Hay un pueblo en la ciudad

Julie recibió una dura noticia tras el parto de su sexto hijo. Debido a una infección de la aguja epidural se le había paralizado el cuerpo, del ombligo hacia abajo. Cuando la noticia llegó a oídos de sus amigos se organizaron para volcarse, durante meses, con esta familia portuguesa que necesitaba tanta ayuda. Lo cuenta ella misma.

La historia de ayuda a una enferma portuguesa

El parto no salió como se esperaba... Tuve una complicación muy rara llamada absceso epidural. Una bacteria (MRSA) se introdujo en la aguja epidural y provocó una infección en el sistema nervioso central. Me operaron, pero quedé en silla de ruedas, con incapacidad de movimiento y ausencia de sensibilidad del ombligo para abajo. Para nosotros era dramático, porque tengo seis hijos pequeños a los que estaba cuidando, incluido el recién nacido.

Al conocerse el alcance de la lesión y de que la recuperación sería muy lenta, se formó una avalancha de personas que nos querían ayudar. A través de unos amigos nos regalaron la silla de ruedas, el sillón ortopédico, un colchón antiescaras, una silla para el baño y todo lo que se me ocurrió pedir en un grupo de WhatsApp. 

Muchos nos ofrecieron ayuda económica sin que la hubiéramos pedido. Gracias a eso, y a la sugerencia de otras dos personas, dos fisioterapeutas acudieron rápidamente a mi casa para trabajar conmigo desde el primer momento, algo que está siendo fundamental en mi recuperación. Una amiga enfermera se puso a su disposición para ayudar sin cobrar e hizo de todo, desde cambiar pañales hasta poner inyecciones...

Nos encontrábamos desbordados por el cariño que recibíamos en un momento tan duro para la familia. Cientos de personas enviaron mensajes diciendo que rezaban por nosotros. Además nos llegaron algunas reliquias y agua de Lourdes y recibí dos rosarios especiales, uno de ellos bendecido por D. Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei.

Una visita de dos mujeres que ayudan al prelado del Opus Dei en el trabajo de gobierno

Pasados unos días, ya en casa, tocaba coordinar la logística doméstica. Mi marido y yo estábamos intentando cuadrar horarios y detallando la lista de tareas, cuando unos amigos llamaron por teléfono para ofrecerse a traer la cena a diario y a acostar a los niños los fines de semana. Pasados unos minutos otro amigo de mi marido se presentó en casa a recoger tres bolsas enormes de ropa sucia que teníamos acumulada y devolverlas lavadas y dobladas...

Aunque no pudimos conseguir ayuda fija y remunerada para tener una asistenta en casa, diferentes amigos nos dedicaron su tiempo, generosa y alegremente. Venían a las siete de la mañana para ayudar a mi marido y volvían por la noche, cuando incluso contaban historias a nuestros hijos para que se durmieran. Su cercanía se ampliaba en los fines de semana, pues llevan a nuestros hijos a pasear por el parque o a otros lugares.

Poco a poco, emocionados ante la constancia del soporte indispensable que recibíamos, pudimos afrontar los siguientes obstáculos. No siempre encontrábamos soluciones ni éramos capaces de mantener la serenidad. Creo que Dios me concedió su ayuda a través de la oración de tantas personas.

Una foto de la llegada a casa, gracias a varios amigos, después de días en el hospital.

Por ejemplo, el director del colegio de uno de nuestros hijos le llevó a la capilla y rezaron juntos una oración por la salud de su madre. Mi marido fue a misa a ese colegio y se sorprendió al oír al sacerdote ofrecer la misa por mi mejoría.

En estos meses he compartido algunas reflexiones sobre los acontecimientos en un grupo de WhatsApp y todo el mundo comenta lo mucho que les conmueve, lo mucho que nos siguen y rezan por nosotros. Yo estoy convencida de que me sostiene la comunión diaria, que me traen por turnos a casa varios sacerdotes.

Estos son solo algunos ejemplos de una enorme red de personas que se ha hecho increíblemente visible en esta crisis familiar. Nunca nos hemos sentido solos, que debe ser lo peor del sufrimiento. Nunca me he sentido impotente. Siento una fuerza sobrenatural que me mantiene alegre y optimista sobre mi recuperación la mayoría de los días. ¿Cómo puedo desanimarme con tantas personas rezando por mí y abriéndome sus corazones, queriendo hacer cualquier cosa para ayudarnos?


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Como supernumeraria del Opus Dei he sentido que esta familia con vínculos sobrenaturales, que ayuda en lo material y espiritual —como las aldeas de otros tiempos—, no sustituye a la familia natural. Es más grande que ella, la abraza y también la apoya.

Después de varios meses todavía no puedo estar de pie sin apoyo ni caminar, pero tengo mucha más sensibilidad y movimiento. He superado las expectativas de los médicos. Están asombrados al ver mis progresos, ya que el pronóstico habitual de la recuperación de los nervios es lenta.

En el hospital, con un ramo de flores enviado por una amiga

No ha sido un milagro extraordinario, por el que una pasa de no caminar a levantarse en un instante. Pero ha sido un milagro ordinario, extendido a lo largo de las semanas, con ayudas materiales, oraciones diarias y constantes. Este es el tipo de santidad —cotidiana y ordinaria— que buscamos los miembros del Opus Dei. La ilusión que me ha sostenido en este milagro de la recuperación, que todo indica será total.

El Papa habla mucho de la soledad y el individualismo de nuestro tiempo, pero en esta prueba he comprobado la generosidad y el amor de muchas personas que nos rodean. Y en la familia hemos aprendido que es posible compartir el sufrimiento con los demás, y que así se hace más liviano. Porque aún existe un pueblo en la ciudad, de ayuda mutua y amistad.


El artículo fue publicado originalmente en la página web de la Obra en Portugal, en diciembre de 2022.