​Cavabianca: el Colegio Romano de la Santa Cruz

Cavabianca es un centro interregional del Opus Dei que depende directamente del prelado. El Colegio Romano de la Santa Cruz existe para dar una intensa formación doctrinal-religiosa y espiritual a los fieles de la Prelatura, en este caso, numerarios varones.

Opus Dei - ​Cavabianca: el Colegio Romano de la Santa CruzCavabianca o Colegio Romano de la Santa Cruz, centro de formación del Opus Dei.

Voz publicada en el "Diccionario de san Josemaría Escrivá de Balaguer" (descargar original)

El Colegio Romano de la Santa Cruz es uno de los Centros interregionales del Opus Dei, directamente dependientes del prelado, destinados a proporcionar una intensa formación doctrinal-religiosa y espiritual a los fieles de la Prelatura, en este caso, numerarios varones, que posteriormente pueden recibir encargos de formación en las diversas circunscripciones (cfr. Statuta, n. 98).

En este lugar reciben también su formación específica la mayoría de los candidatos al sacerdocio del clero incardinado en la Prelatura (cfr. Statuta, n. 102).

Tiene su sede en Roma y fue erigido el 29 de junio de 1948, fiesta de los Apóstoles Pedro y Pablo. También en Roma existe un Centro paralelo para las mujeres: el Colegio Romano de Santa María, erigido por el fundador en 1953.

1. Un centro de formación en Roma

Cavabianca o el Colegio Romano de la Santa Cruz es uno de los Centros interregionales del Opus Dei

La mejor explicación sobre el espíritu y fines del Colegio Romano de la Santa Cruz nos la ofrecen las siguientes palabras del fundador, dirigidas a un grupo de nuevos alumnos: “¿Sabéis qué quiere decir Colegio Romano de la Santa Cruz? Colegio (...) es una reunión de corazones que forman –consummati in unum– un solo corazón, que vibra con el mismo amor. Es una reunión de voluntades, que constituyen un único querer, para servir a Dios. Es una reunión de entendimientos, que están abiertos para acoger todas las verdades que iluminan nuestra común vocación divina. Romano, porque nosotros, por nuestra alma, por nuestro espíritu, somos muy romanos. Porque en Roma reside el Santo Padre, el Vice-Cristo, el dulce Cristo que pasa por la tierra. De la Santa Cruz, porque el Señor quiso coronar la Obra con la Cruz, como se rematan los edificios, un 14 de febrero... Y porque la Cruz de Cristo está inscrita en la vida del Opus Dei desde su mismo origen, como lo está en la vida de cada uno de mis hijos... Aquí venís (...) para seguir estudios teológicos de altura universitaria. Después, para convivir con vuestros hermanos de distintos países, y para que veáis que en las demás naciones hay muchas cosas admirables, dignas de ser alabadas e imitadas (...). Habéis venido a llenar de Sabiduría el vaso de vuestra alma, poniendo mucho empeño en que no se rompa. Si no mejorarais en vuestra vida interior, en la piedad y en la doctrina, habríamos perdido el tiempo” (citado en Sastre, 1991, p. 343).

Como escribe Vázquez de Prada, “el Fundador había concebido el Colegio Romano como instrumento de instrumentos, para romanizar la Obra y mantenerla unida” (AVP, III, p. 279). Entendía por “romanizar” el amor y la lealtad al Sumo Pontífice, la visión católica y ecuménica –que sabe superar nacionalismos y particularidades pueblerinas–, algo que deseaba inculcar en todos los miembros del Opus Dei, pero especialmente en aquellos que ocuparían encargos de formación o de gobierno, o servirían a los demás como sacerdotes.

Además, deseaba que el tiempo pasado en Roma ayudara a los alumnos a reforzar su unión con el Padre y sus Consejos centrales de gobierno, y con el resto de la Obra, representada allí por personas de países, culturas y mentalidades muy diversas.

También deseaba que ese periodo robusteciera su vida espiritual y el conocimiento teórico y práctico del espíritu del Opus Dei. Todo esto, acompañando la realización de los estudios institucionales de Filosofía y Teología, la licencia de grado y el doctorado en una disciplina eclesiástica.

Se cuentan por millares los alumnos que han pasado por este Centro. Hasta su muerte, san Josemaría les dedicó muchas energías y durante algunas temporadas la convivencia con ellos fue muy estrecha. Así, varias generaciones de alumnos pudieron beneficiarse directamente de su ejemplo y de sus enseñanzas, que –como tantos de ellos han declarado– fueron la experiencia más fecunda de ese periodo romano.

