Amistad (Voz del diccionario de San Josemaría Escrivá de Balaguer)

Voz «Amistad» del Diccionario de San Josemaría Escrivá de Balaguer, que aborda la figura y la predicación del fundador del Opus Dei desde una doble perspectiva: una biográfico-histórica y otra teológico-espiritual, con el objeto de facilitar el conocimiento de su personalidad y de su mensaje.

Opus Dei - Amistad (Voz del diccionario de San Josemaría Escrivá de Balaguer)

La amistad con Dios y la amistad con los hombres son categorías y realidades que san Josemaría cultivó de modo eminente en su vida y que enseñó a vivir. De acuerdo con la tradición filosófica y teológica, veía en la amistad el cauce adecuado para expresar la apertura hacia los demás.

1. Idea de amistad

Para la cultura clásica, la amistad es la relación humana por excelencia, pues en ella se dan las condiciones para una relación libre y de plena reciprocidad entre las personas. Por esta razón, es considerada una condición sine qua non para la vida feliz.

Según Aristóteles, la amistad es lo más necesario para la vida; de modo que, “el hombre feliz necesita amigos” (Aristóteles, Ética a Nicómaco, IX, 1170 b 15-19). Sin amigos nadie querría vivir, aunque poseyera los demás bienes, porque la prosperidad no sirve de nada si se está privado de la posibilidad de hacer el bien, la cual se ejercita sobre la base de la amistad: “es propio del amigo hacer el bien” (Aristóteles, Ibidem, IX, 1171 b 14-25). Pero, además de necesaria, la amistad es bella; y se alaba a los que aman a sus amigos, e incluso se equiparan los hombres buenos a los buenos amigos. De esto se sigue que la amistad requiere reciprocidad; sin algún tipo de reciprocidad, la amistad es imposible. La reciprocidad propia de la amistad perfecta reside en querer. La virtud del amigo es querer. Por eso piensa Aristóteles que la amistad va acompañada de virtudes; sin ellas no se da verdaderamente.

En los Evangelios, Jesucristo habla de amistad y manifestaciones de amistad. Y en esos mismos Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles encontramos numerosos ejemplos del amor de amistad con el que se trataban los primeros cristianos; los discípulos hablan a sus amigos de Jesucristo, la predicación del Evangelio se hace entre los amigos de los primeros cristianos.

A través de los Padres de la Iglesia, las enseñanzas sobre la amistad de pensadores griegos y romanos son asumidas en la idea cristiana del hombre y de la sociedad. Pero lo que constituye una novedad, incluso para el judaísmo, es la relación de amistad entre Dios y el hombre, que Jesucristo encarna en su vida terrena y de la que hace partícipes a todos los cristianos.

Los autores clásicos coinciden en señalar que la nota que distingue la amistad de otras formas de amor es una semejanza en la virtud, en las cualidades de los amigos. Sin duda, entre Dios y el hombre se da la mayor desemejanza. ¿Cómo es posible ese amor de amistad si la distancia es inconmensurable? La clave está en las palabras y acciones de Jesucristo. Dios hecho Hombre, Dios que ama con corazón humano, Hombre que manifiesta el infinito amor de Dios.

En el evangelio de san Juan se encuentran afirmaciones de Jesucristo bien explícitas: “A vosotros os he llamado amigos” (Jn 15, 15), y refiriéndose a sí mismo: “nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). El llanto por la muerte de su amigo Lázaro, la tristeza ante la deserción del joven rico, el diálogo con Judas en el huerto de los olivos, son sin duda muestras de la amistad de Jesús, de la intimidad con sus amigos.

El cristianismo dota a la amistad de un sentido hasta entonces desconocido en la cultura tanto judía como greco-romana: el hombre es capaz de relacionarse con Dios en términos de amistad. Por su naturaleza, el amor de amistad entraña benevolencia y amor mutuo. La vida de los santos ofrece un claro testimonio de la novedad en la experiencia de fe que lleva consigo saberse amigo de Dios.

Santo Tomás de Aquino apreciaba que la amistad tiene algo de divino: “La caridad es la amistad del hombre con Dios principalmente, y con los seres que le pertenecen” (S.Th., II, q. 23, a. 1). En la Mística española se encuentran magníficos ejemplos de esa amistad con la persona de Dios-Hijo. Presentan un modelo de trato con Dios que, por un lado, sigue fielmente al único modelo que es Jesucristo y, por otro, responde a los anhelos más íntimos del corazón humano. La literatura mística desvela facetas del amor que han traspasado el ámbito de la vivencia religiosa; sus textos son incluidos en las antologías poéticas.

