Reflexiones al leer la carta de san Josemaría sobre el apostolado de la opinión pública

El tercer volumen de las Cartas de san Josemaría (Rialp) incluye una carta sobre el apostolado de la opinión pública de sorprendente actualidad. Jaime Cárdenas del Carre ofrece claves de lectura sobre el género, el contexto y la visión del fundador acerca del papel de los laicos en el mundo de la comunicación.

Índice

  1. La carta 12 en el conjunto de las obras completas
  2. La libertad, don de Dios y derecho de las personas
  3. El género literario y el contexto
  4. Los medios de comunicación de la Iglesia
  5. El mensaje del Opus Dei y la iniciativa de los laicos en el apostolado de la opinión pública

La Carta 12 en el conjunto de las obras completas

Ediciones Rialp ha publicado recientemente Cartas (Volumen III), en una edición crítica y anotada por Luis Cano. El volumen corresponde, en el conjunto del proyecto de publicación de las obras completas de las obras de san Josemaría Escrivá, a la Serie II, Instrucciones y Cartas, que son «escritos pastorales, dirigidos a miembros del Opus Dei» (Cartas III, Introducción, p. 1). El volumen contiene cinco cartas, de las cuales la número 12 trata sobre lo que san Josemaría denomina «apostolado de la opinión pública». El propósito de este artículo es ofrecer algunas claves de lectura y de contexto complementarias a las que ya se incluyen en la Introducción al Volumen III.

Siguiendo lo que señala el prelado del Opus Dei, Mons. Fernando Ocáriz, en el prólogo a la edición 100 de Camino en lengua española, nos proponemos «ofrecer una mejor comprensión estilística del texto, con un aparato crítico exhaustivo y reflexiones sobre su trasfondo lingüístico y cultural, acercando el texto al horizonte intelectual y emocional del lector contemporáneo». Pensamos que esta tarea es necesaria porque «la continuidad lingüística puede disimular la distancia cultural».

En el Archivo General de la Prelatura del Opus Dei se conserva el ejemplar original de la carta que nos ocupa, mecanografiada en 100 cuartillas apaisadas y fechada en 1946. «Fechada» o «datada» quiere decir que san Josemaría, aunque la escribió y publicó más tarde, en noviembre de 1966, quiso ponerle aquella fecha, «que a menudo —como señala Luis Cano— tiene más valor simbólico que real, pues no indica el momento exacto de su redacción sino el de su recepción carismática en el alma de san Josemaría» (Cartas III, Introducción, p. 2). La publicación de 1966 se dirigía a los miembros del Opus Dei. Ahora se entrega por primera vez al público general, pues «muchas de sus enseñanzas pueden tener valor y servir de inspiración para el público cristiano en general, sobre todo para quienes desean seguir a Jesús en medio del mundo» (Cartas III, Introducción, p. 2).

Además del original mecanografiado, se conserva una versión impresa en 1968 y otra póstuma, realizada para entregarla a la Santa Sede durante el proceso de beatificación y canonización en 1985. Existen mínimas diferencias entre estos originales: detalles de puntuación, sobre todo, y algún otro de estilo o que corrige una errata. La edición crítica realizada por Luis Cano interpreta esas diferencias para ofrecer un texto filológicamente preciso, dejando constancia de cada variante en el aparato crítico de la carta (Vid. Cartas III, pp. 208-215).

Antes de avanzar sobre otros aspectos, quizá sea útil recordar que, para san Josemaría, «el apostolado de la opinión pública era la suma de esfuerzos que los católicos están llamados a realizar, con el fin de impregnar de dignidad humana y de sentido cristiano las actividades y profesiones relacionadas con la comunicación. Esa conciencia nace de la secularidad que está presente en su forma de pensar y que se resume en amar apasionadamente al mundo, participar en su dinamismo, sentirse responsable de su evolución» (Diccionario de san Josemaría Escrivá, voz «Apostolado de la opinión pública», pp. 128). Las coordenadas de su pensamiento sobre este peculiar apostolado se desarrollan en esta Carta 12: libertad y responsabilidad de los católicos, promoción de la dignidad humana y cristiana, ciudadanía, misión y evangelización, secularidad.

