En los versículos del relato de la creación del capítulo 1 del libro del Génesis, Dios considera que sus criaturas son «buenas y hermosas». En siete ocasiones, el Creador contempla con satisfacción sus obras, casi con mirada paternal, y las reconoce como «algo bueno» (en hebreo, tôb[1]). La satisfacción divina en la obra de la creación alcanza su clímax al crear al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, una obra que Dios mismo califica de «muy buena» (cfr. Gn 1,31). Otros pasajes del Antiguo Testamento muestran al Creador regocijándose por la belleza del mundo y por la multiplicidad de los seres que lo pueblan (cfr. Prv 8,30-31; Sir 43,21-25; Sal 104).
La bondad del mundo indica que la creación es un valor en sí misma. Su existencia es un bien. Son un bien las criaturas que la componen, así como su naturaleza específica, expresada a través de los dinamismos, las leyes y las relaciones que las rigen. La causa más profunda de la bondad y dignidad del mundo se comprende a la luz del misterio del Verbo encarnado: todo el universo manifiesta su orden misterioso y originario para acoger la humanidad del Hijo de Dios, por medio de quien y en vista de quien todas las cosas han sido creadas (cfr. Col 1,16-17). Hacia esta humanidad tendían el orden y las propiedades de las diversas criaturas, la orientación interna de sus procesos hacia un fin y el desarrollo histórico del cosmos en el espacio y en el tiempo.
Una forma de mirar al mundo
Si la mirada de Dios creador sobre el mundo es una mirada paternal, nuestra mirada sobre la creación es filial, reconocedora y agradecida. Reconocemos la vida como un don y nos maravillamos ante la armonía y la belleza del universo que nos acoge. Comprendemos que cada criatura tiene un significado en los designios de Dios y posee una autonomía que debe ser respetada. De modo particular, es la libertad de la criatura humana la que merece nuestra más alta consideración, por ser «signo privilegiado de la imagen divina» (Gaudium et spes, n. 17). Gracias a su libertad, los seres humanos pueden actuar responsablemente como hijos, cooperando, a través del trabajo, en la conducción de la creación hacia su plenitud. La condición filial, el respeto a la libertad y el reconocimiento de la autonomía de las cosas creadas son aspectos interrelacionados.
Sin embargo, a lo largo de la época moderna, el reconocimiento de Dios como Creador y sentido último de todas las cosas ha entrado a menudo en conflicto con la afirmación de la libertad humana y la autonomía del mundo. «Muchos de nuestros contemporáneos –escribían los Padres del Concilio Vaticano II– parecen temer que, si se estrechan demasiado los lazos entre la actividad humana y la religión, se vea impedida la autonomía de los hombres, de las sociedades y de las ciencias» (Gaudium et spes, n. 36). Este contraste ha adoptado, en ocasiones, tonos triunfalistas, al situar en el centro a un superhombre o a un «homo deus», y, en otras, tonos angustiados, como en las diversas formas de nihilismo y ateísmo existencial. No es raro que Dios y el ser humano sean vistos como antagonistas: para afirmar a uno parece necesario menoscabar al otro. En este marco, la libertad humana se interpretaría como la ausencia de todo vínculo normativo, incluso frente a una naturaleza cuyas leyes se pretende rechazar o subvertir a voluntad. Resulta emblemática, a este respecto, la reivindicación de una libertad de investigación entendida como libertad absoluta para realizar todo lo que sea técnica o científicamente posible, así como una libertad de elección mal entendida en cuestiones morales delicadas, especialmente aquellas que atañen a la sacralidad de la vida humana.
