Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!
Se celebra hoy la fiesta litúrgica de santa María Magdalena, que nos ofrece una nueva invitación a renovar nuestros deseos de conversión, porque toda su vida manifiesta la fuerza transformadora del encuentro con Jesucristo.
La conversión que buscamos no consiste únicamente en el movimiento del mal al bien –siempre necesario–, sino también en el paso de lo bueno a lo mejor: el permanente crecimiento en el amor a Dios y a los demás.
Tanto una cosa como otra requieren de cada uno la humildad para reconocer nuestra necesidad de mejorar y la sinceridad de corazón. Recordemos estas palabras de san Josemaría, que evocan la parábola del hijo pródigo: «Tu Padre Dios sale a tu encuentro, apenas te confiesas pecador en aquello que la soberbia te ocultaba como pecado» (Carta 14-II-1974, n. 7).
Esta sinceridad personal ante los propios pecados y defectos no ha de ser motivo de desaliento, porque, como también nos dice nuestro Padre, «la conciencia de nuestra filiación divina da alegría a nuestra conversión» (Es Cristo que pasa, n. 64).
Tenemos un medio maravilloso para dejar actuar al Señor en nuestra alma: el examen diario de conciencia. Cuidémoslo, sin escrúpulos ni inquietudes, con la ilusión de descubrir cómo corresponder mejor, en lo grande y en lo pequeño, al inmenso amor que Dios nos tiene.
Como fruto maduro de este deseo de conversión, la gracia de Dios nos llevará, como a María Magdalena, a buscar al Señor en toda circunstancia y a ser fuertes junto a su cruz.
Como sabéis, me encuentro, desde principios de mes, en Pamplona. Termino pidiéndoos que me acompañéis con vuestra oración en este viaje que, si Dios quiere, proseguirá el mes próximo, en América Central –Guatemala, Honduras y El Salvador– y Uruguay. Juntos nos unimos, desde los cuatro puntos cardinales, al Papa en sus intenciones; en concreto, ahora por la del mes de julio: el respeto de la vida humana.
Con todo cariño os bendice
vuestro Padre

Pamplona, 22 de julio de 2026
