Mons. Fernando Ocáriz: «Lo que nos une es mucho más decisivo que lo que puede separarnos»

Homilía del prelado del Opus Dei en la celebración de la fiesta litúrgica de san Josemaría en la parroquia de San Eugenio (Roma).

Homilía del Prelado del Opus Dei, mons. Fernando Ocáriz

Fiesta de san Josemaría, 26 de junio de 2026 

«Remad mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca» (Lc 5,4). Hemos escuchado estas palabras que el Señor dirigió a unos pescadores de Galilea, y que marcaron el comienzo de su vida como apóstoles. Jesús los llamó en el ejercicio de su trabajo, y no en un día cualquiera. Era el final de una jornada marcada por el fracaso: habían pasado toda la noche trabajando, pero no habían recogido nada.

Podemos imaginar cómo se sentirían aquellos pescadores. Y fue precisamente en ese momento cuando Jesús les pidió que remaran mar adentro. No esperó a que estuvieran descansados, seguros de sí mismos o llenos de entusiasmo. Entró en su barca, en su cansancio y en su trabajo, y desde allí los llamó a una aventura divina.

San Josemaría, cuya fiesta celebramos hoy, enseñó que el cansancio y la fatiga propios del trabajo pueden ser también lugar de encuentro con Dios. No porque el cansancio desaparezca, sino porque tenemos la seguridad de que el Señor nos mira, nos acompaña y está a nuestro lado. «Si en algún momento aparece la intranquilidad, la inquietud, el desasosiego –afirmaba–: nos acercamos al Señor, y le decimos que nos ponemos en sus manos, como un niño pequeño en brazos de su padre» (Carta 2, n. 59). La conciencia de la filiación divina marcó profundamente su relación con Dios.

«Cuantos se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios» (Rm 8,14), hemos leído en la segunda lectura. La seguridad de que tenemos un Dios que es Padre, que nos cuida y nos sostiene, llena de esperanza nuestras luchas de cada día. También cuando notamos que el cansancio propio del trabajo nos debilita, como les ocurrió a los apóstoles.

Es ahí, en medio del mundo, en las tareas y en las luchas cotidianas, con sus éxitos y sus fracasos, donde estamos llamados a llevar el mensaje de Cristo. En el buen cumplimiento del trabajo. En el servicio a las personas que nos rodean. En el cuidado de la familia y de quienes conviven con nosotros. En la manera de afrontar las dificultades ordinarias. Al hacer todo eso con amor de Dios, estamos sembrando la buena nueva del Evangelio en todos los ambientes. Estamos cumpliendo, como hemos escuchado en la primera lectura, el mandato divino de cultivar la tierra y custodiarla (cfr. Gn 2,15).

Una manera especialmente importante, y muy propia de quienes se saben hijos de Dios, de contribuir a esa transformación del mundo es ser sembradores de paz y de alegría. Las diferencias de opinión y de sensibilidad pueden convertirse, a veces, en una barrera casi insuperable entre las personas. El Papa, en su visita a la catedral de Barcelona, nos invitaba a ser «testigos y profetas de unidad, de acogida, de concordia y de paz, incluso a costa de sacrificios y renuncias» (homilía en el rezo de la Hora Media). No nos sintamos jamás enemigos de nadie. Quien se sabe hijo de Dios no puede mirar a los demás como adversarios, porque los ve como hermanos y reconoce el amor que el Señor les tiene.

En la encíclica Magnifica humanitas, el Papa León XIV recuerda la figura de Nehemías y de la reconstrucción de Jerusalén. La ciudad renace «cuando cada uno asume su parte y todo el pueblo reconoce que su fuerza viene del Señor» (n. 8). Esa imagen nos ayuda también hoy. En un mundo a menudo fragmentado, cada cristiano está llamado a reconstruir los vínculos con sus hermanos, empezando por quienes tiene más cerca. Y puede hacerlo reconociendo, en primer lugar, que lo que nos une es mucho más decisivo que lo que puede separarnos.

La vida de los primeros cristianos, por la que san Josemaría sintió tanto cariño, puede servirnos de ejemplo. Los maltrataban, los perseguían y querían darles muerte. Sin embargo, son innumerables los testimonios de amor no solo entre ellos, sino también hacia los mismos perseguidores. Y fue así, por la caridad, por ese amor capaz de llegar incluso al enemigo, como contribuyeron a cambiar las estructuras de la sociedad.

Pidamos a la Virgen María que nos ayude a dejar entrar a Jesús en nuestra barca. Que nos enseñe a vivir con la confianza de los hijos de Dios, a remar mar adentro cuando el Señor nos lo pida, y a sembrar en medio del mundo la paz, la alegría y la caridad de Jesucristo.