Venezuela: donde cayeron paredes se levantaron redes de apoyo

El país se negó a rendirse tras los terremotos de 7.2 y 7.5 que sacudieron el territorio venezolano el 24 de junio de 2026. Tres instituciones cercanas a la Obra, entre muchas otras que trabajan en función de los afectados, cuentan sus experiencias y los motivos que las animan a seguir en la ayuda y la reconstrucción

La Guaira recibe a decenas de voluntarios tras el terremoto del 24 de junio

La tierra tembló y, en cuestión de segundos, la geografía de los afectos venezolanos cambió para siempre. El impacto de los terremotos del 24 de junio atravesó a todos. Es difícil encontrar a alguien que no haya sido tocado por la tragedia: amigos entrañables, familiares, vecinos y conocidos perdieron la vida, mientras que miles de familias vieron cómo sus casas y, con ellas, su cotidianidad y los recuerdos de toda la vida se reducían a escombros.

En medio de la oscuridad de las primeras horas, comenzó a gestarse un movimiento indetenible. Donde cayeron paredes, se levantaron redes de apoyo. La ciudadanía demostró que la solidaridad es más que un impulso emocional, es una capacidad extraordinaria de organización, logística y, sobre todo, de profunda empatía.

Tres iniciativas, nacidas desde una ONG, una institución educativa y una parroquia, ilustran cómo Venezuela decidió abrazar a los suyos en un momento terrible, aportando no solo insumos materiales, sino la dignidad a quienes lo perdieron todo.

Impaktemos y Trucutu: aquí todos caben

Para la ONG Impaktemos, el sismo marcó un antes y un después. Como organización dedicada a la asesoría y seguimiento social, se dieron cuenta de que había una inmensa cantidad de personas dispuestas a ayudar. Sin embargo, los grandes donantes exigían estructuras consolidadas, proyectos con trazabilidad y la certeza de que su dinero llegaría a las manos correctas. Así nació el proyecto DYA (Dota y Acompaña).

Pero la realidad superó cualquier planificación. Ana Julia, la nueva gerente general, puso a disposición la quinta Trucutu, una casa familiar caraqueña que se convirtió en un gran centro de acopio. Allí ocurrió un fenómeno social fascinante: convergieron exconvictos del proyecto Free Convict, jóvenes de colegios, profesores de surf de las playas de Anare, y personas llegadas del exterior. Todos trabajando con la misma meta.

De esa sinergia surgieron historias que parecen de película. Grisel Guerra de Avellaneda, supernumeraria y miembro de la Junta Directiva de Impaktemos, relata cómo el ímpetu individual encontró respaldo en la estructura de la ONG.

Una de esas historias es la de Francisco Schutte, un joven arquitecto que bajó a Catia La Mar (La Guaira) y encontró un espacio abandonado con personas que no tenían nada. “Él subió a Caracas y dijo: ‘Como arquitecto me doy cuenta de que necesito un taladro’. Consiguió gente que le dio plata, compró un taladro industrial y bajó a la mañana siguiente. Con ese taladro, él solo salvó a 16 personas con sus propias manos y apoyó a una chama que dio a luz la misma noche del terremoto”, cuenta Grisel.

Hoy, Schutte lidera un proyecto único junto a otros arquitectos en Trucutu, canalizando fondos internacionales para construir refugios temporales dignos, con agua y saneamiento.

Otra historia imborrable es la de Ana Corina, una joven que llegó de Estados Unidos, fue a La Guaira y notó la barrera del idioma entre los rescatistas internacionales y las víctimas. Pasó 48 horas seguidas traduciendo en las labores de salvamento y los rescatistas estadounidenses le otorgaron un "pin" de honor. Hoy, dejó sus planes atrás y trabaja formalmente en Impaktemos.

A pesar de la magnitud de la ayuda material, Grisel Guerra destaca cuál es la verdadera misión de todo este esfuerzo:

“Las víctimas necesitan primero compañía y mucha compañía. Saber que el centro de Impaktemos es el acompañamiento de personas es muchísimo más valioso. Estos valores hicieron que dijéramos: hay que actuar ya".

Colegio Los Arcos: Logística, dignidad y fe

La comunidad del Colegio Los Arcos, obra corporativa del Opus Dei en Caracas, transformó desde la cantina hasta salones de clase en un inmenso centro de distribución de ropa, medicinas, comida y artículos de aseo personal. La sinergia entre alumnos, padres, exalumnos y profesores fue total.

Allí, la eficiencia no restó humanidad; al contrario, potenció el cuidado por los detalles. Los médicos leían minuciosamente los componentes de las medicinas para encontrar sustitutos exactos si faltaba algún fármaco. Los jóvenes se tomaban al pie de la letra su labor de descargar vehículos, corriendo apenas llegaba una donación.

