1. La ascendencia familiar

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

Josemaría Escrivá de Balaguer nació en Barbastro (Aragón) el 9 de enero de 1902; y murió en Roma el 26 de junio de 1975.

Pocas semanas antes de su muerte, tratando de dar el justo enfoque a su existencia, manifestaba un hondo sentido de la Providencia divina al decir: El Señor me ha hecho ver cómo me ha llevado de la mano |# 1|. Entre los años que van de 1902 a 1975 hay, para él, una fecha culminante: el 2 de octubre de 1928, día de la fundación del Opus Dei. Este hecho sobrenatural marcó su vida de tal manera que, en cualquier referencia autobiográfica, se refleja la conciencia imborrable de una misión personal. Así, al describir su venida al mundo:

Dios Nuestro Señor fue preparando las cosas para que mi vida fuese normal y corriente, sin nada llamativo.

Me hizo nacer en un hogar cristiano, como suelen ser los de mi país, de padres ejemplares que practicaban y vivían su fe |# 2|.

Nació Josemaría a última hora de un día de invierno, hacia las diez de la noche. Por esta razón, un tanto humorísticamente, calificaba sus primeros momentos como pasos de "noctámbulo", pues había comenzado a vivir teniendo toda una noche por delante. Aunque en ese dicho apuntaba, más bien, una velada alusión a la larga noche de oscuridades que, durante años, envolvió su misión espiritual |# 3|.

Al día siguiente, 10 de enero, se le inscribió en el Registro Civil, donde quedó asentado, entre otros datos,

«Que dicho niño nació a las veintidós del día de ayer en el domicilio de sus padres, calle Mayor, nº 26.

Que es hijo legítimo de D. José Escrivá comerciante, de 33 años, y de Dª Dolores Albás, de 23 años, naturales de Fonz y Barbastro respectivamente.

Que es nieto por línea paterna, de D. José Escrivá, difunto, y de Dª Constancia Cerzán [sic], naturales de Peralta de la Sal y Fonz respectivamente.

Y por línea materna, de D. Pascual Albás, difunto, y de Dª Florencia Blanc, naturales de Barbastro.

Y que el expresado niño ha de ser inscrito con los nombres de José María, Julián, Mariano» |# 4|.

Días más tarde, el 13 de enero, fiesta litúrgica de la octava de la Epifanía, en que se conmemoraba el Bautismo del Señor, el Regente de la Vicaría de la catedral de Barbastro impuso al niño, en la pila bautismal, los nombres que figuraban ya en el Registro Civil: José, por ser el del padre y del abuelo; María, por devoción a la Virgen; Julián, por caer en el Santoral del día; y Mariano, en atención al padrino de bautizo |# 5|.

Andando los años, Josemaría mostró un hondo agradecimiento al sacerdote que le confirió este sacramento. El regente se llamaba Ángel Malo —nombre no fácil de olvidar— y su memoria pasaría a diario a los mementos de las misas que don Josemaría celebró durante medio siglo |# 6|. Iguales sentimientos de gratitud tuvo para con sus padrinos de bautizo.

En cuanto a la pila bautismal de la catedral de Barbastro, de noble y hermosa factura, es uno de los objetos artísticos descritos en el Liber de Gestis del Cabildo, año de 1635 |# 7|. De muy poco le valieron, sin embargo, antigüedad y belleza. En 1936, al pasar por allí la furia iconoclasta, fue quebrada en varios pedazos y arrojada al río. En esa pila habían recibido las aguas del bautismo millares de cristianos, entre ellos la madre de Josemaría. En aquella pila de la catedral vio de niño bautizar a sus hermanitas más pequeñas. Sus restos eran dignos de respetuosa consideración. De modo que, cuando en 1957 el Obispo y el Cabildo catedralicio le regalaron los fragmentos salvados de la destrucción, mandó enviarlos a Roma para recomponerlos y darles un puesto honroso:

Acaban de llegar a Roma —escribirá en 1959— los restos de la fuente bautismal de la Catedral de Barbastro, que Vuestra Excelencia y el Excelentísimo Cabildo han tenido a bien regalar al Opus Dei, y no puedo dejar de agradecer al Señor Obispo —como lo haré también directamente al Cabildo— esa delicadeza, que tanto me ha conmovido.

