Vida de María (III): Presentación de la Virgen

El día 21 de noviembre celebramos la Presentación de la Virgen. María es ofrecida a Dios por sus padres, Joaquín y Ana, en el Templo de Jerusalén.

21 de noviembre fiesta de la Presentación de la Virgen
Giotto, La Presentación de María al templo, 1302-1305. Capilla Scrovegni, Padua.

► Descarga en PDF Vida de María (III): Presentación de la Virgen

Evangelio del 21 de noviembre, memoria de la Presentación de la Virgen María en el Templo y comentario al evangelio.

► Vida de María (III): Textos del Magisterio, Padres, santos y poetas sobre la Presentación de la Virgen

► Libro electrónico “María, una vida junto a Jesús”


Fueron callados, como su humildad, los años de infancia de María Santísima. Nada nos dice la Sagrada Escritura. Los cristianos, sin embargo, deseaban conocer con más detalle la vida de María. Era una aspiración legítima. Y como los evangelios guardan silencio hasta el momento de la Anunciación, la piedad popular, inspirada en varios pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento, elaboró pronto algunas narraciones sencillas que luego se recogerían en el arte, en la poesía y en la espiritualidad cristiana.

Uno de estos episodios, quizá el más representativo, es la Presentación de la Virgen. María es ofrecida a Dios por sus padres, Joaquín y Ana, en el Templo de Jerusalén; lo mismo que otra Ana, madre del profeta Samuel, ofreció a su hijo para el servicio de Dios en el tabernáculo donde se manifestaba su gloria (cfr. 1 Sam 1, 21-28); igual que, años después, María y José llevarían a Jesús recién nacido al Templo para presentarlo al Señor (cfr. Lc 2, 22-38).

Como los evangelios guardan silencio hasta el momento de la Anunciación, la piedad popular, inspirada en varios pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento, elaboró pronto algunas narraciones sencillas

En rigor, no hay una historia de estos años de la Virgen, sino lo que la tradición nos ha ido transmitiendo. 

El primer texto escrito que refiere este episodio —de él dependen los numerosos testimonios de la tradición posterior— es el Protoevangelio de Santiago, un escrito apócrifo del siglo II. Apócrifo significa que no pertenece al canon de los libros inspirados por Dios; pero esto no excluye que algunos de estos relatos tengan ciertos elementos verdaderos. 

En efecto, despojado de los detalles posiblemente legendarios, la Iglesia incluyó este episodio en la liturgia: primero en Jerusalén, donde en el año 543 se dedicó la basílica de Santa María Nueva en recuerdo de la Presentación; en el siglo XIV, la fiesta pasó a Occidente, donde su conmemoración litúrgica se fijó el 21 de noviembre.

María en el Templo. Toda su belleza y su gracia —estaba llena de hermosura en el alma y en el cuerpo— eran para el Señor. Éste es el contenido teológico de la fiesta de la Presentación de la Virgen. 

Y en este sentido la liturgia le aplica algunas frases de los libros sagrados: en el tabernáculo santo, en su presencia, le di culto, y así me establecí en Sión. En la ciudad amada me dio descanso, y en Jerusalén está mi potestad. Arraigué en un pueblo glorioso, en la porción del Señor, en su heredad (Sir 24, 15-16).

Lo mismo que Jesús cuando fue presentado en el Templo, María continuaría viviendo con Joaquín y Ana una vida normal. Donde Ella estaba —sujeta a sus padres, creciendo hasta hacerse mujer—, allí estaba la llena de gracia (Lc 1, 28), con el corazón dispuesto para un servicio completo a Dios y a todos los hombres, por amor a Dios.

La Virgen fue madurando ante Dios y ante los hombres. Nadie notó nada extraordinario en su comportamiento, aunque, sin duda, cautivaría a quienes tenía alrededor, porque la santidad atrae siempre

La Virgen fue madurando ante Dios y ante los hombres. Nadie notó nada extraordinario en su comportamiento, aunque, sin duda, cautivaría a quienes tenía alrededor, porque la santidad atrae siempre; más aún en el caso de la Toda Santa. 

Era una doncella sonriente, trabajadora, metida siempre en Dios, y a su lado todos se sentían a gusto. En sus ratos de oración, como buena conocedora de la Sagrada Escritura, repasaría una y otra vez las profecías que anunciaban el advenimiento del Salvador. Las haría vida suya, objeto de su reflexión, motivo de sus conversaciones. Esa riqueza interior se desbordaría luego en el Magnificat, el espléndido himno que pronunció al escuchar el saludo de su prima Isabel.

