Estaba previsto que el comienzo en Torreciudad fuera el 7 de julio, pero lo que nadie podía sospechar era que la misa sería de funeral por san Josemaría, que nos dejó y se fue al cielo el 26 de junio.
Después de toda la ilusión que él había puesto, y que nosotros habíamos invertido en el santuario, que él falleciera sin haberlo visto hubiera sido una gran desgracia. Fue como un milagro que lo hubiera visto todo terminado.
Cuando estuvimos en el funeral, el 7 de julio, que fue el primer acto litúrgico en el santuario terminado, los sentimientos eran una mezcla de gozo y pena. De gozo por ver Torreciudad terminado y disfrutar con todos los que lo veían por primera vez; aquello era un gozo. Pero se nos había ido san Josemaría, y eso hizo que fuera un día de una particular emoción.