En la fiesta de San Josemaría Escrivá

Más de 1700 personas se conectaron para participar en la Misa celebrada por Mons. Alfredo José Espinoza, Primado del Ecuador. En su homilía resaltó la necesidad de remar hacia la inmensidad del Corazón de Dios.

Notas y comunicados

Con mucha alegría y cariño se celebró en Ecuador un año más la fiesta de San Josemaría. Las limitaciones por la pandemia del Covid-19 no permitieron un encuentro presencial multitudinario, pero eso no fue impedimento para que muchos fieles se unieran espiritualmente en la celebración virtual desde el Colegio Intisana, a través del canal de facebook de la Arquidiócesis de Quito.

Mons. Alfredo José durante la homilía

La misa, que fue celebrada por Mons. Alfredo José Espinoza, Arzobispo de Quito, Primado del Ecuador, acompañado del Vicario del Opus Dei, Mons. José Andrés Carvajal, fue una oportunidad para celebrar la vida, el testimonio, la entrega y el camino de santidad de San Josemaría. También fue momento para recordar cómo la fe ha sostenido a las personas durante esta cuarentena, permitiendo tener una mirada esperanzadora hacia el futuro y así lograr salir adelante en medio del dolor y las pérdidas de seres queridos que ha dejado esta emergencia.

Durante la homilía, Mons. Alfredo José se refirió a la primera lectura sobre la Creación y de cómo Dios modela al hombre y le da el “soplo de vida”, y citó al Papa Francisco con las siguientes palabras: “La primera página de la Biblia se parece a un gran himno de acción de gracias… en él, se reafirma continuamente la bondad y la belleza de todo lo que existe. Dios, con su palabra, llama a la vida, y todas las cosas entran en la existencia”.

Mons. José Andrés acompaña a Mons. Alfredo José Espinoza

Además, hizo una reflexión sobre agradecer a un Dios Creador, que es portador de vida y que llama a la vida ante una realidad de muerte que se vive a causa de esta pandemia. Destacó que contemplar la belleza y misterio de la Creación a través de la oración y aceptar que el hombre es un ser frágil que nace y que muere, es un contexto que puede llevar a levantar la mirada y el corazón hacia Dios, porque, como dice el Papa: “la relación con Dios es la grandeza del hombre”.

Continuó refiriéndose a que nadie ha sido ajeno a esta emergencia y que, de una u otra forma, la pandemia ha golpeado a todos y pudo haber arrastrado a la desesperanza; pero San Josemaría nos recuerda que precisamente en los tiempos de dificultad es cuando debemos confiar más en Dios: “Crécete ante los obstáculos. La gracia del Señor no te ha de faltar… ¿Qué importa que de momento hayas de recortar tu actividad si luego, como muelle que fue comprimido, llegarás sin comparación más lejos que nunca soñaste?” (Camino 12).

Durante la liturgia de la palabra

También se recordó a San Josemaría como un hombre de oración y de encuentro profundo con el Señor y es ahí, delante del Señor, donde se encontrará la fortaleza para crecer ante los obstáculos y dificultades. Esta realidad se predica coherentemente con lo que enseña el Papa Francisco sobre la oración: “Los hombres y mujeres que rezan saben que la esperanza es más fuerte que el desánimo. Creen que el amor es más fuerte que la muerte… Los hombres y mujeres de oración llevan en sus rostros destellos de luz; porque incluso en los días más oscuros el sol no deja de iluminarlos. La oración te ilumina: te ilumina el alma, te ilumina el corazón y te ilumina el rostro. Incluso en los tiempos más oscuros, incluso en los tiempos de dolor más grande”

La celebración finalizó con un aire de esperanza, en el que todos pueden fortalecerse en la oración para ser portadores de alegría. “Remar mar adentro” fueron las palabras de Jesús que recordó Mons. Alfredo José. Remar hacia el mar de la esperanza, de la vida, de la confianza, de la honradez, de la alegría, de la santidad cotidiana del amor, hacia la inmensidad del Corazón de Dios y del mar inmenso del Corazón de María, porque como dijo San Josémaría: “¡Madre!, llámala fuerte, fuerte. Te escucha, te ve en peligro quizá, y te brinda, tu Madre Santa María, con la gracia de su Hijo, el consuelo de su regazo, la ternura de sus caricias y te encontrarás reconfortado para la nueva lucha” (Camino 516).