La libertad, don de Dios y derecho de las personas

Posiblemente, la clave de lectura más relevante de la Carta se encuentre en las palabras iniciales en latín: Numquam antehac, es decir, «jamás anteriormente». San Josemaría destaca la aparición de un nuevo anhelo de libertad por parte de los pueblos, como nunca se había producido antes: se siente palpitar «un deseo santo de libertad cristiana» (n. 2a). Para el autor, la evolución de los medios de comunicación y su difusión planetaria es una de las causas determinantes de un nuevo deseo de libertad (cfr. n. 4a).

La Carta valora positivamente a los medios de comunicación como necesarios para lograr la libertad: «La disponibilidad de fuentes de información es considerada como una de las necesidades más elementales y su privación como uno de los castigos más inhumanos» (n. 6a). Entre las conquistas recientes de la libertad aparece también el entretenimiento como un derecho de la persona y una función de los medios: «La gente necesita distraerse: es un derecho de la persona humana, una necesidad real e ineludible» (n. 11b). Este punto se considera en relación a las condiciones de trabajo, que «tienen en nuestros días unas exigencias y un ritmo que agotan y rinden» (n. 11a).

Los medios de comunicación son, por tanto, una llave para abrir espacios de libertad y, a la vez, promueven en quien ya la posee una toma de conciencia más profunda de sus posibilidades. Tanto ayer como hoy, la combinación de una promesa de más libertad unida al conocimiento que las empresas de información y tecnología tienen de la psicología de masas (cfr. n. 14a), resultan en un «extraordinario e insospechado poder» (n. 9b).

La Iglesia participaba de este interés por el auge de los medios de comunicación, en su doble versión de configuradores de la sociedad civil y herramientas al servicio de la Evangelización. El decreto del Concilio Vaticano II sobre este tema, Inter Mirifica, fue promulgado el 4 de diciembre de 1963 por Pablo VI.

En la línea del argumento, la libertad es un fin y los medios de comunicación una vía, un recurso para alcanzarla. Pero, ¿de qué libertad se habla? Escrivá percibe simultáneamente un clamor de libertad cristiana y una pretensión de falsa libertad, alejada de Dios y de la verdad, que promueven también muchas veces los medios de comunicación, condicionando cada vez más el comportamiento ético de los ciudadanos, con consecuencias personales, familiares y sociales. La Carta se mueve entre estos dos escenarios que el fundador describe en un registro habitual en él: con un profundo sentido de advertencia y, a la vez, un optimismo esperanzado que se apoya en la fe. De esta manera, muestra un campo novedoso de evangelización, especialmente para los laicos. Desea inspirarlos hacia una acción presidida por la caridad, para evitar el fanatismo. El autor nos invita a que las desviaciones de la ley de Dios que vemos en tantos ambientes «no nos ha de apartar de los demás hombres» (n. 3b).

El género literario y el contexto

El género literario

No es una Carta en el sentido habitual de la palabra, de misiva dirigida a alguien en particular, sino que se inscribe en un conjunto de escritos de distinta extensión y temática con los que san Josemaría pretendía fijar y transmitir el espíritu del Opus Dei ofreciendo ideas, exhortando, concienciando o inspirando. En palabras de Luis Cano, editor del volumen, el texto «está pensado para transmitir un mensaje y una misión, para instruir en el carisma fundacional» (Cartas III, Introducción, p. 2). El fundador escribió varias decenas de cartas con la misma intención y estilo, sumando centenares de páginas. Hasta la fecha se han publicado algunos estudios que abordan aspectos generales de esta serie de cartas (Cano 2023 y Castells 2023). Al describir la motivación de Escrivá, Cano refiere que san Josemaría preparó estos textos «porque deseaba prolongar ese tipo de conversación familiar que le gustaba emplear para transmitir el carisma del Opus Dei a quienes habían recibido esa vocación. Por eso precisamente tienen un aire familiar, no académico o formal. Escrivá pasa de un tema a otro en aparente desorden, pasando de determinados aspectos del espíritu, a consideraciones sobre el apostolado, o incorporando recuerdos de la historia del Opus Dei» (Cartas III, Introducción, p. 1).

