez metros cuadrados, situado en un extremo de la casa. El suelo, de baldosa blanca y azul; y el mobiliario sencillo y austero. Lo componían una cama de hierro; una mesilla de noche; una mesa con silla y sillón de madera; una lámpara de pie, y una banqueta. En la cabecera de la cama, colgado de la pared, un rosario de cuentas gordas y unos azulejos con la inscripción: «Iesus — Christus — Deus — Homo». Había también un cuadro de la Sagrada Familia, y un Crucifijo en la pared |# 5|. Junto a la cabecera estaba el timbre que había mandado instalar antes de la curación de la diabetes. Seguía funcionando, aunque el Padre no tenía necesidad de despertar a nadie, ahora que disfrutaba, relativamente, de buena salud. Pero, no quiero morir sin los últimos Sacramentos |# 6|, les decía.

Era el Padre sumamente puntual en levantarse. No lo era menos para dejar en orden todo lo que usaba. Al terminar de asearse limpiaba cuidadosamente el suelo y el lavabo de agua, cabellos o restos de jabón. Después ventilaba el cuarto y colocaba todo en su sitio, para ahorrar trabajo en la limpieza. Era también sorprendente el cuidado y maña que se daba por alargar el uso de las prendas de vestir. De las dos sotanas que tuvo durante largo tiempo, una nueva y otra vieja, ésta última cumplió holgadamente más de veinte años de servicio. Acerca de su estado testimonia Encarnita Ortega: «Tenía una sotana remendada que usaba habitualmente; y para recibir a las visitas se ponía otra mejor. Y de esto soy testigo ocular y hasta llegué a contar las piezas de la sotana, que eran diecisiete» |# 7|.

* * *

De su cuarto se dirigía al oratorio, donde hacía media hora de oración mental. Después celebraba el Santo Sacrificio, momento culminante en su jornada. Con relativa frecuencia decía la misa en privado, en el llamado "oratorio del Padre", que estaba dedicado a la Santísima Trinidad. (Si alguien hablaba al Fundador de "su oratorio", inmediatamente le corregía: no tengo ningún oratorio mío: es el oratorio del Padre, porque yo estoy aquí de paso |# 8|.) Mientras se revestía, preparándose con gran recogimiento, tenía la mente en aquel momento supremo. Porque, como explicaba a sus hijos el Jueves Santo de 1960, la Santa Misa es la donación misma de la Trinidad a la Iglesia, el centro y la raíz de la vida espiritual del cristiano, y el fin de todos los sacramentos |# 9|.

Santiago Escrivá de Balaguer, sobrino del Fundador, cuenta una anécdota esclarecedora. Siendo niño entró jugando cierto día en la sacristía. Quería contar cosas a su tío. Pero el sacerdote, que estaba revistiéndose para celebrar misa, le miró y le dijo: niño, ahora soy Cristo |# 10|. Palabras que le dejaron impresionado. Asistir a una misa del Padre era aprender el hondo significado de esas palabras. Todos los testimonios coinciden en maravillarse al ver cómo don Josemaría —sin hacer nada raro— se transformaba en el altar. Desde los días en que los estudiantes que le ayudaban a misa en la iglesia del Patronato de Enfermos regresaban a la sacristía con lágrimas en los ojos, hasta los últimos tiempos de su vida, el fervor del Padre no decayó jamás. Por el contrario, se había hecho aún más ardiente, en una constante escalada de cuarenta años, misa a misa, día a día. Al acercarse al altar temblaba de impaciencia y amor: Subo al altar con ansia —confesaba a sus hijos—, y más que poner las manos sobre él, lo abrazo con cariño y lo beso como un enamorado, que eso soy: ¡enamorado! |# 11|.

Se sabía actuando en un marco divino. Rodeado de Ángeles que adoraban a la Santísima Trinidad, acompañado de la Virgen y de todos los santos, presentes de algún modo en aquel holocausto de redención universal. Y cuando saludaba con un Dominus vobiscum, aunque estuviera solo con el ayudante, lo decía a toda la Iglesia, a todas las criaturas de la tierra, a la creación entera, también a los pájaros y a los peces |# 12|. Allí, don Josemaría representaba a Jesucristo, Sacerdote eterno:

La Misa —insistía— es acción divina, trinitaria, no humana. El sacerdote que celebra sirve al designio del Señor, prestando su cuerpo y su voz; pero no obra en nombre propio, sino in persona Christi, en la Persona de Cristo, y en nombre de Cristo |# 13|.