Todo en la Virgen María estaba orientado hacia la Santísima Humanidad de Jesucristo, el verdadero Templo de Dios. La fiesta de su Presentación expresa esa pertenencia exclusiva de Nuestra Señora a Dios, la completa dedicación de su alma y de su cuerpo al misterio de la salvación, que es el misterio del acercamiento del Creador a la criatura.

Como cedro del Líbano crecí, como ciprés de los montes del Hermón. Crecí como palmera en Engadí, como jardín de rosas en Jericó, como noble olivo en la planicie, como plátano crecido junto al agua en las plazas (Sir 24, 17-19). Santa María hizo que en torno suyo floreciera el amor a Dios. Lo llevó a cabo sin ser notada, porque sus obras eran cosas de todos los días, cosas pequeñas llenas de amor.


La voz del Magisterio

«La definición del dogma de la Inmaculada Concepción se refiere de modo directo únicamente al primer instante de la existencia de María, a partir del cual fue inmune de toda mancha de la culpa original. El Magisterio pontificio quiso definir así sólo la verdad que había sido objeto de controversias a lo largo de los siglos: la preservación del pecado original , sin preocuparse de definir la santidad permanente de la Virgen Madre del Señor».

«Esa verdad pertenece ya al sentir común del pueblo cristiano, que sostiene que María, libre del pecado original, fue preservada también de todo pecado actual y la santidad inicial le fue concedida para que colmara su existencia entera».

«La Iglesia ha reconocido constantemente que María fue santa e inmune de todo pecado o imperfección moral. El Concilio de Trento expresa esa convicción afirmando que nadie "puede en su vida entera evitar todos los pecados, aun los veniales, si no es ello por privilegio especial de Dios, como de la bienaventurada Virgen lo enseña la Iglesia" (DS 1573). También el cristiano transformado y renovado por la gracia tiene la posibilidad de pecar. En efecto, la gracia no preserva de todo pecado durante el entero curso de la vida, salvo que, como afirma el Concilio de Trento, un privilegio especial asegure esa inmunidad del pecado. Y eso es lo que aconteció en María».

«El Concilio tridentino no quiso definir este privilegio, pero declaró que la Iglesia lo afirma con vigor: tenet , es decir, lo mantiene con firmeza. Se trata de una opción que, lejos de incluir esa verdad entre las creencias piadosas o las opiniones de devoción, confirma su carácter de doctrina sólida, bien presente en la fe del pueblo de Dios. Por lo demás, esa convicción se funda en la gracia que el ángel atribuye a María en el momento de la Anunciación. Al llamarla "llena de gracia" — kejaritoméne —, el ángel reconoce en Ella a la mujer dotada de una perfección permanente y de una plenitud de santidad, sin sombra de culpa ni de imperfección moral o espiritual».

«El privilegio especial que Dios otorgó a la Toda Santa nos lleva a admirar las maravillas realizadas por la gracia en su vida. Y nos recuerda también que María fue siempre toda del Señor, y que ninguna imperfección disminuyó la perfecta armonía entre Ella y Dios».

«Su vida terrena, por tanto, se caracterizó por el desarrollo constante y sublime de la fe, la esperanza y la caridad. Por ello, María es para los creyentes signo luminoso de la Misericordia divina y guía segura hacia las altas metas de la perfección evangélica y la santidad».

Juan Pablo II, Catequesis mariana (Discurso en la audiencia general, 19-VI-1996).

La voz de los Padres y escritores antiguos

«Los meses se sucedían para la niña. Y, cuando llegó a la edad de dos años, Joaquín dijo: "Llevémosla al templo del Señor, para cumplir la promesa que le hemos hecho, no sea que nos la reclame y rechace nuestra ofrenda". Y Ana respondió: "Esperemos al tercer año, a fin de que la niña no nos eche de menos". Y Joaquín repuso: "Esperemos"».

«Cuando la niña llegó a la edad de tres años, Joaquín dijo: "Llamad a las hijas de los hebreos que estén sin mancilla, y que tome cada cual una lámpara, y que estas lámparas se enciendan, para que la niña no vuelva atrás, y para que su corazón no se fije en nada que esté fuera del templo del Señor". Ellas hicieron lo que se les mandaba, hasta el momento en que subieron al templo del Señor. El Sumo Sacerdote recibió a la niña, y, abrazándola, la bendijo, y exclamó: "El Señor ha glorificado tu nombre en todas las generaciones. Y en ti, hasta el último día, el Señor hará ver la redención por Él concedida a los hijos de Israel"».