Desde la distancia y radical desemejanza, la amistad entre Dios y el hombre inspira palabras que, jugando con la contradicción y la paradoja, logran apresar lo inefable de la unión amorosa mejor que los grandes poemas de amor.

En esta tradición netamente cristiana –mantenida sobre todo por la experiencia de los místicos– se sitúa la comprensión y vivencia de la amistad de san Josemaría. Al comentar los Evangelios, descubre a Jesús, modelo de amigo y ejemplo de amistad sincera. La amistad –junto con la filiación– son las relaciones que enmarcan la apertura personal del cristiano, no sólo hacia las demás personas, sino principalmente hacia Dios.

Mons. Álvaro del Portillo afirma en la Presentación de Amigos de Dios: “Hijos de Dios, Amigos de Dios: ésa es la verdad que Mons. Escrivá de Balaguer quiso grabar a fuego en los que le trataban (…). Filiación y amistad son dos realidades inseparables para los que aman a Dios”. San Josemaría procuraba mover a las almas para que no pensaran “en la amistad divina exclusivamente como un recurso extremo” (AD, 247). La meta de la vida cristiana, afirma, es “la unión de amistad con Dios” (S, 665).

2. La amistad entre Dios y el hombre

Para san Josemaría, consciente de que todo el amor procede de Dios, pues Él nos amó primero (cfr. 1 Jn 4, 19), la amistad del hombre con Dios no es sino respuesta a la iniciativa de Dios, a la primera amistad que es la de Dios con el hombre. Como afirma Benedicto XVI, amar a Dios “ya no es sólo un «mandamiento», sino la respuesta al don del amor, con el cual viene a nuestro encuentro” (DCe, 1).

Pero Dios no impone su amor; queda en manos de cada hombre, de su libertad, la respuesta a esa iniciativa de amistad divina: “…en su voluntad está resolverse a vivir como amigo o como enemigo. Así empieza el camino” (AD, 36). Es ante todo un camino interior, en el que el hombre se encuentra a sí mismo al responder amorosamente a Dios: “El amor de Dios por nosotros es una cuestión fundamental para la vida y plantea preguntas decisivas sobre quién es Dios y quiénes somos nosotros” (DCe, 2). Para san Josemaría esta verdad simplifica la vida del cristiano: “El principal requisito que se nos pide –bien conforme a nuestra naturaleza– consiste en amar (…) sin reservarnos nada. En esto consiste la santidad” (AD, 6).

Sin libertad no podemos amar, pero “sólo cuando se ama se llega a la libertad más plena” (AD, 38). Libertad y amor se reclaman mutuamente, es decir, la amistad entre Dios y el hombre presupone la condición humana libre. Por eso, si al amor de Dios sólo se puede responder con amor, san Josemaría no ve contradicción alguna entre libertad y respuesta incondicional a Dios. Libertad y amor se fecundan entre sí: “la libertad sólo puede entregarse por amor” y “la libertad renueva el amor” (AD, 31). Puede decirse que san Josemaría lo fía todo en la libertad, pues sólo la libertad –no las cualidades personales– nos hace capaces de la amistad con Dios. Si, como hemos visto, sin virtudes no es posible la amistad entre los seres humanos, de modo que quien aspira a entablar una amistad debe crecer en las virtudes para merecerla, en la relación con Dios las cosas son a la inversa: Dios ofrece su amistad y si el hombre, abriendo su corazón, la acoge, se da en él un proceso de crecimiento progresivo en la virtud.

También aquí san Josemaría ve en Jesucristo el modelo a seguir. “Nunca podremos entender esa libertad de Jesucristo, inmensa –infinita– como su amor” (AD, 26). Cristo “se entrega a la muerte con la plena libertad del amor” (VC, X Estación). En el cristiano que sigue sus pasos, la amistad con Dios implica una creciente identificación con la voluntad divina. Jugando con la paradoja, san Josemaría afirma que “nada hay mejor que saberse, por Amor, esclavos de Dios. Porque en ese momento perdemos la situación de esclavos, para convertirnos en amigos, en hijos” (AD, 35).