Observaba amorosamente las rúbricas de la liturgia y permanecía ensimismado en el misterio sagrado. Sus lecturas, sus genuflexiones, los besos al altar, o una simple inclinación de cabeza infundían, por la reverencia y fe que demostraban en el oficiante, una gran devoción |# 14|. Hubo períodos —testimonia Mons. Álvaro del Portillo— en que la celebración de la Santa Misa le dejaba agotado. Cansancio que provenía de su identificarse con Cristo sufriente, participando en los dolores del Calvario. Acababa sudoroso, extenuado, como si hubiese hecho un esfuerzo físico sobrehumano |# 15|. Cargaba sobre sus espaldas, sacerdotalmente, el peso del Opus Dei. En el ofertorio de la misa, al ofrecer la Hostia Santa, ponía en la patena las enfermedades y tribulaciones de sus hijas, de sus hijos y las de todo el mundo. De nuevo se acordaba de las necesidades materiales y espirituales de cuantos componían la gran familia de la Obra al recitar, en el memento de vivos, su "trabalenguas": pedía por sus hijas y por sus hijos, por los padres de todos sus hijos, por las familias de sus hijos y de sus hijas, y por todos los que se han acercado de un modo o de otro a la Obra, para procurar hacernos mal o para procurar hacernos bien; si es para hacernos bien, para agradecérselo; si es para hacernos mal, para perdonarles de todo corazón, para que Dios me perdone a mí |# 16|.

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Después de los diez minutos de hacimiento de gracias al terminar la misa, tomaba el desayuno. Consistía éste en un poco de café con leche, frío, como acostumbraba siempre a tomarlo, acompañado de un trozo de pan o de bollo. Dedicaba luego unos minutos a leer el periódico. Solía repartir las páginas del diario con don Álvaro y, una vez leídas, se las intercambiaban. Los problemas del mundo y de la Iglesia, según se reflejaban en la prensa, le llevaban a rezar por las almas. Descansaba la cabeza en la palma de la mano derecha y, con los ojos cerrados, entraba dulcemente en oración. Este proceso de entrada en contemplación al leer el periódico venía de muy lejos, de los primeros años de Madrid, como sabemos por sus Apuntes íntimos; y se aceleró más en los últimos años de su vida |# 17|. Pero no estaba en las nubes. Enseguida se interesaba, al hojear las páginas, de si iba a haber huelga de servicios, de transporte o de abastecimientos, y avisaba a sus hijas de la Administración para que lo tuvieran en cuenta, por los posibles cortes de gas, electricidad o cierre de tiendas y mercado |# 18|.

A continuación, ya fuese en el oratorio, o en el cuarto de trabajo, recitaba el Breviario; y leía por unos minutos el Nuevo Testamento, de donde frecuentemente sacaba alguna frase, de la que tomaba nota para predicar o llevarla a la oración.

Trabajaba siempre en el despacho de don Álvaro, principiando con las cuestiones de gobierno de la Obra, para las que se ponía antes en la presencia de Dios y pedía luces y ayuda al Espíritu Santo. Durante esas horas de trabajo en ningún momento estaba lejos del altar, y alzaba su corazón a Dios dándole gracias por los beneficios recibidos en la Comunión de la mañana. Así prolongaba la misa de la mañana hasta las doce del mediodía, en que rezaba el Angelus y se preparaba para la misa del día siguiente |# 19|.

Acabados los asuntos de gobierno, tocaba el turno al correo. Se separaba la correspondencia de gobierno de las cartas personales dirigidas al Padre: cartas de sus hijos, de amigos y conocidos. Don Álvaro nos asegura que el Padre no leyó carta alguna sin rezar por quien la había escrito o por la solución del problema que la motivaba |# 20|.

Seguidamente recibía visitas, que acudían de todas partes del mundo, en busca de consuelo o de consejo espiritual. Hacia 1958 no sólo las recibía en Villa Tevere sino también en Villa Sacchetti, el vecino Centro de mujeres de la Obra |# 21|. El cuarto de hora calculado por visita se prolongaba si era oportuno; pero, con el fin de mejor aprovechar el tiempo sobrenaturalmente, el Padre se preparaba para hablar a esas almas sólo de Dios. Antes de la entrevista recitaba para sí el verso del salmo: «Pone, Domine, custodiam ori meo» |# 22|; y después no dejaba de encomendarles a su Ángel Custodio |# 23|. Como recuerdo solía regalarles el Padre un rosario, «para que lo gastaran rezando», o una medalla conmemorativa de la Obra. De su estancia en Roma se llevaban, sobre todo, preciados consejos para sus almas.

