1. En los inicios de una labor fundacional

Trascendencia de un acontecimiento: 2 de octubre de 1928. Datos para la comprensión histórico-espiritual de una fecha.

A partir de ese 2 de octubre la vida del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer tomó un sesgo nuevo. Sus ocupaciones continuaron siendo las mismas que antes, pero la luz recibida y la misión que de ella deriva llenaron su conciencia y le llevaron a poner en juego todas sus energías para realizar el querer divino. «Me puse a trabajar, y no era fácil»(70), comentaba el 2 de octubre de 1962. Abrir camino nunca lo es. Pero no se arredra. «Se comienza como se puede. —Después, la función crea el órgano», escribirá años más tarde en Camino (71), con frase en la que puede haber resonancias autobiográficas, y que, en cualquier caso, expresa lo que fue de hecho su comportamiento: desde el mismo 2 de octubre se puso en movimiento buscando personas a las que comunicar el ideal que Dios había hecho brillar en su interior.

En medio de ese esfuerzo, una pregunta, capaz de condicionar su actuación futura, aflora de tanto en tanto en su mente. En alguna ocasión, durante años anteriores, al oír hablar de la fundación o constitución de instituciones, a veces con objetivos muy reducidos, se había preguntado: ¿para qué fundar lo que ya existe?, ¿no sería mejor aportar el propio esfuerzo a algo ya existente? Ahora, al advertir que Dios le pide que dé vida a una obra, se siente inclinado a hacerse la misma pregunta: ¿no habrá tal vez alguna institución que persiga esos fines que Dios le ha hecho conocer? Y, si así fuera, ¿no debería quizá vincularse a ella, cumpliendo la voluntad divina sin necesidad de dar origen a algo nuevo? Comienza a informarse y a pedir datos, escribiendo incluso a países lejanos, apenas oye hablar de algo que, aunque sea remotísimamente, quizás ofrezca la posibilidad de presentar alguna semejanza con lo que Dios le ha hecho ver. Siempre llega al mismo resultado: nada coincide con lo que Dios quiere de él.

Pero su preguntarse interior no cesa hasta que un día Dios le hace comprender que ese pensar, sin razón alguna, en la posibilidad de que hubiera instituciones como aquella cuya semilla sentía en su corazón, era en realidad una tentación, un pensamiento vano que debía rechazar, sin concederle ni un minuto más de tiempo. Y que efectivamente rechazó. Así, años más tarde, en una de sus Cartas dirigidas a miembros del Opus Dei, pudo escribir: «Muchas veces —aunque no soy amigo de comedias— he tenido la tentación de ponerme de rodillas, para pediros perdón, hijos míos, porque con esa repugnancia a las fundaciones, a pesar de tener abundantes motivos de certeza para fundar la Obra, me resistí cuanto pude: sírvame de excusa, ante Dios Nuestro Señor, el hecho real de que desde el 2 de octubre de 1928, en medio de esa lucha mía interna, he trabajado por cumplir la Santa Voluntad de Dios, comenzando la labor apostólica de la Obra»(72).

Muy pronto planteó a algunos la posibilidad de un compromiso pleno con los ideales que la Obra implica, y un grupo pequeño pero nutrido se forma a su alrededor: «Había —recordaba el 19 de marzo de 1975— una representación de casi todo: había universitarios, obreros, pequeños empresarios, artistas...» (73). En un primer momento se ha dirigido sólo a varones; después, a partir de febrero de 1930, extiende su labor también a mujeres(74). Y así fue tomando cuerpo y adquiriendo consistencia la realidad del Opus Dei.

Pero no es nuestra finalidad narrar la historia del Opus Dei, ni siquiera la de sus comienzos, sino sólo situar históricamente el 2 de octubre de 1928 para, una vez alcanzado ese objetivo, señalar su significación espiritual y teológica. Dejemos, pues, la descripción de ese desarrollo apostólico y mantengamos fija nuestra mirada en la jornada del 2 de octubre de 1928, para contemplarla proyectada sobre la persona del entonces joven sacerdote Josemaría Escrivá de Balaguer y la actividad que, hasta ese instante, le había ocupado.

