«Con el demonio no se dialoga»

Después de su viaje a Asia el Papa Francisco ha retomado las catequesis sobre el Espíritu Santo. En esta ocasión ha hablado sobre la existencia del demonio, sus manifestaciones y cómo los cristianos podemos combatirle.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Justo después de su bautismo en el Jordán, Jesús «fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo» (Mt 4,1), así dice el Evangelio de Mateo. La iniciativa no es de satanás, sino de Dios. Al ir al desierto, Jesús obedece a una inspiración del Espíritu Santo, no cae en una trampa del enemigo, ¡no! Una vez superada la prueba, está escrito que Él volvió a Galilea «con la fuerza del Espíritu Santo» (Lc 4,14).

Jesús, en el desierto, se liberó de satanás y ahora puede liberar de satanás. Eso es lo que los Evangelistas resaltan con las numerosas historias de liberación de endemoniados. Jesús les dice a sus oponentes: «Si yo expulso a los demonios por el Espíritu de Dios, es que el reino de Dios ha llegado a vosotros» (Mt 12,27).

Hoy asistimos a un fenómeno extraño con respecto al demonio. A cierto nivel cultural, se cree que simplemente no existe. Sería un símbolo del inconsciente colectivo, o de la alienación, en fin, una metáfora. Pero «la mayor astucia del demonio es hacer creer que no existe», como escribió alguien (Charles Baudelaire). Es astuto: nos hace creer que no existe y así domina todo. Es astuto. Y, sin embargo, nuestro mundo tecnológico y secularizado está lleno de magos, de ocultismo, espiritismo, astrólogos, vendedores de hechizos y amuletos, y desafortunadamente, de verdaderas sectas satánicas. Expulsado por la puerta, se podría decir que el diablo ha vuelto a entrar por la ventana. Expulsado por la fe, regresa con la superstición. Y si tú eres supersticioso, inconscientemente estás dialogando con el diablo. Con el diablo no se dialoga.

La prueba más fuerte de la existencia de satanás no se encuentra en los pecadores o en los poseídos, sino en los santos. “¿Y cómo es eso, padre?”. Sí, es verdad que el demonio está presente y activo en ciertas formas extremas y “deshumanas” de maldad y crueldad que vemos a nuestro alrededor. Pero por este camino, es prácticamente imposible llegar, en casos individuales, a la certeza de que realmente se trata de él, ya que no podemos saber con precisión dónde termina su acción y dónde comienza nuestro propio mal. Por eso la Iglesia es muy prudente y rigurosa en el ejercicio del exorcismo, a diferencia de lo que ocurre, lamentablemente, en ciertas películas.

Es en la vida de los santos, precisamente ahí, donde el demonio se ve obligado a salir a la luz, a ponerse “a contraluz”. Todos los santos, en mayor o menor medida, todos los grandes creyentes, testifican su lucha con esta oscura realidad, y no se puede honestamente suponer que todos ellos fueron unos ilusos o simples víctimas de los prejuicios de su tiempo.

La batalla contra el espíritu del mal se gana como la ganó Jesús en el desierto: con golpes de la palabra de Dios. Fíjense que Jesús no dialoga con el demonio, nunca ha dialogado con el demonio. O lo expulsa, o lo condena, pero nunca dialoga. Y en el desierto responde no con su palabra, sino con la palabra de Dios. Hermanos, hermanas, ¡nunca dialoguen con el diablo! Cuando venga con tentaciones: “sería bonito esto, sería bonito aquello”, ¡detente! Eleva tu corazón al Señor, reza a la Virgen y expúlsalo, como Jesús nos enseñó a expulsarlo. San Pedro también sugiere otro medio, del cual Jesús no necesitaba, pero nosotros sí: la vigilancia. «Sed sobrios, velad. Vuestro enemigo, el diablo, como un león rugiente, ronda buscando a quién devorar» (1 Pe 5,8). Y San Pablo nos dice: «No deis oportunidad al diablo» (Ef 4,27).

Después de que Cristo, en la cruz, derrotara para siempre el poder del «príncipe de este mundo» (Jn 12,31), el demonio – como decía un Padre de la Iglesia – «está atado, como un perro encadenado; no puede morder a nadie, excepto a quien, desafiando el peligro, se le acerque… Puede ladrar, puede tentar, pero no puede morder, excepto a quien lo desee». Si eres un tonto y te acercas al diablo y le dices: “Ah, ¿cómo estás?”, te arruinará. ¿El diablo? ¡A distancia! Con el diablo no se dialoga. Se le expulsa. Distancia. Y todos nosotros, todos, hemos experimentado cómo el diablo se acerca con alguna tentación, relacionada con los diez mandamientos. Cuando sentimos esto, ¡detente! ¡Distancia! No te acerques al perro encadenado.

La tecnología moderna, por ejemplo, además de tantos recursos positivos que deben ser apreciados, también ofrece innumerables medios para “dar oportunidad al diablo”, y muchos caen en ello. Pensemos en la pornografía en la red, detrás de la cual hay un floreciente mercado, todos lo sabemos. Es el diablo quien trabaja allí. Este es un fenómeno muy extendido, del cual los cristianos deben cuidarse bien y rechazar con fuerza. Porque cualquier teléfono tiene acceso a esta brutalidad, a este lenguaje del diablo: la pornografía en la red.

La conciencia de la acción del diablo en la historia no debe desanimarnos. El pensamiento final debe ser, también en este caso, de confianza y seguridad: “Estoy con el Señor, vete”. Cristo ha vencido al demonio y nos ha dado el Espíritu Santo para hacer nuestra su victoria. La misma acción del enemigo puede volverse en nuestro beneficio si, con la ayuda de Dios, la hacemos servir para nuestra purificación. Por eso pidamos al Espíritu Santo, con las palabras del himno Veni Creator:

«Aparta de nosotros al enemigo

y concédenos pronto la paz.

Contigo que nos guías,

evitaremos todo mal».

Tengan cuidado, el diablo es astuto. Pero nosotros los cristianos, con la gracia de Dios, somos más astutos que él. Gracias.