¿Qué me quiere decir Dios?

Juan Pablo II fue un hombre que vivió el sufrimiento desde muy temprana edad. Perdió a sus padres y hermanos, quedándose sin familia pero en el seno de una comunidad cristiana que lo ayudó a salir adelante. También vivió la invasión de su país y la guerra. Siendo Papa cargó con conflictos y sufrimientos de todas partes del mundo. Efectivamente, podemos preguntarle a Karol, ¿cómo enfrentaste todo esto? La respuesta llega de distintos modos.

100 años de Juan Pablo II

Juan Pablo II junto a Joaquín Navarro Valls, portavoz de la Santa Sede desde 1984 hasta 2006.

Cuenta Joaquín Navarro Valls que en un examen médico le preguntaron a Juan Pablo II cómo vivía esa situación de su salud, a lo que el Papa respondió: “Yo me pregunto qué quiere decirme Dios con esto”, aunque seguramente los médicos requerían otro tipo de respuesta. Sin duda esta respuesta contiene una idea más que interesante y manifiesta una experiencia de profunda relación con Dios. En medio de esta pandemia que ha alcanzado a toda la humanidad, lo propio es hacerse las preguntas pertinentes.

Se ha dicho que la nuestra es una sociedad consumista y busca el placer y la comodidad. Ahora incluso postulan una concepción de hombre como una pura indeterminación. Un hombre que es su propio dios y a la vez es nada, cada quien es lo que siente, aunque la naturaleza lo contradiga. En esta carrera en dirección contraria a todo obstáculo y dolor llega lo imprevisible, esta vez con el gentil nombre de coronavirus.

Es evidente que la pandemia es un evento devastador, porque se escapa de nuestras manos por mucho que hagamos. Aunque al cabo del tiempo bajen los índices de mortalidad, aunque la curva se aplane, quedan los hechos incontrovertibles de aquellos que han perdido a sus seres queridos. Es pues toda una experiencia de la fragilidad humana, de nuestra caducidad.

En los últimos días se ha olvidado aquello del salmo 103: “¡El hombre! Como el heno son sus días, florece como flor silvestre, sobre él pasa el viento y no subsiste”[1]. Creo que estos versos eran muy conocidos hasta hace pocas décadas por la inmensa mayoría, hoy día pocos los recuerdan. Nos hablan de la caducidad ya referida. A algunos, esa fragilidad humana los lanza hacia la vorágine del placer, porque creen que no hay nada más allá, pero también recuerda a los cristianos y a los hombres con sentido común, que también existe lo perenne. El obstáculo, el dolor, puede hacer que miremos a lo alto y digamos: ¿Qué quieres Señor de mí con todo esto?Es la pregunta que debemos responder para que la pandemia no haya sido en vano.

Toda crisis evidencia lo mejor y lo peor del hombre. En algunos casos la solidaridad hasta lo heroico como médicos, enfermeras y tanta gente que está dando la vida en esta Pandemia. Foto de EVG photos en Pexels

Dice Juan Pablo II en Salvifici Doloris (1984, III), encíclica que vendría muy bien leer en estos días, que el sufrimiento es de alguna manera inefable e intransferible, es “demasiado” personal. Sin embargo, también lo estamos viviendo como colectividad; dice la carta que algunas veces ese sufrimiento parece que se hace particularmente denso. La encíclica da una respuesta, solo diremos que el Papa en esa carta menciona a Job, a los amigos de Job, etc. Se trata de entender que el sufrimiento no es un castigo, pues en el caso de Job, como de modo pleno en el caso de Cristo (caso por excelencia) se trata del sufrimiento de un inocente. Aguas profundas, las preguntas de siempre, por qué el mal, por qué el sufrimiento.

Lo cierto es que toda crisis evidencia lo mejor y lo peor del hombre. En algunos casos la solidaridad hasta lo heroico como médicos, enfermeras y tanta gente, la amistad, la capacidad de compartir, de ser leal, de ayudar al otro; en otros, se evidencia mezquindad y miseria.

En ese artículo de Navarro Valls (2014), el vocero del Papa cuenta un episodio de la visita de Juan Pablo II a Colombia en 1986. Un año antes el volcán Nevado del Ruiz había hecho erupción y sepultado el pueblo de Armero:

"Llegamos a aquella costra de tierra ya endurecida, de la que asomaba solamente la cima del campanario de una iglesia. Juan Pablo II permaneció arrodillado largo tiempo. A la vuelta del viaje le pregunté qué pensaba en aquellos momentos. Y él, como hablando consigo mismo, respondió: «El hombre aplastado... Pero el hombre no puede ser aplastado nunca porque Dios ha sido aplastado en Cristo. Esto es difícil de entender: Dios aplastado... Ni siquiera Pedro lo entendía...»".[2]

Foto de lito.gr

La imagen es terrible, y más aún las palabras del Papa, nuestra primera reacción pudiera ser de rechazo. No solo que el hombre haya sido aplastado por un desastre natural, la pandemia, la guerra o quizá la incomunicación, la soledad, la traición. Lo que llama la atención de esas palabras y de esa imagen de tierra que cubre unas 25.000 personas es la idea de un Dios aplastado… pero en Cristo. Dios que por amor al hombre se encarna, y muere, se anonada, se abaja hasta la humanidad doliente, dicen los teólogos. Descubrir esto es la tarea de cada uno, la respuesta parece estar en el amor de Dios por el hombre. También en estas fuertes palabras encontramos la idea de la victoria: el hombre no puede ser aplastado. Es la realidad la que nos interroga de modo personal: Yo me pregunto qué quiere Dios decirme con esto, con seguridad la respuesta llegará.





[1] Biblia de Navarra (2008) Ediciones de la Universidad de Navarra S.A. (EUNSA) y Midwest Theological Forum (MTF): España, USA.

[2] Navarro Valls, J. (2014) Juan Pablo II y el misterio del sufrimiento humano. Recuperado de: https://alfayomega.es/26741/juan-pablo-ii-y-el-misterio-del-sufrimiento-humano.

Foto de portada de AFP.