Esas piedras venerables de nuestra Santa Iglesia Catedral, bien restauradas aquí en Italia por estos hijos míos, ocuparán un puesto de honor en la Casa Generalicia.

Gracias de nuevo, Excelencia, por esa amabilidad que siempre recordaremos con profundo reconocimiento |# 8|.

No fue la pila bautismal la única víctima de la barbarie marxista. Mayores males padeció el Registro Civil de Barbastro. Por esas mismas fechas quedaron reducidos a ceniza documentos y archivo. La inscripción de nacimiento allí existente no es, pues, la original de 1902 sino una copia certificada en 1912 |# 9|. Dicho sea de paso, la citada copia contiene algunos leves errores de nombres y lugares. Poco se le daba de ello al padre de Josemaría, a no ser por una inexactitud ortográfica que tocaba en lo vivo la raíz de su parentela. Don José, hombre pacífico si los hay, no estaba dispuesto a sobrellevar pacientemente agravios a su apellido.

El caso es que en algunos documentos el nombre "Escrivá" aparece trastocado en "Escribá" |# 10|. Esta inocente desconsideración ortográfica no era muy de extrañar, puesto que en castellano no existe diferencia fonética ente la b y la v. Lo malo era que, al pronunciar el nombre con acento grave, es decir, sin cargar el acento en la última sílaba, sugería de inmediato algo muy distinto: el nada elogioso pareado evangélico de "escribas y fariseos".

De chanza ligera puede calificarse la broma de los compañeros del colegio, que sacaban a Josemaría los colores a la cara con lo de "escribas y fariseos" |# 11|. Tampoco se libraba de las pullas su hermana Carmen. Hasta que un día el padre, indignado, salió en defensa del apellido, exigiendo a Josemaría que no tolerase jamás desafueros de esa clase. Advertencia que le quedó bien grabada al hijo, que tuvo que emprender batalla contra la b. En una nota sobre su vida interior, de mayo o junio de 1935, dice refiriéndose a la estudiada particularidad de su firma: —Comencé alrededor de 1928, exagerando la V de mi apellido, sencillamente para que no me pusieran Escrivá con b. Y en nota posterior recuerda: fue mi padre (que está en el Cielo) quien me mandó que no tolerara la b en el apellido: me dijo algo de nuestra ascendencia... Oct. 1939 |# 12|.

De tales faltas gramaticales no estaba exento el Regente que le bautizó en la catedral. La equivocación en la inscripción de su bautismo no la descubrió hasta 1960, según se lee en carta de respuesta a una persona que le envió fotocopia de su acta del bautismo:

Me dio alegría la fotocopia del acta de bautismo, pero me ha hecho ver que el buen Mosén Ángel Malo equivocó el apellido Escrivá, poniéndolo con b. ¿No sería posible —¡si cabe!— poner una nota marginal, rectificando? |# 13|.

Semejantes lamentaciones dan a entender que la defensa del apellido fue campaña de larga duración; y este rasgo de lealtad familiar revela, por otra parte, una honda compenetración entre padre e hijo.

Pero, ¿quiénes eran los Escrivá y de dónde provenía la ascendencia? Procedentes de Narbona, sus antepasados habían cruzado los Pirineos, ya entrado el siglo XII, para asentarse en la región catalana de Balaguer, en la comarca de Lérida lindante con el Alto Aragón. La rama de los Escrivá que permanecieron en la región agregó a su apellido el toponímico "de Balaguer", mientras que otra parte del linaje bajó a establecerse en Valencia, luego que Jaime I el Conquistador tomara la ciudad, en 1238 |# 14|. Josemaría Escrivá, descendiente de la parte catalana, en 1940 solicitó y obtuvo la vinculación "Escrivá de Balaguer" como primer apellido, para distinguirlo de las demás ramas familiares |# 15|. En Balaguer había nacido, en 1796, su bisabuelo: José María Escrivá Manonelles, que estudió Medicina y se estableció y casó en Perarrúa con Victoriana Zaydín y Sarrado. Seis hijos tuvo el matrimonio. Uno de ellos se ordenó sacerdote; y el segundo, José Escrivá Zaydín, casó en 1854 con Constancia Corzán Manzana, natural de Fonz, uniendo nombres ilustres de los linajes del Ribagorza con los del Somontano aragonés. Seis fueron también los hijos de este matrimonio: el menor, José, fue el padre de nuestro Josemaría |# 16|.

