¿Qué significa santificar el trabajo? ¿Cómo se santifica el trabajo?

Santificar el trabajo es esforzarse por realizarlo bien, con competencia profesional, poniendo todos los talentos, inteligencia, voluntad y afectos en esa labor que se tiene entre manos. Sin embargo, no se trata sólo de trabajar bien, sino de la intención que se ponga al momento de realizarlo. Vale la pena cuestionarse: ¿Para qué hago esto? ¿Qué sentido tiene hacerlo bien cuando nadie me ve?

Preguntas sobre la fe cristiana
Opus Dei - ¿Qué significa santificar el trabajo? ¿Cómo se santifica el trabajo?

Sumario

1. ¿Estamos hechos para trabajar o el trabajo es un castigo?
2. ¿Qué significa santificar el trabajo?
3. 3x1: Tres facetas de una misma realidad
4. ¿Todos los trabajos tienen igual valor?


1. ¿Estamos hechos para trabajar o el trabajo es un castigo?

El hombre está hecho para trabajar, no sólo porque esté escrito en el libro del Génesis, que fue creado para trabajar la tierra y custodiarla, sino porque es la manera en la que Dios le da la capacidad al ser humano de transformarse a sí mismo, creando cosas nuevas, no sólo para satisfacer sus necesidades humanas sino para mejorar el mundo. Podríamos decir que el hombre es un ser trabajador y un productor, porque trabajando obtiene lo que necesita; por medio de esa labor organiza y transforma el medio donde él vive. “Lo que tiene de bueno el trabajo (...) es que uno ve el resultado y se siente “divino”, se siente como Dios, capaz de crear. En cierto sentido, se siente como un hombre y una mujer que tienen en brazos a su primer hijo. La capacidad de crear les cambia la vida”[1].

El Catecismo de la Iglesia Católica (nº 2428) afirma queen el trabajo, la persona ejerce y aplica una parte de las capacidades inscritas en su naturaleza. El valor primordial del trabajo pertenece al hombre mismo, que es su autor y su destinatario. El trabajo es para el hombre y no el hombre para el trabajo. Cada cual debe poder sacar del trabajo los medios para sustentar su vida y la de los suyos, y para prestar servicio a la comunidad humana”

No podemos actuar sin mejorar o empeorar. Por lo tanto, el trabajo ayuda a que el hombre se perfeccione a sí mismo, adquiera nuevos hábitos, fortalezca sus capacidades, gane experiencia, amplíe sus conocimientos, haga nuevos descubrimientos y sea capaz de crear instrumentos.“El trabajo tiene en sí mismo una bondad y crea la armonía de las cosas —belleza, bondad— e involucra al hombre en todo: en su pensamiento, en su acción, en todo. El hombre está involucrado en el trabajo. Es la primera vocación del hombre: trabajar. Y esto le da dignidad al hombre. La dignidad que lo hace parecerse a Dios. La dignidad del trabajo” así lo expresa el Papa Francisco en su homilía titulada “El trabajo es la vocación del hombre”.

Es frecuente plantearse el trabajo como un castigo o como una realidad ante la que no existe otra alternativa. Aunque no podemos negar que el trabajo produce cansancio o que es indispensable para sostenerse, el trabajo es mucho más que eso, implica todo un desarrollo personal que permite al hombre llegar a su plenitud.

Meditar con san Josemaría

“Se trata de un medio necesario que Dios nos confía aquí en la tierra, dilatando nuestros días y haciéndonos partícipes de su poder creador, para que nos ganemos el sustento y simultáneamente recojamos frutos para la vida eterna: el hombre nace para trabajar, como las aves para volar”Amigos de Dios, n. 57

“Me gusta mucho repetir —porque lo tengo bien experimentado— aquellos versos de escaso arte, pero muy gráficos: mi vida es toda de amor / y, si en amor estoy ducho, / es por fuerza del dolor, / que no hay amante mejor / que aquel que ha sufrido mucho. Ocúpate de tus deberes profesionales por Amor: lleva a cabo todo por Amor, insisto, y comprobarás —precisamente porque amas, aunque saborees la amargura de la incomprensión, de la injusticia, del desagradecimiento y aun del mismo fracaso humano— las maravillas que produce tu trabajo. ¡Frutos sabrosos, semilla de eternidad!” Amigos de Dios, 68