En este sentido, el mensaje de fondo es atemporal, lo que implica que subordina elementos que podrían parecer importantes para algunos lectores al hecho, para él decisivo, de la transmisión de aspectos perennes del carisma. Por ejemplo, no desarrolla todos los temas con la misma extensión o profundidad, ni se siente obligado a acreditar o matizar todas sus afirmaciones o a tener que acoger todos los puntos de vista sobre un asunto.

Por otra parte, no está pensando primeramente en el gran público, sino en los miembros del Opus Dei, lo que podría explicar que en algunos pasajes falten pormenores que algunos lectores legítimamente podrían esperar. Teniendo esto en cuenta, el lector de hoy, esté o no familiarizado con el espíritu del Opus Dei, podría encontrar planteamientos o afirmaciones que le resulten llamativos, por la forma o por el contenido. Este podría ser el caso del lenguaje exhortativo-apostólico que usa en ocasiones, como cuando habla de «orientar y dirigir la opinión pública» (n. 64d), o en las diversas referencias a las iniciativas de apostolado en este sector (cfr. n. 54b).

En síntesis, en este texto san Josemaría desea presentar un fenómeno de gran relevancia social para el destino de la humanidad desde la perspectiva de su relación con Dios y con el horizonte de la evangelización. En este marco, el fundador también presenta propuestas apostólicas para los miembros del Opus Dei, destinatarios inmediatos de su mensaje.

Los contextos

Junto con el género literario, conviene valorar el contexto histórico, social y eclesiástico en el que vivió san Josemaría y en el que escribió la carta (1966). Principalmente, su vivencia de la guerra civil española y el haber experimentado la posguerra de la Segunda Guerra Mundial en Roma —donde se trasladó en 1946— explican varias de las advertencias a lo largo de la carta sobre el marxismo y el comunismo (cfr. nn. 20c, 32b, 33a).

Por otro lado, la transformación cultural que experimentó el mundo en los años 40 y 60 es el entorno en el que san Josemaría pensó, redactó y publicó la carta. Así, el contexto teológico y pastoral previo y posterior al Concilio Vaticano II, la división del mundo en bloques antagonistas, la llamada revolución sexual, el nacimiento de la nueva izquierda y la renovación del papel de los laicos en la Iglesia, atraviesan las preocupaciones de la época y se reflejan en distintos fragmentos del texto.

Para los lectores más jóvenes, es interesante tener en cuenta el mapa de los medios en esos años, trasfondo de los comentarios de san Josemaría: el auge de la radio a partir de los años 30; los primeros canales de televisión asentados en la posguerra, con un modelo comercial en Estados Unidos y otro fundamentalmente público en Europa; la posterior llegada de la tv a color en los años 60; las grandes agencias internacionales de noticias; el predominio de los estudios de Hollywood y sus distribuidoras… En general, modelos empresariales con acceso difícil para el ciudadano medio, muy distinto de las posibilidades actuales de generación y distribución de contenidos por parte de los usuarios que inauguró el auge de internet y de las redes sociales.

Sin embargo, estos procesos no ocupan el lugar central de las reflexiones, pues, como hemos dicho arriba, el propósito de san Josemaría en sus cartas era exponer aspectos permanentes de su mensaje (Cano, 2023). Por eso, no se detiene en las vicisitudes históricas, sino que las aborda a grandes trazos, como base para afianzar aspectos de un carisma dirigido a personas que se desenvuelven en medio del mundo: la llamada universal a la santidad a través del trabajo y de las circunstancias familiares y sociales, el amor a la libertad, la misión del laicado, la primacía de la caridad, la responsabilidad ciudadana.

En esta Carta desarrolla su mensaje poniendo el foco en la creciente relevancia de los medios de comunicación y la industria del entretenimiento como uno de los configuradores de la cultura y la formación de la sociedad, incluso señalando que tienen la potencialidad de intervenir en la relación entre las personas y con Dios, ejerciendo cierta de mediación. Esta realidad, incipiente en 1966 en muchas naciones, no ha hecho más que crecer y confirmarse, en extensión y en profundidad, incidiendo en la conformación de las identidades y los estilos de vida. Por esto, quizá el principal interés de la Carta radica en aquellas ideas y propuestas de tipo moral, apostólico e inspiracional, que se mantienen vigentes a pesar del paso del tiempo.