Antes del 2 de octubre de 1928, nadie —ni el mismo Josemaría Escrivá, aunque experimentara una profunda inquietud y tuviera barruntos respecto a lo porvenir— conocía lo que iba a ser el Opus Dei. Quien, en los meses que van desde abril de 1927 a septiembre de 1928, hubiera contemplado su caminar por las calles de Madrid yendo de un barrio a otro para atender a enfermos, enseñar a niños, asistir a pobres reducidos a la miseria, hubiera podido pensar, al ver el celo y la generosidad con que se prodigaba en todo ello, que estaba destinado a llevar a cabo cosas grandes, pero difícilmente hubiera imaginado que iba a dedicar su vida precisamente a promover una obra encaminada a la inmensa tarea de proclamar el valor cristiano de las actividades seculares, del trabajo profesional, de la vida ordinaria.

Algo parecido cabe decir también por lo que se refiere a su formación intelectual. La España de la década de los veinte no era ajena a los grandes debates doctrinales, sociales e ideológicos de la Europa de aquellos años, y en los ambientes católicos y eclesiásticos estaban presentes los impulsos hacia un catolicismo social, las tendencias tradicionalistas, el eco —ya debilitado— de la crisis modernista...

Hombre de amplia cultura y de fina sensibilidad, el Beato Josemaría Escrivá conoció esos planteamientos, pero sus miras interiores eran otras: lo que llenaba su mente y su corazón eran, en los años anteriores a 1928, los barruntos recibidos en Logroño y la constante expectación ante la voluntad divina, y, en la época posterior al 2 de octubre, la luz y la misión en ese día recibidas. En su predicación y en sus escritos, tanto los de los años iniciales como los de momentos más tardíos,

no faltan reflexiones teológico-doctrinales o análisis de tipo histórico-cultural, pero ni las unas ni los otros constituyen el núcleo de su mensaje. Su forma de hablar no fue nunca la de un pensador que, repensando la historia y valorando la situación presente, conjetura posibilidades y aventura soluciones con respecto al futuro del apostolado cristiano, sino la de un hombre de fe que, habiendo sido llevado hasta el centro de la Palabra de Dios, la proclama poniendo de relieve su capacidad para vivificar, desde la raíz, el ordinario vivir en el mundo.

En todo ello el historiador puede encontrar un testimonio que confirma lo que, como ya hemos dicho, fue afirmación constante del propio Beato Josemaría: que el Opus Dei no ha surgido como fruto de intuiciones y decisiones personales, sino como consecuencia de una iniciativa divina. Repitámoslo: antes del 2 de octubre de 1928, ni el propio Josemaría Escrivá conocía la realidad del Opus Dei; lo que ocurrió en esa fecha implica una verdadera novedad, un auténtico comienzo que cambió el rumbo de su vida. Pero, una vez señalado ese hecho, debemos añadir que, a otro nivel, hay, en cambio, una clara continuidad entre las diversas etapas de la existencia del Fundador del Opus Dei. En otras palabras, si atendemos no ya a las actividades que Josemaría Escrivá realizaba, sino a lo que acontecía en lo hondo de su alma, entonces todos los años anteriores al 2 de octubre de 1928 se nos presentan como siempre se le presentaron al propio Fundador de la Obra: como el tiempo a través del cual Dios fue preparándole para asumir la misión que quería confiarle.

El temple de alma, la hondura de unión con Dios adquirida por el Beato Josemaría desde su infancia, y especialmente desde los barruntos de Logroño, explican la decisión y la energía con que, a partir del mismo 2 de octubre, se empeñó de lleno en la realización del designio divino que acababa de presentarse a su mente. Era en aquel momento un hombre joven —«sólo tenía veintiséis años, gracia de Dios y buen humor», comentaría después(75)—, pero sus palabras y sus acciones revelaron desde el inicio una madurez innegable, fruto de los largos años de oración que las habían precedido.

