Un camión de basura en Singapur

Agustine explica en este artículo que “jugaba a las cartas, apostaba en las carreras y gastaba todo lo que cayera en mis manos” hasta su conversión espiritual, que le ayudó a “abandonar el juego, lograr un trabajo estable, tener hijos y rezar el rosario a diario.”

Favores por su intercesión

Yo fui un ludópata. Jugaba a las cartas, apostaba en las carreras y gastaba todo lo que cayera en mis manos. Así viví hasta mi conversión espiritual, que me ayudó a abandonar el juego, lograr un trabajo estable, tener hijos y rezar el rosario a diario. Actualmente, conduzco un camión en el que amontono periódicos viejos para reciclaje. Aprovecho además para recoger todo aquello que puede proporcionarme un sueldo extra, como por ejemplo las latas de bebidas hechas de aluminio. Conforme he criado a mis cuatro niños, la intensidad de mi búsqueda se ha hecho mayor.

Parte de mi conversión espiritual la debo al Opus Dei, que me ha ayudado a conocer mejor la doctrina de mi fe. Otra parte, la atribuyo al nacimiento de mis dos últimos hijos. Ahora, regreso a casa cada día con la ilusión de ser recibido por el cariño y el entusiasmo de mis hijos.

A menudo, entrego a mis amigos una estampa del fundador del Opus Dei. Pido a Dios que nunca me falte el atrevimiento para hacerlo. La verdad es que yo mismo he sido testigo de su poderosa intercesión: ¡funciona!

El camión en el que cargo con los viejos periódicos tiene ya 20 años. Esto significa que debo jubilarlo ya. Pedí un préstamo para comprar uno nuevo, pero en la lista para comprar un camión había muchísima gente. Mi turno jamás parecía llegar, pese a que acudí muchas veces al concesionario. Sospeché que otros candidatos se me estaban “colando”. Mi ansiedad crecía de día en día porque, con cuatro bocas por alimentar, necesitaba mi camión para sobrevivir.

Un amigo me sugirió que hiciera una novena al beato Josemaría, y así lo hice. Los días pasaban y no había pinta de que me fueran a entregar el camión. Estaba perdiendo mis esperanzas. Pero el último día de la novena, me llamaron de la compañía de camiones para avisarme de que mi vehículo ya estaba listo. Estoy seguro de que este favor lo debo al beato Josemaría.

Desde entonces, cuando me pongo al volante le doy las gracias a diario al beato Josemaría. He colocado su estampa en el parabrisas para que lo vean los demás conductores y para recordarme a mí mismo el gran favor que me ha hecho.