En los últimos años, el magisterio pontificio ha reiterado que un aspecto de esta mutación global ha sido el desmoronamiento paulatino de la «sociedad cristiana», considerado como el final de un mundo en el que casi todo (cultura, educación, artes, relaciones, familia, política, etc.) y durante siglos, era referido a Dios y a la Iglesia, que aparecía como un actor omnipresente en la vida de los pueblos (llegando incluso a un cierto clericalismo, que con el tiempo fue objeto de la autocrítica de la Iglesia). Por ejemplo, el Papa León XIV ha señalado recientemente: «El Evangelio no se encuentra sólo con la indiferencia, sino con un horizonte cultural distinto, en el que las palabras ya no significan lo mismo y donde el primer anuncio no puede darse por supuesto» (León XIV, Carta al presbiterio de Madrid, 28 de enero de 2026).

El hundimiento de este edificio cultural, en confluencia con otros factores, empujó a grandes masas de personas a distanciarse de la Iglesia y sus enseñanzas, con consecuencias en los distintos ámbitos sociales. Se trata de un proceso amplificado en muchos casos por los medios de comunicación, con o sin conciencia de ello. San Josemaría percibió este nuevo paradigma en el que Dios deja de ser protagonista de la sociedad y pasa a desempeñar un papel secundario, cuando no es simplemente ignorado y en ocasiones hostigado.

Ajeno a una visión determinista, el autor interpela a los católicos sobre la responsabilidad que pueden haber tenido en este proceso de descristianización e invita a un nuevo compromiso: «Porque los hombres –los cristianos especialmente– se han dormido» (nn. 31e; 35a-35d; 37a y b). Sin embargo, san Josemaría no mira con añoranza a esa sociedad cristiana: «No podemos tener nostalgias ingenuas y estériles: el mundo no ha estado nunca mejor» (n. 42b). De hecho, en el último y extenso tramo de la carta presenta un conjunto de posibles iniciativas de evangelización en el mundo de la comunicación que invitan a una respuesta positiva según el espíritu del Opus Dei: un aporte desde el ámbito secular, con espíritu de santificación del trabajo y compromiso personal, evitando una actitud pasiva que espera de las estructuras eclesiales y la acción de la jerarquía lo que debe ser consecuencia del compromiso profesional y ciudadano de los laicos por la transformación del mundo desde dentro según los valores del evangelio.

Pero Escrivá tampoco es ingenuo, conoce bien la Iglesia, el mundo de su época (el Opus Dei en 1966 trabajaba ya en 30 países de cinco continentes) y la evolución de los medios de comunicación, que observaba con atención desde los años 40 del siglo pasado: fue profesor de ética en la Escuela de Periodismo de Madrid y, en 1958, bajo su impulso se fundó la primera entidad docente de España en ofrecer estudios universitarios de periodismo, en la que con el tiempo sería la Universidad de Navarra. Además, había sufrido varias veces en primera persona campañas de difamación. Por eso, a la vez que hace una valoración positiva de la libertad y de los medios de comunicación, ofrece un diagnóstico (cfr. nn. 14a-26a) en el que describe con detalle y realismo los abusos en los que, según su parecer, estaban incurriendo algunos medios de comunicación y las industrias del entretenimiento. Consciente de los permanentes cambios en el mundo de la comunicación, Luis Cano aconseja a los lectores «leer las palabras de san Josemaría pensando en el contexto actual en el que viven, pues es ahí donde muestran una sorprendente actualidad y clarividencia» (Cartas III, Historia y contexto, p. 139).

Hay momentos en que el estilo de Escrivá se hace fuerte y adopta formas terminantes, que por un lado traslucen su urgencia de pastor y por otro la mentalidad de su tiempo. Algunas expresiones de la Carta pueden resultar hoy difíciles o incluso problemáticas para el lector contemporáneo. No deberían tomarse como lenguaje actual ni interpretarse como categorías sociológicas para nuestro tiempo. Pertenecen a un contexto propio de otra época. Lo que permanece perenne es la llamada a que los cristianos laicos participen libre, profesional y responsablemente en la cultura y en la vida pública, promoviendo valores en sintonía con la fe y la moral sin pretender representar a la iglesia (o al Opus Dei) en soluciones particulares.