Don José Escrivá Zaydín, que nunca supo de su nieto, pues murió en 1894, ejerció a intervalos cargos de autoridad local, teniendo que capear los vaivenes e infortunios del siglo. A saber, agrias luchas ideológicas y de partido, varias guerras carlistas y, en más de una ocasión, descaradas persecuciones a la Iglesia. De guiarnos por las anécdotas que de él nos han llegado, debió ser un hombre muy conservador en sus costumbres y arraigado al pueblo donde se había establecido, porque en Fonz, solar de la madre, permaneció toda la familia. Todos a excepción del hijo menor, el padre de Josemaría |# 17|.

Tal vez la crisis que sufrieron los campos del Alto Aragón hacia 1887 le obligase a ganarse la vida fuera de Fonz. Las persistentes sequías, las crudas heladas y, para remate de desdichas, la filoxera en los viñedos, empujaron a muchos a abandonar las tierras. Consta que, ya antes de 1892, el joven José se había establecido en Barbastro, a poca distancia de Fonz |# 18|. Vivía en la calle Río Ancho, en una casa propiedad de don Cirilo Latorre, en cuyo piso bajo se hallaba el comercio de tejidos "Cirilo Latorre", más conocido por el pueblo como "Casa Servando". A poco de morir el padre, el joven José se unió con Jerónimo Mur y con Juan Juncosa para crear una sociedad denominada "Sucesores de Cirilo Latorre". Y luego, cuando en 1902 se retiró el Sr. Mur, los otros dos socios constituyeron la nueva sociedad "Juncosa y Escrivá" |# 19|.

* * *

Doña Dolores Albás y Blanc, madre de Josemaría, pertenecía a una familia originaria de Aínsa, capital del Sobrarbe, a medio camino entre Barbastro y las cumbres del Pirineo. En el siglo XVIII los Albás habían adquirido carta de nobleza rural en la comarca. Pero no se establecieron en Barbastro hasta bien entrado el siglo XIX, cuando en 1830 un tal Manuel Albás Linés casa con Simona Navarro y Santías |# 20|. De este matrimonio nacieron cuatro hijos. Los dos mayores —Pascual y Juan— contrajeron matrimonio, el mismo día, con dos hermanas: Florencia y Dolores Blanc. Muy bien se llevaban entre sí las dos parejas, porque ambos matrimonios ocuparon pisos vecinos en la misma casa (número 20 de Vía Romero), a la que pronto, en consideración a la abundante prole que la poblaba, se conoció como "casa de los chicos" |# 21|.

La pareja Pascual y Florencia tenía ya doce hijos (aunque solamente nueve de ellos sobrevivieron), cuando en 1877 Florencia dio a luz dos hijas gemelas. A las niñas se les bautizó con los nombres de Dolores y María de la Concepción. Esta última murió a los dos días de nacer. La otra niña, fue con el tiempo la madre de Josemaría. Y cuando éste, ya sacerdote, tuviese que hacer públicamente hincapié en el gran beneficio espiritual que representa un pronto inicio a la vida cristiana en virtud del sacramento del bautismo, citaba el caso de sus padres: que fueron bautizados el mismo día en que nacieron, habiendo nacido sanos |# 22|. Así consta, ciertamente, en las actas de bautismo. De la madre se dice: «bauticé solemnemente una niña que nació a las dos de la tarde del mismo día (23 de marzo de 1877)»; y en la del padre se lee: «bauticé solemnemente un niño nacido a la doce del mismo (día 15 de octubre de 1867)» |# 23|.

Como se ve, la familia era numerosa y sus costumbres cristianas. De manera que no es sorprendente que, al tiempo de ser recibido en el seno de la Santa Madre Iglesia, el niño Josemaría contase con tres tíos sacerdotes: mosén Teodoro, un hermano de don José; y Vicente y Carlos, hermanos de doña Dolores. Además tenía, por parte de madre, dos tías religiosas: Cruz y Pascuala. Todo esto sin entrar en la investigación de la media y lejana parentela |# 24|.

