La idea nació de una conversación sencilla entre Felipe y su esposa, Olga. Ambos buscaban una forma de reunir familias en un ambiente cálido, accesible y que, además, despertara un interés inmediato. Tras intercambiar varias propuestas, concluyeron que lo más adecuado sería organizar un rosario mensual en su apartamento y, al finalizar, compartir una taza de chocolate caliente.
El rezo comunitario del Santo Rosario al interior de hogares y barrios es una tradición profundamente arraigada en muchas regiones de Colombia. Son célebres, por ejemplo, los rosarios de aurora que se celebran los primeros sábados de mes en distintas ciudades y municipios, concluyendo a menudo con la Santa Misa.

En Bogotá, el tradicional “chocolate santafereño” —preparado con leche y acompañado de queso, almojábanas o una gran variedad de panes como el chocontano, las garullas o el pan de maíz— ha sido durante décadas uno de los preferidos en los hogares capitalinos. Este elemento, tan familiar y entrañable, se convirtió en el complemento perfecto para la iniciativa.
La propuesta de Felipe y Olga llamó la atención desde su primera convocatoria: cuatro familias, con sus hijos, asistieron al rosario inaugural. Allí mismo surgió la idea de que, para futuros encuentros, cada participante aportara algo para acompañar el chocolate. El entusiasmo creció rápidamente. Con el tiempo aparecieron panes de distintos tipos y, entre los favoritos, la famosa torta de queso que prepara Adriana.
Al principio, los niños se reunían en una habitación contigua para ver televisión o jugar mientras los adultos rezaban. Sin embargo, cuando llegaba el chocolate, los pequeños también se acercaban con curiosidad: “¿Qué es el Rosario?”, “¿Cómo se reza?”, “¿Por qué diez avemarías?”, “¿Nosotros también podemos hacerlo?” Estas preguntas abrieron un nuevo espacio que convirtió el encuentro no solo en un momento de oración, sino también en una oportunidad espontánea de catequesis.

Dado el ambiente de amistad que se fue generando, decidieron realizar la reunión los viernes en la noche, para poder extender la tertulia sin la preocupación de madrugar al día siguiente. Las conversaciones posteriores al rezo se convirtieron en un espacio de confianza: se compartían experiencias familiares, anécdotas escolares y recuerdos llenos de alegría.
Con el paso de los meses, otras familias propusieron alternar el lugar del rosario. Así comenzó una rotación por diferentes hogares. En ocasiones, los apartamentos resultan pequeños ante la creciente asistencia, por lo que algunos ya contemplan realizar futuras reuniones en los salones comunales de sus conjuntos residenciales.

“Creamos un chat para recordar la hora, el lugar y cualquier novedad de último momento. Colocamos una imagen de la Virgen y encendemos velas para ambientar. Cada decena la dirige una persona diferente y, al finalizar, surgen comentarios y reflexiones. A veces terminamos cerca de las diez de la noche”, relata Felipe.
Una devoción arraigada en el afecto
El Santo Rosario es una devoción mariana que se remonta a prácticas de oración entre los siglos IX y XI, cuando los fieles recitaban 150 salmos acompañados de Padrenuestros y Avemarías. Según la tradición, fue en 1208 cuando la Virgen María se apareció a Santo Domingo y le enseñó esta oración como un arma espiritual para contemplar la vida de Jesús y de María.
A lo largo de la historia, el Rosario ha sido invocado en momentos de profunda crisis mundial, convirtiéndose en una fuente de consuelo y esperanza. Durante la reciente pandemia de Covid‑19, por ejemplo, millones de familias alrededor del mundo se unieron para rezarlo de manera virtual, fortaleciendo la solidaridad y el ánimo colectivo.
Aunque San Josemaría siempre manifestó un profundo deseo de visitar el Santuario de Nuestra Señora de Chiquinquirá, su anhelo no pudo concretarse. En agosto de 1974, durante un viaje pastoral por América Latina, su avión hizo una escala técnica en Bogotá. Sin embargo, debido a recomendaciones estrictas de sus médicos —quienes desaconsejaban una estancia prolongada en ciudades de gran altitud por la situación delicada de su salud— no le fue posible descender de la aeronave. Permaneció solo unas horas en territorio colombiano, sin poder cumplir su deseo de venerar personalmente a la Patrona del país.
Años después, en mayo de 1983, el beato Álvaro del Portillo, su sucesor al frente del Opus Dei, visitó el Santuario de Chiquinquirá y rezó allí en nombre de San Josemaría, cumpliendo así aquel deseo que el fundador no pudo realizar.
En diversas ocasiones, San Josemaría subrayó la importancia de las prácticas sencillas de piedad familiar: la bendición de los alimentos, la oración antes de dormir y, de manera especial, el rezo del Rosario en familia, al que consideraba una devoción “sólida y entrañable”.
13 de mayo: Nuestra Señora de Fátima. “Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan”. La Virgen de Fátima nos pidió que rezáramos el Rosario por la paz y por el perdón de los pecados, dos necesidades siempre actuales https://t.co/evH7TgY3BV pic.twitter.com/vNaUkPfUhh
— Opus Dei Colombia (@OpusDeiColombia) May 13, 2025
Más recientemente, el Papa León XIV ha promovido reiteradamente el rezo del Rosario como una súplica por la paz mundial. En la vigilia de oración del 11 de octubre de 2025 expresó: “Unidos y perseverantes, no nos cansemos de interceder por la paz, don de Dios que debe convertirse en compromiso y propósito común”. En el saludo introductorio añadió un llamado a dirigirnos a la Virgen María para que, bajo su protección, podamos vivir como hermanos en un mundo herido por discordias y conflictos.
En Bogotá, la iniciativa del “Rosario con chocolate” sigue creciendo, sumando amigos y amigos de amigos, intensiones nuevas y planes para el futuro. Pero, ante todo, mantiene intacto su propósito: fortalecer la unidad de las familias y rezar a la Virgen con alegría, confianza y esperanza.
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