Por María García Rojas
Mientras el mundo corre de prisa y las obligaciones se acumulan sin tregua, existe un lugar donde el silencio tiene otro significado. No es vacío ni ausencia. Es una pausa necesaria para escuchar aquello que tantas veces queda ahogado por el ruido cotidiano. Así vivimos, del 9 al 12 de julio, un curso de retiro espiritual en Atarraya, Silvania, donde 27 mujeres, once de ellas provenientes de Ibagué, emprendimos un viaje que fue mucho más interior que geográfico.
Esta historia tiene lugar en Atarraya, una de las tres casas de Torreblanca, junto con Farallones y la casa principal. Torreblanca, ubicada en Silvania Cundinamarca, es un lugar dedicado a la realización de retiros, convivencias y actividades de formación humana y espiritual. En sus espacios se busca ofrecer un ambiente propicio para la reflexión, el crecimiento personal y el encuentro con Dios, propósito que da sentido a los acontecimientos que se narran en estas líneas.

Desde el primer momento, el paisaje sereno y el ambiente acogedor nos invitaron a desacelerar el paso. Para algunas era la primera experiencia de este tipo; para otras, un esperado reencuentro con Dios.
Entre las participantes se encontraba también Sarita, una adolescente que quiso acompañar a su mamá en su primer retiro. Su entusiasmo recordaba que estas actividades están abiertas a las distintas etapas de la vida familiar. De hecho, cuando una madre tiene hijos pequeños, en Atarraya y Torreblanca encuentra el apoyo necesario para participar con serenidad: los niños pueden permanecer bien atendidos mientras ella asiste a las meditaciones y demás actividades. A esto se suma la ayuda espontánea y generosa de tantas mujeres que, con espíritu de servicio, hacen que todas se sientan acompañadas y como en casa. Esta manera de vivir la fraternidad convierte cada encuentro en una verdadera experiencia de familia.
Homilía pronunciada el 11–03–1960 en la que san Josemaría glosó una de las ideas que más predicó a lo largo de su vida: la grandeza de la vida ordinaria del que se sabe hijo de Dios.
Para quienes viajamos desde Ibagué, el retiro tenía un significado especial. Aunque nuestra ciudad aún no cuenta con un centro del Opus Dei, existe una labor apostólica naciente que crece con fuerza gracias al entusiasmo, la amistad y el compromiso de muchas familias. Cada encuentro, cada círculo y cada actividad de formación representan una oportunidad para fortalecer una red de personas que desean vivir con profundidad su fe en medio de la vida ordinaria.
Los cursos de retiro buscan precisamente eso: favorecer un encuentro personal con Dios en un ambiente de recogimiento y silencio, creando las condiciones para un diálogo más profundo con Él.
En esos días redescubrimos la grandeza de nuestra filiación divina: la certeza de sabernos amadas personalmente por Dios y llamadas por Él, no por nuestros méritos ni por nuestra perfección, sino por nuestra condición de hijas.

De la mano del padre Jaime que predicó el retiro, fuimos examinando la autenticidad de nuestra vida interior. Entre ratos de oración, meditaciones y conversaciones llenas de contenido espiritual, comprendimos que el silencio no es una huida de la realidad. Por el contrario, es una preparación para volver a ella con una mirada nueva.
Aprendimos que la santidad no se encuentra lejos de nuestras ocupaciones diarias. Está en el trabajo realizado con amor, en el cuidado de la familia, en el cumplimiento responsable de los deberes ordinarios y en los pequeños detalles que muchas veces pasan desapercibidos. Allí donde está nuestro tesoro, está también nuestro corazón.
Reflexionamos sobre el mensaje central de san Josemaría Escrivá: la santificación del trabajo y de la vida corriente. Descubrimos que nuestras jornadas laborales, nuestros desvelos y responsabilidades pueden convertirse en un camino de encuentro con Dios cuando se realizan con rectitud de intención, iniciativa y espíritu de servicio.
La humildad apareció entonces como una de las grandes protagonistas del retiro. Esa virtud silenciosa que permite trabajar mucho sin necesidad de protagonismo, hacer y desaparecer para que sea Cristo quien brille.
También experimentamos el valor de la amistad. En medio del recogimiento, cada gesto adquiría una profundidad especial: una sonrisa oportuna, una palabra amable, una ayuda espontánea o un abrazo al terminar una meditación. Comprendimos que la amistad verdadera no es simplemente un medio para acercar a otros a Dios, sino una manifestación concreta de la caridad cristiana.
Como enseñaba san Josemaría: "En un cristiano, en un hijo de Dios, la amistad y la caridad forman una sola cosa: luz divina que da calor". (Forja, n. 565).

Entre profesionales, madres de familia, jóvenes y mujeres de distintas historias de vida, descubrimos que compartíamos una misma aspiración: buscar la santidad en medio de nuestras circunstancias concretas, allí donde Dios nos ha puesto.
Incluso nuestras limitaciones cobraron un nuevo sentido. Entendimos que los defectos y fragilidades, puestos en manos del Señor, pueden transformarse en puentes para comprender mejor a los demás y acompañarlos con cercanía y misericordia.
Al final del retiro, regresamos a Ibagué con el corazón sereno y agradecido. Volvimos a la ciudad musical de Colombia, a nuestras familias, profesiones y responsabilidades habituales. Pero algo había cambiado.

El silencio de Atarraya nos permitió escuchar nuevamente la voz de Dios para después reconocerla en medio del bullicio diario, entre reuniones, tareas domésticas, tráfico, llamadas y compromisos. Porque el verdadero fruto de estos días no consiste en permanecer alejadas del mundo, sino en aprender a encontrar a Dios precisamente dentro de él.
Con la intercesión de la Santísima Virgen María, regresamos dispuestas a seguir creciendo en los medios de formación que semana a semana fortalecen esta joven y vibrante labor del Opus Dei en Ibagué. Volvimos convencidas de que formamos parte del equipo de Dios, llamadas a ser cimientos discretos pero firmes en nuestros hogares, lugares de trabajo y entornos sociales.
Y, sobre todo, volvimos con la alegría de saber que, cuando se hace silencio en el alma, siempre es posible escuchar el inconfundible susurro del Dueño del mundo.