“La vocación enciende una luz que nos hace reconocer el sentido de nuestra existencia. Es convencerse, con el resplandor de la fe, del porqué de nuestra realidad terrena. Nuestra vida, la presente, la pasada y la que vendrá, cobra un relieve nuevo, una profundidad que antes no sospechábamos. Todos los sucesos y acontecimientos ocupan ahora su verdadero sitio: entendemos adónde quiere conducirnos el Señor, y nos sentimos como arrollados por ese encargo que se nos confía.” Es Cristo que pasa, 45

2. ¿Qué significa santificar el trabajo?

La santificación es, en pocas palabras, la unión del hombre con Dios. Esto significa que cuando trabajamos, no basta con la intención de hacerlo bien, buscar el autodesarrollo, alcanzar éxito u obtener retribuciones humanas; para santificar el trabajo es necesario encontrarse con Jesús: realizar nuestra tarea no sólo por Él, sino con Él.De este modo, el sentido de esa labor cambia totalmente. No se trata de rezar oraciones mientras se realiza una actividad, sino de amar a Dios con obras, servir a los demás a través de esa ocupación y encontrarse redimiendo el mundo con Jesús.

Para un cristiano, es una manera de asemejarse a Dios, de unirse a Él y, sobre todo, de ir forjando hábitos que luego ayudarán a que toda actividad realizada pueda ser elevada hacia Dios. Como dijo el Papa Francisco, en una audiencia general el 1 de mayo de 2013, el trabajo “es un elemento fundamental para la dignidad de una persona. El trabajo, por usar una imagen, nos “unge” de dignidad, nos colma de dignidad; nos hace semejantes a Dios, que trabajó y trabaja, actúa siempre (cf. Jn 5, 17)”.

El punto 2427 el Catecismo de la Iglesia Católicaexplica que “el trabajo humano procede directamente de personas creadas a imagen de Dios y llamadas a prolongar, unidas y para mutuo beneficio, la obra de la creación dominando la tierra. El trabajo es, por tanto, un deber: “Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma” El trabajo honra los dones del Creador y los talentos recibidos. Puede ser también redentor. Soportando el peso del trabajo, en unión con Jesús, el carpintero de Nazaret y el crucificado del Calvario, el hombre colabora en cierta manera con el Hijo de Dios en su obra redentora. Se muestra como discípulo de Cristo llevando la Cruz cada día, en la actividad que está llamado a realizar. El trabajo puede ser un medio de santificación y de animación de las realidades terrenas en el espíritu de Cristo”.

Meditar con San Josemaría

“Pon un motivo sobrenatural a tu ordinaria labor profesional, y habrás santificado el trabajo”. Camino, n. 359

“Por eso, como lema para vuestro trabajo, os puedo indicar este: para servir, servir. Porque, en primer lugar, para realizar las cosas, hay que saber terminarlas. No creo en la rectitud de intención de quien no se esfuerza en lograr la competencia necesaria, con el fin de cumplir debidamente las tareas que tiene encomendadas. No basta querer hacer el bien, sino que hay que saber hacerlo. Y, si realmente queremos, ese deseo se traducirá en el empeño por poner los medios adecuados para dejar las cosas acabadas, con humana perfección.” Es Cristo que pasa, n. 50

“Interesa que bregues, que arrimes el hombro... De todos modos, coloca los quehaceres profesionales en su sitio: constituyen exclusivamente medios para llegar al fin; nunca pueden tomarse, ni mucho menos, como lo fundamental. ¡Cuántas “profesionalitis” impiden la unión con Dios!” Surco, 502

3. 3x1: Tres facetas de una misma realidad

San Josemaría Escrivá recibió un llamado especial de Dios a recordar la santificación del trabajo en medio del mundo. Concretamente, hablaba de tres dimensiones o efectos del trabajo santificado: el trabajo mismo, la persona que lo realiza y los demás. Se trata de tres facetas de una misma realidad. ¿Qué quiere decir cada una?