Pero el nexo entre la misión recibida el 2 de octubre de 1928 y la maduración que le antecede no queda del todo descrito, a nuestro juicio, con lo que acabamos de decir. Si sólo fuera eso, la continuidad entre una y otra etapa no pasaría de ser, en cierto modo, exterior: estaríamos, en efecto, ante una preparación que podríamos calificar de genérica, es decir indiferente, en sí misma, al contenido de la misión que luego adviene. Y una consideración de la forma de proceder del Fundador de la Obra desde los comienzos de su apostolado nos hace ver que la vinculación entre esas dos realidades fue mucho más honda.

¿Cuál fue ese modo de proceder del Beato Josemaría? Mostrémoslo mediante una breve referencia a algunas de las formas y maneras como puede ser transmitido un mensaje espiritual. Una de esas formas es la propia del teólogo, que procede por la vía del estudio y del análisis, poniendo de relieve las conexiones existentes entre las diversas verdades que ese mensaje concreto encierra y las consecuencias que de él derivan. El pensador, el teólogo, aspira, en suma, a facilitar la comprensión del mensaje que comenta, poniendo de manifiesto su riqueza y valor. Al obrar así coloca su inteligencia al servicio de ese mensaje y contribuye a su difusión, pero, en cierto modo, se desentiende —al menos en cuanto teólogo— de la acogida concreta que pueda tener: su oficio, su carisma peculiar, no llega hasta ahí.

Otra es la manera propia del predicador que, dirigiéndose a un auditorio más o menos numeroso, describe y glosa una doctrina, una praxis ascética, una espiritualidad, exhortando a quienes le escuchan a recibirla en sus corazones y a encarnarla después en sus vidas. Hay en este caso una evidente y clara referencia a la realización concreta, práctica, del mensaje transmitido, pero se trata de una referencia hecha en términos necesariamente generales sin descender a la concreción última e individual de cuanto esa realización implica; corresponde a quienes han escuchado esa predicación esforzarse después, por cuenta propia, en concretar y adecuar a su situación singular los criterios e impulsos recibidos. Una tercera manera es la del director espiritual o, en términos más amplios,

la del formador de hombres, que atiende a las almas una a una y permanece junto a ellas mientras van descubriendo y recorriendo el camino individual y singular por el que Dios las llama, sugiriendo, aconsejando, reconviniendo, exhortando, no en términos generales o según un esquema de validez universal, sino tomando pie de la vida misma, de lo que en cada momento esa persona concreta siente o necesita, ayudándole así a reconocer, en el entramado de la propia existencia, los dones y las exigencias divinas y a responder a ellos con generosidad.

El camino seguido el Beato Josemaría Escrivá al comenzar, con honda vibración apostólica, a difundir la luz divina que había recibido, tiene rasgos específicos, pero a la vez puntos en común con el tercero de los itinerarios mencionados. Hubo en sus palabras y en sus escritos, ya desde el principio, densos desarrollos de tenor teológico, y en todo momento manifestó una clara advertencia de la novedad que implicaba su mensaje y, por tanto, de la necesidad de abrir, para darle un cauce eclesial y canónico adecuado, nuevos caminos jurídicos. A lo largo de su vida redactó abundantes escritos y predicó muchísimo, dirigiéndose tanto a grupos pequeños como —en sus últimos años— a auditorios de miles de personas. Pero lo más característico de su modo de obrar fue siempre el contacto de alma a alma: transmitió el espíritu que había recibido de Dios de manera personal, inmediata y directa, en «apostolado de amistad y confidencia», según una de las expresiones

más significativas de su forma de hablar.