Estando en Burgos durante la guerra civil española, un 10 de enero de 1938 presentaron al Fundador a un cura párroco de Madrid, el cual, inmediatamente se adelantó gozoso a manifestar a don Josemaría que era amigo de Carlitos, Alfredo y José, tres sacerdotes parientes de la madre |# 25|. Anécdota que recogería con un obiter dictum: se ve que la familia de mi madre tiene conocidos hasta en Siberia |# 26|. Es una manera de hablar, una simple referencia a los abundantes parientes de la madre. Don Carlos, don Alfredo y don José eran tres sacerdotes emparentados con aquellas dos parejas de hermanos que recibieron la bendición nupcial el mismo día.

El 19 de septiembre de 1898 contrajo matrimonio don José Escrivá —«soltero, natural de Fonz, vecino de Barbastro, comerciante»— con doña Dolores Albás —«soltera, natural y vecina de Barbastro»—. Tenían los novios treinta y veintiún años de edad, respectivamente. El casamiento se celebró en la capilla del Santo Cristo de los Milagros, en la catedral, y ofició don Alfredo Sevil, tío de la contrayente, Vicario General del Arzobispo de Valladolid, y uno de los conocidos hasta en Siberia |# 27|.

El Santo Cristo de los Milagros era una hermosa talla medieval, que se encontraba en una capilla adosada al recinto catedralicio, pues se había construido, en 1714, sobre uno de los torreones de las antiguas defensas. Esta fusión de la catedral con la muralla, frecuente en otras muchas ciudades-fortaleza del medioevo, era símbolo conforme con la historia de sus pobladores.

La epopeya de Barbastro comenzó al levantarse los indígenas contra los romanos, a la muerte de Julio César. A este episodio siguió el asalto de la población por la legión de Sexto Pompeyo. Vinieron luego, imparables y sucesivas oleadas de invasores: visigodos, francos y musulmanes. Creció Barbastro y, en el siglo XI, se convirtió en una plaza, importante y bien fortificada, del reino moro de Zaragoza. "Ciudadela de la comarca" la apellida un historiador árabe. Ciudad rica y populosa, con buenas huertas y mejores murallas. En 1064 pusieron cerco los cristianos a esa fortaleza, cuña que alargaba el poder moro hasta los valles del Pirineo. El Papa Alejandro II proclamó la Cruzada, a la que acudieron tropas de Italia y de Borgoña. A ellas se juntaron, cerca de Barbastro, los guerreros normandos, a las órdenes del duque de Aquitania, las mesnadas del Obispo de Vich y las gentes de Cataluña capitaneadas por el conde de Urgel |# 28|. En el mes de agosto de ese año irrumpieron en la plaza las fuerzas cristianas, para ser desalojadas al año siguiente, tras breve asedio, por Moctádir, rey moro de Zaragoza. En la efímera victoria de los cristianos encontró motivos la leyenda para entonar, muy lejos de la verdad histórica, un heroico cantar de gesta: Le siège de Barbastre |# 29|.

La ciudad fue definitivamente reconquistada en 1100 por Pedro I de Aragón, que le concedió fuero. Su mezquita mayor se convirtió en catedral, trasladándose a ella la vieja sede episcopal de Roda. En la catedral de Barbastro se forjó la unión de Aragón y Cataluña, por enlace de doña Petronila, hija del rey Ramiro "el Monje", con Ramón Berenguer IV de Cataluña. Tuvo Barbastro rango de ciudad infanzona y fue sede de las Cortes convocadas en 1196. Poco duró su gloria. Las ciudades del Alto Aragón fueron sombra del pasado, al desplazarse hacia el sur las fronteras militares y comerciales. Zurita, el historiador aragonés, refiere que, a partir de la toma de Barbastro, los rudos montañeses del norte «hacían a los moros la guerra, no como antes, que iban por ciertos pasos, sino con una furia y corrida increíble» |# 30|.

Luego vino el paso del tiempo. Los muros y torreones, que antaño ciñeron los dos viejos castillos barbastrenses, fueron derruidos en 1710 por el duque de la Atalaya. Y, como va dicho, sobre uno de ellos se construyó la capilla donde se casaron los padres de Josemaría. Se terraplenó el foso, facilitando el ensanche urbanístico y se desmocharon los baluartes. Vivieron sus ciudadanos siglos de paz, muy de tarde en tarde perturbada; pero clavada en el corazón de Barbastro hubo siempre una espina de inquietudes históricas.

