1. El Congreso General de Einsiedeln (1956)

“El Fundador del Opus Dei”, biografía escrita por Andrés Vázquez de Prada

Curada la diabetes, don Josemaría se sintió libre, como pajarillo que vuelve a la libertad después de un largo encierro. Con ello recobró perdidas y olvidadas energías, que le permitieron seguir enfrentándose valerosamente con la vida, porque era claro que, soñando por adelantado en la fecundidad de su sacrificio, se había metido en una dura labor. Desde los comienzos, tenía entre manos la doble tarea de dar cohesión a la Obra y, al mismo tiempo, impulsar su difusión por el mundo. Trabajos que, a primera vista, eran de signo contrario, puesto que uno consistía en promover la vinculación íntima de los miembros del Opus Dei al espíritu y a la persona del Fundador, cerrando filas en torno a él. Mientras que la otra tarea tendía, por el contrario, a separarlos, a derramarlos por lejanas tierras, para propagar un mensaje divino. Operaciones ambas cuya realización venía exigida, simultáneamente, por la naturaleza de una empresa que llevaba en sus entrañas la nota de universalidad. El Opus Dei tenía que crecer —era ley de vida—, pero sin perder su esencia.

Así se comprende el titánico esfuerzo del Fundador por salvaguardar la unidad de la Obra y activar, al mismo tiempo, su extensión por países lejanos. Esto explica también por qué se debatía entre las cuatro paredes de Villa Tevere en su empeño de construir la Sede Central y los edificios anejos.

En 1950, meditando sobre los cambios y bandazos que han dado las naciones, veía cómo muchas empresas, promovidas por Dios en bien de las almas, no carecieron de la ayuda de los poderosos de esta tierra. Durante siglos, reyes y gobernantes, patronos y mecenas civiles levantaron iglesias, construyeron hospitales, fundaron colegios, dotaron instituciones benéficas. Y no faltaron gobiernos que perseguían a la Iglesia en la metrópoli y la ayudaban, en cambio, generosamente en las colonias. Hoy es diferente, pensaba don Josemaría. La sociedad ha cambiado mucho. Los Estados ya no se sienten misioneros; y las personas privadas que contribuyen con su patrimonio a las grandes obras de Dios, cada vez son menos:

Siendo ésta la voluntad de Dios —escribía a sus hijos— dad gracias a la Divina Providencia por el actual estado de cosas. Y, para ver cumplidos vuestros afanes —para amar a Dios, fomentar la comprensión entre todas las almas y convivir con todos los hombres—, no pretendáis apoyaros más que en la poderosa ayuda de la gracia divina, en vuestra vida entregada generosamente al servicio de Dios y de las almas —in laetitia: cum gaudio et pace; con alegría: con gozo y con paz— y en el ejercicio de vuestra labor profesional, realizada con todo el empeño, con la máxima perfección |# 1|.

¿Estaba fijando el Fundador, adelantándose a la historia, lo que iba a ser norma general en la búsqueda de fondos y dinero para las empresas apostólicas de beneficencia social promovidas por los miembros del Opus Dei? |# 2|.

Corrían los primeros meses de 1951 cuando apareció por el horizonte lo que prometía ser posible solución a los problemas financieros, que tantos sobresaltos y tan malos ratos les ocasionaban. Don Álvaro tenía un amigo, el marqués Giovanni Bisleti, que era propietario de una extensa finca cerca del lago de Fondi, en Terracina. Bisleti deseaba vender aquella propiedad y don Álvaro propuso al Padre mediar en un negocio que iría en bien del marqués y de los colonos. La operación consistía en comprar a precio razonable toda la hacienda con dinero a crédito, de acuerdo con Bisleti. Luego, las mil y pico hectáreas de terreno se dividirían en parcelas, para ofrecerlas en venta a las trescientas familias de campesinos que cultivaban las tierras, en condiciones de pago muy favorables |# 3|. Tanto el Padre como don Álvaro plantearon el asunto con doble finalidad. Por un lado, resolver un problema económico, promoviendo el bienestar de los colonos y sus familias; y, por otra parte, hacer una labor apostólica en Terracina. El resultado, después de no pocas dificultades, fue todo un éxito.