La historia de la expansión internacional y consolidación institucional del Opus Dei debe mucho al Colegio Romano, donde el fundador pudo formar directamente a laicos y sacerdotes que protagonizarían, en muchos casos, los comienzos y el desarrollo de la Obra en tantos lugares e iniciativas. Ellos han sido quizá la mejor cadena de transmisión del espíritu del Opus Dei, aprendido junto al fundador, a las generaciones futuras de fieles.

2. Los comienzos (1948-1955)

Los comienzos de Colegio Romano de la Santa Cruz fueron muy modestos y estuvieron caracterizados por la pobreza, las incomodidades materiales, y también la alegría de convivir en Roma con el fundador y de estar cerca de la Sede de Pedro.

Durante el verano de 1947, san Josemaría y algunos miembros del Opus Dei se habían trasladado a la portería de la actual Villa Tevere. No pudieron ocupar la vivienda principal hasta febrero de 1949, a causa de los antiguos inquilinos, que se negaron a abandonarla. Los planes contemplaban instalar allí la sede central de la Obra y “sin ahorrarse fatigas y sufrimientos” (IJC, Apéndice documental, n. 39, pp. 561-563).

Ciertamente, los hechos confirmaron la cordura de aquella “locura” inicial de san Josemaría. Después de seis años, en agosto de 1954, podía vislumbrar los prometedores resultados del Centro, y así lo escribía a varios hijos suyos que estaban al frente de las circunscripciones de la Obra: “Si me sois fieles, si no nos dejáis solos, desde el próximo año habrá numerosas promociones de sacerdotes, con los grados académicos eclesiásticos obtenidos en Roma. Esto supone que, desde diciembre del 55, podréis contar cada año con personal... si respondéis a mis llamadas, que son llamadas de Dios”. Les hablaba de la improrrogable necesidad de enviar dinero y gente para el Colegio Romano de la Santa Cruz. “Pensad que, mientras no lleguemos al final –hasta el último ladrillo, hasta la última silla–, es como si la casa de la Obra se nos quemara. Es preciso, por encima de todo, apagar este incendio” (AVP, III, pp. 273-274).

Un año después, el 20 de abril de 1955, se obtuvo el apoyo de una empresa de construcción, la empresa Castelli, que –sin solucionar el problema económico– proporcionó serenidad, pues las obras podrían continuar sin los continuos agobios debidos a la falta de liquidez, que amenazaban con paralizar todo. “Ese respiro económico permitió realizar el proyecto sin mayores retrasos. De modo que se pudo hacer frente a la necesidad de disponer de plazas suficientes, mejorando la situación de los nuevos alumnos del Colegio Romano” (AVP, III, p. 256).

3. Consolidación y sede definitiva (1956-1975)

En el año académico 1955-56 salieron sesenta nuevos doctores del Colegio Romano. A menos de diez años de su fundación, el Centro estaba alcanzando su madurez y –como había previsto san Josemaría– podía ofrecer de manera continuada promociones de sacerdotes y seglares debidamente formados. Pero, como se ha dicho, san Josemaría quería aumentar el número de alumnos hasta llegar a doscientos, y para eso era absolutamente necesario acabar los trabajos de Villa Tevere.

Además, las obras requerían una notable dedicación de tiempo por parte de los alumnos, que colaboraban en múltiples tareas relacionadas con las obras sin descuidar su exigente plan de estudios y de formación.

Cavabianca es "obra de las manos, de la cabeza, del alma, del corazón" de san Josemaría

El tiempo escaseaba y también el espacio y los medios materiales, pero estos inconvenientes se suplían con la cariñosa y vigilante presencia del fundador. Sus palabras en frecuentes tertulias eran la mejor explicación del espíritu y de la historia del Opus Dei, como han testimoniado muchas personas. Sabía encender a sus oyentes en deseos de entregarse a Dios y de llevar la luz del Evangelio a todas partes. El ambiente, muy hogareño, rebosaba alegría y espíritu juvenil, así que las incomodidades materiales se tomaban a modo de anécdota divertida. Era clara la conciencia del privilegio que suponía vivir junto a un santo auténtico, que era además un Padre, enérgico y cariñoso a la vez. Todo esto, que procede de los relatos de quienes vivieron esos momentos, permite concluir que la huella que el fundador dejó en el Colegio Romano de la Santa Cruz fue imborrable.

Con frase expresiva, lo explicaba su sucesor, cuando afirmaba que aquel Centro era “obra de las manos, de la cabeza, del alma, del corazón de nuestro queridísimo Padre” (Del Portillo, 1988, p. 132).

El 9 de enero de 1960 se terminaron por fin las obras de Villa Tevere, pero a mediados de esa década, aquellos edificios que tanto esfuerzo habían costado se habían quedado pequeños para albergar el Colegio Romano. Los alumnos seguían aumentando en número, con lo que el espacio disponible disminuía de curso en curso. San Josemaría deseaba que esos hijos suyos pudieran estar más tiempo al aire libre y con facilidades para hacer deporte.