«E hizo sentarse a la niña en la tercera grada del altar, y el Señor envió su gracia sobre ella, y ella danzó sobre sus pies y toda la casa de Israel la amó».

«Sus padres salieron del templo llenos de admiración, y glorificando al Omnipotente, porque la niña no se había vuelto atrás. Y María permaneció en el templo del Señor, nutriéndose como una paloma, y recibía su alimento de manos de un ángel».

Protoevangelio de Santiago, VII-VIII (Escrito apócrifo del siglo II).

***

«Cuando superó la edad de la lactancia y cumplió tres años, sus bienaventurados padres la llevaron al templo de Dios y la consagraron como ofrenda, según la promesa que habían hecho antes de su nacimiento. La condujeron con gloria y honor, como era justo; muchas vírgenes la precedían y la acompañaban con lámparas encendidas, como había preanunciado un día el rey profeta [David], antepasado de la Virgen inmaculada, diciendo: Sus jóvenes compañeras la llevarán hasta el rey, sus amigos se la ofrecerán ( Sal 44 [45] 15). El profeta había dicho esto con anterioridad, a propósito de la presentación en el templo y de las vírgenes que precedían y acompañaban».

«Sin embargo, esta profecía no concierne solamente a aquellas vírgenes, sino que se refiere también a las almas vírgenes que siguieron sus pasos, almas que el profeta ha llamado "sus amigos". Aunque todos sean inferiores a Ella en la amistad y en la semejanza, sin embargo, por gracia y bondad de su Hijo, el Señor, las almas de los santos son llamadas "amigos suyos"; por otra parte, el mismo Señor y Creador del universo no ha considerado indigno llamar "hermanos" a los que le son gratos y le imitan. En realidad, todas las almas de los justos que llegarán a ser "amigos suyos" mediante el ejercicio de la santidad, gozarán de su ayuda y estarán espiritualmente unidas al Señor su Hijo, y serán introducidas en el celestial Santo de los Santos».

Vida de María, atribuida a San Máximo el Confesor (siglo VII)

La voz de los santos

«No hubo ni habrá jamás un ofrecimiento hecho por una criatura, ni más grande ni más perfecto que el que hizo la niña María a Dios cuando se presentó en el Templo para ofrecerle, no incienso ni cabritillas, ni monedas de oro, sino a sí misma del todo y por entero, en perfecto holocausto, consagrándose como víctima perpetua en su honor. Muy bien comprendió la voz del Señor que la llamaba a dedicarse toda entera a su amor, con aquellas palabras: Levántate, apresúrate, amiga mía... y ven ( Ct 2, 10). Por eso quería su Señor que se dedicara del todo a amarlo y complacerlo: Oye, hija mía, mira, inclina tu oído y olvida tu pueblo y la casa paterna ( Sal 44, 14). Y Ella, al instante, siguió la llamada de Dios».

«Por amor a esta niña privilegiada aceleró el Redentor su venida al mundo. Precisamente porque no se juzgaba digna de ser la esclava de la Madre de Dios, fue la elegida para ser tal madre. Con el aroma de sus virtudes y con sus poderosas plegarias atrajo a su seno virginal al Hijo de Dios. Por eso la llamó tortolita su divino Esposo: Se ha oído en nuestra tierra la voz de la tórtola ( Ct 2, 12); no sólo porque Ella, al igual que la tórtola, amó siempre la soledad, viviendo en este mundo como en un desierto, sino porque como la tortolita que siempre va gimiendo por la campiña, María siempre suspiraba compadeciendo las miserias del mundo perdido y pidiendo a Dios que otorgara la redención para todos. Con cuánto más fervor que los profetas repetía Ella cuando estaba en el templo las súplicas y los suspiros de los mismos para que mandara al Redentor: Envía, Señor, al Cordero dominador de la tierra ( Is 15, 1). Destilad, cielos, vuestro rocío y que las nubes lluevan al Justo ( Is 45, 8). Oh si rasgaras los cielos y descendieras! ( Is 44, 1)».