Santificar el trabajo significa poner todo lo que está de nuestra parte para que el trabajo esté bien hecho. Esto requiere un esfuerzo continuo por dar lo mejor de uno mismo, por buscar maneras de innovar y de mejorar la calidad de procesos, etc. “No se puede santificar un trabajo que humanamente sea una chapuza, porque no debemos ofrecer a Dios tareas mal hechas” (Surco, 493). Para San Josemaría,“el hombre no debe limitarse a hacer cosas, a construir objetos. El trabajo nace del amor, manifiesta el amor y se ordena al amor. Reconocemos a Dios no sólo en el espectáculo de la naturaleza, sino también en la experiencia de nuestra propia labor, de nuestro esfuerzo” (Es Cristo que pasa, 48).

Santificarnos en el trabajo significa que en la medida en que trabajamos vamos forjando virtudes—las mismas virtudes de Jesús—nos hacemos más semejantes a Dios, nos identificamos con Él, y gastamos nuestra vida por los demás, como lo hizo Jesús al venir a la tierra a salvarnos.

Santificar a los demás por medio de nuestro trabajo tiene que ver con la dimensión social y apostólica del mismo. El trabajo siempre tiene una repercusión en los demás, ya que implica brindar un servicio a otro y eso, necesariamente, incide en la mejora de la sociedad. Todos hemos experimentado cómo el ejemplo de una persona trabajadora es fuente de inspiración. Todo el que haya sido destinatario de un servicio prestado de manera excelente, concuerda que esa experiencia fue transformadora. Recibir un buen servicio, ser atendidos con amabilidad, nos hace sentirnos personas queridas y respetadas y nos lleva a querer hacer lo mismo con los demás. Se vuelve un círculo virtuoso donde uno quiere dar lo que ha recibido.

4. ¿Todos los trabajos tienen igual valor?

En el mundo solemos categorizar los trabajos según la preparación académica que requieren, según su nivel de dificultad, según las competencias requeridas para realizarlo, según su remuneración económica, etc. Atribuimos un determinado valor a la ocupación según estas categorías. Pero la lógica de Dios es distinta, pues su criterio para definir el valor de un trabajo es el amor y la rectitud de corazón de quien lo realiza.

Para Dios, todos los trabajos, exijan más o menos preparación técnica o intelectual, tienen igual valor y todos son importantes para sacar adelante la sociedad. Él mismo nos dio ejemplo, en Jesucristo, que vivió una vida de intenso trabajo oculto. Trabajó como carpintero, y a pesar de que a los ojos de muchos de sus contemporáneos era un oficio de poca categoría, fue el medio que Dios eligió durante 30 años de su vida en la tierra para redimir al mundo y salvarnos, no sólo muriendo en la Cruz, sino por medio de su trabajo.

Meditar con San Josemaría

“El trabajo, todo trabajo nos dice es testimonio de la dignidad del hombre, de su dominio sobre la creación. Es ocasión de desarrollo de la propia personalidad. Es vínculo de unión con los demás seres, fuente de recursos para sostener a la propia familia; medio de contribuir a la mejora de la sociedad en la que se vive, y al progreso de toda la Humanidad”. Es Cristo que pasa, n. 47

“El trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificada y santificadora”. Es Cristo que pasa, n. 47

“Por amor a Dios, por amor a las almas y por corresponder a nuestra vocación de cristianos, hemos de dar ejemplo. Para no escandalizar, para no producir ni la sombra de la sospecha de que los hijos de Dios son flojos o no sirven, para no ser causa de desedificación… vosotros habéis de esforzarnos con vuestra conducta la medida justa, el buen talante de un hombre responsable". Amigos de Dios, n. 70

“El trabajo profesional —sea el que sea— se convierte en un candelero que ilumina a vuestros colegas y amigos. Por eso suelo repetir a los que se incorporan al Opus Dei, y mi afirmación vale para todos los que me escucháis: ¡qué me importa que me digan que fulanito es buen hijo mío —un buen cristiano—, pero un mal zapatero! Si no se esfuerza en aprender bien su oficio, o en ejecutarlo con esmero, no podrá santificarlo ni ofrecérselo al Señor; y la santificación del trabajo ordinario constituye como el quicio de la verdadera espiritualidad para los que —inmersos en las realidades temporales— estamos decididos a tratar a Dios”. Amigos de Dios, 61


[1] El Papa Francisco, conversaciones con Jorge Bergoglio, p. 109


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