Homilía del Prelado en la fiesta del beato Álvaro del Portillo

Mons. Fernando Ocáriz, en la misa celebrada el 12 de mayo de 2026 en la basílica de San Eugenio (Roma).

«El Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar. Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas». Son palabras del Salmo 22, el salmo escogido para la misa del Beato Álvaro, el pastor bueno y fiel que supo conducir a sus hijos y a tantas almas hacia las fuentes tranquilas, imagen luminosa de un corazón pacificado por el Amor.

En un mundo tantas veces agitado por el ruido y la falta de paz, su vida fue un reflejo sereno de esa paz que solo Dios puede dar. Él mismo lo expresaba con sencillez y profundidad en una reunión de familia: «Cuando nuestra alma está ordenada a Dios, como un mar en calma, se experimenta el gaudium cum pace, el gozo y la paz: una alegría que se contagia a los demás»[1]. Y verdaderamente así era su presencia: una paz serena y humilde que alcanzaba silenciosamente el corazón de quienes lo rodeaban.

Al beato Álvaro se le podrían aplicar con verdad estas palabras de san Josemaría: «Característica evidente de un hombre de Dios, de una mujer de Dios, es la paz en su alma: tiene “la paz” y da “la paz” a las personas que trata»[2].

Pero esa paz y esa alegría no se reducían a un natural estado de ánimo; sino que nacían de una unión profunda con el Señor, que es la verdadera paz del mundo. Así lo ha querido poner de manifiesto el Papa León XIV: «Como Rey de la paz, Jesús quiere reconciliar al mundo en el abrazo del Padre y derribar todos los muros que nos separan de Dios y del prójimo, porque Él “es nuestra paz” (Ef 2,14)»[3].

Junto a la paz, el Evangelio que acabamos de escuchar nos dice que «El buen pastor da la vida por las ovejas» (Jn 10, 11). Jesús, el Buen Pastor, antes de entregarse en el pan eucarístico a sus discípulos en la Última Cena, lo parte, anticipando y simbolizando así el desgarramiento de su propio corazón, atravesado más tarde por una lanza en la cruz. Esa es la lógica del amor verdadero: darse por entero para que otros tengan vida.

Por eso resuenan hoy con especial fuerza también las palabras de la Carta a los Colosenses, que hemos escuchado en la primera lectura: «Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia» (1, 24-25).

Así fue también don Álvaro. Fue gastando silenciosamente su vida en servicio de los demás, con una entrega humilde y serena. Y precisamente en esa entrega, muchas personas pudieron descubrir el rostro cercano y misericordioso de Dios. Su vida, ofrecida con sencillez, se convirtió para tantos en consuelo y fortaleza.

La verdadera paz no es la que busca ante todo la ausencia de conflictos. El buen Pastor no huye cuando ve llegar al lobo, sino que permanece fiel y defiende con su vida a las ovejas. Porque la paz es, ante todo, un don que arraiga en la fortalza de Dios, aquella paz profunda que Cristo entregó a sus discípulos: «La paz os dejo, mi paz os doy» (Jn 14,27).

La paz que transmitía don Álvaro, junto a una actitud de comprensión y de cariño, incluía así el ejercicio de la fortaleza, de modo particular cuando era necesario exigir o corregir a otras personas. Así se expresaba, por ejemplo, en una carta pastoral: «Necesito recordaros también que ser sembradores de paz no significa que hayamos de transigir ante cualquier suceso o conversación (…). Al contrario, hijos míos: trataremos, con santa intransigencia, de ahogar el mal en abundancia de bien, como decía nuestro Padre, precisamente para que reine la verdadera paz entre los hombres de este mundo nuestro»[4].

Como en cualquier epoca, hoy el corazón humano sigue teniendo sed de verdad, sed de autenticidad; en definitiva, sed de Dios. Porque la verdadera paz solo puede desplegar sus alas allí donde habita la verdad.

No puede haber paz sin amor a la verdad. Cristo ha venido a la tierra, dice san Pablo, para que «todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4).

El beato Álvaro fue precisamente un hombre de paz porque, siguiendo el ejemplo de San Josemaría, supo amar la verdad con todo su corazón y con todas sus fuerzas.

Acudamos a la Virgen María, la Reina de la Paz. A Ella, que guardaba todas las cosas en su corazón y permaneció firme junto a la cruz de su Hijo, le pedimos que nos enseñe el camino de la paz verdadera. Y también le pedimos que nos conceda, por intercesión del Beato Álvaro del Portillo, la gracia de tener paz en el alma y de saber llevarla a los demás.

Así sea.


[1] Álvaro del Portillo, Notas de una reunión familiar, 24-II-1988 (Archivo General de la Prelatura –AGP–, P04, 1988, p. 542.

[2] San Josemaría, Forja, n. 649.

[3] Papa Léon, Homilía Domingo de Ramos, 29-III-2026.

[4] Carta pastoral, 1-X-1989 (AGP, biblioteca, P17, III, n. 52).