«En una palabra, Ella era el objeto de las complacencias de Dios, al contemplar a esta virgencita aspirando siempre a la más encumbrada perfección como columna de incienso rica por el aroma de todas las virtudes, como la describe el Espíritu Santo: ¿Quién es ésta que va subiendo por el desierto como una columna de humo hecha de la mirra y del incienso y de toda especie de aromas? ( Ct 3, 6). En verdad, dice Sofronio, era esta doncella el jardín de las delicias del Señor donde se encontraban toda suerte de flores y todos los aromas de las virtudes. Por eso, afirma San Juan Crisóstomo, Dios eligió a María por su Madre, porque no encontró en la tierra una virgen más santa ni más perfecta que María, ni lugar más digno para habitar que su seno sacrosanto. San Bernardo dice de modo semejante: no hubo en la tierra sitio más digno que el seno virginal. San Antonino afirma que la bienaventurada Virgen, para ser elegida y destinada a la dignidad de Madre de Dios, tenía que poseer una perfección tan grande y consumada que superara totalmente a la perfección de todas las demás criaturas: la suprema perfección de la gracia es estar preparada para concebir al Hijo de Dios».

«Como la santa niña María se ofreció a Dios en el templo con prontitud y por entero, así nosotros en este día presentémonos a María sin demora y sin reserva y roguémosle que ella nos ofrezca a Dios, el cual no nos rehusará viendo que somos ofrecidos por las manos de la que fue el templo viviente del Espíritu Santo, las delicias de su Señor y la elegida como Madre del Verbo eterno. Y esperemos toda clase de bienes de esta excelsa y muy agradecida Señora que recompensa con gran amor los obsequios que recibe de sus devotos».

San Alfonso María de Ligorio (s. XVII), Las glorias de María, Parte II, Discurso III.

***

«Desde hace casi treinta años ha puesto Dios en mi corazón el ansia de hacer comprender a personas de cualquier estado, de cualquier condición u oficio, esta doctrina: que la vida ordinaria puede ser santa y llena de Dios, que el Señor nos llama a santificar la tarea corriente, porque ahí está también la perfección cristiana. Considerémoslo una vez más, contemplando la vida de María».

«No olvidemos que la casi totalidad de los días que Nuestra Señora pasó en la tierra transcurrieron de una manera muy parecida a las jornadas de otros millones de mujeres, ocupadas en cuidar de su familia, en educar a sus hijos, en sacar adelante las tareas del hogar. María santifica lo más menudo, lo que muchos consideran erróneamente como intrascendente y sin valor: el trabajo de cada día, los detalles de atención hacia las personas queridas, las conversaciones y las visitas con motivo de parentesco o de amistad. ¡Bendita normalidad, que puede estar llena de tanto amor de Dios!»

«Porque eso es lo que explica la vida de María: su amor. Un amor llevado hasta el extremo, hasta el olvido completo de sí misma, contenta de estar allí, donde la quiere Dios, y cumpliendo con esmero la voluntad divina. Eso es lo que hace que el más pequeño gesto suyo, no sea nunca banal, sino que se manifieste lleno de contenido. María, Nuestra Madre, es para nosotros ejemplo y camino. Hemos de procurar ser como Ella, en las circunstancias concretas en las que Dios ha querido que vivamos».

San Josemaría Escrivá de Balaguer (s. XX), Es Cristo que pasa, n. 148.

La voz de los poetas

Virgen, pura azucena, lirio en valle,

cándida y limpiamente concebida;

Virgen, donde se mide el sin medida,

preciosa cinta a su divino talle.

Jardín donde no hay flor que no se halle

de las virtudes de que estáis vestida;

árbol en cuya planta esclarecida,

la sierpe antigua para siempre calle.

Si Dios se cifra en Vos, ¿qué puede hallarse

para excelencia vuestra, si ésta excede

tanto que a Dios no deja de alargarse?

Cuando Él puede, y Vos sois, aquí se quede,

que como Dios no puede mejorarse,

así de madre mejorar no puede.

Lope de Vega (siglos XVI-XVII), Pastores de Belén, III.

***

Venid, alba, venid; ved el lucero

de miel, casi morena, que trasmana

un rubor silencioso de milgrana

en copa de granado placentero;

la frente como sal en el estero,

y la mano amiga como luz cercana,

y el labio en que despunta la mañana

con sonrisa de almendro tempranero.

¡Venid, alma, venid; y el mundo sea

heno que cobra resplandor y brío

en su mirar de alondra transparente,

aurora donde el cielo se recrea,

¡aurora Tú que fuiste como un río,

y Dios puso la mano en la corriente!

Luis Rosales (siglo XX), Retablo de Navidad.


J.A. Loarte