Un nombre difícil de pronunciar… y una historia que cambió una vida

El primer día de clases me encontré con un nombre que no sabía pronunciar. Tres años después, aquel estudiante me haría una pregunta inesperada: si quería ser su padrino de bautismo en la Vigilia Pascual.

Era el primer día de clases. Entré al salón y encontré a unos cincuenta estudiantes. Impartía la asignatura de Métodos y Técnicas de Investigación, una materia común para varias carreras de la universidad. Había alumnos de Ingeniería, Periodismo, Diseño Gráfico, Turismo, Idiomas y Nutrición.

Siempre he pensado que tengo facilidad para recordar nombres. Me gusta llamar a cada estudiante por el suyo. Sabía que aprender cincuenta no sería fácil, pero tenía todo el semestre para lograrlo.

Después de dar la bienvenida, comencé a pasar lista.

A mitad del listado me detuve. El primer nombre era familiar, pero el segundo no era habitual en mi país y dudé de cómo pronunciarlo. Levanté la mirada intentando descifrarlo cuando un joven de barba, sentado en la primera fila, levantó la mano.

—No se preocupe, a la mayoría de gente le pasa. Es difícil pronunciar mi nombre.

—¿Y cómo te gusta que te llamen? —le pregunté.

—Mis amigos me llaman Wences —respondió con naturalidad.

Desde entonces, en la clase era simplemente Wences. Llegaba puntual y solía sentarse adelante. Su nombre —o mejor dicho, su apelativo familiar— lo hacía fácil de recordar.


Wences recibiendo el sacramento del bautismo

Pero fue en el primer examen parcial cuando comenzó a destacar. De más de cincuenta estudiantes, solo tres obtuvieron una nota arriba de nueve. Wences era uno de ellos.

Un día, al terminar la clase, lo invité a pasar por la casa: un centro del Opus Dei en Santa Ana, El Salvador, que se ve desde la universidad pues domina una pequeña loma ubicada al frente del campus. Le comenté que comenzaría a impartir unas clases sobre virtudes humanas y que, si quería, podía venir a conocer el lugar.

Aceptó.

Con el tiempo se fue formando un pequeño grupo. Algunos estudiantes se quedaban a almorzar después de la formación. Wences también empezó a conversar con el sacerdote.

Han pasado casi tres años desde aquella primera clase. En este tiempo hemos compartido muchas cosas: subir cerros, participar en congresos internacionales sobre liderazgo y viajar algunas veces a la playa para apoyar una iniciativa social en El Espino.

El viernes 27 de marzo, justo antes de salir de vacaciones de Semana Santa, me escribió. Quería pasar a la oficina para decirme algo; no le tomaría más de diez minutos.

Cuando llegó, me pidió ser su padrino de bautismo.

¡Qué honor!

Días después llegó el día. Durante la Vigilia Pascual del Sábado Santo, Wences recibió los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía. La ceremonia se celebró en el oratorio del centro, con la presencia de familiares y amigos.

Uno de los momentos más emocionantes fue cuando el sacerdote explicó que había preguntado al catecúmeno cómo quería ser llamado como cristiano. Cuando un adulto recibe el bautismo, puede elegir un nombre que exprese su nueva identidad.

Wences respondió que quería ser llamado por su nombre completo: Cristian Wenceslao.