Las bienaventuranzas con san Josemaría: un camino de contemplación y felicidad

Cada 1 de noviembre, la solemnidad de todos los santos nos propone este pasaje evangélico como una guía para la vida corriente: un itinerario realista para descubrir la presencia de Dios en medio del trabajo, la familia y las ocupaciones de cada día.

«Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu…» (Mt 5).

Las Bienaventuranzas no son un ideal lejano ni una teoría abstracta: son el corazón del mensaje de Jesús y una invitación directa a la felicidad. Él no enseñó nada que no hubiera encarnado primero. Por eso, sus palabras siguen resonando hoy con la misma fuerza en medio de nuestras prisas, el trabajo y la rutina diaria: la santidad se camina así, con nuestros defectos a cuestas y a través de pequeñas conversiones de cada día.

San Josemaría, que leía el Evangelio con una mirada llena de realismo y vida, recordaba que las bienaventuranzas marcan el sendero que debemos seguir hacia la santidad: un camino que transcurre, normalmente, en medio de las cosas del mundo.

Para acompañarte en este recorrido, hemos reunido cuatro textos de san Josemaría por cada bienaventuranza. Encontrarás desde pensamientos breves de una sola línea hasta reflexiones más pausadas de sus homilías, pensadas tanto para mirar hacia dentro como para cuidar el trato con los demás. Puedes leerlos de seguido o utilizarlos como luz para tu oración, a tu propio ritmo. Cada cita enlaza directamente al texto completo en escriva.org.


Índice

  1. Bienaventurados los pobres de espíritu
  2. Bienaventurados los que lloran
  3. Bienaventurados los mansos
  4. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia
  5. Bienaventurados los misericordiosos
  6. Bienaventurados los limpios de corazón
  7. Bienaventurados los pacíficos
  8. Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia
  9. Bienaventurados seréis cuando os injurien

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos

  • «Si tú deseas alcanzar ese espíritu, te aconsejo que contigo seas parco, y muy generoso con los demás; evita los gastos superfluos por lujo, por veleidad, por vanidad, por comodidad...; no te crees necesidades. En una palabra, aprende con San Pablo a vivir en pobreza y a vivir en abundancia, a tener hartura y a sufrir hambre, a poseer de sobra y a padecer por necesidad: todo lo puedo en Aquel que me conforta (Flp 4,12-13). Y como el Apóstol, también así saldremos vencedores de la pelea espiritual, si mantenemos el corazón desasido, libre de ataduras» (Amigos de Dios, 123).
  • «No consiste la verdadera pobreza en no tener, sino en estar desprendido: en renunciar voluntariamente al dominio sobre las cosas.

—Por eso hay pobres que realmente son ricos. Y al revés» (Camino, 632).

  • «Copio este texto, porque puede dar paz a tu alma: “Me encuentro en una situación económica tan apurada como cuando más. No pierdo la paz. Tengo absoluta seguridad de que Dios, mi Padre, resolverá todo este asunto de una vez.

Quiero, Señor, abandonar el cuidado de todo lo mío en tus manos generosas. Nuestra Madre —¡tu Madre!— a estas horas, como en Caná, ha hecho sonar en tus oídos: ¡no tienen!… Yo creo en Ti, espero en Ti, Te amo, Jesús: para mí, nada; para ellos”» (Forja, 807).

  • «¿No te da alegría sentir tan cerca la pobreza de Jesús?... ¡Qué bonito carecer hasta de lo necesario! Pero como El: oculta y silenciosamente» (Forja, 732).

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados

  • «Gozas de una alegría interior y de una paz, que no cambias por nada. Dios está aquí: no hay cosa mejor que contarle a Él las penas, para que dejen de ser penas» (Forja, 54).
  • «¿Lloras? —No te dé vergüenza. Llora: que sí, que los hombres también lloran, como tú, en la soledad y ante Dios. —Por la noche, dice el Rey David, regaré con mis lágrimas mi lecho.

Con esas lágrimas, ardientes y viriles, puedes purificar tu pasado y sobrenaturalizar tu vida actual» (Camino, 216).

  • «No pases indiferente ante el dolor ajeno. Esa persona —un pariente, un amigo, un colega..., ése que no conoces— es tu hermano» (Surco, 251).
  • «No te quejes, si sufres. Se pule la piedra que se estima, la que vale.

¿Te duele? —Déjate tallar, con agradecimiento, porque Dios te ha tomado en sus manos como un diamante... No se trabaja así un guijarro vulgar» (Surco, 235).


Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra

  • «Me hizo pensar la frase dura, pero cierta, de aquel varón de Dios, al contemplar la altanería de aquella criatura: “se viste con la misma piel del diablo, la soberbia”.

