Café, sacramentos y preguntas que nadie se había atrevido a hacer

Los sábados, los salones y patios de Monteverde se llenan de conversaciones. Los jóvenes llegan con el interés de aprender, pero también con una inquietud más profunda que muchos descubren apenas al cruzar la puerta: la necesidad de fortalecer su vida espiritual.

Hay un lugar en el occidente de Bogotá donde los sábados huelen a café recién hecho, a pan con queso, y —si uno pone atención— a algo más difícil de nombrar: esa mezcla rara entre curiosidad y gracia que aparece cuando la gente, por fin, se anima a hacer las preguntas que lleva años guardando.

El Centro Cultural y Deportivo Monteverde no es nuevo en esto de cambiar vidas. Desde 1972 ha visto pasar a cientos de jóvenes que hoy son abuelos, padres e hijos, y que llevan grabado en algún lugar de su historia el sello de este espacio. Desde hace quince años, sus programas Juventus y Mejor Bachiller acompañan a muchachos del barrio con una promesa concreta: formación integral como puerta de entrada a una beca universitaria. Robótica, matemáticas, administración, metodología de la investigación. Pero también, si uno llega con los ojos abiertos, algo más.

Los sábados, los salones y patios de Monteverde se llenan de conversaciones que van con naturalidad entre la última canción del ídolo del momento y los resultados del fútbol capitalino. Los jóvenes llegan con el interés de aprender, pero también con una inquietud más profunda que muchos descubren apenas al cruzar la puerta: la necesidad de fortalecer su vida espiritual.

Era un sábado cualquiera cuando Nicolás, director de Monteverde, lanzó una pregunta al aire frente al grupo:
—¿Quiénes de acá saben qué es el bautismo?

Algunas manos subieron con timidez. Otras se quedaron quietas. Y en el silencio que siguió, una voz se atrevió:

—¿Qué es el bautismo?

Nicolás sonrió. No era la primera vez que escuchaba esa pregunta, y sabía que detrás de ella había muchas más. Así funciona Monteverde: nadie obliga a nadie, pero la puerta siempre está abierta. Cada sábado por la tarde se dedica una hora a la formación en los sacramentos y el catecismo de la Iglesia Católica. Con el tiempo, decenas de jóvenes han hecho su Primera Comunión, se han confirmado o han sido bautizados aquí, de manera libre y espontánea, como quien descubre algo propio que no sabía que estaba buscando.

Fue en una de esas jornadas cuando el ingeniero Javier R. propuso algo que nadie había pensado antes. Recién graduado de la maestría en Teología de la Universidad de La Sabana, Javier tenía una intuición clara: los jóvenes se preparaban para recibir los sacramentos, pero sus padres y padrinos muchas veces llegaban a esas celebraciones sin entender bien lo que estaban presenciando. O incluso, algunos nunca habían recibido los sacramentos y no sabían dónde prepararse. La solución era simple y, como las mejores ideas, casi obvia en retrospectiva: incluirlos.

A la primera sesión llegaron trece personas. Padres, algunos padrinos, caras nuevas en Monteverde. Al principio la conversación avanzó despacio, con esa cautela característica de los adultos que no quieren parecer ignorantes. Pero cuando la timidez se rompió, las preguntas llegaron sin parar: ¿Qué es la Biblia? ¿Qué son los Evangelios? ¿Cuándo instituyó Dios los sacramentos? ¿Dios nos oye?

Javier había preparado una clase de una hora. Salió dos horas después, y la conversación continuó de pie en el pasillo. El sábado siguiente decidió combatir el frío bogotano con una decisión simple: llevar café. El gesto transformó el ambiente de inmediato. Y al siguiente encuentro, los asistentes llegaron con pan, chocolate y queso. Sin que nadie lo planificara, las charlas habían dejado de ser una clase para convertirse en algo mucho más antiguo y más humano: una tertulia.

La propuesta comenzó a dar frutos más allá de lo esperado. Varias parejas empezaron a plantearse el matrimonio religioso y muchos adultos decidieron finalmente confirmarse. Cada vez es más común encontrar personas que no han recibido los sacramentos y no saben dónde prepararse. Monteverde se convirtió así en una oportunidad que muchos comenzaron a aprovechar.

Meses después, una de las madrinas lo confesó entre risas:

—Yo pensé que en estas clases me iba a dormir.
Hizo una pausa y añadió con una sonrisa:
—Pero resulta que tenía una cantidad de dudas guardadas desde hace años.

En octubre se realizó la última sesión del año. Los hijos y ahijados de los participantes estaban próximos a recibir sus sacramentos, y el ciclo parecía completo. Pero antes de levantarse, uno de los padres preguntó lo que todos estaban pensando:

—¿Y por qué no seguimos el año entrante?
Cuatro manos más se levantaron de inmediato.

Porque resulta que cuando uno encuentra un lugar donde las preguntas son bienvenidas, el café está caliente y el Evangelio se explica con palabras de todos los días, no hay mucho afán de irse. Esa ha sido la esencia de Monteverde desde siempre: no solo formar profesionales, sino acompañar personas en el camino más completo de todos.