Para san Josemaría la amistad es camino, el único camino hacia Dios. Si buscamos a Jesús, “participaremos en la dicha de la divina amistad” (AD, 300). Y esto constituye el auténtico motivo de la vida cristiana: “No comprendo cómo se puede vivir cristianamente sin sentir la necesidad de una amistad constante con Jesús en la Palabra y en el Pan, en la oración y en la Eucaristía” (ECP, 154).

Los Evangelios nos presentan a Jesús, Verbo encarnado, Hijo de Dios hecho Hombre, manteniendo una relación de amistad con los Apóstoles, con discípulos como Lázaro, Marta y María, a los que se refiere claramente como amigos. Este es un tema muy frecuente de la predicación de san Josemaría, la cual desglosa las diversas maneras en las que Jesucristo nos dio ejemplo de su amistad. Cuando presenta la Humanidad de Jesucristo, entre otras características, menciona la amistad: “el Verbo de Dios (…) ha trabajado con sus manos, ha conocido la amistad y la obediencia, ha experimentado el dolor” (ECP, 112). Recuerda que “es Amigo, el Amigo: vos autem dixi amicos (Jn 15, 15), dice. Nos llama amigos y Él fue quien dio el primer paso; nos amó primero. Sin embargo, no impone su cariño: lo ofrece. Lo muestra con el signo más claro de la amistad: nadie tiene amor más grande que el que entrega su vida por sus amigos (Jn 15, 13). Era amigo de Lázaro y lloró por él, cuando lo vio muerto: y lo resucitó. Si nos ve fríos, desganados, quizá con la rigidez de una vida interior que se extingue, su llanto será para nosotros vida: Yo te lo mando, amigo mío, levántate y anda (cfr. Jn 11, 43; Lc 5, 24), sal fuera de esa vida estrecha, que no es vida” (ECP, 93).

San Josemaría se conmueve ante el amor de amistad de Jesús. Se refiere a la Eucaristía como la muestra de su infinito amor, el signo más claro de su amistad (cfr. ECP, 83). Conocedor de la pobre respuesta que puede dar el cristiano a la prueba de amistad de Jesucristo que supone la Eucaristía, le llama, desvelando las mociones de su propio corazón, “el gran Solitario”.

Del Sagrario dice que es Betania: “Es verdad que a nuestro Sagrario le llamo siempre Betania... –Hazte amigo de los amigos del Maestro: Lázaro, Marta, María. –Y después ya no me preguntarás por qué llamo Betania a nuestro Sagrario” (C, 322). La firmeza con la que san Josemaría afirma: “¡No hay más amor que el Amor!” (C, 417) tiene como consecuencia que el empeño por corresponder al amor de amistad de Dios manifestado en Jesucristo requiera un trato íntimo, confiado, que describe con imágenes claras: “el Señor no será para nosotros Juez, sino amigo” (ECP, 187). Se refiere a Dios como “el Amigo” (C, 422; ECP, 93); también le llama “mi Amigo” (F, 913), “el gran Amigo” (C, 88), “un Amigo grande y bueno del niño sencillo” (F, 346). Invita a tratar a Jesucristo en la oración, “como se confía en un hermano, en un amigo, en un padre” (AD, 245; cfr. ECP, 116), y así “hasta que se convierta en tu Amigo, en tu Confidente, en tu Guía” (S, 680). Un amigo al que se le da todo: “Un amigo es un tesoro. –Pues... ¡un Amigo!..., que donde está tu tesoro allí está tu corazón” (C, 421).

Si la vida cristiana se entiende como un trato de amistad con Dios, no sorprende que para crecer en el trato con el Espíritu Santo san Josemaría hable de frecuentar la amistad con Él. “Propósito: «frecuentar», a ser posible sin interrupción, la amistad y trato amoroso y dócil con el Espíritu Santo. –Veni, Sancte Spiritus...! –¡Ven, Espíritu Santo, a morar en mi alma!” (F, 514).

La relación de amistad es igualmente adecuada para tratar a los santos; en Amigos de Dios, hablando de cómo hacer oración, propone: “para seguir las huellas de Jesucristo, cambiad palabras de amistad con los que le conocieron de cerca” (AD, 252). Así mismo, recomienda este tipo de relación para tratar a los Ángeles custodios y a las almas del purgatorio (cfr. AD, 315; C, 571).