Y vino a mi alma, por contraste, el deseo sincero de revestirme con la virtud que predicó Jesucristo, “quia mitis sum et humilis corde”, —soy manso y humilde de corazón—; y que ha atraído la mirada de la Trinidad Beatísima sobre su Madre y Madre nuestra: la humildad, el sabernos y sentirnos nada» (Surco, 726).

  • «Serenidad. —¿Por qué has de enfadarte si enfadándote ofendes a Dios, molestas al prójimo, pasas tú mismo un mal rato... y te has de desenfadar al fin?» (Camino, 8).
  • «No reprendas cuando sientes la indignación por la falta cometida. —Espera al día siguiente, o más tiempo aún. —Y después, tranquilo y purificada la intención, no dejes de reprender. —Vas a conseguir más con una palabra afectuosa que con tres horas de pelea. —Modera tu genio» (Camino, 10).
  • «Chocas con el carácter de aquel o del otro... Necesariamente ha de ser así: no eres moneda de cinco duros que a todos gusta.

Además, sin esos choques que se producen al tratar al prójimo, ¿cómo irías perdiendo las puntas, aristas y salientes —imperfecciones, defectos— de tu genio para adquirir la forma reglada, bruñida y reciamente suave de la caridad, de la perfección?

Si tu carácter y los caracteres de quienes contigo conviven fueran dulzones y tiernos como merengues, no te santificarías» (Camino, 20).


Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados

  • «Grabémoslo bien en nuestra alma, para que se note en la conducta: primero, justicia con Dios. Esa es la piedra de toque de la verdadera hambre y sed de justicia (Mt 5,6), que la distingue del griterío de los envidiosos, de los resentidos, de los egoístas y codiciosos... Porque negar a Nuestro Creador y Redentor el reconocimiento de los abundantes e inefables bienes que nos concede, encierra la más tremenda e ingrata de las injusticias. Vosotros, si de veras os esforzáis en ser justos, consideraréis frecuentemente vuestra dependencia de Dios —porque ¿qué cosa tienes tú que no hayas recibido? (1 Co 4,7)—, para llenaros de agradecimiento y de deseos de corresponder a un Padre que nos ama hasta la locura» (Amigos de Dios, 167).
  • «Justicia es dar a cada uno lo suyo; pero yo añadiría que esto no basta. Por mucho que cada uno merezca, hay que darle más, porque cada alma es una obra maestra de Dios» (Amigos de Dios, 83).
  • «Por “el sendero del justo descontento”, se han ido y se están yendo las masas. Duele..., pero ¡cuántos resentidos hemos fabricado, entre los que están espiritual o materialmente necesitados!» (Surco, 228).
  • «Sin embargo, su Corazón lleno de Amor por los hombres le hizo cargar sobre sí, con la Cruz, todas esas torturas: nuestro sufrimiento, nuestra tristeza, nuestra angustia, nuestra hambre y sed de justicia» (Es Cristo que pasa, 168).

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia

  • «Jesucristo resume y compendia toda esta historia de la misericordia divina: bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mt 5,7). Y en otra ocasión: sed misericordiosos, como vuestro Padre celestial es misericordioso (Lc 6,36). Nos han quedado muy grabadas también, entre otras muchas escenas del Evangelio, la clemencia con la mujer adúltera, la parábola del hijo pródigo, la de la oveja perdida, la del deudor perdonado, la resurrección del hijo de la viuda de Naím (...). ¡Qué seguridad debe producirnos la conmiseración del Señor!» (Es Cristo que pasa, 7).
  • «La misericordia no se queda en una escueta actitud de compasión: la misericordia se identifica con la superabundancia de la caridad que, al mismo tiempo, trae consigo la superabundancia de la justicia. Misericordia significa mantener el corazón en carne viva, humana y divinamente transido por un amor recio, sacrificado, generoso» (Amigos de Dios, 232).
  • «Decía —sin humildad de garabato— aquel amigo nuestro: “no he necesitado aprender a perdonar, porque el Señor me ha enseñado a querer”» (Surco, 804).
  • «¡Mira qué entrañas de misericordia tiene la justicia de Dios! —Porque en los juicios humanos, se castiga al que confiesa su culpa: y, en el divino, se perdona. ¡Bendito sea el santo Sacramento de la Penitencia!» (Camino, 309).

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios

  • «Por vocación divina, unos habrán de vivir esa pureza en el matrimonio; otros, renunciando a los amores humanos, para corresponder única y apasionadamente al amor de Dios. Ni unos ni otros esclavos de la sensualidad, sino señores del propio cuerpo y del propio corazón, para poder darlos sacrificadamente a otros. (...)

La santa pureza no es ni la única ni la principal virtud cristiana: es, sin embargo, indispensable para perseverar en el esfuerzo diario de nuestra santificación y, si no se guarda, no cabe la dedicación al apostolado. La pureza es consecuencia del amor con el que hemos entregado al Señor el alma y el cuerpo, las potencias y los sentidos. No es negación, es afirmación gozosa» (Es Cristo que pasa, 5).