A la una y veinte rezaba con los del Consejo General las Preces de la Obra; y a la una y media se sentaba a la mesa. Durante años —aún después de curada la diabetes— hubo de someterse a régimen en las comidas. Régimen que, por otra parte, nada tenía de complicado. En el comedor le acompañaban sus dos "Custodes", don Álvaro y don Javier Echevarría. Solía tomar un poco de verdura con unas gotas de aceite y escasa sal; y de segundo plato algo de carne o pescado, generalmente a la plancha y sin guarnición. Apenas tocaba el pan y no probaba el vino, excepto los días de fiesta. La cena era aún más frugal que el almuerzo. Acompañaba la sopa o verdura con un poco de queso, o bien tomaba una tortilla francesa y una fruta |# 24|. Lo que sí era común mañana y noche era el poner una cruz en cada plato, es decir, mortificarse en todas las comidas: espaciando el beber agua, por ejemplo, y no haciendo comentarios sobre los alimentos. Tomaba un poco menos de lo que le apetecía o un poco más de lo que no le gustaba tanto |# 25|. Si acaso había invitados a la mesa, su alegría y su charla sabrosa atraían la atención de los comensales, que no se fijaban en lo poco que se servía el Padre.

Al salir del comedor iba a hacer una visita al Santísimo; y del oratorio se dirigía a la sala de estar, donde se reunía con sus hijos del Consejo General para conversar, media hora o poco más. Esta costumbre, que recuerda las tertulias familiares de sobremesa, era la ocasión de intercambiar sucesos de la jornada, planes apostólicos y anécdotas divertidas.

Después hacía la lectura espiritual. Prefería los tratados clásicos. Y, sin retirarse a descansar, ni echarse la siesta, reemprendía el trabajo de la mañana. A las cinco menos veinte tomaba algo: café, un vaso de agua o una fruta. En la segunda mitad de la tarde hacía media hora de meditación y la parte del rosario correspondiente al día de la semana. (Las otras dos partes ya las había rezado antes, en el curso del día) |# 26|.

Había jornadas en que el Padre, a esa hora de la media tarde, tenía ya consumidas todas sus energías por efecto del insomnio de la víspera y el trabajo intenso de aquella mañana, y no conseguía sacudirse de encima el peso de la fatiga. Sus "Custodes" recuerdan lo que, en una de esas ocasiones, les decía:

Ayer por la tarde, que me encontraba muy cansado, fui a hacer la oración. Me estuve en el oratorio, y le dije al Señor: aquí estoy, como el perro fiel a los pies de su amo; no tengo fuerzas ni siquiera para decirte que te quiero, ¡Tú ya lo ves! |# 27|.

Continuaba luego trabajando hasta la hora de cenar. Ordinariamente, solía ver las noticias del día en la televisión; y le sucedía algo similar a lo ocurrido por la mañana al leer el periódico. Los sucesos le llevaban siempre a Dios, para pedir por su Iglesia y por el remedio de las desgracias humanas |# 28|. Acabadas las noticias televisivas, tornaba al trabajo.

* * *

La callada disponibilidad del Padre para con los necesitados pasaba inadvertida. Estaba hecha de silencio y sacrificio. Es, a no dudarlo, uno de los aspectos más amables de su figura. Nunca dejó a nadie abandonado a su suerte |# 29|. A todos echaba una mano, material o espiritualmente: a quienes le visitaban contándole sus penas y alegrías o a quienes le escribían abriéndole su pecho. El Padre contestaba las cartas que recibía dando siempre una solución o unas palabras de ánimo. La libertad que tenían todos sus hijos para escribirle, contribuía a estrechar aún más los vínculos dentro del Opus Dei. De todos modos, siempre estaba al corriente de los sucesos importantes en la vida de sus hijos y de las familias de sus hijos: enfermedades, nacimientos o defunciones de seres queridos. Y, si detrás de los papeles el Padre veía almas, ¿qué no vería y sentiría ante el caso desnudo de una desgracia?

Ahora, que tanto había crecido la Obra y se había multiplicado el trabajo para dirigirla, la labor diaria del Padre adquiría características muy diferentes a las del pasado. Por un lado estaban los asuntos de consulta, trámite y gestión; los papeles oficiales, por así decir. Y por otro lado la correspondencia particular. De ello claramente se daba cuenta el Padre cuando en 1963 comentaba a los directores de la Comisión de España:

Cuando os escribo veo que, desde que llevamos todo el trabajo metódico —más fácil y más seguro— para las cosas de gobierno, desde hace bastantes años por tanto, las cartas nuestras no pueden tener el sabor de los primeros tiempos. Puesto que los problemas espirituales y materiales van en prosa administrativa, metedme alguna anécdota siempre que me pongáis unas líneas, para que saboree la gracia —la poesía— de vuestras labores de apostolado. Menos mal que, cuando me veis, me contáis tantas cosas entrañables. ¡Dios os bendiga!

Rezad por mí: pedid al Señor y a su Ssma. Madre que me hagan bueno y fiel: semper ut iumentum! |# 30|.

