Mons. Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei, realizó un viaje pastoral por Centroamérica. Tras visitar Guatemala (4-9 de agosto) y Honduras —San Pedro Sula y Tegucigalpa— (10-12 de agosto), el Padre concluyó su recorrido en El Salvador, donde permaneció del 13 al 15 de agosto.
- Jueves 13. Encuentro con familias.
- Viernes 14. Visita a la Fundación Simará y primer encuentro con jóvenes.
- Sábado 15. Segundo encuentro con jóvenes.
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Sábado 15. Segundo encuentro con jóvenes
El último encuentro con el prelado del Opus Dei en El Salvador tuvo lugar en el Colegio Lamatepec. Al comenzar, el Padre les recordó con sencillez el núcleo de la vida cristiana: «No se trata sólo de ideas, se trata de alguien, de Jesucristo, que nos conoce uno a uno y nos quiere personalmente».
Neto, al darle la bienvenida, contó con agradecimiento la invitación que le hicieron hace tiempo a un congreso en la casa de retiros La Lomita y cómo esos días le habían cambiado la vida. El Padre, recogiendo ese sentimiento, les habló de la importancia de dar gracias: «La gratitud es algo que está por encima, es algo sobrenatural, dar gracias a las personas y dar gracias a Dios».
Jesús, estudiante de la primera promoción del Colegio Citalá y hoy agregado de la Obra, recordó cómo descubrió su camino haciendo listas de pros y contras: los motivos para decir que sí eran incontables, pero fue incapaz de hallar un solo “no” convincente. Ante su duda sobre cómo transformar la sociedad desde dentro sin dejarse arrastrar por lo negativo, el Padre le dio una pauta muy clara: el apostolado en medio del mundo es la amistad. Cuando el ambiente sea contrario, debemos pensar como los primeros cristianos: acercarnos a las personas con trato personal, paciencia y mucha oración.

Wenceslao, del Centro Cultural El Molino, en Santa Ana, recibió este año los sacramentos de iniciación cristiana en la Vigilia Pascual. «Desde ese día, puedo decir que soy hijo de Dios», afirmó y quiso saber cómo mantener encendida esa alegría todos los días. El Padre le respondió: «El saberse hijo de Dios produce alegría. No estamos solos». Y para cuidar ese don, le aconsejó repetir con confianza: «Señor creo que tú me quieres, pero auméntame la fe».
Luego, Mateo compartió un recuerdo de infancia al sufrir de bullying y que, aunque entonces no sentía cerca a Dios, luego comprendió que el Señor nunca lo había dejado solo. El Padre lo animó a hacer un esfuerzo positivo por perdonar, pues hacerlo o no, condiciona nuestra capacidad de perdonar, explicó. «Lo más divino de nuestra vida es perdonar a quienes nos hayan hecho daño», añadió
La generosidad de los jóvenes se hizo patente con Juan Pablo, quien relató que el próximo enero entrará al seminario para discernir su vocación tras descubrir la gran necesidad de sacerdotes al visitar comunidades necesitadas. Pidió oraciones por su fidelidad y por los que sienten miedo a dar el paso.
Entre los cantos y las risas, Jonathan divirtió a todos al contar que esa mañana intentó usar una inteligencia artificial gratuita para buscar recomendaciones de pupusas para el Padre, pero se quedó "hablando solo" por falta de pago. Aprovechando la anécdota, preguntó cómo seguir siendo humanos en una época tan tecnológica. El Padre, sonriendo, le dio una clave profunda y sencilla: «Lo que no te da es el amor». Por eso, les aconsejó «dar mucho valor a las relaciones personales» ahí es donde la tecnología no puede llegar.