  • «¡Abre tu alma con claridad y sencillez, de par en par, para que entre —hasta el último rincón— el sol del Amor de Dios!» (Forja, 126).
  • «Alguno ha comparado el corazón a un molino, que se mueve por el viento del amor, de la pasión… Efectivamente, ese “molino” puede moler trigo, cebada, estiércol… —¡Depende de nosotros!» (Surco, 811).
  • «Jesús, en el camino. ¡Señor, qué grande eres siempre! Pero me conmueves cuando te allanas a seguirnos, a buscarnos, en nuestro ajetreo diario. Señor, concédenos la ingenuidad de espíritu, la mirada limpia, la cabeza clara, que permiten entenderte cuando vienes sin ningún signo exterior de tu gloria». (Amigos de Dios, 313)

Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios

  • «Tarea del cristiano: ahogar el mal en abundancia de bien. No se trata de campañas negativas, ni de ser antinada. Al contrario: vivir de afirmación, llenos de optimismo, con juventud, alegría y paz; ver con comprensión a todos: a los que siguen a Cristo y a los que le abandonan o no le conocen.

—Pero comprensión no significa abstencionismo, ni indiferencia, sino actividad» (Surco, 864).

  • «La paz es consecuencia de la victoria. La paz exige de mí una continua lucha. Sin lucha no podré tener paz» (Camino, 308).
  • «Que nadie lea tristeza ni dolor en tu cara, cuando difundes por el ambiente del mundo el aroma de tu sacrificio: los hijos de Dios han de ser siempre sembradores de paz y de alegría». (Surco, 59).
  • «El espíritu de comprensión es muestra de la caridad cristiana del buen hijo de Dios: porque el Señor nos quiere por todos los caminos rectos de la tierra, para extender la semilla de la fraternidad —no de la cizaña—, de la disculpa, del perdón, de la caridad, de la paz. No os sintáis nunca enemigos de nadie» (Es Cristo que pasa, 124).

Bienaventurados los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos

  • «El desprecio y la persecución son benditas pruebas de la predilección divina, pero no hay prueba y señal de predilección más hermosa que ésta: pasar ocultos» (Camino, 959).
  • No hay nadie en el mundo que, con razón o sin ella, no diga que es un incomprendido: incomprendido por el pariente, por el amigo, por el vecino, por el colega… Y piensa en las veces que te has sentido turbado, que has perdido la tranquilidad, porque no has sabido acudir a este Señor –Deus tuus, Dios tuyo– y confiar en Él. (En diálogo con el Señor, 16)
  • «Qué bonita oración, para que la repitas con frecuencia, la de aquel amigo que pedía por un sacerdote encarcelado por odio a la religión: “Dios mío, consuélale, porque sufre persecución por Ti. ¡Cuántos sufren, porque te sirven!”

—¡Qué alegría da la Comunión de los Santos!» (Forja, 258).

  • «A algunos pobrecitos les molesta el bien que haces, como si el bien dejara de serlo cuando no lo llevan a cabo o no lo controlan ellos…
    —Que esa incomprensión no te sirva de excusa para aflojar en tu tarea. Esfuérzate en rendir con mayor empeño, ahora: cuando en la tierra te faltan aplausos, más grata llega tu tarea al Cielo». (Forja, 962)

Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo

  • «Ante las acusaciones que consideramos injustas, examinemos nuestra conducta, delante de Dios, “cum gaudio et pace” —con alegre serenidad—, y rectifiquemos, aunque se trate de cosas inocentes, si la caridad nos lo aconseja.

—Luchemos por ser santos, cada día más: y, luego, “que digan”, siempre que a esos dichos se les pueda aplicar aquella bienaventuranza: “beati estis cum... dixerint omne malum adversus vos mentientes propter me” —bienaventurados seréis cuando os calumnien por mi causa» (Forja, 795).

  • «Para un hijo de Dios, las contradicciones y calumnias son, como para un soldado, heridas recibidas en el campo de batalla» (Surco, 240).
  • «“In silentio et in spe erit fortitudo vestra” —en el silencio y en la esperanza residirá vuestra fortaleza…, asegura el Señor a los suyos. Callar y confiar: dos armas fundamentales en el momento de la adversidad, cuando se te nieguen los remedios humanos.

El sufrimiento soportado sin queja —mira a Jesús en su Santa Pasión y Muerte— da también la medida del amor» (Forja, 799).

  • «Sufres en esta vida de aquí..., que es un sueño... corto. —Alégrate: porque te quiere mucho tu Padre-Dios, y, si no pones obstáculos, tras este sueño malo, te dará un buen despertar» (Camino, 692).