Suacha con "u" de universalidad

Esta crónica cuenta una de las últimas labores que constantemente apoya Corfomento, como una iniciativa de voluntariado en Soacha.

Si usted conoce o alguna vez ha visitado Bogotá tal vez haya escuchado hablar de Soacha, un municipio vecino de la capital colombiana que es el paso obligado para los viajeros que salen por la Autopista Sur a recorrer algunos departamentos como Tolima y Huila.

Esta crónica cuenta una de las últimas labores que constantemente apoya Corfomento, como una iniciativa de voluntariado en la que expresan su espíritu de servicio hacia los más necesitados.

Soacha o, mejor dicho, Suacha, como sus habitantes prefieren que se le llame al municipio, desde hace algunas décadas ha sido popular por sus deliciosas garullas y almojábanas que, por cierto, son patrimonio gastronómico de la zona. Sin embargo, siempre se ha caracterizado por ser un territorio que, aunque marcado por algunos hechos de violencia y desigualdad, tiene gran riqueza histórica y sobre todo gente pujante y trabajadora.

La Ciudad del dios Varón

Como era de esperarse, durante la época precolombina, quienes habitaron el territorio de Suacha fueron los Muiscas, un grupo indígena que tenía una conexión especial con los astros y con la naturaleza. Así fue como nombraron esta tierra sagrada como Sua, en honor del dios Sol, y Cha, que significaba varón, dando origen al título de Ciudad del dios Varón.

Más adelante, los Muiscas y los cronistas españoles hablarían de un tal Bochica, un extranjero que llegaría a estas tierras a enseñar a los indígenas nuevas herramientas para florecer como una sociedad más próspera, Bochica sería descrito como un hombre de piel blanca, ojos azules y cabello rubio…

Al otro lado del mundo, aproximadamente a 9.842 kilómetros de distancia, 11 horas de vuelo y cientos de años de diferencia; 17 jóvenes polacos con las mismas características físicas del famoso Bochica, alistaban sus maletas para viajar a Colombia.

Quince días antes, estos mismos jóvenes habían enseñado su país a otros universitarios provenientes de Colombia: se trataba de estudiantes de una universidad bogotana que ahora se encargarían de revelarles la diversidad de la cultura latinoamericana; los jóvenes extranjeros no se imaginaban que sus guías colombianos les tendrían preparada una actividad de voluntariado que recordarían toda la vida.

El jueves primero de agosto de 2019, era el último día que los jóvenes polacos estarían en Colombia, así que, a pesar de la madrugada y de un poco de nerviosismo, ya que casi ninguno hablaba español, llegaron a las 7:30 de la mañana a Hontanar, Centro Cultural Universitario, fundado en Bogotá hace ya 61 años.

Devolviendo el casete

Tiempo antes de su llegada a Colombia ya se estaba trabajando en la logística, así que con ayuda de la Corporación Monte Verde, que orientan algunas personas del Opus Dei en el sur de Bogotá y que nació bajo el impulso del Beato Álvaro del Portillo en 1977, se inició la búsqueda del lugar que los acogería, el punto de encuentro, los refrigerios que se darían, las actividades a desarrollar y uno que otro detalle para tener en cuenta ese día, como garantizar que los buses pudieran acceder a la zona sin problemas.

Recapitulando

Siendo aproximadamente las 8:00 de la mañana, todos los jóvenes cargaron los refrigerios en los buses, recibieron algunas recomendaciones y con canticos alegres se embarcaron en esta nueva aventura. En Suacha, el grupo de jóvenes de Monte Verde ayudaba guiando a la Carpa Circo, los jóvenes que se encargarían de la recreación; ellos, al no conocer la zona y teniendo en cuenta que todas las calles se parecen, no encontraban la dirección.

Mientras tanto, en el Colegio Jorge Vicente Micolta, 210 niños ni se imaginaban que en una hora estarían disfrutando de un espectáculo de circo muy divertido.

