Del 25 al 28 de septiembre, el papa León XIV realiza su primer viaje apostólico a Francia. París, Saint-Denis, Lourdes y Metz: en cuatro días, el Papa recorre lugares que reflejan cada uno una faceta particular de Francia y de su historia cristiana. Recogemos aquí, jornada a jornada, los momentos clave de la visita.
Viernes 25
- Encuentro con las autoridades - Palacio del Elíseo
- Visita a la UNESCO
- Vísperas en la Catedral de Notre-Dame de París
- Vigilia de oración con los jóvenes - “Stade de France” (Saint-Denis)
Viernes 25. Encuentro con las autoridades, la sociedad civil y el cuerpo diplomático - Palacio del Elíseo
El Papa inició este viernes su visita a Francia en el Palacio del Elíseo, donde fue recibido por el presidente de la República. Tras mantener una breve reunión privada con el mandatario, el Pontífice ofreció un discurso en el que repasó la historia y la vocación de la nación gala con la dignidad humana como hilo conductor.
Durante su intervención, el Papa León XIV definió a Francia como un «faro cultural, artístico y espiritual», al tiempo que destacó la restauración de Notre-Dame como «símbolo de una esperanza recuperada, la prueba de que lo que se creía destruido para siempre puede renacer gracias a la colaboración de todos».
Asimismo, al abordar las raíces cristianas del país y su lema oficial, señaló que la libertad, la igualdad y la fraternidad «remiten a exigencias éticas universales que encuentran también en el mensaje evangélico una fuente inagotable de inspiración».
El Pontífice dedicó un eje central de su mensaje a la defensa de la vida. Frente a la tendencia de depositar expectativas ilimitadas en el progreso técnico, advirtió contra las «empresas lucrativas» vinculadas a la manipulación genética, la gestación subrogada o «la oferta de una muerte programada». En este contexto, reafirmó que la protección del derecho a la vida «constituye el fundamento imprescindible de cualquier otro derecho humano» y abogó por una «sana laicidad» que, lejos de excluir la religión del ámbito público, promueva el diálogo entre el Estado y la Iglesia «al servicio de lo verdadero, lo bueno y lo bello».
Como cierre, hizo un firme llamamiento a la paz, instando a no resignarse jamás a la guerra ni a darla por «inevitable». «La paz no es un equilibrio de fuerzas, sino que se construye cada día a través del diálogo y la justicia», afirmó, encomendando a Francia la vocación de erigirse en «un incansable artífice de la paz».
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Viernes 25. Visita a la UNESCO
Invitado por su director general, el Santo Padre visitó la sede de la UNESCO para abordar la dignidad humana, la paz y el diálogo en la era de la inteligencia artificial.
Durante su intervención, el Pontífice reiteró que considera a la organización «un interlocutor privilegiado al servicio del bien común», renovando así el compromiso de casi 75 años de la Santa Sede con un espacio donde «la humanidad reflexiona sobre sí misma, sobre su historia y sobre su futuro».
Ante la tendencia actual de dar por sentadas muchas respuestas, el Papa planteó volver a la pregunta esencial: «¿Qué significa ser humano?». Al respecto, recordó que la condición humana comienza siendo la de un hijo —nadie elige nacer— y, por tanto, la de un hermano o hermana. También subrayó la fragilidad de origen: somos «pobres por nacimiento: necesitados de pan y de palabras, de cuidados y de afecto», definiendo la humanidad como «un don y una prueba, una promesa y una responsabilidad».
De esa dignidad común surge un compromiso especial para quienes trabajan en la educación, la ciencia y la cultura, llamados «a cuidar de cada persona, para que resplandezca la belleza de nuestra libertad». En este marco, advirtió sobre el impacto deshumanizador que puede tener la tecnología: la inteligencia artificial, señaló, «no puede responder a las preguntas sobre el sentido de la vida humana». Por ello, enfatizó la necesidad de proteger a los más jóvenes, cuya vulnerabilidad en el entorno digital «nunca debe convertirse en una oportunidad para la explotación».
Pese a los riesgos señalados, el Pontífice cerró con un mensaje de confianza. Contrapuso la tentación de dominación —simbolizada por la torre de Babel— a la comunión de Pentecostés, donde cada pueblo escucha el mensaje de paz en su propia lengua, concluyendo con una afirmación central: «Cada niño que nace trae consigo esperanza».
