1. La parroquia de Perdiguera

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

La parroquia de Perdiguera, de la que había sido nombrado Regente Auxiliar, correspondía a una aldea a cuatro o cinco leguas de Zaragoza |# 1|. El párroco, único sacerdote en el pueblo, se hallaba ausente, desde hacía tiempo, por enfermedad grave. Para el nuevo presbítero, que no se esperaba un destino lejos de su familia, ni un nombramiento anunciado tan de repente, esto fue un recio golpe. En la curia sabían de sobra que a los recién ordenados se les destinaba a parroquias, donde pudieran adquirir, bajo el cuidado de otros clérigos, las primeras experiencias pastorales. En Zaragoza, además, no se daba escasez de clero |# 2|. Apenas se reflexionase un poco sobre ello, surgía, irremediablemente, la sospecha de la intervención premeditada y urgente de una mano no amistosa en el manejo de dicho asunto. Sin pararse a hacer indagaciones sobre el tema, sin protestar ante la dureza de una disposición que le alejaba de su familia, don Josemaría obedeció con prontitud. Al día siguiente, martes 31 de marzo, partió para su nuevo destino en un carruaje tirado por mulas.

Contaba el caserío de Perdiguera con unos ochocientos y pico habitantes. El pueblo, asentado en una elevación del terreno, en una llanada al sur de la comarca de los Monegros, estaba en medio de tierras de secano. Por encima de los tejados sobresalía, pesada y maciza, la mole de su iglesia. Y, al fondo del horizonte, se recortaba la sierra de Alcubierre. Aunque no distaba mucho de la capital, el pueblo se hallaba a trasmano y con malas comunicaciones.

El sacristán de la parroquia, Urbano Murillo, se encontraba enfermo en cama desde hacía algunos días, por lo que Teodoro, el hijo, un chico espabilado, fue quien acompañó a don Josemaría a la casa donde iba a alojarse |# 3|.

El Regente inspeccionó enseguida la iglesia, que estaba bajo la advocación de la Asunción de Nuestra Señora. Se mantenía bien conservada, a pesar de los siglos; y la fábrica confirmaba la solidez de su aspecto, que ofrecía a ojos vistas una peculiar mezcolanza de elementos góticos con tracería y voladizos de estilo mudéjar, todo en ladrillo. Tenía una sola nave y el retablo renacentista, no de mala factura, lo presidía una estatua de la Virgen. Pero la dejadez y suciedad del interior descorazonó al recién llegado, sobre todo por el estado lamentable en que se hallaban el sagrario y el altar. Había que barrer y limpiar la iglesia para poder decir misa al día siguiente.

La casa donde se hospedaba era de una honrada familia de campesinos. Muy modesta, por no decir muy pobre. Como la mayoría de las viviendas del pueblo consistía en una planta baja donde estaba la cocina y, por detrás, se salía al corralillo. En la planta superior estaban los dormitorios. Componían la familia Saturnino Arruga, su mujer Prudencia Escanero y un muchacho de diez o doce años |# 4|.

Don Josemaría vio con sorpresa que aquellas buenas gentes le habían preparado un lecho formidable. Sobre una amplia cama, con cabecera y pies de metal dorado, habían echado un par de mullidos colchones y encima un edredón de colores abigarrados. Su jocoso comentario de que, para encaramarse en el lecho, tenía que tomar antes carrerilla y dar un salto, eran ganas de disfrazar con buen humor la penitencia de dormir en el suelo, que era, propiamente, la posición desde donde veía alzarse la cama como un aparato imponente. Aquel armatoste vacilaba y crujía al menor movimiento, acompañado de una "verbena de ruidos", como para cortar el más profundo sueño. A juzgar por las bromas con que describía la armadura de la cama, muy pocas veces debió de dormir en ella |# 5|.

Al día siguiente de su llegada a Perdiguera dejó al Señor en el sagrario y se ocupó de organizar las actividades de la jornada. Faltaban tan sólo unos días para la Semana Santa; y su deseo era que todos los feligreses pasasen por el sacramento de la Penitencia, para cumplir luego con la Comunión pascual. Ayudado del sacristán y de su hijo realizó su propósito de conocer cuanto antes a las familias de la parroquia. Como asegura Teodoro, el monaguillo, aun tratándose de cerca de dos centenares de hogares, «visitó a todas las familias del pueblo en poco tiempo» |# 6|. Conforme fue conociendo a la feligresía, advirtió la poca doctrina de los adultos, y la absoluta ignorancia del catecismo por parte de sus hijos. Enseguida se propuso el Regente nuevas metas: organizar catequesis de adultos y de niños, y preparar a éstos para la primera Comunión.