Don Josemaría vio desde un principio los cielos abiertos. El 1 de junio de 1951 escribía a los del Consejo General:

Tengo fundadas esperanzas para pensar que, con la ayuda de Dios y gracias a la labor incansable de Álvaro, llegará pronto el momento —quizá dentro de agosto—, en el que se os pueda decir: "no enviéis más dinero, para el Colegio Romano, porque tenemos resuelto el problema: solamente admitimos la ayuda, pequeña o grande, de los americanos". Encomendemos la cosa, que vale la pena. Que en este mes del Sagrado Corazón hagamos olvidar al Señor nuestras miserias, y le sepamos mover a darnos la solución de esta gran empresa romana |# 4|.

La operación, sin duda, resultaría de gran alivio económico: una pequeña parte de la finca, con la vieja casona de la hacienda, se reservaría como casa de retiros, adonde pudieran ir también los alumnos del Colegio Romano a descansar. Y otra parcela de terreno cultivable serviría para obtener productos agrícolas con destino a los Centros de Roma.

Un año más tarde continuaba la trabajosa negociación de don Álvaro y no se extinguía la esperanza del Fundador, que soñaba en voz alta:

Álvaro va adelante con Terracina, que será el pan, el descanso y la salud de nuestra gente del Colegio Romano. Ya nos traen muchas cosas de la finca. El Señor no nos dejará, y saldremos con todo hasta el fin |# 5|.

Notaba y agradecía los productos que, en pequeñas cantidades (no alcanzaban a más aquellas familias campesinas), les iban llegando a Roma de Salto di Fondi, que éste era el nombre de la finca de Terracina. El queso, los huevos, la fruta y animales domésticos constituían un parvo desahogo económico en Villa Tevere y en los demás centros de Roma. Pero se acercaba el verano de 1952 y no se veía la posibilidad de usar la casona de la hacienda. Estaba en malas condiciones y, desde luego, en tanto no se hicieran obras para acondicionar aquello, no podían encargarse las mujeres de la Obra de la administración de la casa. Pensando en cómo resolver el problema, al Padre le vino enseguida a la cabeza la idea salvadora, que no era otra que el recurso de siempre: Carmen.

Si no viene Carmen no podemos ir a Terracina |# 6|; esto lo tenía muy claro el Fundador. Pero, conociendo bien a su hermana, prefirió que fuese don Álvaro quien le escribiera a Madrid, por varias razones. Una de ellas, por delicadeza. ¿Cómo iba a exigir a Carmen que se fuese a Roma dejando solo, aunque fuera por una corta temporada, a su hermano Santiago? Ambos estaban recomponiendo por enésima vez su vida. Los primeros meses de ese año de 1952 los habían pasado a la caza de un piso en Madrid, para instalarse independientemente, en espera de la solución definitiva; esto es, fijar su residencia en Roma |# 7|. Santiago, mientras tanto, estudiaba italiano y se preparaba para ejercer su carrera de abogado en Roma. No por ello habían perdido la vinculación con la Obra, como bien les recordaba su hermano Josemaría:

Roma, 22 marzo, 1952

Muy queridos Carmen y Santiago: Recibí vuestras líneas, y estoy contento porque sin duda tendréis en vuestra casa más tranquilidad, mientras llega la solución definitiva.

Me encanta que estén con vosotros Pepe, Manolo y Luis, porque así no os faltará alegría abundante: y además porque no os desligáis —os hubiera costado mucho— de la Obra, después de haber puesto tanto cariño, desde el principio y por tantos años.

Escribidme con más frecuencia.

Álvaro no sé si podrá escribiros hoy, porque está fuera de casa, con los asuntos de Terracina |# 8|.

