- Poner en manos de Dios lo que tenemos.
- Distribuir los dones del Señor.
NOS CUENTA hoy el evangelista Mateo que la multitud buscaba insistentemente al Señor. Disfrutaba tanto con su predicación y sus milagros que, cuando por fin lo encontraban, lo escuchaban con gusto hasta la puesta de sol. En una de estas ocasiones, los apóstoles le sugirieron a Jesús que despidiera a la gente antes de que se hiciera de noche, para que buscaran dónde comprar algo de comida para el camino de vuelta a sus casas. Sin embargo, el Señor, conmovido ante esos corazones que tenían tanta sed de su palabra, no quiso dejarles marchar sin hacerles un último regalo.
Al estar en un descampado, Jesús sabía que no iba a ser fácil encontrar comida para tantos en las aldeas y caseríos cercanos. Por eso quiso aprovechar aquella circunstancia para formar a sus apóstoles. Jesús quería que confiaran en él, que aprendieran a soñar a lo grande y que no se detuvieran ante las dificultades. Entonces les dijo: «Dadles vosotros de comer» (Mt 14,16). Ellos no entendieron aquella indicación tan desconcertante: el tiempo, el lugar y la falta de recursos hacían imposible alimentar a aquella multitud. Habrían hecho falta varios carros cargados de pan y una cantidad de dinero de la que carecían.
Los apóstoles no sabían qué hacer. Uno de ellos dijo a Jesús: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces» (Mt 14,17). Podemos imaginar que se trataba de la merienda o la cena de alguno de los presentes, que ofreció generosamente lo poco que llevaba consigo. «Traédmelos» (Mt 14,18), respondió el Señor. Aquellos pocos panes y peces se convirtieron en la materia prima del milagro. Sucede también así en nuestra vida: Dios sabe bien que nosotros solos no podemos hacer gran cosa, pero no deja de pedirnos que pongamos en sus manos lo poco que tenemos. Gracias a ese pequeño don, Cristo pudo saciar a toda la multitud. Por eso, podemos preguntarnos: «“¿Qué le llevo hoy a Jesús?”. Él puede hacer mucho con una oración nuestra, con un gesto nuestro de caridad hacia los demás, incluso con nuestra miseria entregada a su misericordia. Nuestras pequeñeces a Jesús, y él hace milagros. A Dios le encanta actuar así: hace grandes cosas a partir de las pequeñas, de las gratuitas»[1]. Cuando le ofrecemos con sencillez lo que somos y lo que tenemos, aunque parezca insuficiente, el Señor puede multiplicarlo mucho más de lo que imaginamos.
EL SEÑOR «mandó a la gente que se recostara en la hierba» (Mt 14,19). Poco a poco se fueron distribuyendo por toda la colina, formando corros de amigos y conocidos. Eran más de cinco mil personas; una auténtica muchedumbre, aunque en el corazón del Señor cada uno encontraba un sitio de privilegio. A sus ojos no eran una masa anónima, sino personas elegidas y queridas, reunidas a su alrededor con hambre de salvación. Toda la escena tiene algo de banquete festivo, como una imagen anticipada de los tiempos mesiánicos, cuando el pueblo disfrutará de una salvación definitiva, acompañada de toda clase de bienes.
«Tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente» (Mt 14,19). Los gestos y palabras de Jesús evocan el rito que el padre de familia realizaba en la comida al partir el pan. Aquel gesto iba acompañado de una oración en la que se unían la acción de gracias, la bendición y la alabanza. Era tradición que el primer trozo de pan lo comiera quien lo bendecía y que después lo distribuyera a los demás. En esta ocasión, ante la cantidad de personas reunidas, Jesús no da los pedazos directamente a la gente, sino que se los entrega a los discípulos para que sean ellos quienes los repartan.
Los apóstoles participaron así en el milagro. A pesar de su pequeñez, se convirtieron en signo concreto de la acción omnipotente del Señor. Era evidente que con cinco panes y dos peces no se podía alimentar a una multitud tan grande. Sin embargo, lo que parecía insuficiente se transformó en una comida abundante, de la que «comieron todos y se saciaron» (Mt 14,20). También hoy el Señor cuenta con nosotros para saciar el hambre de Dios de las personas que nos rodean. Los dones que nos ha dado –la fe, los sacramentos, la vocación– no son solo para nosotros: están llamados a pasar por nuestras manos y a convertirse en alimento para muchos. San Josemaría contemplaba así esta escena: «Él podía sacar el pan de donde le pareciera…, ¡pues, no! Busca la cooperación humana: necesita de un niño, de un muchacho, de unos trozos de pan y de unos peces. Le hacemos falta tú y yo, ¡y es Dios! Esto nos ha de urgir a ser generosos, en nuestra correspondencia a sus gracias»[2]. Jesús podría hacerlo todo sin nosotros; pero quiere asociarnos a su compasión, para que nuestra pobreza, unida a la suya, llegue a ser abundancia para los demás.
AL FINAL del relato, el evangelista añade un detalle significativo: se recogieron «doce cestos llenos de sobras» (Mt 14,20). En esos cestos, colmados de pan y de peces, descubrimos un mensaje sobre la gratuidad y la generosidad divina. Jesús habría podido calcular con exactitud la comida necesaria para todos. En cambio, quiso que hubiera más de lo necesario y que los discípulos recogieran lo que había sobrado. De este modo nos muestra que Dios concede sus dones y sus gracias sin medida, sin los cálculos humanos de la eficacia o de la mera suficiencia.
El don por excelencia que el Señor nos ha hecho, y que queda prefigurado en este milagro, es la Eucaristía. «Pensemos en lo bonito que es –reflexiona el Papa León XIV–, cuando hacemos un regalo –quizás pequeño, acorde con nuestras posibilidades– ver que es apreciado por quien lo recibe; lo contentos que nos sentimos cuando comprobamos que, a pesar de su sencillez, ese regalo nos une aún más a quienes amamos. Pues bien, en la Eucaristía, entre nosotros y Dios, sucede precisamente esto, el Señor acoge, santifica y bendice el pan y el vino que ponemos en el altar, junto con la ofrenda de nuestra vida, y los transforma en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sacrificio de amor para la salvación del mundo»[3].
En este sacramento, Cristo se convierte en alimento para nosotros, que estamos hambrientos de verdad y de vida. «Jesús se quedó en la Eucaristía por amor..., por ti. –Se quedó, sabiendo cómo le recibirían los hombres... y cómo lo recibes tú. –Se quedó, para que le comas, para que le visites y le cuentes tus cosas y, tratándolo en la oración junto al sagrario y en la recepción del sacramento, te enamores más cada día, y hagas que otras almas –¡muchas!– sigan igual camino»[4]. Podemos pedir a la Virgen María un corazón eucarístico como el suyo: un corazón que sepa acudir a Cristo para saciar su propia hambre y que, unido a él, aprenda también a convertirse en alimento para los demás.
[1] Francisco, Ángelus, 25-VI-2021.
[2] San Josemaría, Forja, n. 674.
[3] León XIV, Ángelus, 22-VI-2025.
[4] San Josemaría, Forja, n. 887.

