La primera preocupación era, naturalmente, que la iglesia, que es lo principal en Torreciudad, le gustara al Padre. No sabíamos si la solución que Heliodoro había hecho, que era muy original, le gustaría.
El 26 de mayo, un mes antes de marchar al cielo, fue muy bonito, porque cuando entró en la iglesia por primera vez, entramos, giramos, y le dijimos a Ramón que, en el momento en que hiciéramos la señal, encendiera todas las luces de la iglesia. Y cuando las encendieron, él vio toda la iglesia completa, cómo la arquitectura acompañaba al retablo. Entonces dijo: "Esto, hijo mío, es una iglesia preciosa".
Además, tuvimos la enorme alegría de que nos dijo que le había gustado todo muchísimo, que lo habíamos hecho muy bien. El retablo también le entusiasmó.
Nos hizo acercarnos a una ventana y, al observar, comentó: "Están colocados los ladrillos con la misma perfección que en los sitios más asequibles de Torreciudad".
Aquí también se vivió ese espíritu de trabajar sobre todo para Dios. Así que fue para nosotros una enorme alegría ver que aquel sueño que deseaba nuestro Padre se había realizado.