Esperanza en medio de la cuarentena

Vivimos en un rincón lleno de paz y alegría, en una apartada vereda de Cajicá, en Cundinamarca, Colombia.

Opus Dei - Esperanza en medio de la cuarentena

Somos Catalina Toro y Sergio Held, papás de Federico, Simón y María, tres niños menores de siete años. Vivimos en un rincón lleno de paz y alegría, en una apartada vereda de Cajicá, en Cundinamarca, Colombia.

En este hogar que hemos consagrado a la Santísima Virgen y en el que, gracias a Dios, tenemos un gran jardín, transcurren nuestros días. Esta pausa, que, como todos, hemos tenido que hacer, nos esta enseñando a ver y atender las necesidades del otro, a ser empáticos y a tratar de servirnos los unos a los otros, con mayor dedicación y devoción, siguiendo el ejemplo del hogar de Nazaret, en el que todos se ayudan. Así buscamos contagiarnos, no del famoso virus, sino de la alegría, de la belleza de la creación de Dios, de la esperanza.

Dificultades todos las tenemos; retos, también. En medio del encierro y de las diferentes etapas de vida de cada uno, los cinco, seguimos enfrentando los distintos retos que se nos presentan, como la pereza, el desánimo, la incertidumbre y, por supuesto, la impaciencia. Pero luchamos, tratamos de motivarnos y ayudarnos.

Como equipo que tratamos de ser, cada uno aporta su granito de arena, ayudando en los quehaceres de la casa y a los demás. Procuramos disfrutar pequeñas cosas: Sergio, se convierte en un excelente contador de historias, sobre todo de las que tienen lobos; cocinamos postres y otras recetas; tratamos de atraer colibríes con almíbar; bailamos y cantamos, como si estuviéramos en una inmensa tarima, o cantamos una misma canción en varios idiomas, por ejemplo, una de las de Frozen: “y si hacemos un muñeco...”; recordando que, a pesar de las diferencias, somos todos iguales y hemos estado siempre más cerca de lo que hemos creído; pero, a la fuerza hemos tenido que comprender.

Entretanto, la escuela y el jardín infantil en casa se robustecen con proyectos en los que los tres niños participan con entusiasmo y solidaridad. Entre hermanos confabulan y se ayudan en el aprendizaje, en medio de risas y alegría, recordándonos la belleza de la creación de Dios.

Entre Federico y Simón, intentan enseñar a María las vocales, mientras que María y Federico se han vuelto los terapeutas de lenguaje de Simón: Susana, submarino, sorpresa, simpático, son palabras recurrentes en la sobremesa, con las que intentamos que Simón - vaya ironía-, un nombre con la letra S, logre superar su “lengüisopeo”. La terapia de lenguaje, como todo, también es ahora en casa.

Federico, como hermano mayor, lidera la oración para bendecir los alimentos. Simón, a sus cuatro años y medio, no olvida a los enfermos. Mientras pide por ellos a Dios, dice que también hay que bendecir la tierra y nos anuncia los avances en sus proyectos de crear una máquina para erradicar al coronavirus.

Mientras Simón sueña en su artefacto antiviral y recuerda su temor al pinchazo de las vacunas, juntos soñamos en los viajes que haremos a futuro: Tierra Santa, Providencia, España – en donde nació nuestra María-, o Hong Kong, en donde vivimos recién casados y antes de ser papás.

Y claro, no todo es perfecto. Llega la hora gris y hay peleas entre los niños, entonces, la paciencia debe ser nuestro mejor aliado, no solo en medio de sus peleas sino también cuando, sentados a la mesa, alguno no quiere comer algo. Así, en medio de llantos y de risas, intentamos dedicar momentos de silencio a la oración del Santo Rosario. Instantes que, vale decir, no siempre son perfectos y, a veces, con las genialidades de alguno de los cinco, terminan interrumpidos por carcajadas o peleas entre hermanos ante situaciones cotidianas, que se salen de nuestras manos.

Pero esa también es la perfección: la que se refleja en la alegría de la familia, en medio de la unidad, del diario vivir y de la fe puesta en Dios. Los adultos buscamos seguir incansablemente los pasos de Santa María y San José, haciendo de nuestro hogar una pequeña Arca de Noe, protegiendo lo más importante que Dios nos ha dado: las vidas de nuestros hijos.

Durante la Semana Santa, en especial, durante el Triduo Pascual, se dio esta misma experiencia de alegría y servicio en el seno de nuestro hogar. Quisimos que, además de estar presentes desde nuestra casa en las celebraciones litúrgicas, los niños de manera diferente pudieran experimentar la alegría del amor de Jesús y en su presencia continua en nuestras almas. Sobre todo, quisimos mostrarles la luz y la esperanza del Resucitado.

Para eso, nos ingeniamos actividades para ayudar a los niños a comprender los sucesos de la vida de Jesús, al tiempo que hicieran actos de amor por él. Por ejemplo, el Domingo de Ramos, por iniciativa de Federico, recogimos pétalos de flores del jardín para lanzarlos a Jesús al cielo. Hicimos una procesión en la que Sergio y yo llevábamosuna vela encendida, Catalina leía una versión del Evangelio adaptada para los niños, conmemorando la entrada de Jesús a Jerusalén.

El Jueves Santo les explicamos que la Iglesia fue fundada por el Jesús, quien celebró la primera Eucaristía e instituyó el sacerdocio. Sergio, como el papá de la casa, representando a Jesús nos lavó los pies a todos, enseñándonos nuevamente el servicio y la humildad. Los niños, por supuesto, no quisieron perder la oportunidad de lavarnos los pies a nosotros, y nos permitieron ver en sus gestos y en sus sonrisas, una vez más, la alegría de servir y de ayudarnos en familia.

El sábado fue un día cargado de emoción. Por alguna razón, los planes sorpresa para la noche se filtraron y los tres menores estaban expectantes de la fogata “sorpresa” que haríamos. Con el fuego, buscábamos simbolizar la esperanza de la vida eterna, así como la luz que nos saca de las tinieblas, a través de la misma resurrección de Cristo.

El Domingo de Resurrección nos tomamos el día con calma en un ambiente festivo, que nos permitió reorganizar la casa, desmontar el campamento improvisado que desde hacía una semana se había tomado nuestra sala y que se había convertido en el lugar favorito de los niños para dormir, durante las últimas noches. Reorganizar en este día, significaba también traer a casa un aire nuevo, lo que nos permitía materializar que llegaban nuevos tiempos.

En estos nuevos tiempos, los de Pascua, hemos seguido celebrando. Los huevos hechos por los niños con papel maché y escondidos en el jardín, nos permiten simbolizar la vida nueva que llega, como la de aquel pollo o tortuga que crece en la oscuridad y que, tras romper el cascarón, encuentra la luz por primera vez. Como la que Jesús nos quiere dar y que celebramos durante estos 50 días de Pascua, con la esperanza y la certeza de que caminamos de su mano, hecho que nos permite afrontar el encierro con ánimo y alegría, día tras día.