Cecilio, agregado de la Obra, entregó al Padre un torogoz de origami —el ave nacional de El Salvador—, y explicó su significado: así como el papel se transforma en algo bello cuando se dobla con tiempo, paciencia y manos expertas, ninguno de nosotros es «solo papel» en las manos de Dios. Fue una imagen que resumía las disposiciones de los jóvenes salvadoreños: cómo,pliegue a pliegue, quieren dejarse transformar por Dios hasta descubrir lo que Él quiere hacer de cada una de sus vidas.
Al final del encuentro, Justin habló en nombre de todos los presentes: «Padre, si pudiera dejarnos un solo encargo a los jóvenes de El Salvador, ¿cuál sería?». La respuesta fue inmediata y cercana: «que recéis mucho por la Iglesia y por el Papa». Con esta importante petición y tras recibir su cariñosa bendición, concluyó un viaje pastoral por Centroamérica.
En los próximos días, el Padre permanecerá en la casa de retiros Altavista, en Guatemala, preparando su viaje a Uruguay, que tendrá lugar del 22 al 27 de agosto.
Viernes 14. Visita a la Fundación Simará y encuentro con jóvenes
En el segundo día del prelado del Opus Dei en El Salvador visitó la Fundación Siramá, una organización que promueve la dignidad de la mujer a través de programas de formación profesional y humana, con una visión integral de la persona. En la tarde, se reunió con otro grupo de jóvenes salvadoreñas.
En Simará compartió un encuentro marcado por algunos testimonios de vida. Durante la visita, pudo conocer los trabajos realizados por las alumnas y compartir unos momentos con los niños del Centro de Atención a la Primera Infancia (CAPI), que lo recibieron cantando una canción dedicada a san Josemaría.
Uno de los primeros momentos fue la proyección de un video sobre la visita de mons. Javier Echevarría a Siramá en 2014. En aquella ocasión, expresó su deseo de que, con la oración y el esfuerzo de todos, el proyecto pudiera crecer. Ante esta realidad, Mons. Ocáriz destacó la importancia de que la formación y educación recibidas en la institución sean también acogidas en el hogar.
La familia Alas compartió una experiencia difícil de salud que vivieron con su hijo, alumno del CAPI, y cómo encontraron en Siramá apoyo humano y espiritual. El Padre les recordó que la oración siempre es eficaz y que, aunque no siempre recibamos aquello que pedimos, «Dios está siempre con nosotros».

Durante la visita también hubo espacio para conocer algunos proyectos de formación. Merlyn presentó un postre elaborado por las alumnas en colaboración con un restaurante y compartió su propia historia. Explicó que, aunque la capacitación técnica es importante, lo que más valora de Siramá es la formación humana que reciben, porque allí está la clave para impulsar cambios en sus vidas.
Mariely relató cómo conoció el Opus Dei en Chile y, después de llegar a El Salvador, buscó la manera de retomar el contacto. Finalmente, por medio de actividades sociales de su universidad conoció la Fundación Siramá y, más tarde, descubrió su vocación a la Obra. «Me llena de mucha alegría poder llamarle Padre», comentó.
Una exalumna contó que años atrás había vivido alejada de Dios y sumergida en las drogas y la prostitución. Al llegar a Siramá, su vida cambió. Preguntó al Padre cómo era posible que Dios siguiera amándola después de ese pasado. Mons. Ocáriz le habló del amor infinito y misericordioso de Dios y recordó la figura de santa María Magdalena, junto a la Virgen al pie de la cruz. La animó a seguir adelante y a recomenzar, como enseñaba san Josemaría.

Maria Rosa brinda apoyo psicológico en la fundación y explicó que ese trabajo la hace feliz, pues ayudando a otras personas, paradójicamente, ella misma recibe mucho a cambio. Preguntó cómo apoyarse en la oración durante su trabajo. El Padre señaló que la oración crea una profunda unidad y nos permite tener la certeza de que Dios nos escucha y acompaña, aunque no podamos verlo con los ojos.
Dos colaboradoras más plantearon preguntas sobre cómo transmitir la fe y el amor a Dios en las circunstancias cotidianas. Mons. Ocáriz animó a promover una formación cristiana que lleve a descubrir a Jesucristo. También recordó que aprender a querer y ayudarse mutuamente es una tarea diaria: construir unidad responde a un gran deseo del Señor, “que todos sean uno”, como dice san Juan en el Evangelio
Al finalizar, las estudiantes interpretaron una canción escrita por Mer junto a su papá, y entregaron un regalo al Padre en nombre de la institución. Mons. Ocáriz se despidió dejando un deseo para todos: «Que Dios esté en todas vuestras ilusiones».
Un baúl lleno de historias para el Padre
Horas después, el Padre se encontró con un grupo de jóvenes que frecuentan las actividades formativas y apostólicas del Opus Dei en El Salvador. Este rato de conversación tuvo un hilo conductor particular, un baúl lleno de objetos: unos lentes de sol, una tabla de surf, una fotografía, un teléfono antiguo, una partitura, una mochila, un telescopio, una pequeña escalera y hasta la pata de una mesa. Cada objeto sirvió para introducir una historia, un recuerdo o una pregunta, y así fue pasando ese rato de familia.