La teología cristiana ha enseñado, y sigue enseñando, que la supuesta alternativa entre el hombre y Dios se sustenta en bases inconsistentes (cf. Gaudium et spes, nn. 34-36). El cristiano sabe que afirmar el vínculo del mundo con Dios, en quien cree como Creador y Señor, no le impide afirmar, al mismo tiempo, su propia libertad y secularidad –esto es, su vida en el mundo y en la historia–, así como la legítima autonomía de las cosas creadas. Iluminados por la verdad de la encarnación del Verbo, los creyentes desean construir la ciudad de los hombres al tiempo que buscan edificar la ciudad de Dios. La síntesis de estas dos perspectivas se hace posible cuando se pone el acento en la condición filial del ser humano ante Dios, una cualidad que capacita para informar todas las acciones del cristiano: libertad filial, obediencia filial, trabajo filial, oración filial…
No han faltado, a lo largo de los siglos, autores que han sabido conciliar la revalorización del sujeto y de su libertad con la afirmación de un vínculo religioso que exprese la dependencia del hombre y del mundo respecto de Dios. Basta pensar en la importancia que san Agustín concedía al sujeto y a su experiencia vital, o en la primacía de la conciencia en el pensamiento de san John Henry Newman. Pensemos también en la dimensión personalista y existencial de la fe puesta de relieve por Blaise Pascal, Søren Kierkegaard o Jean Mouroux. Otros autores, como el beato Antonio Rosmini, han reflexionado sobre la libertad y la responsabilidad del cristiano en las actividades sociales, políticas y científicas. El Magisterio social de la Iglesia, especialmente desde finales del siglo XIX, ha puesto el acento en la importancia de edificar la ciudad de los hombres, considerando este compromiso como parte necesaria del camino que conduce hacia la ciudad de Dios.
Las enseñanzas del fundador del Opus Dei se inscriben en esta misma perspectiva. Nacidas de una preocupación esencialmente espiritual y pastoral, contienen también implicaciones teológicas precisas. El énfasis en la condición filial del cristiano que trabaja en el mundo fue un elemento clave de la predicación de san Josemaría. La libertad de todos los cristianos en sus decisiones profesionales, políticas y sociales, sin más vínculo que la fe y la moral de Jesucristo y las orientaciones del Magisterio, ocupa un lugar privilegiado en sus escritos. Su visión sobre la santificación del trabajo y la competencia con que el cristiano debería desempeñarlo le llevó a subrayar que las actividades terrenas poseen dinamismos y valores propios, y siguen leyes específicas, reguladas por la profesionalidad y los conocimientos de quienes las ejercen.
Valoradas en el contexto de la sociedad y del mundo laboral contemporáneos, la predicación y los escritos de san Josemaría ofrecen recursos valiosos para superar la falsa disyuntiva que algunas corrientes de la modernidad habían planteado –y, en parte, siguen planteando– entre una legítima revalorización del sujeto y una igualmente legítima afirmación del señorío de Dios. Comprender el trabajo y las actividades humanas a la luz del designio de Dios sobre la creación no significa forzar su significado, penalizarlas o derogarlas, sino estimar y respetar su legítima autonomía. Como ya se ha señalado a lo largo de estos artículos, este enfoque deriva de la profunda comprensión que san Josemaría tuvo de la lex incarnationis: la asunción de una verdadera naturaleza humana por parte del Verbo encarnado hace que la perspectiva cristiana respete, con la única excepción del pecado, todo lo humano, atrayéndolo, elevándolo y redimiéndolo sin anularlo.
«El cristiano, cuando trabaja, como es su obligación, no debe soslayar ni burlar las exigencias propias de lo natural. Si con la expresión bendecir las actividades humanas se entendiese anular o escamotear su dinámica propia, me negaría a usar esas palabras. Personalmente no me ha convencido nunca que las actividades corrientes de los hombres ostenten, como un letrero postizo, un calificativo confesional. Porque me parece, aunque respeto la opinión contraria, que se corre el peligro de usar en vano el nombre santo de nuestra fe, y además porque, en ocasiones, la etiqueta católica se ha utilizado hasta para justificar actitudes y operaciones que no son a veces honradamente humanas» (Es Cristo que pasa, n. 184)
Los primeros destinatarios de la predicación de san Josemaría y de la institución a la que dio vida, el Opus Dei, son los fieles laicos, cuya condición secular los lleva a santificar las realidades terrenas desde dentro. A ellos deseaba proporcionar instrumentos espirituales, ascéticos y teológicos capaces de sostener su compromiso como ciudadanos de las dos ciudades, evitando el doble riesgo del clericalismo y del laicismo. Estas razones nos impulsan ahora a releer, con mayor atención, algunas enseñanzas del fundador del Opus Dei sobre estas cuestiones.