Cuando el Rey Pedro I, después de la toma de Barbastro, creó allí una sede episcopal, rival de la vecina Huesca, se originaron interminables conflictos eclesiásticos. En 1500, para reafirmar su independencia de la diócesis de Huesca, construyeron una catedral de nueva planta, insistiendo con tozudez en sus pretensiones, para conseguir por fin, a instancias y presiones del rey Felipe II, que el Papa Pío V erigiese, por bula de 1571, la sede episcopal de Barbastro. Pero cuando la diócesis «se mecía tranquila a la sombra de sus gloriosos recuerdos y tradiciones» —se lamenta un historiador del pasado siglo—, en virtud del Concordato de 1851 entre España y la Santa Sede, fue agregada otra vez a la de Huesca, y la catedral penosamente reducida a la categoría de colegiata |# 31|.

Toda la ciudad se dolió del hecho como de un agravio, lo cual contribuyó a crear cierto entendimiento entre la autoridad eclesiástica y la población civil de Barbastro. Gracias a la tenacidad de sus gestores, se mantuvo en suspenso la aplicación de esa medida concordataria. Más tarde, de acuerdo con la Santa Sede, se estableció, por Real Decreto de 1896, una Administración Apostólica para la diócesis |# 32|.

* * *

Don José y doña Dolores, recién casados, se fueron a vivir a una casa de la calle Mayor, enfrente del noble edificio de los Argensola. El piso que ocupaban era amplio. Algunos de sus balcones daban a la esquina de la plaza contigua, en el centro mismo de la ciudad, no lejos de la calle Ricardos, en la que tenía su negocio la razón social "Sucesores de Cirilo Latorre".

En la fiesta de Nuestra Señora del Carmen —16 de julio de 1899— les vino una hija al joven matrimonio. Le pusieron los nombres de: María del Carmen, Constancia, Florencia. Los dos últimos como las abuelas. En la partida de bautismo de la hija, los padres aparecen como «vecinos y comerciantes» de Barbastro |# 33|. Término que no desdice de su distinguida condición social, observa con cierto pundonor la baronesa de Valdeolivos, porque «los comerciantes, en aquel tiempo en Barbastro, constituían la aristocracia del pueblo». Y, por lo que se refiere al matrimonio, añade que su situación económica era «buena y desahogada», siendo «muy estimados en la población» |# 34|.

Don José, espíritu un tanto emprendedor y muy metódico, a los pocos años de establecerse en Barbastro tenía una red de relaciones comerciales por toda la comarca, aunque su centro de operaciones continuó en la calle Ricardos. Era Barbastro cabeza de partido, plaza comercial de muchos pueblos a la redonda, y contaba con más de siete mil habitantes. Por su buen emplazamiento geográfico, entre Huesca y Lérida, capitales de provincia, y su enlace ferroviario con la línea Barcelona-Zaragoza, resultaba centro obligado de compras y tratos en toda la región. Sus ferias periódicas de ganado y productos agrícolas mantenían activo dicho tráfico.

A los ocho años de permanente residencia, la estampa de don José Escrivá estaba ya fundida en el ambiente social de Barbastro. Era familiar en la iglesia, en la calle y en el casino. Tan sólo llamaba la atención por su aspecto elegante. De lejos se echaba de ver su cuidado en el vestir, discreto y sin exageraciones. Usaba bombín y poseía una pequeña colección de bastones de paseo. Era un caballero cortés, risueño y bondadoso, aunque no demasiado expansivo, y ligeramente parco de palabra. Siempre mostró rectitud con los subalternos, generosidad con los necesitados y piedad para con Dios. Su tiempo se repartía entre el negocio y el hogar |# 35|.

Negocio y familia marchaban prósperamente. Al entrar el año 1902 tuvieron otro hijo. Al niño, que acababa de nacer el 9 de enero, se le puso el nombre del padre. (Años más tarde unió sus dos primeros nombres de pila para formar el de Josemaría, por devoción conjunta a San José y a la Santísima Virgen) |# 36|.

Con un nuevo crío en el hogar, doña Dolores ("Lola" para los de la familia), tuvo algo más en que ocuparse; también la niñera. La señora de la casa, casi diez años más joven que su marido, era de mediana estatura, maneras gentiles y serena belleza. Estaba adornada de un natural señorío y se mostraba suelta y sencilla en la conversación. Al decir de quienes la trataron, destacaba por la «paciencia y el buen carácter» |# 37|, acaso heredados de su madre Florencia, que supo educar la numerosa prole, de la que fue penúltimo eslabón doña Lola.