Una de las jóvenes contó que tuvo la oportunidad de vivir un tiempo en otro país, donde conoció a personas con una formación y una manera de ser muy distintas a la suya. A pesar de esas diferencias, llegaron a quererse mucho y, a través de ellas, pudo descubrir el amor de Dios. Por eso, preguntó al Padre cómo aprender a confiar cada vez más en ese amor que Dios nos tiene.
El Padre la animó a acercarse cada vez más a Jesucristo, especialmente a través del Evangelio y de la Eucaristía. Le recomendó leer las escenas del Evangelio como un personaje más y procurar prolongar esa vida espiritual durante el día, y recomenzar una y otra vez.
Cami explicó que, así como las olas pueden derribar y arrastrar a una persona, una tabla de surf ayuda a mantenerse a flote. Para ella, sus buenas amigas, han cumplido ese mismo papel en momentos de dificultad. Por eso, preguntó al Padre cómo podía vencer el miedo a hablar de lo que le preocupa.

Él le aconsejó buscar a personas de confianza y apoyarse en los medios de formación. Recordó la importancia de la sinceridad que enseñaba san Josemaría: abrirse a los demás, aunque algunas cosas puedan dar vergüenza, ayuda a recibir consejo y también a sentirnos comprendidos.
La protagonista de la siguiente intervención no estaba presente. Anto sacó del baúl una fotografía de Auro, una numeraria que vivió muchos años en el club Alamar y falleció recientemente. Anto recordó la amistad que, a pesar de la diferencia de edad, mantuvieron por muchos años. Ambas compartían conversaciones llenas de cariño y formación. Auro le hablaba a Anto de cómo comenzó la Obra en El Salvador y le aconsejaba sobre cómo ser una buena persona y llegar a ser santa.

Luego, Anto quiso saber cómo ser fiel al plan de Dios. El Padre explicó que la llamada a la santidad es para todos, pero que Dios la concreta de manera personal en cada uno. Animó a preguntarle al Señor con valentía: “¿Tú qué quieres de mí?”. La respuesta se descubre poco a poco, mediante la oración, el consejo y la búsqueda sincera de la voluntad de Dios, completó.
La tertulia terminó con una pregunta sobre cómo no olvidar, en medio de la vida diaria, que somos hijos de Dios. El Padre recordó que nunca estamos solos: Dios nos ama incluso cuando fallamos, nos perdona y nos anima. «Podemos estar contentos siempre, incluso cuando hay sufrimientos; eso es compatible con que, a pesar de eso, Dios nos quiere, Dios está con nosotros», dijo el Padre.
Jueves 13 de agosto. Encuentro con familias: «A pesar del sufrimiento podemos ser felices»
«Los aniversarios son buenos para recordar, para dar gracias». Con estas palabras, mons. Fernando Ocáriz recibió el cariño y unas flores de las familias de El Salvador, que quisieron anticipar la celebración de sus 55 años de sacerdocio, que será el sábado 15 de agosto.
Fue el comienzo de un encuentro en el que las preguntas y las historias personales fueron llevando la conversación de un tema a otro.
A raíz del Evangelio de ese día, el Padre comenzó explicando que el perdón está en el centro del mensaje cristiano porque «¿a qué vino Jesucristo al mundo? Sobre todo a perdonarnos». En la Cruz, recordó, Cristo mismo le pidió a Dios Padre: «Perdónales porque no saben lo que hacen». Por eso, aunque una ofensa pueda provocar sentimientos de enfado o rechazo, «con la voluntad siempre podemos perdonar». Quizá el sentimiento tarde más en acompañar, explicó, pero la voluntad puede decidir perdonar de verdad.

