La primera “tertulia” con la Virgen de Guadalupe: segundo día de la novena

El 16 de mayo de 1970 san Josemaría comenzaba la novena a la Virgen de Guadalupe en México. En este texto se relata ese primer y segundo día de esta tertulia con la Virgen.

San Josemaría había comenzado su novena en la Basílica de Guadalupe el 16 de mayo. Esa tarde, recuerda Pedro Casciaro «entramos en el presbiterio y le señalé al Padre el reclinatorio más próximo al altar, desde el que se podía contemplar la imagen de Nuestra Señora, pero no me hizo caso y se adelantó varios pasos hasta arrodillarse sobre la alfombra, aún más cerca de la prodigiosa imagen». Se quedó rezando en silencio, en la misma posición. Después de una hora, el mismo don Pedro le hizo ver que estaba llamando la atención, cosa que quería evitar. Al cabo de pocos minutos se retiró pidiendo que al día siguiente se pudiera conseguir un lugar más discreto para rezar.

Se hicieron las gestiones oportunas y se consiguió el permiso para que en los siguientes días se pudiera utilizar una tribuna ubicada en una pared lateral, justo arriba de la capilla del Santísimo. Se acordó con el sacristán sobre el sitio donde dejaría las llaves para abrir la pequeña puerta por la que se accede a las escaleras que conducen a la segunda planta.El 17 de mayo por la tarde, don Pedro —quien era muy previsor—, se adelantó junto con Adrián Galván para asegurarse que todo estuviera en orden cuando llegara el Padre. Al llegar descubrieron que las llaves no estaban en el lugar acordado así que hubo que buscarlas. Finalmente, casi al momento en que llegaba san Josemaría, aparecieron las llaves, pero los contratiempos continuaron, como dejó escrito don Javier Echevarría en sus notas de esos días: «el Padre ha llegado a la Villa de Guadalupe a las cinco y media. Ha subido a la tribuna derecha del presbiterio. Al llegar se ha cortado la luz de la escalera… Era una escalera de caracol que está como dentro de una columna. Sin luz eléctrica, aquel lugar quedaba totalmente a oscuras, porque no había ventanas. Los peldaños eran de diferentes medidas: como para matarse. Y todo lleno de polvo. Decíamos luego en broma que por allí no había subido nadie desde hacía siglos». Adrián tuvo que ayudar al Padre a subir en medio de la oscuridad.

Al llegar a la parte superior encontraron que los encargados de la Basílica habían limpiado un poco el lugar. El relato de don Javier continúa diciendo: «había un reclinatorio preparado en la tribuna, que el Padre no ha querido utilizar. Si lo utilizaba lo veía la gente, por eso prefirió ponerse un poquito retrasado, de modo que pudiera contemplar el cuadro de la Virgen y vería también a aquella gente que rezaba con tanta piedad».

Este segundo día de la novena, que coincidía con el domingo de Pentecostés, dieron inicio las “tertulias” con la Virgen, como las comenzó a llamar san Josemaría, ya que en esos ratos él y sus acompañantes entablaban un diálogo confiado con la Madre de Dios. El esquema general —que se repitió en los siguientes días— consistía en rezar las tres partes del Santo Rosario y tener un rato de oración en voz alta. Después de cada parte del Rosario, san Josemaría se detenían a hacer veinte minutos de oración en voz alta, sugiriendo en determinados momentos que alguno de sus acompañantes dijera algo también en voz alta que continuara ese diálogo en familia. En resumen: unos 60 minutos de oración en voz alta y el rezo pausado de las tres partes del Rosario.

San Josemaría hablaba con la Virgen consciente de que espiritualmente estaba acompañado por todos sus hijos e hijas del Opus Dei de todos los tiempos, y no únicamente por los que estaban ahí: «estamos aquí, en representación de tantos miles de almas». El 30 de noviembre de 1982, don Álvaro del Portillo hacía reflexionar en una meditación: «hijo mío, es como si hubieses estado allí presente: el Padre te llevó allá y rezó en tu nombre».

Josemaría Escrivá rezaba con gran confianza: «Hemos venido a pedir, a pedir como un niño pequeño, que está persuadido de que tienen que escucharle»; don Álvaro recordaba que ese día «sacó su agenda y nos leyó unas frases de la Sagrada Escritura que llevaba escritas en un cuadernillo de la agenda […] debían ser aquellos en los que el Señor nos invita a rezar con fe y perseverancia: omnia quaecumque orantes petitis, credite quia accipietis, et evenient vobis[1], todo lo que pidáis en la oración, si lo pedís con fe, lo conseguiréis».

La confiada oración de san Josemaría en Guadalupe tenía como sustento su acrisolada piedad mariana: «pedimos como un niño pequeño, como una familia pequeña, y quiero que la Obra sea siempre así: una pequeña familia, muy unida, aunque estemos extendidos por todas partes». El Padre rezaba por la Iglesia y por una “intención especial” que no era otra sino la solución jurídica definitiva del Opus Dei —que el derecho coincidiera con lo que Dios le había hecho ver el 2 de octubre de 1928—, «te hemos venido a pedir, junto a tu Madre, que acabes nuestro camino, como una coronación de la llamada que hemos recibido».

Ese día la primera parte del Rosario la dirigió don Javier, la segunda don Pedro y la tercera don Álvaro. Alberto Pacheco dirigió las letanías.

Cuando bajaron —habían transcurrido casi dos horas—, ya había luz en las escaleras, sin embargo, al preguntar a los encargados para agradecer el arreglo, ninguno lo había hecho. A partir de ese día, Adrián iría bien prevenido con una buena linterna de mano, que no fue necesario usar.


[1] Mt, 7, 7