«No puedo seguir así. Tengo que volver a Dios».
Ese pensamiento empezó a repetirse una y otra vez en mi cabeza. Llevaba años lejos de la práctica religiosa y sentía un vacío que nada lograba llenar. Entonces recordé una etapa de mi vida que siempre había asociado con la felicidad: los años que pasé en la residencia universitaria.
Soy de Asunción Mita, en el oriente de Guatemala. Cuando terminé los estudios básicos en el colegio, mis padres me enviaron a Ciudad de Guatemala para estudiar el bachillerato. Mientras estudiaba en Kinal conocí a Darwin. Nos hicimos muy amigos. Él es numerario del Opus Dei y, al terminar el bachillerato, me invitó a vivir en el Centro Universitario Ciudad Vieja para continuar mis estudios de Ingeniería Eléctrica.
Guardo un recuerdo muy especial de aquellos años. Participé en el Univ, asistía a los medios de formación y procuraba colaborar en todo lo que podía. Sin embargo, con el tiempo empecé a pensar que las normas de la residencia eran demasiado estrictas y terminé alejándome y poco a poco también de Dios.
Con el tiempo regresé a mi tierra, me casé, nació mi hijo y, llegó ese momento en el que comprendí que necesitaba volver.
Busqué a Darwin en Facebook y le escribí. Le conté lo que estaba viviendo y él, con la misma amistad de siempre, me animó a retomar mi formación cristiana. Comencé a participar en medios de formación virtuales y cada quince días viajaba a Ciudad de Guatemala para recibir dirección espiritual.
Era un viaje largo: unas cuatro horas de ida y otras cuatro de regreso para una conversación de apenas media hora. Nunca me pesó hacerlo. Sentía que estaba recuperando el rumbo de mi vida.
Con el tiempo también empecé a compartir con otros lo que yo estaba recibiendo. Organicé clases de catecismo para algunos amigos, primero presenciales y después también virtuales. Poco a poco el grupo fue creciendo e incluso uno de ellos terminó recibiendo el bautismo.

Yo quería formar parte de la Obra y, para eso, deseaba tener más facilidades para recibir la formación.
Un día, mientras cenaba en un centro de la Obra, alguien me preguntó de dónde era.
—De Asunción Mita.
Entonces me dijo:
—¿Y has pensado en Santa Ana, El Salvador? Está al otro lado de la frontera. Allí está un centro de la Obra que se llama El Molino.
Busqué el centro en internet y descubrí que estaba a una hora de mi casa. No podía creerlo.
Fui enseguida. Llamé al timbre y, desde el primer momento, me sentí como en casa.
Allí pude seguir recibiendo formación y, al cabo de un tiempo, pedí la admisión en el Opus Dei como supernumerario.
Hoy, cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de que Dios nunca dejó de buscarme. Incluso cuando yo me había alejado, Él siguió poniendo personas en mi camino para acercarme de nuevo. A veces creemos que una puerta se cierra definitivamente, pero el Señor siempre sabe abrir otra cuando llega el momento.