Pero, aún existía otro motivo por el que don Josemaría prefería que fuera don Álvaro quien pidiera a Carmen el hacerse cargo de la casa de Terracina, como antaño lo había hecho en La Pililla y en Molinoviejo. No dudaba de la generosidad de su hermana, pero el procedimiento seguro de que dijera que sí era que se lo pidiese don Álvaro. A la vista estaba que el carácter de Carmen, como el de su hermano, era recio y, en ocasiones, de aparente retraimiento. Tan evidente como que muchos de sus gestos y actitudes tendían a escudar un corazón refinado, blando y afectuoso. Y, lo mismo que reaccionó doña Dolores cuando el hijo le entregó un libro sobre don Bosco, con la secreta intención de que imitase a mamá Margarita, así replicaba Carmen; pero con mayores bríos. Bastaba que su hermano Josemaría le pidiera ocuparse de algo, la respuesta era un rotundo «¡No!» |# 9|.

Esa anticipada negación equivalía, a la larga o a la corta, a un decidido y generoso «¡Sí!» Con sus forzadas negativas hacía como que afirmaba su independencia de la Obra, a la que no pertenecía. Pero, en el fondo, tales rechazos eran una claudicación en toda la línea. Un engaño con el que protegía pudorosamente su generosidad y se defendía de elogios y de que le diesen las gracias |# 10|. Lo cierto es que, después de esas salidas de humor, venía, espontáneamente, una efusiva generosidad |# 11|.

Aunque sus hermanos no necesitaban de empujoncitos para decidirse, don Josemaría, ya a la entrada de agosto, procuraba hacerles más llevadero el último paso: Estoy seguro de que estaréis en Italia muy contentos, aunque ahora os cueste venir |# 12|, les escribía. Y el 16 de agosto se presentaron en Roma Carmen y Santiago.

A pesar del buen planeamiento de la operación, las gestiones de aparcelamiento y venta de la finca de Terracina causaron a don Álvaro más de un sinsabor. La gente se mostraba reacia a comprar, pues no era fácil obtener crédito en unos años de fuerte crisis económica. Se dieron, pues, mayores facilidades aún para que los colonos comprasen las parcelas; y como, realmente, el comprarlas era un excelente negocio, al cabo de dos años entraba la operación en su última fase |# 13|. Los colonos se hicieron propietarios de unos campos que cultivaban con ayuda técnica y que pagaban a plazos con las ganancias obtenidas de esas tierras. Ellos y sus familias eran espiritualmente atendidos por sacerdotes del Opus Dei.

El terreno reservado por don Álvaro comenzó a ser utilizado en 1952 y, de 1953 a 1966, los alumnos del Colegio Romano residentes en Villa Tevere acudieron allí por turnos durante los meses de verano: a descansar y a estudiar. El lugar no era, ciertamente, un paraíso de recreo; pero peor era el soportar los calores de Roma. Aquella zona de Terracina, de marismas desecadas, dunas y pinares donde chirriaban las cigarras todo el día, se hallaba en el centro de un inmenso arco de solitarias playas bajas, lamidas por las aguas del Tirreno. Al extremo norte del litoral destacaba el promontorio del monte Circeo; y en la otra punta, al sur, se veía el caserío blanco de Sperlonga, frecuentemente velado por una tenue bruma.

* * *

Lo de Salto di Fondi, dentro del panorama general de las necesidades materiales de la Obra por aquellos años, era otro más de los continuos respiros económicos que Dios venía concediendo al Fundador. Representaba un remedio parcial, nunca el bálsamo milagroso que curaría de raíz, y por ensalmo mágico, todas sus necesidades. No es aventurado, por lo tanto, ni está fuera de toda razón, el calcular la magnitud de los apuros económicos padecidos por el Padre y por don Álvaro, con motivo de las obras de Villa Tevere, según las funestas repercusiones en su salud. Aunque a esos agobios habría que añadir la carga abrumadora de las tareas apostólicas y los incesantes latigazos de la contradicción de los buenos, que no les dejaban trabajar en paz. En vista de lo cual, el 6 de julio de 1954, el Padre fue de peregrinación al Santuario de San Nicolás de Bari, en el sur de Italia |# 14|. San Nicolás —como recordamos— era el intercesor del Opus Dei para asuntos económicos, y a él había acudido en medio de las dificultades materiales al montar en Madrid los primeros centros de la Obra.