La Obra había dado un fuerte estirón. Con ello aumentó el papeleo, irremediablemente, aunque el Padre luchaba por reducirlo a su mínima expresión. Frente a lo que consideraba "prosa administrativa" en su trabajo cotidiano, gustaba de oír iniciativas apostólicas y ver cómo sus hijos se lanzaban a nuevas aventuras, llevando el espíritu del Opus Dei a lugares y situaciones insospechadas. En medio de la fecunda laboriosidad del despacho de todos los días sentía avidez de "poesía apostólica". Pero no solamente habían cambiado las cosas en cuanto a la función material de gobierno. Rebuscando unos viejos papeles percibió tangiblemente el cambio de los tiempos,

porque antes —cuenta— escribía las cosas a mano o con alguna máquina más o menos arcaica —aún en estos casos, las correcciones van de mi mano—, pero ahora —desde el cincuenta, poco más o menos— he empleado cinta magnetofónica o dictáfono, y no os dejo rastro de la mano mía en todo este tiempo último. Es mejor, más rápido y más cómodo para mí seguir trabajando de esta manera. Así charlo, me traen copiado a doble espacio y a máquina lo que he dicho, y la cinta sirve para muchas veces. Barato también |# 31|.

Al felicitar a todas sus hijas e hijos en la Navidad de 1966, el Padre volvía de nuevo sobre aquella consideración:

La Obra crece cada año; las labores se multiplican y son cada vez más las almas que colaboran en la tarea apostólica. Con este crecimiento, conservad siempre nuestro ambiente de familia: vínculo de unidad |# 32|.

Prueba evidente del crecimiento eran también las congratulaciones que recibía el Padre, cada año más. Por su parte, y para mantener el "ambiente de familia", desde 1960 acostumbraba felicitar a sus hijos cuando cumplían 40 años. Era un hito importante de madurez, en la vida de las personas. El reverso de esta gozosa afirmación era que se estaban alejando de la juventud. De manera que al escribir a sus hijas tuvo que inventarse otro recurso. No resultaba tan fácil cumplimentar sin airear la edad. Felicitaba a muy pocas y con mucha delicadeza, quitando años:

Como ves —escribe a una de ellas—, hacemos una excepción, y te llegan estas líneas: para celebrar tu juventud. El año próximo no dejes de cumplir treinta y nueve: vosotras, hijas, siempre salís ganando |# 33|.

Con sus hijos no se andaba con tantas contemplaciones; tenía más libertad para expresarse en este asunto, y sus cartas de felicitación salían con muy diversos registros, según consideraba lo había menester el destinatario:

Mil felicidades por tus cuarenta primaveras: ahora comienza tu juventud |# 34|; y a otros:

Cuarenta años, desde cualquier punto que se miren, no son muchos: dos veces veinte.

Mil felicidades, por tu fiesta y porque sé que tú —como todos nosotros— serás siempre joven: ad Deum, qui laetificat iuventutem! |# 35|.

Mil felicidades, porque vas haciéndote viejo —¡40!— y has sabido gastar tu juventud primera con garbo divino |# 36|.

No se me olvidó hoy encomendarte especialmente, porque ya eres un señor mayor —¡cuarenta años!— |# 37|.

Yo casi me considero también de cuarenta años: veinte más veinte: porque comencé mi Opus Dei con 26 y ahora tengo 62, que son las mismas cifras |# 38|.

Así decenas de cartas.

* * *

El último tramo de la jornada se le hacía al Padre particularmente fatigoso, aunque aprovechaba el tiempo de trabajo hasta las nueve y media, hora en que se reunía con los del Consejo para la tertulia de la noche. A las diez en punto hacía en el oratorio examen de conciencia y se retiraba en silencio a su cuarto.

Antes de acostarse, el Padre, postrado en el suelo, rezaba el salmo 50. Con el salmo Miserere acababa el día comenzado con el Serviam de la mañana. Después, continuando la costumbre comenzada en tiempos de guerra civil, de rodillas, con los brazos en cruz, rezaba ante una imagen de la Virgen las tres "avemarías de la pureza", pidiendo esa virtud para todos en la Obra, en la Iglesia y en el mundo.

Guardaba su crucifijo en el bolsillo del pijama, para besarlo durante la noche; y rociaba la cama con agua bendita. Al repasar mentalmente la jornada, con gran dolor de sus faltas, hacía el resumen: pauper servus et humilis. Muy poca cosa era. Después ponía su pensamiento en la Comunión del día siguiente; y, tan pronto le venía el sueño, se entregaba al Señor con una oración sencilla y breve, como «Jesús, me abandono en Ti, confío en Ti, descanso en Ti».