Pasada la Semana Santa y los largos oficios litúrgicos, don Josemaría, acompañado del monaguillo, se fue a visitar y confesar a todos los enfermos que guardaban cama, poniéndose a su servicio para llevarles luego la Sagrada Comunión, si lo deseaban. El recién ordenado estaba deseoso de solemnizar la misa porque, fuese o no fiesta, decía misa cantada todos los días, sin importarle que la concurrencia fuera escasa |# 7|. La mayor parte de la gente se levantaba con el alba para salir a las faenas del campo. Perdiguera vivía de las tierras de labranza, de los viñedos y de los olivares. Los terrenos de la comarca eran duros, pero también había en el término algunos pastos, que aprovechaban los rebaños de ovejas y los hatos de cabras de los vecinos.

Si don Josemaría tenía algún hueco entre horas, se dedicaba a la lectura o al estudio. Al mediodía se sentaba a la mesa de los aldeanos y tomaba, con voluntad y apetito, lo preparado por Prudencia. Si no eran, ciertamente, platos refinados, sí eran abundantes y sustanciosos: buen pan, legumbres, cerdo o carnero, todo con mucho aceite y mucho pimentón. Y después de comer, cuando el pueblo sesteaba, se iba con el monaguillo a dar una vuelta por los alrededores. De paso que hacía ejercicio, don Josemaría aprovechaba para ir ilustrando cristianamente a su joven acompañante. Tomaban por el llamado "Paseo de los curas", que no faltaba en los pueblos, tampoco en Perdiguera, y hacían el camino de vuelta por "el Olivar". Teodoro olvidó el tema de las charlas, pero no el extraño comportamiento del Regente: «En esos paseos charlábamos, y recuerdo únicamente que solía recoger piedrecitas que se metía en el bolsillo; nunca me atrevía a preguntarle por qué lo hacía» |# 8|, confiesa inocentemente el sacristán. (Además de ser gente discreta, los Murillo de Perdiguera fueron fieles a la tradición parroquial, según cuenta Teodoro al tiempo que airea sus recuerdos: «Mi padre, Urbano Murillo, fallecido hace años, era el sacristán de la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción en Perdiguera, provincia de Zaragoza. Ya antes mi abuelo había sido sacristán. Yo por entonces era el monaguillo, con el tiempo llegué a ser sacristán y espero seguir con este oficio mientras el Señor me dé vida») |# 9|.

Si el monaguillo hubiese sido menos pusilánime, preguntando al cura la razón de tan extraño proceder, tal vez le hubiese puesto en un aprieto. Porque lo que tanto intrigaba al muchacho no era manía de coleccionista sino un rudimentario método ascético para llevar el cómputo de las oraciones o mortificaciones hechas. El peligro estaba en el procedimiento, en que los recuentos podían acabar en satisfecha vanagloria. La experiencia y el tiempo, sin embargo, enseñaron muy pronto al joven sacerdote a dejar que llevase la cuenta su ángel custodio |# 10|.

La tarde se la pasaba don Josemaría en la iglesia. Exponía el Santísimo. Rezaba el rosario; y, los jueves, tenía una Hora Santa. Antes y después se encerraba en el confesonario, esperando con paciencia a que acudieran los penitentes, por lo general niños o viejas. De tarde en tarde se acercaba un joven o un hombre maduro. El Regente estaba contento de ver que aumentaba el número de los que pasaban por el confesonario. Pero un día, al salir de la iglesia, cazó al vuelo lo que en el atrio de la iglesia contaba un mozo a sus amigos: «¡Vaya con el mosén! Si me descuido, me lo adivina todo» |# 11|. Solamente la ignorancia, el no saber que en el tribunal de la penitencia el confesor es, además de juez, instrumento de misericordia, pudo llevar a ese joven a cometer tamaño sacrilegio. El dolor que le produjo al confesor esta falta de sinceridad en la confesión le movió a ofrecer, durante algunos años, oraciones y mortificaciones en desagravio. Era la segunda vez que su fina sensibilidad sacerdotal sufría un serio disgusto en pocos días. El primero se lo ocasionó el descuido y abandono en que halló el sagrario nada más llegar a Perdiguera. De allí en adelante, cuando divisaba una iglesia, en la ciudad o en el campo, pagaba con un acto de amor la presencia eucarística del Señor en ese templo.