Secularidad, amor a la libertad y responsabilidad en la vida civil y profesional
La referencia a la condición secular del cristiano que vive y actúa en el mundo es frecuente en los escritos y en la predicación de san Josemaría. Esta se presenta como parte del núcleo del espíritu del Opus Dei, ya que es a partir de dicha condición que sus hijos espirituales están llamados a buscar la santidad a través del trabajo y de las actividades cotidianas:
«Se comprende, hijos, que el apóstol pudiera escribir: todas las cosas son vuestras, vosotros sois de Cristo y Cristo es de Dios(1Cor 3,22-23). […] Esta doctrina de la Sagrada Escritura, que se encuentra –como sabéis– en el núcleo mismo del espíritu del Opus Dei, os ha de llevar a realizar vuestro trabajo con perfección, a amar a Dios y a los hombres […]. Son muchos los aspectos del ambiente secular, en el que os movéis, que se iluminan a partir de estas verdades. Pensad, por ejemplo, en vuestra actuación como ciudadanos en la vida civil. Un hombre sabedor de que el mundo –y no solo el templo– es el lugar de su encuentro con Cristo, ama ese mundo, procura adquirir una buena preparación intelectual y profesional, va formando –con plena libertad– sus propios criterios sobre los problemas del medio en que se desenvuelve; y toma, en consecuencia, sus propias decisiones que, por ser decisiones de un cristiano, proceden además de una reflexión personal, que intenta humildemente captar la voluntad de Dios en esos detalles pequeños y grandes de la vida» (Conversaciones, nn. 115-116).
El concepto de «secularidad» es muy distinto del de «secularismo», que designa una visión arreligiosa del mundo. También se diferencia de la «secularización», entendida como un proceso histórico orientado a eliminar la presencia de Dios y el sentido religioso de la sociedad humana en todas sus formas. Es cierto que algunas interpretaciones del término «secularización» buscan reafirmar la autonomía de la sociedad y de las actividades humanas y, por tanto, lo emplean en un sentido positivo: el de declericalizar o desacralizar. San Josemaría utiliza sobre todo el adjetivo «secular» y el sustantivo «secularidad», y critica, en cambio, el «clericalismo»; al hacerlo, afirma los mismos valores defendidos por quienes, al hablar de secularización, revalorizan la autonomía de la vida civil frente a una presencia intrusiva o teocrática de la religión.
«Los cristianos gozáis de la más plena libertad, con la consecuente personal responsabilidad, para intervenir como mejor os plazca en cuestiones de índole política, social, cultural, etcétera, sin más límites que los que marca el Magisterio de la Iglesia. […] Este sacrosanto respeto a vuestras opciones, mientras no os aparten de la ley de Dios, no lo entienden los que ignoran el verdadero concepto de la libertad que nos ha ganado Cristo en la Cruz, qua libertate Christus nos liberavit (Gal 4,31) los sectarios de uno y otro extremo: esos que pretenden imponer como dogmas sus opiniones temporales; o aquellos que degradan al hombre, al negar el valor de la fe colocándola a merced de los errores más brutales» (Amigos de Dios, n. 11).
Exhorta a los creyentes a actuar con libertad y responsabilidad, sin involucrar a la Iglesia en disputas humanas ni utilizar el adjetivo «católico» para influir en relaciones que tendrían que quedar exclusivamente confiadas a la responsabilidad personal y a la profesionalidad de quienes actúan en el mundo. El tono empleado por el fundador del Opus Dei es, en muchas ocasiones, enérgico y contundente (cfr. Es Cristo que pasa, n. 99; Conversaciones, nn. 34, 47; etc.). Una frase concisa y eficaz resume su pensamiento: «Los cristianos deben servir a la Iglesia, pero no servirse de la Iglesia» (cfr. Surco, n. 355; Conversaciones, n. 90). Se trata de una recomendación necesaria si se considera el daño que muchos creyentes han causado al apostolado y a la evangelización al presentar a la Iglesia, a los ojos de quienes no creen, como un grupo de presión en el que procurarse relaciones e influencias a su favor, con fines que poco o nada tienen que ver con la difusión del Evangelio.
