En el siglo XIV, cuando la Iglesia atravesaba una de sus horas más oscuras —el papado dividido, los Pontífices exiliados en Aviñón y la obediencia de los fieles fracturada entre dos tronos—, una joven dominica de Siena tomó la pluma y se dirigió sin miedo ni rodeos a Papas, cardenales y reyes. Era Catalina Benincasa, a quien hoy celebramos como santa Catalina de Siena, Doctora de la Iglesia.
El 18 de enero de 1379, fiesta de la Cátedra de San Pedro, Catalina componía en Roma una plegaria. Acababa de persuadir al Papa Urbano VI de convocar en Roma a personas consagradas y de hacer frente al cisma provocado por los cardenales rebeldes que habían elegido ilegítimamente a un antipapa. Su oración no es un ruego tímido: es una súplica ardiente que abre el cielo.
Catalina se dirigía al Papa llamándolo Babbo —«papaíto» en italiano—, con la confianza filial de quien ama profundamente a la Iglesia y no teme señalar sus heridas. Esa misma ternura valiente late en cada línea de su oración.

Siglos después, esta oración conserva toda su fuerza. Rezarla hoy, en la festividad de Santa Catalina, es unirnos a esa larga cadena de fieles que han sostenido al Papa con su plegaria —y recordar que la Iglesia, como la navecilla de Pedro, siempre necesita vientos de caridad para no zozobrar—.