3. La amistad entre los hombres

Si Jesucristo se hace Hombre por amor y quiere la amistad con los hombres, igualmente los cristianos deben acercar las almas a Jesucristo, hacerlo presente a los demás a través del amor y de la amistad hacia ellos: “La caridad con el prójimo es una manifestación del amor a Dios” (AD, 232). Las dos formas de la amistad, con Dios y con los hombres, reflejan la doble dimensión del amor, ascendente y descendente, que san Josemaría presenta como una unidad. Como afirma Benedicto XVI, el hombre “no puede dar únicamente y siempre, también debe recibir. Quien quiere dar amor, debe a su vez recibirlo como don.

Es cierto –como nos dice el Señor– que el hombre puede convertirse en fuente de la que manan ríos de agua viva (cfr. Jn 7, 37-38). No obstante, para llegar a ser una fuente así, él mismo ha de beber siempre de nuevo de la primera y originaria fuente que es Jesucristo, de cuyo corazón traspasado brota el amor de Dios” (DCe, 7).

Precisamente el amor universal de Dios por los hombres implica un apostolado igualmente universal: “universalidad de la caridad significa, por eso, universalidad del apostolado” (AD, 230). La certeza de que todo cristiano por el Bautismo recibe la condición de hijo de Dios queda reflejada en una fórmula renovadora de la misión apostólica de todo cristiano: “No hay, pues, más que una raza: la raza de los hijos de Dios” (ECP, 106). La igualdad ganada por la condición de hijos de Dios nos convierte además en hermanos: “Todos los bautizados –hombres y mujeres– participan por igual de la común dignidad, libertad y responsabilidad de los hijos de Dios. En la Iglesia existe esa radical unidad fundamental que enseñaba ya San Pablo” (CONV, 14).

Esta igualdad singulariza la comunión de la Iglesia y, como consecuencia de esto, prepara el terreno para una forma de vivir su misión apostólica en la que el punto de partida es precisamente la igual dignidad entre los hombres. San Josemaría la denomina “apostolado de amistad y confidencia”.

Presenta la amistad de Jesucristo con los hombres como el modelo del apostolado del cristiano. Así precisa: “Cuando te hablo de «apostolado de amistad», me refiero a amistad «personal», sacrificada, sincera: de tú a tú, de corazón a corazón” (S, 191). Las palabras y acciones de Jesucristo son el contenido del mensaje apostólico de los primeros cristianos, de todo cristiano.

La amistad como modo característico de relación con los demás sitúa la caridad en un plano de igualdad, en el que –como hemos visto– la reciprocidad es una exigencia irrenunciable. San Josemaría distingue claramente el apostolado de amistad de otras formas de servicio y trato en las que se acepte una desigualdad entre el que ofrece y el que recibe. Si la caridad de un hijo de Dios no se confunde “con el poco claro afán de ayudar a los otros para demostrarnos a nosotros mismos que somos superiores” (AD, 230), mucho menos puede suceder esto en el apostolado de amistad, pues recibe su especificidad de la realidad inconfundible en que consiste la verdadera amistad.

En Jesucristo, la amistad se revela en su plenitud y esto tiene consecuencias para la amistad entre seres humanos. Jesucristo reina sirviendo, amando, dando la vida por sus amigos; trae la ley del amor, la justicia del doble mandamiento que convierte en primeros a los últimos y a todos los hombres en hijos de Dios. El cristiano debe vivir las relaciones de amistad con esa misma radicalidad. Apelando a esa forma superior de justicia, san Josemaría aconseja: “No tengas enemigos. –Ten solamente amigos: amigos... de la derecha –si te hicieron o quisieron hacerte bien– y... de la izquierda –si te han perjudicado o intentaron perjudicarte” (C, 838). El cristianismo da un sentido pleno a esa inclinación a “hacer el bien”, propia de la amistad. “Con tu amistad y con tu doctrina –me corrijo: con la caridad y con el mensaje de Cristo–, moverás a muchos no católicos a colaborar en serio, para hacer el bien a todos los hombres” (S, 753).

San Josemaría entiende que la amistad es la urdimbre en la que arraiga un orden social justo. Sólo esa relación deja espacio a la verdadera justicia: “En un cristiano, en un hijo de Dios, amistad y caridad forman una sola cosa” (F, 565). Porque la caridad cristiana, que eleva la amistad, recoge las características que le son propias.