El tema de la santificación del trabajo se integra de forma natural en la lógica de la exhortación de san Josemaría a una secularidad basada en una libertad responsable. Los resultados que el cristiano desea obtener en su actividad laboral, así como los legítimos intentos de mejorar sus condiciones sociales, deben apoyarse en las virtudes y en la profesionalidad, y no en favoritismos ni en relaciones forjadas en círculos eclesiásticos. El clericalismo, en efecto, afecta no solo a aquellos eclesiásticos que no respetan la autonomía de la vida civil y profesional, sino también a aquellos fieles laicos que, valiéndose de su condición de creyentes, buscan atajos para obtener lo que deberían alcanzar únicamente gracias a su trabajo bien hecho.
La tarea de los pastores consistiría, así, en formar a los fieles laicos sin sustituirlos ni dirigirlos, de modo que cada bautizado actúe con criterio cristiano al tomar decisiones en el ámbito laboral y en la vida familiar y social. Por ello, es necesario que los fieles laicos conozcan en profundidad la Doctrina Social de la Iglesia, especialmente en aquellos aspectos que afectan de cerca a su profesión o actividad, y sepan aplicarla con responsabilidad personal. Esto vale, de modo análogo, también para las tareas sociales y familiares, que son igualmente objeto de las enseñanzas de la Iglesia. Será lógico que estas cuestiones sean contenido de la oración y del acompañamiento espiritual de quienes desean santificar su realidad cotidiana en medio del mundo y piden luz y consejo para hacerlo conforme a su vocación cristiana. En efecto, la legítima autonomía de las realidades terrenas no significa convertir el propio trabajo en un ámbito reservado, cerrado a quienes tienen la misión de orientar las conciencias. El deseo de identificarse con Jesucristo ha de impregnar cada aspecto de la propia actividad e iluminar cada faceta de la vida.
«Tú –piensas– tienes mucha personalidad: tus estudios –tus trabajos de investigación, tus publicaciones–, tu posición social –tus apellidos–, tus actuaciones políticas –los cargos que ocupas–, tu patrimonio..., tu edad, ¡ya no eres un niño!... Precisamente por todo eso necesitas más que otros un Director para tu alma» (Camino, n. 63).
La confidencialidad y el secreto profesional –que san Josemaría defendió siempre con firmeza– son compatibles con un acompañamiento espiritual profundo, capaz de orientar cristianamente el trabajo y el testimonio de los creyentes.
Una de las implicaciones teológicas más interesantes del modo de actuar que el fundador del Opus Dei enseñó a vivir en este ámbito es una mejor comprensión de la relación entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común de los fieles, sobre la cual el Concilio Vaticano II nos ha legado páginas de gran relevancia (cf. Lumen gentium, nn. 2, 10-11). Ya décadas antes del Concilio, san Josemaría enseñaba a sus hijos espirituales, sacerdotes y laicos, que el sacerdocio ministerial está al servicio del sacerdocio común de los fieles, y que este último opera en el orden de los fines –la ordenación del mundo hacia Dios–, mientras que el primero actúa en el orden de los medios –la administración de los sacramentos y la dirección espiritual–. Como resumió en una entrevista concedida a L’Osservatore Romano en 1968, una vez que se comprenda mejor la vocación de los laicos, también los pastores vivirán mejor la suya:
«El modo específico de contribuir los laicos a la santidad y al apostolado de la Iglesia es la acción libre y responsable en el seno de las estructuras temporales, llevando allí el fermento del mensaje cristiano. El testimonio de vida cristiana, la palabra que ilumina en nombre de Dios, y la acción responsable, para servir a los demás contribuyendo a la resolución de los problemas comunes, son otras tantas manifestaciones de esa presencia con la que el cristiano corriente cumple su misión divina. […] Quisiera añadir que, junto a esta toma de conciencia de los laicos, se está produciendo un análogo desarrollo de la sensibilidad de los pastores. Se dan cuenta de lo específico de la vocación laical, que debe ser promovida y favorecida mediante una pastoral que lleve a descubrir en medio del Pueblo de Dios el carisma de la santidad y del apostolado, en las infinitas y diversísimas formas en las que Dios lo concede» (Conversaciones, n. 59).
