Desde el inicio del Opus Dei, san Josemaría Escrivá tuvo como patronos de la Obra a santa María y a san José, a quien llamaba, con una expresión tradicional en la Iglesia, “mi Padre y Señor”. Vivió la costumbre de dedicar al santo Patriarca los miércoles de cada semana como modo de fomentar la devoción a san José y la presencia de Dios.
Ya en los primeros años estableció algunas costumbres relacionadas con san José. En 1935, cuando estaba preparando el oratorio de DYA —la primera residencia de estudiantes del Opus Dei— y no lograba encontrar todos los objetos necesarios para el culto, acudió a la intercesión de san José. El 18 de marzo de ese año, víspera de la fiesta del santo Patriarca, una persona desconocida dejó en la portería de la residencia los objetos que les faltaban para el oratorio, como unos candeleros, una campanilla y una palmatoria.
En las jornadas posteriores, trataron de averiguar quién había sido ese misterioso benefactor, pero no consiguieron dar con él. Como agradecimiento a la intercesión de san José, el fundador mandó que en todos los centros de la Obra la llave del Sagrario llevase una cadenita con una medalla en la que esté inscrito Ite ad Ioseph (“Id a José”).
En 1935 dispuso que en los centros de la Obra se hiciera una colecta para atender las necesidades materiales de los enfermos y a las familias de los niños a los que daban catequesis, enviar limosnas a organizaciones dedicadas a misiones, y comprar las flores que adornaban el altar y las imágenes de la Virgen. Las colectas —en las que se pasaba una bolsa para que cada uno diese lo que quisiera— eran los sábados, en honor de la Virgen María, y el 19 de cada mes, en honor de san José.
En este contexto de devoción y de intercesión del santo Patriarca, Josemaría Escrivá añadió una costumbre más en el Opus Dei que consistió en pedirle colectivamente que enviara más personas a la Obra. Aunque no tenemos muchos datos, sabemos que la idea se materializó en marzo de 1934 en la academia DYA de Madrid, con la elaboración de una lista de personas a las que pensaban que Dios podía llamar al Opus Dei y por las que se comprometían a rezar durante el año.
En cambio, conocemos con cierto detalle cómo se desarrollaron los acontecimientos un año más tarde. El 18 de marzo de 1935 todos los miembros del Opus Dei presentes en Madrid se reunieron en la residencia DYA. El fundador redactó en tres cuartillas unas oraciones para pedir a Dios que enviara más personas a la Obra, por la intercesión de san José.
Además, por turno, escribieron en un mismo papel los nombres de los amigos y conocidos que pensaban que podían pedir la admisión en el año sucesivo. Llamaron a este encuentro, que tenía un carácter familiar, la “lista grande”. Con esta costumbre el fundador animaba a sus hijos para que rezaran por las nuevas personas que podían llegar a la Obra y para que acudieran al auxilio del esposo de María.
Tiempo después, san Josemaría lo explicaba así: «la costumbre de la lista de San José empezó antes de la guerra española de 1936. Nació con una gran naturalidad, como todas nuestras normas y costumbres: con la naturalidad con que el agua mana de una fuente. Necesitábamos vocaciones, y nada más lógico que acudir a la intercesión de Nuestro Padre y Señor San José. Él era el cabeza de familia en el hogar de Nazaret; por eso es natural que le pidamos que aumente la nuestra, que seamos muchos, cada día más, en el Opus Dei: una familia numerosa».
Cuando empezó la Guerra Civil española, la represión que sufrieron los católicos —de modo particular el clero, con miles de sacerdotes asesinados— hizo imposible la expansión de la Obra en la zona republicana. Josemaría Escrivá se vio obligado a esconderse en casas particulares, en un sanatorio psiquiátrico y en la legación de la República de Honduras en Madrid. El fundador llegó a la legación el 14 de marzo de 1937. Con él se refugiaron otros cuatro miembros de la Obra: José María González Barredo, Álvaro del Portillo, Eduardo Alastrué. Unos días más tarde —el 7 de abril— Juan Jiménez Vargas se incorporó al equipo de asilados.
Como no habían tenido posibilidad de reunirse el 18 de marzo, Escrivá propuso en la legación hondureña recuperar la costumbre de hacer una lista de las personas que pensaban que podían solicitar la admisión en la Obra para ponerlas bajo la protección de San José. Y, a pesar de las circunstancias tan extraordinarias en las que vivían —la mayor parte de sus amigos estaban escondidos, refugiados o eran soldados de uno de los dos ejércitos en conflicto— elaboraron el elenco. De hecho, se conservan dos listas, de fechas 9 y 10 de abril de 1937, con diecinueve nombres, escritas por Álvaro del Portillo y por Juan Jiménez Vargas.
La costumbre de la “lista grande” o, como se empezó a llamar, la “lista de san José” se estableció en todos los centros del Opus Dei, una tradición que se vive a día de hoy.
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