Stephanie y Sebas, recién casados, compartieron su deseo de construir un hogar con Dios en el centro y preguntaron cómo ayudar a otros jóvenes a descubrir la belleza de formar una familia.
El Padre comenzó por una cuestión fundamental: ¿qué entendemos por amor? «A veces lo que sucede es que hay una idea de lo que es el amor muy limitada y en ocasiones un poco equivocada», explicó. Se puede caer en un «amor provisional», un amor que dura mientras las circunstancias sean favorables. Pero «el amor, si es auténtico, es para siempre». No se trata tampoco de querer al otro simplemente por aquello que nos aporta. «Ver al otro como algo que me da satisfacción a mí» —explicó— «es parte del amor, pero no es la esencia del amor». La esencia está en «desear el bien de la otra persona».

También hubo espacio para hablar del noviazgo. Rodrigo, que prepara su boda con Isabel, preguntó al Padre sobre ese tiempo de preparación. Mons. Ocáriz aconsejó vivirlo sin prisas y aprovecharlo para conocerse de verdad. No se trata solamente de descubrir gustos o aficiones comunes, sino de comprobar que existe «una sintonía en las ideas fundamentales de la vida».
Herberth, educador y abuelo, quiso saber cómo conseguir que la familia sea una verdadera escuela de virtudes. El Padre sugirió «hacerse amigos de los hijos». Los padres, explicó, no son solamente quienes educan o ponen límites. También tienen que crear una relación de confianza que permita a los hijos acudir a ellos cuando tienen problemas. «Los hijos tienen que poder acudir a sus padres», señaló. Y esa amistad permite transmitir muchas cosas sin necesidad de grandes discursos, con la vida misma.
La respuesta adquirió una profundidad especial cuando Evelyn compartió la historia de su esposo, Edgardo. En 2020 le diagnosticaron leucemia. Durante la enfermedad vivió muy unido a Dios, acompañado espiritualmente y preparándose para su encuentro definitivo con Él. Murió dos meses después del diagnóstico. Dos días antes, Evelyn y su familia habían recibido una carta del Padre en respuesta a la que le habían enviado. Con la certeza de que Edgardo está en el cielo, Evelyn quiso agradecer al Padre su oración y preguntarle cómo transmitir que la alegría cristiana también pasa por abrazar la Cruz. La respuesta fue una de las más profundas de la tarde: «A pesar del sufrimiento y con el sufrimiento podemos ser felices».

El Padre aclaró que esto no significa buscar el dolor. Pero sí significa descubrir que el sufrimiento puede vivirse de otra manera cuando se une a Cristo. Recordó los últimos años de san Josemaría, cuando estaba físicamente muy débil y casi ciego, pero conservaba una alegría profunda. «¿Cómo es posible? Solo es posible por la unión con la Cruz de Cristo, por la fe».
También invitó a los presentes a ampliar la mirada y hacer propios los sufrimientos de los demás. Ante las noticias de guerras, terremotos o tragedias, no basta con pensar «qué pena». «Podemos rezar un poco por la gente que sufre, aunque sea un momento», explicó. Es una actitud cristiana muy importante: «sentir muy nuestro lo de los demás», tanto para rezar por quienes sufren como para alegrarnos con las noticias positivas.
Durante la tarde, jóvenes y niños también compartieron sus experiencias. Mariana, una niña, contó que en su colegio busca a Jesús en el oratorio por las mañanas o durante el recreo para contarle algo o pedir por alguien.
Al final, una familia venezolana que encontró en El Salvador su nueva casa, entregó al Padre un álbum con fotografías del país que los acogió y las intenciones de varias familias. Era un regalo para que se llevara «un pedacito de nuestro país».

Antes de despedirse, el Padre volvió a pedir oraciones por el Papa: «Sobre todo, rezad mucho por el Papa», insistió. Así terminó un encuentro en el que las familias no solo hablaron al Padre de sus alegrías y preocupaciones. También recibieron de él una invitación sencilla y exigente: aprender a querer de verdad, perdonar, acompañar a los demás y descubrir que, incluso en medio del sufrimiento, la unión con Cristo hace posible la alegría.