Esto se verifica, por ejemplo, en el uso de palabras cuyo significado ha cambiado, como «propaganda» (n. 4c), nacida en el ámbito de la evangelización (en concreto del nombre del organismo de la Santa Sede Propaganda fide), pero que hoy reviste dimensiones semánticas inclinadas al ámbito político o ideológico e, incluso, a la manipulación. Habitualmente, estas evoluciones están señaladas en nota a pie de página en el propio texto de la edición crítica, como cuando se usa la locución, entonces común y no ofensiva, «lo que el negro del sermón, porque no entendía la lengua: los pies fríos y la cabeza caliente» (cfr. nota al n. 71b).

En otro orden de cosas, se observa el uso de comparaciones e imágenes, como las referidas al mundo militar, entonces corriente en la espiritualidad. Como es lógico, tanto antes como ahora, habría que interpretarlas metafóricamente y no en sentido literal, como cuando habla de «cruzada» (n. 45d) o «el enemigo» (n. 32a); o cuando apunta: «Lucharemos para combatir el error, procurando al mismo tiempo ganar esas almas para Cristo, haciéndonos todo para todos» (n. 19b). En el mismo texto se entiende que la lucha de la que habla san Josemaría es ante todo contra uno mismo y nunca es violencia: «Pero como Él (Jesús), primero hemos de dar el testimonio del ejemplo, porque no podemos tener una doble vida. No podemos enseñar lo que no practicamos; por lo menos, hemos de enseñar lo que luchamos por practicar» (n. 44c).

En la Carta se repiten las llamadas a la caridad y a la comprensión, a trabajar con todos, a reconocer los propios errores. Así, se ofrecen elementos suficientes para interpretar ese campo de significados y otros, teniendo en cuenta en su totalidad la mente del autor (cfr. n. 62b). En la misma línea, citando a san Pablo, y aplicándolo a la actuación de los medios de comunicación, Escrivá recuerda que «si alguien corrompe con la mala doctrina la fe por la que Cristo fue crucificado, ese debe ir al fuego inextinguible» (n. 17e), e inmediatamente añade: «Nosotros no juzgamos a nadie: no podemos saber lo que pasa en las conciencias de las gentes; pero sí podemos y debemos decir que esa actuación (…), por sus consecuencias, es objetivamente mala» (n. 18a).

En conclusión, tanto el género literario como el contexto, indican que esta Carta contiene elementos esenciales y, también, por la naturaleza del tema, muchas valoraciones prudenciales, históricas, previsiones de futuro e, incluso, cuestiones totalmente circunstanciales. Todo ello invita a una valoración diferenciada de las opiniones del autor, que son de distinta entidad: teológicas, filosóficas, sociológicas.

Los medios de comunicación de la Iglesia

A partir del párrafo n. 37, Escrivá desarrolla su visión sobre la actuación de la Iglesia en el ámbito de los medios de comunicación, constatando un cierto abandono por parte de los laicos católicos y reconociendo también «que la razón del éxito y del predominio, casi absoluto, de los instrumentos de comunicación llevados por los no católicos no está solo en el hecho de que han llegado antes: está también en que ordinariamente son mejores, desde el punto de vista técnico» (n. 39a). En esta línea compara la acción de los católicos, con el ánimo de estimularlos a tener más iniciativa, con otros que han sabido anticiparse a una tendencia generalizada con competencia y liderazgo, como cuando escribe: «Decidme cuántos grandes periódicos -de esos que tienen millones de lectores, y hacen y deshacen la opinión pública mundial- conocéis vosotros, que estén llevados por católicos practicantes: no hay ninguno. En cambio, esa prensa está dirigida por protestantes, por judíos, por masones o por marxistas practicantes» (n. 37c).

