1. El período de la infancia

Trascendencia de un acontecimiento: 2 de octubre de 1928. Datos para la comprensión histórico-espiritual de una fecha.

«Nuestro Señor —rememoraba el Beato Josemaría, durante una meditación, el 14 de febrero de 1964— fue preparando las cosas para que mi vida fuese normal y corriente, sin nada llamativo». «Me hizo nacer —continuaba— en un hogar cristiano, como suelen ser los de mi país, de padres ejemplares que practicaban y vivían su fe, dejándome en libertad muy grande desde chico, vigilándome al mismo tiempo con atención. Trataban de darme una formación cristiana, y allí la adquirí más que en el colegio, aunque desde los tres años me llevaron a uno de religiosas, y desde los siete a uno de religiosos»(9).

Sus padres, don José Escrivá y Corzán y doña María Dolores Albás y Blanc, pertenecientes ambos a antiguas familias aragonesas, contrajeron matrimonio en Barbastro el 19 de septiembre de 1898. Pronto, el 16 de julio de 1899, nació una hija, María del Carmen. Dos años y medio más tarde, el 9 de enero de 1902, ve la luz el primer varón: Josemaría. Nacen después tres niñas más: María Asunción (1905), María de los Dolores (1907) y María del Rosario (1909); y, algunos años más tarde, en 1919, un último varón: Santiago(10).

La familia Escrivá disfrutaba de una situación económica desahogada, gracias a un comercio de venta de tejidos y fábrica de chocolate del que don José era copropietario. Los primeros años de Josemaría Escrivá de Balaguer transcurren tranquilos, más aún, felices. Según quienes lo conocieron en aquellos años, era un niño inteligente, muy despierto y vivo, alegre pero no travieso.

En el Colegio de los Escolapios, donde realizó estudios de primaria y comenzó a cursar el bachillerato(11), destacó pronto en los estudios. Sus compañeros lo recuerdan como un buen amigo, muy sociable, poco aficionado a los juegos violentos,de carácter firme y enérgico, sereno y afable. Entre los recuerdos que el propio Mons. Escrivá de Balaguer conservaba se encuentran su capacidad para el dibujo —que le llevó incluso a pensar en estudiar arquitectura— y, sobre todo, su afición a la literatura desde años muy tempranos: tendría unos diez cuando leyó por primera vez El Quijote, en una edición en varios tomos y con abundantes litografías, que se encontraba en la biblioteca de sus padres.

El transcurso del tiempo, y una serie de hechos que le hicieron conocer el dolor, fueron templando su alma. En poco más de tres años, entre julio de 1910 y octubre de 1913, murieron las tres hermanas pequeñas de Josemaría, sembrando el luto en el hogar. Por estas mismas fechas, algunos reveses económicos provocaron la quiebra del negocio familiar, y don José Escrivá se vio obligado, en 1915, a dejar Barbastro y marchar a Logroño, donde había encontrado un trabajo que le permitía sostener a los suyos. Fue para todos, pero especialmente para el cabeza de familia, una experiencia dura. Don José supo, no obstante, hacer frente a la situación con dignidad y hombría de bien, con serenidad, dando a su hijo un ejemplo que no olvidaría jamás. «Vi a mi padre —rememoraba— como la personificación de Job. (...) Le vi sufrir con alegría, sin manifestar el sufrimiento. Y vi una valentía que era una escuela para mí, porque después he sentido tantas veces que me faltaba la tierra y que se me venia el cielo encima, como si fuera a quedar aplastado entre dos planchas de hierro»(12). «No le recuerdo jamás —señalaba en otra ocasión— con un gesto severo; le recuerdo siempre sereno, con el rostro alegre. Y murió agotado: con sólo cincuenta y siete años murió agotado, pero estuvo siempre sonriente. A él le debo la vocación»(13).

En ese contexto recibió Josemaría Escrivá de Balaguer una formación cristiana recia, honda y sentida. No sólo en el colegio, sino, especialmente —de acuerdo con su propio testimonio, según texto ya citado—, en su propio hogar. A lo largo de toda su vida, recordó las oraciones que su madre le enseñó de pequeño, la alegría de las fiestas de Navidad con la familia reunida junto al Belén, las luces que en la catedral de Barbastro rodeaban al Sagrario señalando la presencia de Cristo sacramentado, el cariño y la fe con que sus padres le hablaban de la Virgen, las incidencias del día en que hizo su primera Comunión... «Empezamos —comentaba, por ejemplo, en una homilía destinada a poner de manifiesto el itinerario que conduce a una vida de unión constante con Dios— con oraciones vocales, que muchos hemos repetido de niños: son frases ardientes y sencillas, enderezadas a Dios y a su Madre, que es Madre nuestra. Todavía, por las mañanas y por las tardes, no un día, habitualmente, renuevo aquel ofrecimiento que me enseñaron mis padres: ¡oh Señora mía, oh Madre mía!, yo me ofrezco enteramente a Vos (...) »(14). Y en términos igualmente vivos se expresaba hablando de esos otros hechos de su infancia a los que acabamos de aludir. La fuerza de sus recuerdos —muy concretos y detallados— pone de manifiesto que todos esos sucesos, similares a los conocidos por millares de niños hijos de padres cristianos, encontraron particular eco en su corazón.

En suma, ya desde niño, la fe recibida en el Bautismo echó, gracias al ejemplo de sus padres, la enseñanza del Catecismo y el influjo de la liturgia, raíces profundas en su alma. Ese dato debe ser subrayado, pero hay que decir a la vez que en la infancia del futuro Fundador del Opus Dei todo transcurrió con absoluta normalidad. Su vida cristiana no fue nunca rutinaria, sino auténtica y viva, y, al tiempo, sencilla sin sentimentalismos ni conmociones particulares: las perspectivas que el niño y el adolescente Josemaría Escrivá de Balaguer tenía ante sus ojos, las cosas que le atraían y con las que soñaba eran las normales en un chico de su edad y de su ambiente. Ni por un momento pensó en que Dios pudiera llamarle para encomendarle una misión especial. La idea de una eventual vocación sacerdotal tampoco pasó por su mente. Así lo comentó muchas veces: «Yo era un adolescente —contaba, por ejemplo, en una tertulia con sacerdotes, en Perú, el 26 de julio de 1974— y no pensaba ser sacerdote. Más aún: me molestaba el pensamiento de poder serlo algún día (...). Recuerdo que en el colegio estudiábamos latín, y a mi no me gustaba. De una manera necia —¡estoy ahora tan dolido de eso!— decía: el latín para los curas y los frailes »; «os acabo de contar este detalle —añadió— para que veáis que estaba bien lejos de ser sacerdote»(15).