Tras el porfiado tira y afloja entre las sedes episcopales, y restablecida la paz por Real Decreto, en 1898 —año del casamiento de los padres de Josemaría—, se hizo cargo de la diócesis don Juan Antonio Ruano y Martín, primer Obispo Administrador Apostólico de Barbastro. El nuevo prelado se encontró con muchas cosas pendientes, por lo que, a grandes barridas, fue poniendo al día los asuntos eclesiásticos. Con amplio criterio, y siguiendo una práctica tradicional y legítima en las iglesias hispánicas desde la Edad Media, el 23 de abril de 1902 administró la Confirmación a todos los pequeños de la ciudad |# 38|. Forman los confirmandos dos nutridos grupos: 130 niños y 127 niñas. En el acta de esa Confirmación colectiva se consignan, por orden alfabético, los nombres de los pequeños; y la lista llena seis folios. En el grupo de los niños aparece Josemaría, que por entonces tenía tres meses, y, entre las niñas, su hermana Carmen, que no llegaba a los tres años |# 39|.

Rondaba el pequeño los dos años cuando sus padres estimaron que había llegado la hora de dejar testimonio histórico de su niñez. Pero, al tratar de hacerle una foto desnudo, para el álbum de familia, cogió tan estrepitosa llorera y lanzó tales berridos que hubo que desistir de la operación. Doña Lola, con resignación y paciencia, le volvió a vestir la camisa y, con cara de si lloro o no lloro, entre un puchero y una sonrisa, se despachó la consabida foto para la posteridad |# 40|.

También por ese entonces, a causa de una grave enfermedad, estuvo a punto de morir. Quizás se tratase de una infección aguda. Familiares y conocidos recordaban detalladamente el suceso, y cómo el niño había sido desahuciado por los médicos, que «veían ya el desenlace fatal, inevitable e inmediato» |# 41|. La noche anterior al inesperado suceso el doctor Ignacio Camps Valdovinos, médico de cabecera de la familia, acudió a visitar al niño. Era un experimentado galeno, con buen ojo clínico, pero por aquel tiempo no era posible atajar el curso virulento de la infección. Ante la gravedad del caso también se había presentado en casa de los Escrivá otro médico amigo de la familia, el homeópata don Santiago Gómez Lafarga. Y llegó un momento en que el doctor Camps hubo de decir a don José: — «Mira, Pepe, de esta noche no pasa».

Con mucha fe venían los padres pidiendo a Dios la curación del hijo. Doña Dolores comenzó, con gran confianza, una novena a Nuestra Señora del Sagrado Corazón; y el matrimonio prometió a la Virgen llevar al pequeño en peregrinación a la imagen que se veneraba en la ermita de Torreciudad, en caso de sanarle.

A la mañana siguiente, temprano, el Dr. Camps se fue a visitar de nuevo a la familia, para participar en su dolor, pues daba al niño por muerto. "¿A qué hora ha muerto el niño?", fue su primera pregunta al entrar. Y don José, con alegría, le contestó que no sólo no había muerto sino que estaba completamente curado. Pasó el médico a la habitación y vio en la cuna al niño, agarrado a los barrotes y dando brincos saludables.

Cumplieron los padres la promesa. A lomo de caballería y por sendas de herradura hicieron cuatro leguas largas. Doña Lola llevaba al hijo en brazos. Sentada en silla, a la amazona, pasó miedo con el traqueteo, por entre riscos y abruptos barrancos, que caían sobre el río Cinca. En lo alto estaba la ermita de Torreciudad y, a los pies de la Virgen, ofrecieron al niño en acción de gracias |# 42|.

Recordando años más tarde este episodio, doña Dolores repitió más de una vez al hijo: — «Hijo mío, para algo grande te ha dejado en este mundo la Virgen, porque estabas más muerto que vivo» |# 43|. Por su parte, Josemaría dejó testimonio por escrito, en 1930, de su convicción de haber sido curado por la Santísima Virgen: ¡Señora y Madre mía! Tú me diste la gracia de la vocación; me salvaste la vida, siendo niño; me has oído ¡muchas veces!... |# 44|.