Hay películas que vienen anunciadas, como el trueno, por un flashazo de luminotecnia y material eléctrico. «El Código Da Vinci» es una de ellas y tal vez por eso se encargó de inaugurar -e inaugurarse, pues se desprecintaba ayer- el Festival de Cannes. Antes de verla, uno ya tenía la cabeza tan llena de información controvertida y engañosa como el portero del «Spa» frente a las Cortes, entre la polémica con la Iglesia, la polémica con la Literatura y las polémicas propias de los productos que traen el superéxito mundial tatuado como el ADN; cualquier atisbo de pureza frente a la película de Ron Howard hubiera sido, con perdón, un milagro. Por no hablar de que no es fácil encontrar un espectador que no se sepa la historia que se cuenta, sus pormenores y su final...
En fin, que es un alivio ya el solo hecho de haberla visto; y un alivio también el comprobar que se puede ver como una mera película, que tiene momentos buenos y otros que no lo son, que compagina las situaciones interesantes con otras completamente planas, que se defiende demasiado el argumento con largas peroratas y con engorrosas explicaciones; que, como mucho, no pasa de verosímil, sin acercarse ni de lejos a lo que se podría llamar pomposamente «la verdad»... O por decirlo de otro modo, «El Código Da Vinci» es una película como tantas otras, aunque mucho más cara, bastante más larga y con unas evidentes pretensiones comerciales (y apostaría que no otras, ni artísticas, ni filosóficas, ni religiosas, ni ideológicas...)
Y sobre esa base, la puramente comercial, estuvieron ayer en el Festival las mejores armas de la película con ánimo de promocionarla. Su director, Ron Howard, y sus principales protagonistas, Tom Hanks, Audrey Tautou, Paul Bettany, Ian McKellen, Jean Reno y Alfred Molina. Bueno, por resumir, no tenía ninguno la sensación de haber cometido ningún acto reprochable (que no fuera, al menos, contra la esencia del séptimo arte), sino una adaptación absolutamente fiel de la novela de mayor éxito del mundo. Incluso una adaptación demasiado fiel, lo cual es, en realidad, el mayor reproche que se le puede hacer: lo que leído se deja fácilmente desentrañar y hasta resultará entretenido para muchos, visto en cine corre el riesgo de convertirse en puro plomo.
Plano irreal
Por eso, «El Código Da Vinci» va perdiendo fuelle a medida que transcurre y a medida que hay que ir embutiéndole al espectador toda esa «información» que es la base de la intriga y, sobre todo, de la polémica. Es comprensible que la Iglesia y el Opus Dei se sientan vejados por el papel que se les encomienda tanto en la novela de Dan Brown como en la película de Howard, que es el de villanos, mentirosos y asesinos, y que hayan intentado (al parecer sin que se les hiciera el menor caso) que se pusiera un cartel avisando de que todo lo que se cuenta ahí es fruto de la imaginación. Las imágenes brutales de sadismo que se muestran de Paul Bettany, que interpreta al monje majareta, o esas conversaciones entre obispos y prelados, por completo fuera de lógica, han de situarse en un plano claramente irreal, y así lo parecen y están filmadas. Lo que, en cambio, resulta más ambiguo y enigmático, es ese supuesto material histórico sobre códigos, guardianes, sectas, ordenes y gaitas, y más aún la relectura que se hace de la figura de Jesucristo y de María Magdalena, dicho todo ello en un tono sentencioso, axiomático, como si en vez de una versión fuera el original, y así como que si non e vero e ben trovato...
De Tom Hanks y de Audrey Tautou, que interpretan a la pareja protagonista, se puede decir que conectan entre ellos con la misma dificultad que mi portátil con Internet; no se pisan las frases y... poco más. Y con esto quedó inaugurada esta edicion del Festival de Cannes, que nos deparará, sin duda, mejores películas y mejores palabras para contarlo.