Hacía apenas tres semanas de su llegada, y la parroquia funcionaba ya con regularidad, cuando tuvo una visita sorpresa. El padre del párroco enfermo se presentó de improviso, reclamando, en nombre del hijo, los derechos de altar y estola por las misas que había celebrado el Regente, las Horas Santas últimamente organizadas y los demás derechos parroquiales. Don Josemaría escribió a su tío Carlos, pidiéndole consejo y parecer en lo que consideraba una injusta y descarada pretensión. Pudo, claro está, dirigirse directamente a la curia, pero quiso aprovechar el incidente como pretexto para tender, con delicadeza, un puente que restableciera las endebles relaciones con el arcediano.

No tardó en llegar la respuesta oficial del Arzobispado, con fecha 24 de abril, en la que cabe sospechar un cierto desinterés del arcediano por el sobrino:

«Secretaría de Cámara del Arzobispado de Zaragoza

Sr. D. José Mª Escrivá.Perdiguera

Mi estimado amigo: Tu tío Carlos, que sale hoy para Burgos, me ha dejado la carta que le has escrito a la que contesto:

1º Puedes y debes firmar las partidas sacramentales.

2º Siendo tú el responsable de cuanto ocurra durante la ausencia del Cura (que se ha ido sin permiso de nadie) no puedes consentir que el padre ni otro de la familia recoja el dinero que dan los fieles para las almas.

3º Los derechos parroquiales son de tu absoluta pertenencia. Por caridad y durante un corto tiempo, que puede suponerse ha de tardar en volver, puedes ofrecerle la mitad de los derechos; pero haciendo constar que son tuyos.

4º Enseña esta carta al padre del cura, si lo crees oportuno, para que sepa debe abstenerse en absoluto de toda intervención en la parroquia. Por consiguiente que no vuelva a suceder eso de ir cobrando Horas Santas y Misas que tú celebras.

5º De cuanto anormal hayas observado en la parroquia estás obligado a dar cuenta al Sr. Vicario y no a tu tío, aunque el Sr. Arcediano sea tan atendido en el Vicariato.

Soy tuyo affmo.

Juan Carceller

24-4-1925 |# 12|.

Los documentos de la Secretaría de Cámara no contienen la secuencia de esta historia. Don Josemaría tenía blando el corazón, pero también tenía una familia a la que alimentar. Lo más probable es que, ateniéndose a la sugerencia del Secretario, compartiese los derechos parroquiales con la familia del otro cura.

Con un cuidado casi escrupuloso, para no mezclar las atenciones espirituales con las dádivas materiales de los fieles, el Regente rechazaba todo lo que pudiera suponer, aun de lejos, una recompensa a sus servicios ministeriales. Aquellos campesinos, viendo que el sacerdote no aceptaba regalos, querían al menos llevar algo a los de su familia en Zaragoza, cuando iban a la capital a vender los productos de sus tierras o apriscos. El Regente cortaba demasiado por lo sano. Jamás consiguieron enterarse de la dirección de doña Dolores para llevarle queso, fruta o aves de corral. El hijo se negó a darles las señas, aunque, como dice su hermano Santiago, algún regalo comestible les hubiese venido muy bien a los de la calle Rufas |# 13|.

Saturnino y Prudencia, en cuya casa se hospedaba el sacerdote, tenían sobradas ocasiones de charlar con el huésped. Don Josemaría quería corresponder de algún modo a los favores de esa familia. Le dolía, especialmente, el que su hijo no pudiera asistir a las clases en las que preparaba a un grupo de niños para la Primera Comunión. El muchacho salía de casa, muy temprano, con sus cabras y no volvía hasta el anochecer. El Regente terminó explicándole el catecismo por la noche. Después de una corta temporada, para ver si estaba preparado, le preguntó:

— Si fueras rico, muy rico, ¿qué te gustaría hacer?