Esa manera de proceder resultaba connatural a su temperamento, extraordinariamente humano y cordial, pero derivaba sobre todo de la misma naturaleza de la vocación divina que había recibido. A lo que se supo destinado el 2 de octubre de 1928 no fue a proclamar en abstracto la doctrina sobre la santificación en medio del mundo, sino a promover en personas concretas la búsqueda de la santidad

y el ejercicio del apostolado en y a través de las tareas seculares: lo que estaba llamado a iniciar no era sólo un movimiento de ideas o un renacer teológico, sino, también y ante todo, un fenómeno pastoral. Y a esa realidad se ajustó su forma de actuar.

Su apostolado consistió en dirigirse a hombres y mujeres que vivían; entre las realidades y ocupaciones temporales para, en honda labor sacerdotal, acercarles hacia la fe o hacerles profundizar en ella, manifestándoles al mismo tiempo que esa fe podía y debía iluminar y transformar desde dentro la entera existencia, convertir cualquier vida, aun la más ordinaria y vulgar, en realidad llena de sentido, porque «pueden ser divinos todos los caminos de la tierra», porque «hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir»(76).

Se comprende ahora por qué insistíamos antes en que el nexo que existe entre las dos etapas fundamentales de la vida del Fundador del Opus Dei —la que antecede al 2 de octubre de 1928 y la que le sigue— es un nexo intrínseco, profundo, vital; y por qué señalábamos que el largo período de once años transcurrido desde los barruntos de Logroño constituyó una preparación no genérica sino específica para lo que vino después. En efecto, una tarea como la descrita, una labor apostólica y sacerdotal destinada a suscitar en los corazones la unión, a la luz de la gracia, de lo secular y de lo cristiano, del vivir en el mundo y del vivir en Dios, sólo puede realizarla quien ha percibido de modo vivo y personal la virtualidad unificadora de la fe, en cuanto fuerza capaz de informar todas las dimensiones del existir humano.

Gracias a que, a través de largos años de oración, su alma se había connaturalizado por entero con la verdad cristiana, mejor, con Dios mismo, pudo asumir con plenitud, situándola en su contexto adecuado, la afirmación de lo secular que estaba incluida en lo que Dios le hizo conocer el 2 de octubre. Cuando, ese día, vio con luz divina que todas las condiciones y situaciones humanas están surcadas por la llamada a la santidad, esa visión penetró en su corazón no como un meteorito que se precipita sobre la arena de un desierto, sino como una semilla que cae en una tierra bien preparada: su alma estaba ya marcada por una profunda conciencia de la cercanía de Dios y podía por tanto captar la luz que Dios le concedía, percibiendo desde el primer momento todo su alcance y todo su enraizamiento teologal. De ahí la eficacia de su acción apostólica, que conoció dificultades pero cuajó muy pronto en frutos. De ahí también que en sus palabras y escritos la secularidad no esté nunca meramente yuxtapuesta al existir cristiano, sino que sea siempre afirmada desde el interior de una fe que despliega toda su fuerza y, por tanto, a la vez con absoluta nitidez y al margen de toda inflexión naturalista. La valoración de la secularidad tal y como la realiza el Fundador del Opus Dei, implica, en efecto, como señalaba Álvaro del Portillo, «superar un doble prejuicio: el de los que afirmaban que para ser íntegramente cristianos es necesario separarse del común de los hombres, y el de los que pretenden reducir el cristianismo a posturas mundanas»(77).

Para desarrollar la segunda de las dos consideraciones apuntadas en la frase que acabamos de citar sería necesario hablar de realidades y planteamientos muy posteriores a 1928, trasladarnos a la década de los años sesenta y trascender el enfoque básicamente histórico al que obedece el presente escrito. Baste pues con haberla mencionado. Centrémonos en cambio en la primera de ellas —la superación de la separación entre cristianismo y vida ordinaria—, ya que de esa forma podremos captar mejor la novedad que la predicación del Fundador del Opus Dei representaba con respecto al ambiente que rodeó los comienzos de su apostolado.