El aprecio por la secularidad y la libertad llevó al fundador del Opus Dei a distanciarse de aquellas posturas –a veces promovidas en buena fe– de quienes pretendían obligar a los creyentes a adoptar posiciones «oficialmente católicas» en cuestiones en las que, por el contrario, se admite una legítima pluralidad de opiniones. Esto le ocasionó, como han puesto de manifiesto los historiadores, descontentos e incomprensiones no solo en los círculos eclesiásticos, sino también entre los mismos católicos laicos. Escribía en una de sus cartas:
«Vuestra fe os tiene que guiar, al juzgar sobre los hechos y las situaciones contingentes de la tierra. Con plena libertad obraréis, porque la doctrina católica no impone soluciones concretas, técnicas, a los problemas temporales; pero sí os pide que tengáis sensibilidad ante esos problemas humanos, y sentido de responsabilidad para hacerles frente y para darles un desenlace cristiano. Vuestro amor a todos los hombres os debe llevar a afrontar los problemas temporales con valentía, según vuestra conciencia. […] Os lo repito una vez más: tenéis plena libertad de criterio, obráis con libertad personal, vuestra es pues la responsabilidad. Que vuestro criterio sea siempre un criterio cristiano, y que la caridad inspire vuestro modo de actuar: así haréis obra apostólica, si además sabéis respetar la legítima opinión de los otros, conviviendo en la paz y en la comprensión» (Carta 14, nn. 28-29).
Uno de los pasajes más conocidos y vibrantes en los que el fundador del Opus Dei expone de forma sintética esta visión secular y responsable de la vida cristiana se encuentra en la homilía Amar al mundo apasionadamente, pronunciada en 1967 en el campus de la Universidad de Navarra, en Pamplona. Al referirse al cristiano que actúa con rectitud ante Dios y ante los hombres, afirma:
«A ese cristiano jamás se le ocurre creer o decir que él baja del templo al mundo para representar a la Iglesia, y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas. ¡Esto no puede ser, hijos míos! Esto sería clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso, es hacer violencia a la naturaleza de las cosas. Tenéis que difundir por todas partes una verdadera mentalidad laical, que ha de llevar a tres conclusiones:
a ser lo suficientemente honrados, para pechar con la propia responsabilidad personal;
a ser lo suficientemente cristianos, para respetar a los hermanos en la fe, que proponen –en materias opinables– soluciones diversas a la que cada uno de nosotros sostiene;
y a ser lo suficientemente católicos, para no servirse de nuestra Madre la Iglesia, mezclándola en banderías humanas» (Conversaciones, n. 117).
Construir la ciudad de los hombres, camino hacia la ciudad de Dios
El trabajo mediante el cual el hombre transforma el mundo y edifica la ciudad terrena no obstaculiza el camino que cada uno, tanto a título personal como colectivo, recorre hacia la ciudad de Dios. Es más, para que el trabajo esté verdaderamente orientado a Dios, es preciso ejercer una auténtica «ciudadanía» en la ciudad de los hombres. Desde los primeros siglos de la Iglesia, la laicidad y la secularidad, entendidas como manifestación de una vida ejemplar y leal en el respeto a las leyes justas y a las autoridades legítimas, se han considerado una condición indispensable para el apostolado cristiano. El Nuevo Testamento ofrece un hermoso testimonio de ello en la primera carta de Pedro (cfr. 1 Pe 2,13-21). En ella se exhorta a los cristianos a asumir sus responsabilidades, porque la ciudad de los hombres les pertenece tanto como la ciudad de Dios.
En una página de la Carta 29, el fundador del Opus Dei ofrece su interpretación de la enseñanza de Jesús sobre la distinción entre lo que pertenece a Dios y lo que pertenece al César (cf. Mt 22,21). De acuerdo con la mejor tradición cristiana, san Josemaría aclara que tal distinción no equivale a desentenderse de los compromisos temporales:
«Se malentiende, a veces, aquella distinción que hizo el Señor entre las cosas de Dios y las cosas del César. Distinguió Cristo los campos de jurisdicción de dos autoridades: la Iglesia y el Estado y, con ello, previno los efectos nocivos del cesarismo y del clericalismo. […] Pero la distinción establecida por Cristo no significa, en modo alguno, que la religión haya de relegarse al templo –a la sacristía– ni que la ordenación de los asuntos humanos haya de hacerse al margen de toda ley divina y cristiana. Porque esto sería la negación de la fe de Cristo, que exige la adhesión del hombre entero, alma y cuerpo; individuo y miembro de la sociedad.