Pasadas las 9:00 de la mañana, llegaron todos al lugar, entraron sigilosamente, acomodaron los refrigerios en un espacio y salieron al patio del colegio para encontrarse con los niños.

Uno que otro curioso, que no estaba atento a las clases, advirtió la presencia de los voluntarios, así que empezaron a preguntar a los “profes” qué estaba pasando, ¿quiénes eran esos jóvenes de pelo rubio?; por otro lado, y mirando “desde la barrera” estaban los jóvenes polacos, que todavía mostraban en su rostro algo de nerviosismo, al igual que sus compañeros colombianos, que en su mayoría nunca habían visitado las comunas del municipio de Soacha.

Llegó la hora

Mientras los chicos del circo se maquillaban, los voluntarios hicieron una actividad para romper el hielo, una ronda infantil que logró desatar cientos de carcajadas en los niños y voluntarios. En medio del bullicio, se escucharon unos ruidos extraños, un tambor sonó y el clarinete irrumpió en el escenario. La cara de sorpresa de los niños no se hizo esperar.

De una esquina del patio del colegio, salieron corriendo cinco payasos que llevaban a cuestas varios instrumentos, un cubo gigante, pines para hacer malabares y un monopatín.¡UAAAH! se escuchó al unísono. ¡Parece que hoy no lloverá!, dijo una de las profesoras, y así fue, no llovió, el sol brillaba radiante sobre las cabezas de todos y el espectáculo comenzó.

Risa iba y risa venía, muchos de ellos nunca habían presenciado algo similar, según Carolina una de sus profesoras; algunos nunca habían visitado un cine y mucho menos presenciado la visita de algún extranjero. Para ellos, más allá de los payasos, la sorpresa estuvo en poder compartir con los voluntarios, además como si fuera magia, esa magia que imprimían los payasos de la Carpa Circo, la conexión fue inmediata: parecía que todos se conocieran de toda la vida.Muchos de los voluntarios sin hablar español tuvieron una experiencia más allá del idioma, más allá de toda barrera. El amor, que es igual en todos los seres humanos, fluyó y floreció en ese lugar. Todos hermanos, todos iguales, todos ciudadanos del mundo.

La verdadera labor

Luego de dos horas de espectáculo, los payasos se despidieron; sin embargo, la diversión nunca se detuvo, en ese instante empezó la verdadera labor de los voluntarios. La ventaja era que los niños con su carisma ya habían derrumbado la muralla de timidez de los polacos, ya hasta se subían a “tuta” sobre sus hombros y recorrían el patio de lado a lado sobre sus nuevos amigos.

Una escena que quedará siempre en la memoria de todos los jóvenes fue como los niños se interesaron por conocer más sobre el inglés, idioma que hasta el momento no les entusiasmaba mucho aprender; sin embargo, la interacción con ellos les generó curiosidad y así fue como uno de los pequeñines fue corriendo a la rudimentaria biblioteca del colegio, la cual tenía alrededor de 15 o 20 libros. Allí, en medio de esos libros viejos y desgastados se encontró un diccionario infantil de inglés, que fue el insumo perfecto para comunicarse con los extranjeros.

Entusiasmados, les lanzaban preguntas y algunas frases en inglés, que ellos atentos se encargaban de responder. ¡Ahí, en medio de la algarabía todos conocieron el valor de la humildad y el verdadero poder de la sonrisa! Los jóvenes colombianos que también eran ajenos a esta realidad solo podían preguntarse, ¿cuál es su secreto para ser felices?

Al finalizar y como deseando que este día no terminara, lo niños fueron por sus cuadernos y pidieron a los voluntarios que les firmaran algunas hojas para tener el recuerdo para siempre. Qué grata experiencia para todos, ¿autógrafo? ¿a mí? exclamaban, síí a usted, respondían los niños riendo, que vieron este como el último juego de la jornada.

Atrás quedaron las calles polvorientas, las prevenciones de todos antes de llegar, ese pequeño colegio albergó durante cuatro horas la definición perfecta de amor y de universalidad...