Los órganos centrales de gobierno de la Obra, cuyas funciones también se habían dilatado, necesitaban más espacio. Fue entonces –en el mes de noviembre de 1967– “cuando determinó que el Colegio Romano no podía seguir alojado por más tiempo en la sede central del Opus Dei. Debía trasladarse a otra parte; y rápidamente. Así, pues, se pusieron a buscar un posible emplazamiento en el casco urbano. (...) Después de algunas consultas, y teniendo en cuenta el factor principal –la escasez de dinero–, el Padre se decidió por lo más ventajoso. Es decir, levantar edificios de nueva planta” (AVP, III, pp. 675-676). Se encontraron unos terrenos en las afueras de Roma, junto a la vía Flaminia: el nombre elegido para la sede definitiva fue “Cavabianca”.

De nuevo se embarcaba san Josemaría en una empresa demasiado audaz, otra “locura” a los ojos humanos (de hecho la llamaría, bromeando, una de sus “últimas locuras”). Ciertamente la situación económica no era tan desastrosa como en los años cincuenta, pero tampoco se contaba con suficientes recursos para afrontar una empresa de tal envergadura. Por otro lado, en muchos lugares se estaban cerrando seminarios y noviciados de religiosos, a causa de la crisis vocacional que se desencadenó tras el Concilio Vaticano II, y no faltaron quienes le criticaron por esto o intentaron disuadirle: “Vienen a verme obispos de todo el mundo –explicaba en 1972–, y me dicen: pero usted está loco... Y les contesto: estoy cuerdísimo. Cuando hay pájaros y no se tiene jaula, lo que hace falta es la jaula. Necesito formar allí –teniéndolos uno, dos o tres años, todo lo más– a hijos míos intelectuales de todos los países” (AVP, III, p. 677).

Entre 1968 y 1970 se realizaron los estudios y proyectos previos. En 1971, anunciaba san Josemaría: “Vamos a comenzar las obras allá arriba, en Cavabianca, con dinero que no es nuestro, con el fruto del trabajo de muchos hermanos vuestros, y con la ayuda de muchas personas que ni siquiera son cristianas”. Y más tarde añadía: “En todo el mundo hemos comenzado a preparar instrumentos de trabajo sin dinero. Yo lo había hecho antes muchas veces; pero desde hace años tenía el propósito de no volver a obrar así. Sin embargo, pensando que el bien de la Iglesia y el bien de la Obra (...) hace conveniente que muchos hijos míos pasen por Roma, hemos comenzado a construir Cavabianca con pocas liras. No quería repetir esa locura, pero ya estamos metidos en esta tarea” (Sastre, 1991, p. 618).

Las obras comenzaron el 9 de enero de 1971 y el 7 de marzo de 1974 pudieron trasladarse a Cavabianca algunos alumnos del Colegio Romano. Como había hecho en Villa Tevere, san Josemaría dedicó toda su atención a la preparación de este nuevo instrumento, incluso a detalles arquitectónicos o de decoración, para garantizar que cumpliera su función formativa y se facilitaran la vida de piedad, el estudio y el necesario descanso, junto a la práctica de las virtudes cristianas. También los alumnos de Colegio Romano colaboraron en muchas cuestiones materiales para agilizar las obras y ahorrar en lo posible.

Hasta pocos días antes de morir, san Josemaría atendió con cariño y desvelos de buen Pastor a los alumnos del Colegio Romano de la Santa Cruz. Siguió yéndoles a ver y a charlar con ellos a menudo, para formarlos y transmitirles el espíritu del Opus Dei. Cuando entregó su alma a Dios, 934 alumnos habían pasado por el Colegio Romano.


Bibliografía: AVP, III, passim; Salvador Bernal, Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer. Apuntes sobre la vida del Fundador del Opus Dei, Madrid, Rialp, 1980; Javier Echevarría, “Un’università romana ideata da San Josemaría Escrivá e realizzata da Mons. Álvaro del Portillo. Inaugurazione dell’anno accademico 2009-2010”, en Giovanni Tridente - Cristian Mendoza, Pontificia Università della Santa Croce. Dono e compito. 25 anni di attività. Pontifical University of the Holy Cross. A Gift and a Calling. 25 Years of Activities, Cinisello Balsamo (Milano), Silvana Editoriale, 2010, pp. 24-33; Álvaro del Portillo, “Homilía”, 29-VI-1988, Romana. Boletín de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei, 6 (1988), p. 132; Ana Sastre, Tiempo de caminar. Semblanza de Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, Madrid, Rialp, 1991.