El chiquillo se defendió, prudentemente, antes de aventurarse a contestar:

— ¿Qué es ser rico?

El sacerdote le explicó, lo mejor que pudo, que ser rico consistía en tener mucho dinero, mucha ropa, muchas tierras, vacas muy gordas y cabras muy lucidas:

— ¿Qué harías si fueras rico? —insistió don Josemaría—.

El muchacho tuvo una súbita inspiración, se le iluminaron los ojos y exclamó:

— Me comería ¡cada plato de sopas con vino!...

Se quedó muy serio el Regente al oír la respuesta, pensando para sus adentros: Josemaría, está hablando el Espíritu Santo |# 14|. Porque todas las ambiciones de este mundo, por grandes que sean, no pasan de ser un prosaico plato de sopas, nada que valga realmente la pena.

Pensó, pues, en recoger por escrito éste y otros episodios semejantes, ocurridos en las cortas semanas que llevaba en el pueblo, bajo el título de "Historia de un curita de aldea" |# 15|, con el fin de abrir los ojos a algún clérigo bisoño, y ayudarle en su vida de piedad. Treinta años más tarde esbozaba en una meditación un suceso que, sin duda, formaba parte de las peripecias de su paso por Perdiguera. Con toda seguridad entraría, por derecho propio, en la mencionada "Historia", si el Regente se hubiese decidido a escribirla. Los trazos son autobiográficos: — Cierto curita recién ordenado llegó a una aldea de su país, con pocas casas y muy pocos vecinos. Yendo camino de la iglesia tropezó un buen día con unos clérigos que jugaban a las cartas. Por lo visto, aquellos colegas no tenían mucho que hacer.

Pasó el curita por delante de los jugadores y éstos le invitaron a echar una partida. Pero el joven clérigo se excusó muy cortésmente. Les dijo que no sabía jugar; y se escabulló. Se fue a la iglesia a hacer una visita, acompañando un rato al Santísimo, como acostumbraba hacer todas las tardes, como solía hacer también por las mañanas. No se escandalizaron por ello los jugadores, ¿por qué se iban a escandalizar? Pero, naturalmente, se sonrieron del candor del curita, que bien podía estar reposando el almuerzo y salir después, como todo cura respetable, a darse un paseo por lugares soleados en los meses de invierno, o por sitios frescos y umbrosos en el verano.

Al salir el curita de la iglesia los que jugaban a las cartas le vocearon desde lejos: Rosa mystica!; Rosa mystica! |# 16|. Era el mote que algunos le habían puesto en el seminario de Zaragoza. Pronto corrió por los pueblos vecinos la historia y el apodo de "el místico", con que algún que otro empezó a llamar al Regente.

Servía de consuelo a don Josemaría estar al servicio de las almas. Grande fue por tanto su gozo cuando tuvo preparados a un grupo de niños para la primera Comunión. Pero éste, como otros muchos datos pastorales, no se halla en los libros de la parroquia. Si hubiésemos de juzgar, exclusivamente, por lo que dejó anotado en las hojas del archivo parroquial, su trabajo fue muy reducido. Durante su estancia en Perdiguera se produjo una sola defunción. Algo más cuantiosas son las partidas de bautismo, pues se bautizó a cuatro niños, que llevaban por nombre: Isidoro, Pascual, Mariano y Carmelo |# 17|. Ni el escaso volumen de la parroquia, ni la duración de la estancia del Regente, permiten sacar conclusiones estadísticas valederas, que no definen tampoco en qué consiste una parroquia rural. Don Josemaría cesó en su cargo el 18 de mayo de 1925, el día siguiente a la entrada en la archidiócesis de monseñor Rigoberto Doménech, sucesor del cardenal Soldevila |# 18|.

El epitafio del Regente de Perdiguera lo hace, en 1975, Teodoro Murillo, sacristán de la parroquia, al manifestar que:

«De los sacerdotes que han pasado por el pueblo es D. Josemaría quien ha dejado en mí, y no sabría decir exactamente por qué, un recuerdo imborrable. Era muy alegre, con un humor excelente, muy educado, sencillo y cariñoso. En el poco tiempo que estuvo le cogí un gran afecto y sentí de veras su marcha» |# 19|.