Siempre la Iglesia, sobre todo desde la creciente influencia de los medios, ha querido estar presente institucionalmente a través de la jerarquía con sus propios instrumentos de difusión (cfr. nn. 37-41). San Josemaría, al tiempo que alaba estas iniciativas («sabéis el bien que hacen», 40b), piensa que «al menos ahora, en algunos países», «ésta [la prensa oficialmente católica] no puede ser la solución para los problemas que plantea el mundo de la opinión pública» (n. 40d). Según su parecer, a los medios oficialmente católicos les ha faltado profesionalidad y han caído en el clericalismo: «Porque nadie da lo que no tiene: y si el clero se entromete en actividades que de suyo exigen una mentalidad genuinamente laical, el riesgo del clericalismo –en el sentido peyorativo de la palabra– es inminente» (n. 40a y b). Otra consecuencia del clericalismo es el peligro de encerrarse, más aún en épocas de polarización, en círculos católicos (n. 40c), sin aspiración de abrirse a nuevos ambientes, especialmente a los más secularizados. En términos positivos, añadía la importancia de los «periodistas católicos» que sean buenos profesionales (n. 48b).

Esta descripción sobre los medios oficialmente católicos, que no se refiere a un país en concreto, ha evolucionado notablemente en los últimos 60 años: su profesionalización ha crecido exponencialmente, no solo por la proliferación de facultades de periodismo y comunicación que ha permitido la entrada en este tipo de medios de personas muy capacitadas, sino también la mejora de los criterios organizacionales que los hacen sostenibles con estándares altos de profesionalidad. Pero, como en cualquier proyecto eclesial, el autor no deja de alertar sobre el riesgo del clericalismo.

No sabemos lo que diría hoy san Josemaría ante este nuevo escenario, aunque seguramente le alegraría constatar el bien que hacen estos medios, incluso porque la Pontificia Università della Santa Croce, un proyecto inspirado en su espíritu, se dedica a formar a personas que trabajan en comunicación en organizaciones católicas y en organismos de la Iglesia. En cualquier caso, en coherencia con la misión específica de los laicos, para él los genuinos protagonistas del apostolado de la opinión pública son los laicos –mujeres y hombres de cada tiempo– profesionalmente competentes y especializados, a quienes corresponde por el bautismo la santificación de las cuestiones temporales, entre las que se encuentran los medios de comunicación, la cultura y el entretenimiento.

Unos meses antes de la publicación del texto definitivo de esta Carta, el Concilio Vaticano II había proclamado la Constitución Pastoral Gaudium et spes, que en su n. 43 señala: «Compete a los laicos propiamente, aunque no exclusivamente, las tareas y el dinamismo seculares. Cuando actúan, individual o colectivamente, como ciudadanos del mundo, no solamente deben cumplir las leyes propias de cada disciplina, sino que deben esforzarse por adquirir verdadera competencia en todos los campos. Gustosos colaboren con quienes buscan idénticos fines. Conscientes de las exigencias de la fe y vigorizados con sus energías, acometan sin vacilar, cuando sea necesario, nuevas iniciativas y llévenlas a buen término».

Escrivá lo sintetiza de manera gráfica: además de una profunda piedad y formación en la fe, lo que hace falta es «mentalidad laical y competencia profesional» (n. 41c). La mentalidad laical asegura, por un lado, el no comprometer a la Iglesia con las propias opiniones y, por otro, el pluralismo entre los católicos: el profesional laico que actúa cristianamente lo hace a título personal, no representa a la Iglesia al dar sus opiniones y es responsable de las consecuencias económicas y sociales de su labor profesional y empresarial.

Con visión amplia, dirigiéndose a los miembros del Opus Dei, san Josemaría se refiere a tres ámbitos desde los cuales desarrollar esta labor de evangelización en la opinión pública. Primero, el apostolado personal de quienes trabajan profesionalmente en medios de comunicación. Segundo, el apostolado de opinión pública que cualquier cristiano puede realizar en su trabajo, aunque no esté directamente relacionado con los medios de comunicación, en sus círculos de amistades y relaciones, al difundir, con el ejemplo y la palabra, la fe del evangelio. En tercer lugar, el apostolado que el Opus Dei puede hacer como institución.

El mensaje del Opus Dei y la iniciativa de los laicos en el apostolado de la opinión pública

Nos referiremos ahora al tercer ámbito, que Escrivá desarrolla a partir del párrafo n. 53, pues ha habido una evolución en el acompañamiento institucional del Opus Dei a determinados proyectos. San Josemaría se refiere a las obras del apostolado de la opinión pública como un tipo de proyecto apostólico que de alguna manera recibe acompañamiento institucional del Opus Dei.