Las exigencias de la justicia no son menores entre los amigos, sino que la virtud de la amistad es ya el ejercicio de una forma de justicia más plena que la presente en cualquier otra forma de sociedad humana. Se trata de una justicia que reconoce y aprecia al otro no solo por las cualidades y a pesar de sus defectos, sino que exige querer a los demás con sus defectos (cfr. F, 954). La armonía y el entendimiento que se dan entre los amigos crean un espacio de justicia, de comprensión y ayuda mutua, en el que no se requiere propiamente otra ley que la del amor. Esta clase superior de justicia es la que inaugura Jesucristo con todos sus discípulos, es la que debe regir entre los cristianos y en toda verdadera amistad humana. “Te consideras amigo porque no dices una palabra mala. –Es verdad; pero tampoco veo una obra buena de ejemplo, de servicio... –Esos son los peores amigos” (S, 740).

San Josemaría predica la santificación del mundo desde las mismas entrañas de la sociedad civil. Sabe bien que una sociedad se forja, entre otras, mediante las relaciones de amistad. Es una experiencia universal que la amistad es capaz de disolver el escepticismo más radical sobre la verdad y la justicia.

Para san Josemaría la amistad sincera y leal es capaz de superar todos los obstáculos, todas las dificultades que impiden una convivencia justa y, sobre todo, mantienen al hombre alejado de Dios; donde hay amistad sincera, hay alegría, amor, entrega, fidelidad (cfr. S, 733, 746; ECP, 49).

Siendo una relación natural, anima a llevar una vida de amistad precisamente por su importancia en la construcción de una sociedad más digna y humana. Por su centralidad constituye el verdadero foco de todas las relaciones humanas. “Para que este mundo nuestro vaya por un cauce cristiano –el único que merece la pena–, hemos de vivir una leal amistad con los hombres, basada en una previa leal amistad con Dios” (F, 943). Porque para el cristiano corriente, es en la vida social donde se despliegan las virtudes humanas y cristianas. A esa unidad vital se refiere san Josemaría cuando afirma que “viviendo la caridad –el Amor– se viven todas las virtudes humanas y sobrenaturales del cristiano, que forman una unidad y que no se pueden reducir a enumeraciones exhaustivas.

La caridad exige que se viva la justicia, la solidaridad, la responsabilidad familiar y social, la pobreza, la alegría, la castidad, la amistad...”. Y concluye: “se ve en seguida que la práctica de estas virtudes lleva al apostolado. Es más: es ya apostolado” (CONV, 62).

Para san Josemaría ningún aspecto de la existencia humana –por muy insignificante que parezca– es indiferente en el camino hacia el encuentro con Dios. La amistad no puede quedar al margen de la lucha por la santidad; la amistad cristiana es una relación basada en la virtud y acompañada de virtudes. Del mismo modo que san Josemaría enseñaba que las virtudes humanas son la base de las virtudes cristianas, que sólo podemos amar a Dios con el mismo corazón con el que amamos a los seres humanos y las cosas buenas de este mundo, presenta la amistad como una pieza clave en la formación humana y en la práctica ascética del cristiano: es una manera de vivir y de relacionarse en la que se puede y se debe crecer. Entre los consejos que da para mejorar en la vida cristiana aparecen junto a los tradicionalmente considerados en la ascética otros que directamente apuntan a la amistad. “No resulta compatible amar a Dios con perfección, y dejarse dominar por el egoísmo –o por la apatía– en el trato con el prójimo” (S, 745).

La amistad verdadera supone también un esfuerzo cordial por comprender, por ayudar y servir al amigo (cfr. S, 730, 731, 740, 746). Siguiendo el modelo del Amigo, como Él, recuerda que ser amigo implica “dar gustosamente su vida los unos por los otros, en la hora heroica y en la convivencia corriente” (S, 750).

Cuando enumera las virtudes sobre las que se apoya la vida espiritual, entre la pobreza, la alegría y la castidad, sitúa también la amistad (cfr. CONV, 62). Los verbos con los que se refiere a esa promoción continua de la amistad denotan el particular peso que le otorga en la existencia plena del cristiano: cultivar, cuidar, sembrar (cfr. ECP, 36). La amistad debe ser leal, sincera (cfr. F, 454; S, 747; ECP, 149). Como conducta libre del hombre la amistad está abierta a su crecimiento, pero también a su perversión por la deslealtad, la falta de fortaleza, etc. (cfr. C, 160). Tanto la amistad con Dios como con los hombres puede perderse y malograrse (cfr. F, 043).

San Josemaría menciona virtudes que son también dimensiones de la amistad. Por lo que se manifiesta esa acción unitiva del entero ser humano que el amor, la amistad, realiza. Esto se da de modo pleno en la amistad con Dios, que configura la existencia del cristiano con unidad de vida.