Al año siguiente don Josemaría conoció a Leonardo Castelli, con quien don Álvaro había trabado afectuosa amistad. Castelli tenía una empresa constructora familiar, era hombre trabajador y extremadamente generoso. Y fue la persona que esperaba el Padre, no para que le diesen las cosas regaladas, pero sí el apoyo mínimo necesario para sacar adelante las obras. Ese buen empresario, aparte de ofrecerle crédito y demoras en el pago, puso a disposición de don Josemaría sus servicios profesionales |# 15|. El 20 de abril de 1955 se firmó un contrato con la empresa Castelli, que se hizo cargo de las obras al mes siguiente. Gracias a lo cual fue posible reactivar el ritmo de trabajo, aunque el agotamiento físico y las preocupaciones económicas de don Álvaro no cesaban, como puede apreciarse por la correspondencia del Fundador:

Roma, 22-XI-1956. Álvaro no para aunque sigue muy fastidiado: el médico le hace tomar un montón de medicinas, y va mejorando lentamente; quizá porque el médico, en todas las recetas, escribe —con la medicina prescrita— estas palabras: "molto riposo". Y el riposo, mientras no se aclare el horizonte económico, ni él se lo quiere tomar ni yo me atrevo a imponérselo |# 16|.

En 1958 le hicieron un reconocimiento médico a fondo. Tan gravemente enfermo estaba en los últimos días de 1958, que pensaron en operarle |# 17|. Y este es el párrafo central de la primera carta del Padre de 1959:

Me estoy repitiendo continuamente el omnia in bonum!, aunque nuestra cabeza no entiende a veces cuáles son los designios del Señor. Digo esto porque Álvaro, después de una mejoría que ha durado cuarenta y ocho horas, ha recaído; y anoche tenía cuarenta grados de fiebre. Hoy vendrá el especialista: hablan de una posible operación, pero yo espero que no sea necesaria. Desde luego, aunque lleva tanto tiempo casi sin dormir y con muchos dolores, Álvaro está contento, con muy buen humor a pesar de la fiebre. Rezad |# 18|.

Tuvieron que operarle. Y volvió a recaer, gravemente, tres años después, en mayo de 1962:

Álvaro está en la clínica —escribe el Fundador desde Roma—, pero tenemos esperanza de que no sea necesaria otra operación. Rezad, porque si, entre vosotros, hay muchos hijos míos heroicos y tantos que son santos de altar —no abuso nunca de estas calificaciones—, Álvaro es un modelo, y el hijo mío que más ha trabajado y más ha sufrido por la Obra, y el que mejor ha sabido coger mi espíritu. Rezad |# 19|.

Afortunadamente no tuvieron que operarle; y, sin mediar pausa ni descanso, se zambulló en las tareas preparatorias del Concilio Vaticano II |# 20|.