Como explica Luis Cano en la nota al párrafo n. 54a, «no se trata de las obras comunes de apostolado, que comenzaron en 1951, cuando un grupo de miembros del Opus Dei organizaron actividades en los medios de comunicación que denominaron así, y que, cuando salió esta Carta, estaban dejando de existir». Luego de unos años de experiencia, san Josemaría había entendido que el acompañamiento institucional del Opus Dei a esos proyectos generaba confusiones y, por tanto, había decidido suspender la relación institucional con ese tipo de proyectos.

San Josemaría impulsó la iniciativa de los laicos en el ámbito de la opinión pública. Su comprensión sobre la relación entre esas iniciativas y las autoridades del Opus Dei se afinó progresivamente a través de la experiencia. Inicialmente, la relación entre la iniciativa y el Opus Dei era estrecha y generaba confusión; sin embargo, con el tiempo fue precisando la distinción entre inspiración de las personas por un lado y gobierno institucional de esas iniciativas, por el otro. Al final, le quedaría claro que había que respetar y defender la responsabilidad personal y profesional de los laicos en estas iniciativas.

En este sentido, las obras de apostolado de la opinión pública que menciona en la Carta parecen una inercia de lo anterior, que con el tiempo ya han desaparecido. Lo importante para san Josemaría era afirmar la autonomía de los laicos para iniciar proyectos en la opinión pública. Estas iniciativas nunca fueron propiedad del Opus Dei, ni órganos de expresión del Opus Dei, ni representaron su criterio. Las enseñanzas del fundador orientan a que cada uno aporte desde su trabajo profesional, su propia responsabilidad y sus propias visiones sobre los temas humanos, políticos, artísticos, económicos, culturales y sociales, procurando configurar todas las realidades humanas según el amor y la libertad de Cristo y la dignidad de la persona (cfr. Surco 302). En este sentido, procurarán imprimir en su quehacer la doctrina de la Iglesia, tratando de ofrecer soluciones inspiradas en los valores del evangelio, pero sin representar institucionalmente ni a la Iglesia ni al Opus Dei.

No sería justo terminar estas reflexiones sin destacar la visión de san Josemaría en una época en la que proliferaban en ambientes católicos visiones preeminentemente negativas frente a la influencia de los medios de comunicación. Escrivá, en cambio, se coloca en la tradición de otras figuras no lejanas en el tiempo (pensemos en san Juan Bosco, san Arnold Janssen, el beato Giacomo Alberione, el venerable Fulton Sheen, entre otros) que ofrecen una propuesta optimista y esperanzada.

Si bien las referencias a los medios son constantes, en su caso, el acento se pone en los climas de opinión. San Josemaría combina una perspectiva panorámica con decenas de posibles iniciativas concretas, con el ideal de aportar valores en los distintos ámbitos y en los que todos los cristianos, por el hecho de su bautismo, pueden sentirse protagonistas de la evangelización de la sociedad. «El mundo es hoy una 'conversación global', donde los cristianos han de participar de modo activo, encontrar su voz y proponer su mensaje, que puede llegar hasta el último rincón del planeta, con toda su fascinante novedad, a través de los canales que ofrece el ámbito profesional de la comunicación» (Diccionario de San Josemaría Escrivá, voz «Apostolado de la Opinión Pública», p. 130).


Bibliografía

  • Luis Cano, «Las Cartas de san Josemaría. Hipótesis sobre su cronología y su género literario», Studia et Documenta, Vol. 17, Roma 2023, pp. 31-63.
  • Francesc Castells, «Las Cartas de san Josemaría. Estudio para una cronología», Studia et Documenta, Vol. 17, Roma 2023, pp. 11-30.
  • Josemaría Escrivá, «Cartas III, edición crítica preparada por Luis Cano», Rialp 2026, ver los apartados La colección de obras completas, la Introducción y Contexto e historia, este último específico sobre la Carta 12.
  • Josemaría Escrivá. Camino (edición literaria), Rialp 2025. Edición, introducción y notas de Fidel Sebastián Mediavilla.
  • Diccionario de san Josemaría Escrivá, Monte Carmelo 2013, 2.ª edición.

Jaime Cárdenas del Carre