Cyany Pérez, supernumeraria y vocera de la comunidad de Los Arcos, recuerda anécdotas que evidencian el nivel de compromiso: “Una mamá se llevaba a su casa la ropa donada para lavarla y armar las canastillas de los bebés. También tuvimos el caso de un papá de un exalumno que se ‘agarró’ el colegio para él. Tenía una disposición de ¿qué hago?, ¿en qué colaboro? todo el día. Había que mandarlo a sentar”.

El manejo de los alimentos fue otro hito. Recibieron desde un pollo hasta 100 kilos de proteínas. Mamás y papás —hubo gran cantidad de caballeros en los fogones— cocinaron diariamente para que los afectados comieran variado y delicioso. “¿Cuánto le servimos? Lo que tú quisieras encontrar en tu plato. Todo con una dignidad increíble”, añade Cyany.

Pero el gran diferenciador de Los Arcos fue su acompañamiento espiritual. La ropa se revisaba dos veces y cada kit de alimentos o útiles escolares llevaba un mensaje de fe.

"Todo lo que hicimos, lo hicimos de cara a Dios. No era ayudar por ayudar, es ayudar primero desde el corazón. A los kits escolares les poníamos una medallita de la Virgen de Coromoto, patrona de Venezuela. Las mamás hacían pulseritas, regalábamos estampitas de san José Gregorio Hernández o santa Carmen Rendiles. No solamente ellos iban a colaborar, sino que se les daba un abrazo y se les reconocía su esfuerzo", afirma Cyany con orgullo.

Parroquia Sagrada Familia: la Iglesia en acción

La respuesta espiritual y material también desbordó desde la parroquia Sagrada Familia de Nazaret y San Josemaría, ubicada en La Tahona, Caracas. La Conferencia Episcopal Venezolana se apoyó en este templo, así como en otras dos iglesias caraqueñas, para concentrar las ayudas de Cáritas Venezuela en las primeras semanas tras el doble terremoto.

Más de 100 voluntarios se unieron a un chat de coordinación para descargar donativos masivos, incluyendo un enorme camión gestionado desde Bucaramanga (Colombia) por la organización Impaktemos, que descargó toneladas de ayuda directamente en la parroquia.

Su párroco, el padre Jean Duque, observó cómo las necesidades cambiaban. Primero urgían guantes para rescatistas, generadores eléctricos y agua. Luego, la ropa se convirtió en un tema central, pero también en una lección. Al principio, la ropa llegaba en bolsas a La Guaira, y mucha terminaba tirada en el camino porque no se ajustaba a las necesidades de la gente.

Ante esto, la parroquia apoyó iniciativas como Casa Abrigo, que organiza "tiendas virtuales" en los refugios. “Se le llevan a los refugios tiendas donde la gente puede entrar y escoger su ropa gratis, pero con el elemento de que puedan escoger lo que quieran, lo que les guste y les venga bien; además tendrían acceso a bateas para poder lavarla y mantenerla”, explica el sacerdote.

El padre Duque reflexiona sobre el papel fundamental de los jóvenes seminaristas en estas jornadas, quienes enseñaron con el ejemplo que el donativo material está incompleto si falta calor humano:

"A veces se puede ver la ayuda como un 'voy, doy y me tomo la foto', y eso es desagradable desde el punto de vista del que recibe. Se nota mucho cuando la persona está más pendiente de fotografiarse que de acompañar. El mensaje es aprender a dar de cara a Dios y ponerse en el lugar del otro. Muchos voluntarios entendieron que no es solo dar la comida, sino entregarla con una mirada, con una sonrisa, con un rato de compañía, que es lo que la gente está extrañando más".

Hoy, mientras los centros de acopio masivos se centralizan en la sede de Cáritas, la parroquia de La Tahona se reinventa con proyectos sostenidos a largo plazo: entregando bolsas de comida en Las Minas de Baruta (en Caracas) y apoyando a un grupo de niños refugiados en Bejuma, en el estado Carabobo.

El país que nos sostiene

El terremoto arrebató vidas, derribó viviendas, comercios y sacudió profundamente los hogares de muchos venezolanos. Las heridas de esta tragedia tardarán años en sanar. Sin embargo, las horas difíciles se han transformado en días de encuentro, de manos unidas y de sonrisas compartidas.

El trabajo incansable de organizaciones como Impaktemos, la comunidad del Colegio Los Arcos y la parroquia Sagrada Familia de Nazaret y San Josemaría nos recuerda que la verdadera esencia de Venezuela late con fuerza en cada gesto cotidiano. Ante cualquier adversidad, siempre habrá un prójimo dispuesto a tender la mano, a escuchar con el corazón y a recordarnos que la esperanza es, ante todo, un camino que construimos juntos.

Emily Morón

Foto Cortesía Impaktemos