El padre Arregui, sacerdote de la Prelatura del Opus Dei, vivió marcado por una convicción sencilla y luminosa: Dios se descubre en lo cotidiano, en el trabajo ejecutado con esmero, en la fidelidad de cada jornada y en la caridad discreta que no busca protagonismo. Por ello, para miles de ecuatorianos, este 5 de febrero de 2026, la noticia del fallecimiento de monseñor Antonio Arregui Yarza llega cargada de nostalgia y profundo pesar por aquel vasco que amó con todas sus fuerzas al Ecuador de su alma.
Nació en el pequeño municipio de Oñate, provincia de Guipúzcoa, en el País Vasco, al norte de España, el 13 de junio de 1939.
Como dato singular, ese mismo día san Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei, concluía en Alacuás, provincia de Valencia, un retiro espiritual con varios jóvenes y escribió una carta a los residentes del Centro de Madrid expresándoles: “¡Esto marcha! Ayer envió el Señor a otro: cuatro, nuevos, en total. Y de buena pasta. Espero que tendrán perseverancia”.
En 1957, tras concluir su bachillerato en el Instituto Peñaflorida de San Sebastián, conoció el Opus Dei y, a sus tempranos 18 años, decidió dedicar su vida al servicio de las almas, allí donde Dios dispusiera.

Estudió Teología y Filosofía en el Studium Generale del Opus Dei, y completó su formación con dos doctorados: uno en Derecho Canónico, por la Universidad Angelicum, y otro en Jurisprudencia, por la Universidad de Navarra.
El 13 de marzo de 1964 recibió la ordenación sacerdotal. Cuando se le preguntó si estaba dispuesto a servir en el Ecuador —en la mitad del mundo— no vaciló. Partió de inmediato hacia ese “lejano” país tropical que lo acogió en 1965. Desde entonces, su historia pastoral quedó íntimamente ligada al Ecuador, donde residió durante 62 años.
El amor por esa tierra fue inmediato: por su historia, su geografía, su dinamismo social y porque le permitía cumplir uno de sus anhelos más profundos: servir a las personas como confesor, administrador de sacramentos, capellán de diversas instituciones e impulsor de numerosas obras de asistencia para quienes padecían necesidades. A pesar de las dificultades —que nunca faltaron— jamás perdió la sonrisa ni dejó de extender su mano para ofrecer un detalle, una palabra o un consuelo a quien lo necesitara.

Antes de asumir responsabilidades episcopales, dedicó largos años a la formación cristiana y académica, y a la evangelización mediante los medios de comunicación, llegando a dirigir Radio Católica Nacional. En un Ecuador en transformación, supo comprender que la fe también requería voz pública, presencia y claridad.
En los años ochenta colaboró decisivamente en un acontecimiento histórico para el país: coordinó la visita de san Juan Pablo II al Ecuador. Aquella visita fue, para muchos, un soplo de esperanza; y Mons. Arregui estuvo allí, entre bastidores, haciendo posible lo extraordinario con paciencia, orden y una serenidad contagiosa.
El 4 de enero de 1990 fue nombrado obispo auxiliar de Quito. Posteriormente fue trasladado a Ibarra, donde ejerció su ministerio desde el 25 de julio de 1995 hasta el 7 de mayo de 2003, cuando san Juan Pablo II lo designó arzobispo de Guayaquil. Su gestión se distinguió por el impulso a la vida pastoral, la promoción de la comunión eclesial y una especial dedicación a las vocaciones sacerdotales y a la vida cristiana de la ciudad.

El 24 de septiembre de 2015 presentó su renuncia al cumplir los 75 años, conforme lo establece el Derecho Canónico; meses después fue aceptada por el papa Francisco. Desde entonces, retomó plenamente su labor sacerdotal como miembro del Opus Dei: predicando, confesando y administrando sacramentos en las labores apostólicas de la Prelatura.
Fue presidente de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana en varios períodos y participó como Padre Sinodal en la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre la Nueva Evangelización, convocado por el papa Benedicto XVI.
Además de sus responsabilidades académicas como catedrático de la Universidad de Navarra y del Seminario Mayor de Ibarra, director de Radio Católica Nacional y del Óbolo de San Pedro, Mons. Arregui prestó particular atención a obras de carácter social y pastoral en Quito: el Banco de Alimentos, iniciativas educativas para jóvenes, programas de profesionalización para trabajadores, proyectos de fortalecimiento familiar y el acompañamiento pastoral a las comunidades indígenas del país. Aunque solo en 1986 obtuvo la nacionalidad ecuatoriana, su cariño por ese país nació desde el primer día.

Poseía una notable facilidad para la escritura, y una de sus obras más difundidas fue En Parábolas, una colección de 80 narraciones de Cristo con sentido moral.
Este 5 de febrero, cientos de ecuatorianos de todas las condiciones sociales se preparan para despedir al sacerdote, obispo y pastor que siempre se mantuvo cercano a la gente.
La velación se realizará en la Catedral Metropolitana de Guayaquil hasta sus exequias, el sábado 7 de febrero de 2026, a las 12:00 p.m.
Será depositado en la cripta de los Arzobispos que hay en la Catedral de Guayaquil. Allí mismo está enterrado Mons. Juan Larrea.