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Viernes 25. Vísperas en la Catedral de Notre-Dame de París
Tras caminar dos kilómetros y medio entre Notre-Dame des Champs y la plaza de Saint-Michel, el Santo Padre presidió las Vísperas en la catedral de Notre-Dame de París ante unos 8.000 sacerdotes, religiosos y seminaristas. Aunque el acto reunía a la comunidad consagrada, su mensaje conectó de forma directa con los desafíos, el trabajo y las vivencias de cualquier persona en el día a día.
Al evocar el simple gesto de cruzar el umbral de la catedral, el Papa subrayó que la belleza del templo habla «al corazón inquieto y lo llama a la paz». En medio de una sociedad «hiperconectada y ruidosa», destacó que la sobriedad del canto y del silencio en la liturgia puede ofrecer a cualquiera un verdadero «oasis de paz» frente al ajetreo cotidiano.
Durante su intervención, el Pontífice insistió en que la fe no es un refugio donde atrincherarse para huir de los problemas del presente. Al recordar que Dios envió a su Hijo a un mundo «ya habitado, en movimiento y marcado por las miserias y la bondad humana», abogó por una comunidad de puertas abiertas. En esa labor, situó a los fieles laicos en primera línea, definiéndolos como «la avanzada viva de la Iglesia en las encrucijadas de la vida cotidiana»: el aula, la oficina, el hogar o el trabajo en el campo.
Para sostener ese compromiso sin caer en el desgaste, el Santo Padre remarcó la necesidad de cuidar la vida interior y la amistad con Dios en la oración. Apoyándose en las palabras de la mística francesa Madeleine Delbrêl —«Sin oración, no amaremos a Dios con amor; quizá seamos sus servidores o sus combatientes, pero no seremos ni hijos ni amigos»—, advirtió sobre el peligro de convertir la fe en un mero activismo. Frente al desánimo de una época marcada por la prisa y la falta de certezas, cerró con un mensaje claro: «Es la esperanza la que nos anima, no la resignación».
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Viernes 25. Vigilia de oración con los jóvenes, “Stade de France”
Unos 80.000 jóvenes llenaron el Stade de France, en Saint-Denis, para una vigilia festiva y de oración que cerró la primera jornada de la visita del Pontífice. La noche arrancó con Chloé, una farmacéutica de 25 años comprometida con los barrios populares parisinos, y François, un estudiante de agronomía y monitor scout de Borgoña. Ambos plantearon sus dudas sobre cómo transmitir la fe sin imponerla y cómo elegir un camino de vida sin desanimarse.
El Santo Padre escuchó con atención y puso nombre a las inquietudes que pesan sobre esta generación: la precariedad de los proyectos, la fragilidad de las relaciones, «el cansancio provocado por las pantallas y la ansiedad ante el cambio climático o la situación económica e internacional». Frente a la presión por la imagen y el rendimiento, lanzó una crítica directa al estilo de vida digital que promete plenitud pero deja aislamiento, advirtiendo sobre el peligro de ser empujados «a tenerlo todo, pero a no ser nadie; a recibir una gran cantidad de "me gusta", pero quedándose solo consigo mismo».
Para quienes buscan descubrir su vocación, les recordó que Dios no habla con rodeos, sino que «se dirige a cada uno por su nombre». Como brújula para discernir, sugirió apoyarse en la oración, la ayuda a los más vulnerables y la búsqueda de «un silencio tan raro y tan necesario, lejos del bullicio de los medios», animando a los jóvenes a perder el miedo a responder con generosidad: «¡Heme aquí, Señor!».
En su meditación posterior, el Papa conectó con una idea clave de la identidad francesa: la libertad. La definió no como un concepto abstracto, sino como «una relación viva con Jesús» que se demuestra en las decisiones cotidianas. En esa línea, propuso una regla muy sencilla para saber si una opción es correcta: «El bien da vida, nunca la quita; el bien cuida, no toma para sí».
La velada combinó la oración con un ambiente festivo que incluyó música, luz, representaciones sobre la historia de los santos del país y fuegos artificiales. En el centro del escenario se colocó de forma excepcional la Santa Túnica de Argenteuil junto a una reliquia de la Cruz. La primera, venerada desde la Edad Media como la túnica sin costura que Cristo llevó durante su Pasión, salió por una vez de su santuario para esta vigilia. Ante ambas reliquias, el Pontífice ofreció una última imagen para llevarse a casa: la túnica que fue despojada a Cristo y la cruz que le fue impuesta se transforman, unidas, en un signo de esperanza para cualquiera que hoy busque dar un sentido profundo a su vida.
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