El mensaje de Cristo ilumina la vida íntegra de los hombres, su principio y su fin, no solo el campo estrecho de unas subjetivas prácticas de piedad. Y el laicismo es la negación de la fe con obras, de la fe que sabe que la autonomía del mundo es relativa, y que todo en este mundo tiene como último sentido la gloria de Dios y la salvación de las almas» (Carta 29, n. 31).
San Josemaría retoma esta misma perspectiva en el capítulo «Ciudadanía» de Surco. El mundo es «lo nuestro», nos pertenece –afirma–, porque en él la mayoría de los bautizados deben ejercer las virtudes que los configurarán con Cristo.
«El mundo… –“¡Esto es lo nuestro!”… –Y lo afirmas, después de poner la mirada y la cabeza en el cielo, con la seguridad del labriego que camina soberano por su propia mies: “regnare Christum volumus!” –¡queremos que él reine sobre esta tierra suya!» (Surco, n. 292).
«No es verdad que haya oposición entre ser buen católico y servir fielmente a la sociedad civil. Como no tienen por qué chocar la Iglesia y el Estado, en el ejercicio legítimo de su autoridad respectiva, cara a la misión que Dios les ha confiado. Mienten –¡así: mienten!– los que afirman lo contrario. Son los mismos que, en aras de una falsa libertad, querrían “amablemente” que los católicos volviéramos a las catacumbas» (Surco, n. 301).
Como se señalaba al inicio, enseñar que la santidad cristiana es plenamente posible en un contexto de vida secular remite al núcleo del espíritu y de la misión del Opus Dei: santificarse trabajando con libertad filial in saeculum, es decir, en las realidades terrenas y temporales. Para ello, se requiere conocer las leyes propias del mundo, la naturaleza de las cosas creadas y lo que atañe a la ciudad de los hombres, respetando sus dinamismos y su autonomía. Este compromiso conduce a cristianizar la sociedad humana, a transformarla desde dentro mediante la caridad de Jesucristo.
«No nos ha creado el Señor para construir aquí una Ciudad definitiva (cfr. Hb 13,14). […] Sin embargo, los hijos de Dios no debemos desentendernos de las actividades terrenas, en las que nos coloca Dios para santificarlas, para impregnarlas de nuestra fe bendita, la única que trae verdadera paz, alegría auténtica a las almas y a los distintos ambientes. Esta ha sido mi predicación constante desde 1928: urge cristianizar la sociedad; llevar a todos los estratos de esta humanidad nuestra el sentido sobrenatural, de modo que unos y otros nos empeñemos en elevar al orden de la gracia el quehacer diario, la profesión u oficio. De esta forma, todas las ocupaciones humanas se iluminan con una esperanza nueva, que trasciende el tiempo y la caducidad de lo mundano» (Amigos de Dios, n. 210).
Lo que predicó el fundador del Opus Dei muestra una singular convergencia con los contenidos de la constitución Gaudium et spes del Concilio Vaticano II en lo que se refiere al sentido y al valor de las actividades terrenas, cuando estas quedan iluminadas por el misterio pascual de Jesucristo (cfr. nn. 33-39). En estas páginas, el Concilio defiende la legítima autonomía de las realidades terrenas (cfr. n. 36), afirma la importancia de la construcción de la ciudad de los hombres en la edificación de la ciudad de Dios (cfr. n. 34) y reconoce que a ese dinamismo contribuyen no solo las grandes obras, sino también las circunstancias ordinarias de la vida (cfr. n. 38). El Concilio reconoce implícitamente la condición «filial» de la libertad –explícita en san Josemaría– al aludir a la «forma cristológica» que debe asumir la acción humana para transformar el mundo mediante la caridad. La cooperación del trabajo humano en la ciudad de Dios, en efecto, no es fruto de un automatismo: son la gracia y los dones del Espíritu Santo los que perfeccionan la actividad humana, permitiéndole conducir la creación hacia su plenitud.
Esta serie está coordinada por el prof. Giuseppe Tanzella-Nitti. Cuenta con otros colaboradores, algunos de los cuales son profesores y profesoras de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma).
[1] Quizá no sea casualidad que la Sagrada Escritura utilice el mismo término solo una vez más en todo el Antiguo Testamento, cuando la madre de Moisés vio que su hijo, recién nacido, era «hermoso» (cfr. Ex 2,2).