* * *

La firma del contrato de obras con la empresa Castelli en la primavera de 1955 hizo renacer las esperanzas del Fundador en su lucha contra el tiempo. Ese respiro económico permitió realizar el proyecto sin mayores retrasos. De modo que se pudo hacer frente a la necesidad de disponer de plazas suficientes, mejorando la situación de los nuevos alumnos del Colegio Romano. Consideró también el Padre que era llegada la hora de normalizar la situación de gobierno, haciendo que el Consejo General de la Obra residiera, por fin, en Roma y no anduviesen sus miembros repartidos entre Roma y Madrid |# 21|. La decisión se tomaría con ocasión del próximo Congreso, pues, según lo establecido por los Estatutos del Opus Dei, cada cinco años había de celebrarse un Congreso General, al que asistirían los miembros electores o congresistas; y lo mismo harían las mujeres |# 22|. El primer Congreso General había tenido lugar en Molinoviejo, en 1951. El segundo tenía que celebrarse en 1956. Como sitio el Padre eligió Einsiedeln, lugar tranquilo, en el que pasar unos días de trabajo y oración en un hotel. Era un pueblecito suizo de pocos miles de habitantes, cuyo centro de atracción es la basílica consagrada a Nuestra Señora. Los grandes espacios, la fábrica sobria y barroca del templo, la amplísima explanada —Klosterplatz— delante de la basílica, se imponen al visitante. El Padre, con la mente en Santa María, hablaba, en cartas y en conversaciones, de su peregrinación a Einsiedeln |# 23|. Todo lo tenía cuidadosamente preparado. Lo primero, la oración. Apenas despuntaba el 1956, ya estaba pidiendo oraciones, a fin de que encomienden y que hagan encomendar la labor del próximo Congreso General |# 24|. Luego, cuando se acercaba la fecha del Congreso, hizo un viaje a Einsiedeln, el 3 de julio, para comprobar que todo estaba a punto en el Hotel Pfauen, donde se alojarían los congresistas. Otra medida de prudencia en los preparativos de aquella reunión fue el enviar, por adelantado, lista de los candidatos por él propuestos, como Presidente General, para los nuevos nombramientos |# 25|. Así, los asistentes tendrían tiempo de estudiarlos. Finalmente, al acercarse las fechas de la celebración —que tuvo lugar del 22 al 25 de agosto de 1956— el Padre, como Presidente, comunicó a la Santa Sede dónde y cuándo se desarrollaría el Congreso.

El 19 de agosto, tres días antes de iniciarse, nueve electores del Opus Dei presentaron en Roma una moción para ser sometida a la consideración de la asamblea de Einsiedeln. Ninguno de los firmantes era español, ni provenía de Regiones de habla española. (Eran electores de Estados Unidos, Italia, Portugal, Alemania, Irlanda e Inglaterra). Proponían que se adoptase el español como idioma oficial en las Asambleas de los miembros del Opus Dei de diversos países así como en la redacción de los documentos internos |# 26|. Basaban su propuesta en el hecho de que la expansión de la Obra y la diversidad de idiomas de sus miembros hacían aconsejable señalar un idioma determinado.

Entre otras razones, apoyaban su petición en lo siguiente:

«La Obra nació en Castilla, el castellano es el idioma nativo del Fundador, y en castellano están escritos los documentos primitivos del Instituto.

Porque creemos que hará más eficaz nuestro trabajo, que contribuirá a reforzar la unidad interna, y también como homenaje de cariño a nuestro Padre» |# 27|.

En la segunda sesión del Congreso, celebrada el 24 de agosto, se dio lectura al acta de la reunión anterior, que fue aprobada; y se pasó al despacho de los asuntos que figuraban en el orden del día, que eran dos: el traslado del Consejo General a Roma y la renovación de cargos en dicho Consejo |# 28|.

Estas medidas —el traslado y la lista de nombramientos— se comunicaron días más tarde a la Santa Sede, por carta dirigida al Card. Valerio Valeri:

Roma, 10 de septiembre, 1956.

Eminencia Reverendísima:

Tengo el gusto de comunicar a V. Eminencia que, tras las decisiones tomadas en el II Congreso General del Opus Dei, recientemente celebrado en Einsiedeln, la Curia General de dicho Instituto ha sido trasladada a Roma, Bruno Buozzi, 73. Asimismo, cumpliendo con mi deber, le envío adjunto lista de los nuevos miembros del Consejo General del Opus Dei elegidos en ese Congreso |# 29|.

Con las medidas tomadas en Einsiedeln, la Obra salió reforzada en su unidad y en su empeño apostólico. Con el traslado a Roma comenzó una nueva etapa en el gobierno de la Obra |# 30|. Sobre sus resultados, que eran ya datos positivos en la historia, emitiría Mons. Álvaro del Portillo, Prelado del Opus Dei, un juicio seguro: «Resultó ser una auténtica bendición, porque la constante presencia física, cotidiana, del Fundador junto a sus hijos del Consejo General, fue el factor decisivo para el mantenimiento del buen espíritu, para la unidad de la Obra y para su expansión» |# 31|. En cierto modo, el Fundador puso en movimiento una nueva maquinaria, estudiando y resolviendo la formación de la gente de la Obra, con la mira puesta en la expansión por todo el mundo.